El Coloquio con Juan Ramón Jiménez de Lezama Lima: Autor, autoridad y autorización

Por Irán Vázquez Hernández[1]

En 1937 José Lezama Lima publica el Coloquio con Juan Ramón Jiménez, uno de sus ensayos más importantes dentro de su trayectoria como escritor.[2] En este ensayo, el poeta de La Habana ficcionaliza un diálogo entre él y el poeta andaluz, Juan Ramón Jiménez, quien durante esos años residía en la isla de Cuba. Lezama Lima en ese entonces era un poeta joven que buscaba granjearse un lugar en el panorama de las letras cubanas; Juan Ramón Jiménez, por su parte, era ya un poeta consagrado en el mundo de las letras hispánicas. No es casualidad por ello que el autor de Muerte de Narciso vea en Juan Ramón Jiménez a uno de sus mentores y se coloque bajo su tutela literaria de forma inmediata. Lo dice el mismo Lezama Lima en uno de sus textos: “Nuestra generación que no pudo oír en la emigración del verbo, la encarnación del idioma en Martí, ni caminar en La Habana Vieja con Julián de Casal, podía ver en Juan Ramón Jiménez una dignidad irreprochable en una palabra que rezumaba una gran tradición penetrando en el porvenir”.[3] Para Lezama, el poeta andaluz representaba una presencia mayor de la poesía y a la vez la continuidad de una tradición poética en la que se enlazaba lo hispánico y lo cubano en una corriente universal. A su vez, Juan Ramón Jiménez simbolizaba la encarnación de la poesía misma, un faro que daba luces en el campo literario de la isla dominado principalmente por los movimientos de vanguardia de finales de los años veinte (la poesía pura, la poesía negra y la poesía social).[4] De ahí que asumir el magisterio de Juan Ramón Jiménez significaba también una toma de postura por parte de Lezama —y de la promoción origenista— frente a la obra de la generación vanguardista anterior.[5]

Durante el tiempo en que Juan Ramón Jiménez residió en Cuba (1936-1939), desarrolló tal magisterio a través de escritos, conferencias en la Institución Hispanocubana, las charlas que mantuvo en el Hotel Vedado —donde vivía con su esposa Zenobia Camprubí— o en las reuniones realizadas en el antiguo Lyceum de La Habana. Es precisamente una de estas reuniones —o la suma de todas ellas— que Lezama Lima intenta ficcionalizar en el Coloquio. Lezama recuerda el momento en que se produjeron estos encuentros:

Juan Ramón sospechó que tras las capas muertas de la cultura convencional y de propaganda se agitaban las posibilidades de una poesía que mostraba la dedicación total de una vida. Convocó por los periódicos a una reunión en el Lyceum y esa reunión fue, sin duda, la gloria de su visita. De ahí salió mi Coloquio con Juan Ramón Jiménez y mi afán de mostrar el mundo hipertélico de la poesía, cómo la poesía es un sí que al mismo tiempo va mucho más allá de su finalidad. Era ejemplar ver cómo aquel hombre se acercaba a la poesía de los demás, fueran principiantes, desconocidos o simples seres errantes con un destino subdividido.[6] 

El mismo Lezama confiesa que le entregó el manuscrito a Juan Ramón Jiménez para que le otorgara el visto bueno: “Yo le había entregado para que lo leyera mi Coloquio y cuando me lo devolvió le había añadido el párrafo final, aquél que dice: ‘Con usted, amigo Lezama, tan despierto, tan ávido, tan lleno, se puede seguir hablando de poesía siempre, sin agotamiento ni cansancio, aunque no entendamos a veces su abundante noción ni su expresión borbotante’”.[7] Por su parte, en su diario de 1937-1939, Zenobia Camprubí afirma lo siguiente: “Después de almorzar y descansar, J. R. me dictó tres páginas del Coloquio de Lezama”.[8] Esto demuestra que Juan Ramón Jiménez tuvo el acceso al texto del Coloquio y que, de algún modo, autorizó la publicación del mismo. En las reflexiones que siguen me gustaría detenerme precisamente en este punto que considero de vital importancia, ya que en el juego entre autor, autoridad y autorización existente en el Coloquio hallamos terreno fértil para estudiar las estrategias que Lezama utilizó para intervenir, como poeta joven, en el debate sobre la identidad que inundaba el campo intelectual de la época.[9]

