Una comparativa discursiva

Por Naieli Macías Santibáñez

Alberto Olmos, un escritor español de 48 años, escribe desde 2015 en El Confidencial una columna titulada, Mala Fama. El resto de su currículum publicado en Wikipedia, lo describe como un autor exitoso por tener múltiples publicaciones, un par de premiaciones y menciones honoríficas; así que, por decir lo menos, es un autor que tiene una mediana presencia literaria en un círculo que es pequeño. No sería impertinente entonces sostener que “en su casa lo conocen”, y sobre este contexto se nombra autor y crítico literario; entre sus influencias literarias enlista exclusivamente hombres, todos autores con títulos prestigiosos. Su selección desborda una evidencia de lugares comunes que reposan en lo clásico e infalible de lo que se ha considerado LA literatura y lo que LA literatura ES. Estos reconocimientos han sido y siguen siendo sostenidos sobre los perennes pactos entre escritores y lectores, recalcando aquí, del género masculino. Esto, Olmos lo pondrá en evidencia con su artículo que titula “Chicas, ¿no estáis hartas de vosotras mismas? La producción editorial de autoría femenina ha alcanzado la redundancia más agotadora, publicado en El Confidencial, el pasado 30 de octubre del 2023.

No es de sorprender que estos títulos aparezcan con cierta frecuencia, más de lo que se esperaría. La polémica alimenta el consumo para que se realicen compras en físico o ahora, con el uso de medios de comunicación masivos, de títulos enardecientes, como tipo de nota roja, se jale a lxs consumidorxs a dar click en el enlace, estrategia mejor conocida como click-bait, y así conseguir circulación en los medios y redes de comunicación. El ciclo es infalible porque es práctico y rápido. Se toma el tópico en tendencia y se explota bajo la excusa de un análisis crítico, para atizar el diálogo entre las personas interesadas. Pero es sólo eso, mover lo que ya está en llamas. Estas personas no son quienes inician la hoguera, no se benefician ni perjudican por el calor que ésta emana, por el contrario, resultan el invasor que llega a remover los leños —sin que nadie lo haya pedido o siquiera fuera considerado necesario—, con la posibilidad de ahogar el fuego, ahumando a todxs a su paso. Y cuando es un hombre el que atropelladamente llega a participar de esta hoguera es todavía peor, porque si lo analizáramos desde las heridas profundas que les genera el ego patriarcal, quedar en un evidente ridículo al hacer un supuesto despliegue de conocimientos que de nada sirven es su peor pesadilla.

Estar presentes en el diálogo siempre ha sido prioritario para ser consumidx. Pobres de aquellxs que pierden la posibilidad de ser devoradxs por las masas. Esta estrategia es eficiente para hacerse presente en temas actuales; porque estas personas saben que no hay nada más doloroso para quiénes se configuran como parte de un gremio, que a éste, aunque sea ligeramente, lo rocen las críticas. ¿Cómo es que te atreves a cuestionar esto que yo amo? ¿Qué yo soy? A todxs nos ha pasado, todxs debemos ser congruentes de nuestra mea culpa, al momento en el que se nos confronta con la crítica de algo que nos apela muy de cerca y respondemos abruptamente. La postura congruente y realmente enriquecedora de escuchar atentamente nos debería llevar a cuestionar, desmenuzar y debatir, lo que estamos escuchando; y compartir propuestas de entendimiento que deriven en enriquecimientos intelectuales, sociales, culturales y políticos. El diálogo es la herramienta por excelencia de la humanidad para divulgar pensamientos, y como herramienta puede, y ha sido, utilizada para bien y para mal; para crear y destruir; para informar y desinformar; para mitigar y también para incendiar. Los discursos deberían existir para crear este mundo utópico de compartición beneficiosa, pero es justo ahí donde entramos en el debate de las posturas, de las correcciones políticas, de las libertades, de lo que es individual versus lo colectivo. El mundo está sumergido en opiniones contrariadas, discursos de odio e intolerancia que se gritan cada vez más fuerte para ser escuchadas y la infoxicación termina por abrumar la oportunidad de un silencio reflexivo. No digo que callemos, eso nunca, nunca más. Todxs existiremos en lo dialógico porque nadie merece ser borradx en el silencio. Pero, ¿dónde y quién determina el límite que un discurso violento no debería cruzar?    