Como hemos visto, Juan Ramón Jiménez leyó, revisó y autorizó el manuscrito del Coloquio antes de que éste fuera publicado. De igual manera, agregó una “Nota” aclaratoria al comienzo del texto y un párrafo final. Sin embargo, resalta el hecho de que el poeta andaluz no compartiera el derecho de autor con el poeta cubano. Simplemente dejó que la autoría quedara en manos del joven Lezama para las futuras referencias bibliográficas. Pienso que este hecho puede entenderse como una concesión: la legitimación —o autorización— que un poeta consagrado otorga a la figura de un poeta joven a fin de que este último vaya haciéndose un lugar dentro del campo literario en cuestión. Recordemos que el Coloquio es uno de los primeros escritos con el que Lezama Lima hace acto de presencia en el panorama de las letras cubanas. En este sentido, el texto representa una forma de intervenir en la red literaria de la isla mediante el padrinazgo de una autoridad poética. Juan Ramón funciona aquí como una instancia de legitimación del joven poeta. Uno de los sentidos del Coloquio se encuentra precisamente en ese vaivén relacional entre el autor consagrado, la autoridad literaria que ostenta y la autorización que hace de un poeta joven.

Ahora bien, a estas alturas sería inocente pensar que quien habla en el Coloquio es la persona de Juan Ramón Jiménez. Se trata más bien de un personaje elaborado por la pluma y la imaginación de Lezama Lima. Y este recurso ficcional es interesante porque trae una serie de consecuencias para una lectura atenta del Coloquio. En primer lugar, la sujeción que el poeta de La Habana realiza sobre la figura y el pensamiento de Juan Ramón. La “Nota” de Juan Ramón Jiménez que acompaña el inicio del texto nos ayuda a entender esta idea:

En las opiniones que José Lezama Lima ‘me obliga a escribir con su pletórica pluma’, hay ideas y palabras que reconozco mías y otras que no. Pero lo que no reconozco mío tiene una calidad que me obliga también a no abandonarlo como ajeno. Además, el diálogo está en algunos momentos tan fundido, no es del uno ni del otro, sino del espacio y el tiempo medios.

He preferido recoger todo lo que mi amigo me adjudica y hacerlo mío en lo posible, a protestarlo con todo un no firme, como es necesario hacer a veces con el supuesto escrito ajeno de otros y fáciles dialogadores (45, énfasis mío).

En esta nota hay un elogio, pero también un reclamo implícito de Juan Ramón Jiménez hacia Lezama: el poeta cubano lo ha “obligado” a aceptar las afirmaciones que él no reconoce como suyas a través de su “pletórica pluma”. Un detalle más esclarecedor lo ofrece Zenobia Camprubí en su Diario, cuando refiere a la lectura que ella y su esposo hacen del manuscrito del Coloquio: “Hay tanto atribuido a JR que él nunca dijo ni pensó decir y tanto que realmente dijo y está incorporado en los comentarios de L, que hubiera tomado más tiempo desenredar la madeja que escribirlo de nuevo.”[10] La cuestión parece banal, pero no lo es: Juan Ramón Jiménez no tuvo otra opción más que aceptar las palabras que su amigo cubano le “obligaba” decir a causa de una imposibilidad: el estilo barroco de Lezama le impidió “desenredar la marejada”. Estamos, entonces, ante la presencia de una estrategia autoral de apropiación: el joven Lezama trama la sujeción de Juan Ramón Jiménez a través del propio texto.[11] El poeta cubano logra invertir los roles: Juan Ramón Jiménez se presenta como un poeta subordinado ante la escritura del joven Lezama.