En el diálogo se debe tener en cuenta que la congruencia y reciprocidad crítica con la que se escribe es la misma que estamos dispuestxs a escuchar o leer. Incluso a sabiendas de que a veces la respuesta nos rebasará en reflexión, que podrá ser aún más crítica, más reflexiva y, por tanto, sirva como una cordial invitación para que mejor ya no escribamos sobre ese tema. Es decir, “Si se lleva, se aguanta”. Habrá que reconocer que hay momentos en los que los atizadores son un estorbo innecesario. Hay cosas de las que es mejor reconocerse ignorante y aceptar que de nada aporta nuestra opinión. Porque estas personas que escriben para atizar deberían ser sinceras en que escriben desde esa postura frívola y sostener que la crítica que realizan es performativa y la intención, como dicen, es lo que más cuenta.

Si una columna se autonombra Mala Fama es porque lo que busca este autor es escribir con la soltura que sea, inconsecuentemente y después echarse a dormir. Y estos discursos, plena y llanamente, ya ni deberían de estar presentes. Algunxs dicen que ni siquiera deberíamos contestarlos, pero evidentemente considero que no hay que dejar de hacerlo. Ignorar discursos no hace que desaparezcan, como prestarles atención no es fortalecerlos. Traigámoslos a la discusión sin miedo. Nos han enseñado, particularmente a las minorías, es decir, todxs lxs que no somos hombres blancos privilegiados, que hablar nos lleva al castigo y a la muerte, por tanto, deberíamos de reconocer la fortaleza que les damos con nuestro silencio, porque nuestra voz es potencia con distinta intención. No son novedosos estos despliegues por parte de los hombres cuando comienzan a sentir una supuesta alienación en algún gremio. Cuando no son ellos quienes ocupan la mayor parte del tiempo en ser vistos, escuchados, y en este caso, leídos. Particularmente en el artículo de Olmos lo que se evidencia en lo profundo, el verdadero encono es la disminución de sus propias probabilidades, y la de todos los demás hombres, de seguir siendo galardonados por una supuesta moda en la que se les da estos premios a mujeres, indistintamente de su calidad literaria, exclusivamente por el hecho de ser mujeres escritoras.

 

Coinciden en el calendario, con apenas un par de semanas de diferencia, el Día Internacional de la Niña y el fallo del premio Tusquets. En el Día Internacional de la Niña no sé muy bien qué se hace, pero en el día nacional del fallo del premio Tusquets se premia a una escritora. Ya van seis ediciones consecutivas en las que la ganadora de este galardón literario es, eso, una ganadora (Olmos, 2023).

 

En este párrafo deja entrever su relación con respecto a las mujeres dentro de la literatura y fuera de este ámbito. No se interesa por lo que el mundo de las mujeres implica, ni tantito como para saber que existe un día internacional de la niña ante la imperante necesidad de reflexionar sobre la discriminación y la violencia que afrontan diariamente. Lo que le importa al autor es saber quién se llevará un premio literario y por qué no es un hombre. Refleja una premisa misógina y en la que la mujer simplemente por ser mujer es premiada, es decir, ser mujer es una ventaja que te podrá asegurar un premio, según la lógica de su planteamiento. ¿Será por esto que otros tres escritores hombres se crearon un seudónimo femenino y escribieron una novela que, por cierto, resultó ganadora? ¿Esto qué demuestra? 1. La desesperada urgencia de los hombres por no perder protagonismos/espacios; 2. Sí es verdad una tendencia que apunta a leer con más atención a las mujeres. De estas dos, ¿cuál resulta más polémica? J.L. Austin señalaría que la expresión lingüística debería servir para informar, pero no siempre es el caso, siempre hay una intencionalidad, aquí se hacen evidentes las palabras, pero no siempre son necesarias, porque la intención siempre encuentra una manera de aparecerse. Las palabras no necesariamente se usan para describir, “ni hacer aquello que se diría que hago al expresarme así, o enunciar que lo estoy haciendo: (porque ya es) hacerlo” (Austin, 1982, p.6). Olmos ya deja en evidencia su machismo y misoginia, aunque después quiera matizarlo.

Al respecto, quizá sea interesante traer a Úrsula K. Le Guin, quien dio una conferencia en 1999 a la que tituló Award and Gender[1], que después sería publicada como ensayo en 2004 en el libro titulado The wave in the mind. Talks and essays on the writer, the reader, and the imagination. La intención del ensayo de K. Le Guin es la de hacer una observación y análisis concreto, basado en evidencia que pone en la mira una discusión que no comienza en 1999, ni tiene su apogeo en 2004 —cuando se publica el libro—, aun así,  hasta el 2023 continúa indudablemente vigente. K. Le Guin abre su conferencia con estas palabras:

 

In 1998 I was on a jury of three choosing a literary prize. From 104 novels, we selected a winner and four books for the shortlist, arriving at consensus with unusual ease and unanimity. We were three women, and the books we chose were all written by women. The eldest and wisest of us said, Ouch! If a jury of women picks only women finalists, people will call us a feminist cabal and dismiss our choices as prejudiced, and the winning book will suffer for it (…) the only way three women can have credibility as a jury is to have some men on the short list (K. Le Guin, 2004, p.121).

 

 

El intercambio dialógico entre K. Le Guin y Olmos es diametral, mientras que él escribe para resaltar la injusticia de mujeres inmerecedoras del premio justificando

 

“…me da igual. (…) En los premios hay una única preocupación para el autor: gano yo, o no. (…) Que te den un premio, en realidad, es bastante desaconsejable. El camino al infierno está empedrado, mayormente, de premios” (Olmos, 2023).

 

Por su parte, K. Le Guin reconoce las posibilidades que un reconocimiento otorga,

 

“… the financial aspect of the literary award has become more and more important. These days, literary prizes carry a huge weight in fame, money, and shelf longevity” (2004, p.121).

 

Para uno egotísticamente los premios estorban, para otra los premios son una oportunidad, quién habla desde el privilegio es evidente. Sin embargo, Olmos persiste en la injusticia del sesgo por una tendencia moderna feminista que rebasa por encima de la calidad y conlleva, sin decirlo, a una inclusión forzada. ¿Por qué será que los hombres sienten que se les impone a la fuerza la presencia de mujeres?

En su análisis, Olmos recurre a una estrategia conocida como la de los datos duros.

 

“A la convocatoria concurren unos 700 manuscritos cada año. De ellos, por lo que sabemos los que sabemos de esto, el 70% como mínimo serán manuscritos de varones. Así, unos 500 de esos 700 manuscritos ya han perdido el premio antes de que su manuscrito llegue a Barcelona. Quedan, con suerte, 200 candidatas a ganar el premio Tusquets” (Olmos, 2023).

 

Ursula K. Le Guin también realiza su propia investigación sobre las tendencias de cuál género, masculino/femenino, recibe más premios literarios, arrojando resultados como:

 

  • Premio Nobel en Literatura, 10:1

  • Premio Faulkner por Ficción, 8:1

  • Premio Gran Maestro Edgar, 7:1

  • Premio Pulitzer, 5:1

 

 