Esto también se ve reflejado en el desarrollo del argumento del Coloquio. En efecto, en las primeras páginas, el Juan Ramón Jiménez ficcionalizado por Lezama (cifrado luego como “J. R. J.”) se muestra como un poeta hablante, el cual imparte su magisterio sobre diversos temas de poesía en general ante un grupo de asistentes que siguen las palabras del maestro con avidez y fervor (estos asistentes representan a la futura generación de Orígenes). Esta aparente calma se trastorna cuando uno de los oyentes lee unos poemas y luego pregunta al maestro: “¿Qué opina usted de estos poemas?”. Lo que sucede a continuación es interesante: “Juan Ramón vacila, luego contesta rápidamente: ‘Será mejor que opinen ustedes. Como se conocen bien, opinarán más pronto y más preciso’” (46). Esta respuesta marca un cambio de actitud en el personaje de Juan Ramón: el poeta andaluz, que momentos antes se había mostrado como un preceptor que habla con seguridad, ofrece una solución evasiva a la cuestión planteada. Tal evasión se mantiene durante las primeras páginas del Coloquio hasta que finalmente Lezama Lima (el Lezama Lima textual, cifrado mediante un “Yo”) plantea la cuestión que da inicio al diálogo ficticio entre el joven cubano y el poeta andaluz. Al comienzo del diálogo, Juan Ramón vuelve a eludir la pregunta mediante otra pregunta (de ahí que Lezama haga referencia a la “leyenda silenciosa de Juan Ramón”). Sin embargo, la evasión del maestro se irá franqueando gradualmente conforme avance la trama del Coloquio, gracias a la presión ejercida por Lezama, quien desea extraer la opinión de una autoridad poética acerca de la poesía cubana de aquel tiempo. Es así como Lezama Lima “obliga” a hablar a Juan Ramón sobre un tema que, dentro del desarrollo del ensayo, ha tratado de eludir.

A este respecto, conviene traer a la memoria lo que Juan Ramón Jiménez escribiera apenas unos meses antes en el prólogo a La poesía cubana en 1936:

Sé bien las limitaciones de un extranjero, tengo que contentarme con ver y elegir la poesía cubana como español de hoy. Y me pregunto y pregunto a todos los poetas y críticos cubanos: esta poesía que yo veo y elijo desde fuera, ¿cómo se verá desde dentro, el dentro verdadero de toda poesía que se está buscando y encontrando? ¿Qué habrá en ella, secreto y eterno, que yo no vea, no pueda ver ni hacer ver a los demás, y que la defina con precisión?[12]

El Coloquio es, precisamente, la respuesta personal que Lezama Lima ofrece a las dudas que Juan Ramón Jiménez plantea a los “poetas y críticos cubanos”. Pero no es una respuesta individual, sino que el autor de Muerte de Narciso se aventura a incorporarlo y a hacerlo partícipe de ella, extrayendo ficcionalmente una opinión que Juan Ramón Jiménez quizá pretendía evitar por sentirse un observador externo de la poesía cubana.

Pero el sentido del Coloquio adquiere un nuevo nivel cuando pasamos de lo enunciado a la enunciación del texto. Como ya hemos señalado antes, Lezama Lima asume una voz (cifrado como un “Yo”) y “obliga” a hablar a un Juan Ramón ficticio (“J. R. J.”). Se trata de un desdoblamiento significativo en el discurso del Coloquio. El poeta cubano, a través de dos instancias discursivas (“Yo” y “J. R. J.”), habla en nombre de Juan Ramón Jiménez (una autoridad poética) y habla en nombre propio (el poeta joven que se autoriza a sí mismo). Y esta fragmentación, que Paul Ricoeur ha explicado como una de las formas estratégicas en la indagación de la identidad personal (identificarse a sí mismo como otro), alcanza en el Coloquio un momento de indeterminación que muchas veces ha extraviado a la crítica literaria. Rafael Rojas señala este fenómeno del siguiente modo: “El Coloquio es un texto engañoso, en el que Lezama y Jiménez alternan sus lugares de enunciación, en una ambivalencia discursiva luego reconocida por ambos”.[13] Es cierto, pero la ambivalencia del texto de Lezama va más allá de lo que dice Rojas: se resuelve en la desidentificación en las voces de los personajes. Existe un momento en el Coloquio en el que tenemos la sensación de asistir más a un soliloquio que a un coloquio. De súbito descubrimos que las dos instancias discursivas (“Yo” y “J. R. J.”) de las que se vale Lezama para verter sus opiniones sobre la cuestión cubana pierden una porción importante de su identidad. No se trata simplemente de un cambio de roles (como sucede, por ejemplo, en el Banquete de Platón), sino que las dos instancias quedan absorbidas por una instancia discursiva mayor que atraviesa a todo el texto: la voz autoral. El mismo Juan Ramón Jiménez se dio cuenta de este efecto de sentido cuando, en la “Nota” aclaratoria, afirma que “el diálogo está en algunos momentos fundido, no es de ninguno ni del otro, sino del espacio y el tiempo medios” (44).