Así sucesivamente con nueve otros concursos. Por medio de este análisis deduce que la relación es de 4.5:1. Por cada cuatro y medio hombres una mujer gana premios. Me parece relevante que Le Guin haya hecho este ejercicio tan minucioso porque, es una contestación precisa para una de las prácticas más comunes en los discursos entre hombres cuando se discute la desigualdad de género; la búsqueda por parte de ellos de las estadísticas, de los números, de las proporciones. Uno para sostenerse en la supuesta objetividad masculina, y dos, para señalar las demandas de las mujeres como desproporcionadas. Le Guin, ciertamente, no se detiene en el premio que otorga Tusquets, pero de los 18 años que se ha llevado a cabo la premiación, dejando a un lado dos años que han estado desiertos, el patrón fue cinco años consecutivos ganaron el premio hombres, después una mujer, le siguieron otros cinco años consecutivos de hombres y desde entonces hasta este año, la seis mujeres que, polémicamente, han ganado consecutivamente. Las matemáticas son sencillas, 10 hombres y 7 mujeres han ganado el Tusquets; los hombres, si no hubiese sido por Betina Gonzalez en el 2012, hubieran prevalecido invictos durante 10 años consecutivos. Bendita Betina y sus poseídas que llegaron a generar un precedente que cinco años después se convertiría en una tendencia nunca antes vista. Mujeres ganando y no sólo una cada par de décadas, sino consecutivamente por seis años, pero qué escandaloso. Es tan abrumador, tan inimaginable, tan sin precedentes, que no puede ser más que por el sometimiento al que las mujeres están atadas, porque según Olmos, “A mi esta escritura no me parece una muestra de empoderamiento; me parece una muestra de obediencia” (Olmos, 2023). Aún en el momento donde se le reconoce a las mujeres, lo siguen haciendo mal. Olmos continúa, “El efecto aplanador que toda esta sed de decoro feminista está teniendo sobre la escritura de las mujeres” (Olmos, 2023), ha tenido desde su perspectiva una producción literaria indigna de leerse.

 

Todas las novelas están escritas de la misma manera, con la misma estructura, sin el menor miramiento para eso que se llama ‘forma’, por no decir para eso que se llama ‘estilo’. Chicas, yo no sé cómo no os cansáis de escribir siempre lo mismo y leer siempre lo mismo a otras autoras. Nos cansamos de la guerra civil, y de la autoficción, y del sado; pero ¿de lloriquear a coro no se cansa nadie? (Olmos, 2023).

 

Desde su mirada, las mujeres no somos capaces de escribir de otra cosa que no sea el lamento. Porque además, desde lo que escribe, podríamos inferir que ser mujer es lamentoso y además cansado de saberse, peor aún, de leerse. Mujeres, no molestemos con nuestros malestares, aquellos que han estado callados y censurados por años, no aprovechemos este momento para mediante estos escritos crear puentes de empatía, oportunidades de ser protagonistas desde el amplísimo abanico de lo que es ser mujer, ese en el que aún queda tantísimo por ser explorado y experimentado. Dicho sea de paso, inexplorado porque ese pensamiento de que lo femenino es trivial, queda evidenciado, existe desde siempre. Lo que es ser mujer, ya lo planteaba Judith Butler en El género en disputa (2007), es evidente que no es todo lo que una es: “El género no siempre se constituye de forma coherente o consistente en contextos históricos distintos, y porque se entrecruza con modalidades raciales, de clase, étnicas, sexuales y regionales de identidades discursivamente constituidas” (Butler, 2007, p.49). Sin embargo, el marco de construcción en el que coloca a las mujeres Olmos es uno romantizado desde la mirada masculina que lo mantiene completamente cegado: rivalidad entre mujeres, maltrato entre chicas lesbianas, maltrato de una mujer a un hombre, “suegras diabólicas”, o mejor aún, uno en el “cuyo protagonista sea un hombre” (Olmos, 2023). Ciertamente, todas estas mujeres existen (y existen muchas mujeres a lo largo de la historia que han escrito y escriben sobre ellas y otras que ni siquiera propone)[2], pero Olmos cae en su propia trampa, en la fijación y estática de una visión exclusiva. Los hombres, entonces, cuando escriben de hombres, ¿cómo serían estos hombres en la ficción?

 

La cosa funciona así: queremos publicar mujeres, queremos incluso premiarlas, queremos darles sitio en los suplementos y las secciones de Cultura; pero, oye, sólo si escriben lo que tienen que escribir. Lo que tienen que escribir se reduce a esto: es durísimo ser mujer y los hombres son muy malos. Las derivadas de lo anterior son: tener hijos es horrible, visibilizar la regla, visibilizar la brecha de género en el trabajo, las mujeres se adoran entre ellas… Y por ahí todo seguido. (…) A nadie le importa porque no dice lo que tienen que decir hoy las escritoras para que nos importen.  (Olmos, 2023).

 

Por su parte, Ursula K. Le Guin, responde:

 

“… the system inevitably perpetuates cronyism, geographical favoritism, gender favoritism, and big-name syndrome. (…) I decided to try to find my impression that the great majority of literary awards that went to men had any foundation in fact” (K. Le Guin, 2004, p.122).

 

El discurso que sostiene Olmos por sí mismo es un absurdo para quienes —nosotras, mujeres— lo entendemos, pero, ¿habrá que explicarle al señor la historia de la presencia de las mujeres en ámbitos de concursos literarios, o no, mejor aún, de la vida misma? Ni siquiera podría considerarse una inversión en roles, porque el premio Tusquets, en sus 18 años y en las 16 ocasiones que ha dado un premio, escasamente podría ser considerado representativo. Sin embargo, para Olmos ya es una aberración redundante. En seis años, bajo su opinión crítica, la literatura escrita por mujeres se agotó. Seguramente porque en los miles de años del hombre como autor ha sabido renovarse ingeniosamente con predisposiciones de genialidad creando historias que no son redundantes, con forma y estilo, porque Olmos sabe bien que los hombres son los que han creado al mundo con sus ideas y sus miradas. Las mujeres deberíamos imitarlos. John Berger lo explica bien en sus ensayos del libro Formas de ver (1972). La mujer es un sujeto pasivo que es definida y creada por cómo “su propio sentido de ser ella misma es suplantado por el sentido de ser apreciada como tal por el otro” (Berger, 1972, p.54). Qué inadmisible aún resulta para ciertos hombres ser los espectadores, los pasivos, los vistos; no sólo inadmisible, violento diría Berger. “Las mujeres son representadas de un modo completamente distinto a los hombres y no porque lo femenino sea diferente de lo masculino, sino porque siempre se supone que el espectador ‘ideal’ es varón (…) Transformar la mujer en hombre, ya sea mentalmente, ya sea dibujando sobre la ilustración. Observarán entonces el carácter violento de esta transformación” (Berger, 1972, p.69).

 

Le Guin, concluye en su ensayo que:

 

The escapable conclusion is that men write fiction four and a half times better than women. This conclusion appears to be acceptable to many people, so long as it goes unspoken. Those of us who do not find it acceptable have to speak. (…) The perpetuation of gender prejudice through literary prizes should be challenged by fairminded writers by discussion such as this, by further and better research, and by letters of comment and protest to the awarding bodies, to literary publications, and to the press (K. Le Guin, 2004, p.125).

 

Ursula K. Le Guin no le quitaría a Olmos su derecho a escribir su pataleta en un artículo, pero sí le invitaría a documentarse antes de hablar, a discutir con anterioridad para cotejar su postura y apagar los humos que su rabieta le provoca antes de que nos ahúme a todxs.

 

 

 

Referencias bibliográficas:

Austin, J. L. (1982). Como hacer con palabras. Palabras y acciones. Paidós Studio.

Butler, J. (2007). El género en disputa. Paidós.

Berger, J. (1972). Modos de ver. Editorial Gustavo Gili.

 

  1. Le Guin, U. (2004). The wave in the mind. Talks and essays on the writer, the

reader, and the imagination. Shambhala Publications, Inc.

Olmos, A. (30 de octubre de 2023). Chicas, ¿no estáis hartas de vosotras mismas?

La producción editorial de autorpia femenina ha alcanzado la redundancia más agotadora.  En El Confidencial.

https://blogs.elconfidencial.com/cultura/mala-fama/2023-10-30/literatura-mujeres-tusquets-obedecer_3762768/?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=BotoneraWeb

 

 

 

[1]Como comentario al margen, yo no veo en este ensayo lloriqueos, ni cursilerías de mujeres, ni ningún tipo de denostación como las que describe Olmos, dejando aquí un primer rastro de la enorme diversidad literaria que genera el género femenino.

[2] Vienen a mi mente, Mariana Enriquez y sus obras de ficción en los que aborda temas de terror y en los que por cierto, sus protagonistas tienden a ser hombres. U, Octavia E. Butler, la primera mujer escritora en ganar el Premio Genius de Ciencia Ficción, con sus cuentos llenos de racismo, sexismo, y etnocentrismo recreados en mundos inspirados por la ciencia y sus múltiples manipulaciones. En fin, la lista es interminable y sumamente inspiradora.

 

 

 

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