Con mucha razón, Rafael Castillo Zapata ha llamado la atención acerca de la “voz ventrílocua” que Lezama utiliza en el Coloquio.[14] Sólo que esta voz no aparece desde el inicio del texto, como afirma Castillo, sino que va ganando fuerza e identidad conforme se desarrolla el aparente diálogo entre “J. R. J” y el “Yo”. De esta forma, Lezama ha hecho confluir ambas instancias discursivas en una sola posición para autorizar su propia voz autoral. Como ha dicho Cintio Vitier: “En contraste con otros acercamientos a Juan Ramón, que se resolvieron naturalmente a favor de su maestrazgo, Lezama entró en lo juanramoniano haciéndolo, a su vez, entrar en lo lezamiano”.[15]

Podemos entender, entonces, la circunstancia de que Juan Ramón Jiménez agregue una nota aclaratoria y un párrafo final al manuscrito de Lezama. Como hemos sugerido antes, ambos paratextos simbolizan un reclamo implícito del poeta andaluz hacia el poeta cubano por su propia diferencia autoral. Todo parece indicar que Juan Ramón se ha dado cuenta de que, en la estrategia del joven Lezama, no sólo está en juego su autoridad como poeta consagrado sino también su propia identidad como autor, la cual se queda difuminada en el estilo personal de Lezama Lima. La estrategia de Lezama está así completada: se ha apropiado de la figura de Juan Ramón Jiménez, de su autoridad como poeta consagrado y la voz misma del poeta, fundiendo todo esto en el espacio de la escritura que representa el Coloquio (podemos decir: en el grado cero de la escritura lezamiana).

Por último, no podemos dejar de lado el tema de lo cubano en la poesía en este análisis. Lezama se apropia de la autoridad, autorización y autoría de Juan Ramón Jiménez para indagar sobre las cuestiones identitarias en la poesía de la isla. ¿Por qué lo hace? Porque el cubano necesitaba un soporte que le ayudara a ingresar en los debates literarios de aquella época. Juan Ramón residía en Cuba y Lezama no podía desaprovechar esa oportunidad. La autoridad de Juan Ramón propiciaba este hecho. A su vez, representaba un reclamo de Lezama Lima hacia Juan Ramón para que éste no se mantuviera al margen de la problemática de la isla. Sin embargo, esto no justifica completamente la circunstancia de que Lezama se haya apropiado de la autoría y la autoridad de Juan Ramón para hablar de un tema cubano. En el fondo, estamos ante una cuestión en donde la política y la poética se imbrican. Una respuesta adicional la podemos encontrar en el propio Coloquio, en el momento en que Lezama le dirige la primera pregunta a Juan Ramón y acto seguido realiza la siguiente aclaración: “Deseo hacer constar que formulo la pregunta en una cámara donde flota la poesía, que la pregunta va dirigida a un poeta cuya respuesta siempre fabricaría realidad. La respuesta que pudiera dar un sociólogo o un estadista no nos interesa” (47). Y es que, al momento de escribirse el Coloquio existe en el campo intelectual cubano un impulso nacionalista por hallar señas de identidad y mitos fundadores para la isla. Se elaboran así discursos para afrontar el problema desde el punto de vista jurídico, antropológico, historiográfico, sociológico o desde la etnografía especializada (por ejemplo, los de Fernando Ortiz, Lydia Cabrera, Rómulo Lachatañeré, Emilio Roig de Leuchsenring, Gustavo Pitaluga Fatrorini, Elías Entralgo, entre otros).[16]

En este contexto, la figura poética de Juan Ramón cobra relevancia. Ciertamente, Lezama intenta sustraer el problema del ámbito especializado y posicionarlo en otro punto de mira: el de la poesía. Así, al colocar a Juan Ramón Jiménez como el interlocutor privilegiado del Coloquio, lo que sugiere Lezama es que no corresponde al experto la tarea de señalar referentes identitarios de la isla, sino al poeta, que es el único capacitado para “decir” la nación. Se trata de una defensa de la poesía como portavoz de las verdades más fundamentales (“Los poetas son los legisladores no reconocidos de la humanidad”, decía Shelley). De ahí que, en un momento del Coloquio, Lezama afirme: “La poesía es lo único que siempre sigue respondiendo preguntas, que son, contestadas por ella, la suprema adivinación de la vida íntima de los elementos, el fuego, el aire, la tierra” (55). En este sentido, podemos afirmar que el Coloquio actualiza dos operaciones simultáneas a favor de Lezama Lima. En una, el poeta de La Habana se apropia de la autoridad y la autorización de Juan Ramón Jiménez para hacerse de un espacio autoral dentro del campo cultural cubano; en la otra, se vale de esa misma autoridad y autorización para asumir la voz del poeta capaz de “decir” la nación. El sentido pragmático del Coloquio se encuentra precisamente en estas dos operaciones.

  1. Irán Vázquez Hernández es poeta, ensayista e investigador. Cuenta con el Posgrado en Letras por la UNAM. Varios de sus escritos han sido publicados en diversas revistas nacionales y extranjeras, así como en las antologías Asamblea de Cantera. 25 años (Cantera Verde, 2014), Viaje a la oscuridad. Antología de cuento breve (Lengua de Diablo, 2015) y Cada silencio nace una palabra muerta. 27 autores iberoamericanos (Ediciones solidarias, 2018). Es autor del libro Octavio Paz: Un moderno antimoderno (Redactum, 2018). Ha recibido el Premio Nacional de Ensayo Joven 2002 y el Premio Nacional de Poesía Enrique Peña Gutiérrez 2020.

  2. Para el presente texto, sigo la versión del Coloquio incluida en Lezama Lima, Obras Completas, tomo II, México: Aguilar, 1977, pp. 44-64.

  3. José Lezama Lima, “Momento cubano de Juan Ramón Jiménez”, Imagen y posibilidad, selección, prólogo y notas de Ciro Bianchi, La Habana: Letras Cubanas, 1981, p. 67.

  4. Recordemos que, como lo señaló Roberto Fernández Retamar, tres corrientes dominaban el panorama de la poesía cubana para la década del 30: la “poesía pura” (que seguía los postulados de Valery), la “poesía social” (de compromiso político) y la “poesía negra” (que pretendía rescatar el elemento de la negritud como parte fundamental de la cultura cubana); Roberto Fernández Retamar, La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953), La Habana: Instituto Cubano del Libro-Letras Cubanas, 2009, p. 39.

  5. Al respecto, Arnaldo Cruz-Malave, El primitivo implorante. El “sistema poético del mundo” de José Lezama Lima, Amsterdam-Atlanta: Rodopi, 1994, pp. 31-40.

  6. José Lezama Lima, “Momento cubano de Juan Ramón Jiménez”, Imagen y posibilidad, op. cit. p. 69.

  7. Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas, Interrogando a Lezama Lima, Barcelona: Anagrama, 1971, p. 13.

  8. Zenobia Camprubí, Diario. 1 Cuba (1937-1939), Graciela Palau de Nemes (ed.), Madrid: Alianza, 1991, p. 32.

  9. Me sirvo aquí de las nociones utilizadas por Rubén Medina en Autor, autoridad y autorización. Escritura y poética de Octavio Paz, México: El Colegio de México, 1999.

  10. Zenobia Camprubí, Diario. 1 Cuba (1937-1939), Graciela Palau de Nemes (ed.), Madrid: Alianza, 1991, p. 32.

  11. Sobre las estrategias de apropiación autoral, José-Luis Diaz, L´ecrivain imaginaire. Scénographies auctoriales à l´époque romantique, París: Honoré Champion, 2007.

  12. La poesía cubana en 1936, Sevilla: Renacimiento, 2007, p. 11.

  13. Rafael Rojas, La vanguardia peregrina. El escritor cubano, la tradición y el exilio, México: Fondo de Cultura Económica, 2013, p. 189.

  14. Rafael Castillo Zapata, “El instante que hipnotiza. Lezama Lima y el pensamiento hablado”, en Lezama Lima: Orígenes, revolución y después… Buenos Aires: Corregidor, 2013, pp. 233-243, p. 234.

  15. Cintio Vitier, “Introducción a la obra de José Lezama Lima”, en Valoración múltiple, La Habana: Casa de las Américas, 2010, p. 109.

  16. Rafael Rojas, Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano, Barcelona: Anagrama, 2006.

 

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