Una duda histórica

Una verdad duda histórica

Reseña de Una novela criminal de Jorge Volpi

 

Por Oliver Muciño[1]

 

En nuestra época, la manipulación de la realidad se ha vuelto una herramienta frecuente para la comunicación cotidiana. La veracidad de los hechos se deja de lado en favor de generar verdades “apropiadas o adecuadas” a intereses particulares y poderes hegemónicos. En un escenario como éste, ¿cómo encontramos la verdad?, ¿de qué manera se construye? y ¿a servicio de quién está? En Una novela criminal chocan estos cuestionamientos. Volpi llama a su libro una novela sin ficción, pues está basada en su investigación sobre el caso judicial “Cassez-Vallarta”; sin embargo, a causa de las características de su escudriño y a las incógnitas que sugiere el proceso acusatorio, nos señala su abordaje haciendo una advertencia: “[…] para llenar los incontables vacíos o lagunas, en ocasiones me arriesgué a conjeturar –imaginar– escenas o situaciones que carecen de sustento en documentos, pruebas o testimonios oficiales […]”. También es ahí donde conocemos lo que motivará el argumento del libro, lo cual se nos presenta de manera inteligente –y con cinismo–: “[…] cuando así ocurre, lo asiento de manera explícita para evitar que una ficción elaborada por mí pudiera ser confundida con las ficciones tramadas por las autoridades.” Así inicia el libro, sabiendo el lector de antemano que los sucesos que está por conocer, a pesar de haber sido recogidos de los datos oficiales de una “verdad histórica”, carecen de la objetividad necesaria para ser creíbles, consecuencia de la alteración de la información por parte del sistema de justicia del estado. Por todo esto, considero que el sentido más profundo de la novela recae en la búsqueda de la verdad –o la falta de ella– y no en un reclamo de justicia.

La mañana del 9 de diciembre del 2005 se transmitió por las televisoras principales del país la liberación en vivo de tres personas secuestradas, así como la captura de sus secuestradores: la ciudadana francesa Florence Cassez y su pareja sentimental, el mexicano Israel Vallarta. Después de innumerables faltas al debido proceso, un sinfín de alteraciones en las declaraciones de las víctimas, detenciones arbitrarias en apariencia inventadas por parte de la entonces SIEDO, el CISEN, la Secretaría de Seguridad Pública y la extinta Agencia Federal de Investigación –dirigida por Genaro García Luna y el que fuera su mano derecha, Luis Cárdenas Palomino–; asimismo, la intervención constante de los medios masivos de comunicación y de la opinión pública, la intervención de personajes ajenos a la política poseedores de una voz importante en los asuntos internos del país, la tortura como práctica común por parte de los policías y demás inconsistencias judiciales y constitucionales, se construyó un caso contra ambos detenidos y se les presentó como los líderes de “Los Zodiaco”, una banda de secuestradores que parece nunca haber existido. Se les hizo responsables de varios delitos, entre ellos la privación ilegal de la libertad y la portación ilegal de armas de uso exclusivo del ejército. La primera sentencia para Florence fue de 96 años de prisión. Contra Israel, en cambio, no se ha dictado sentencia. El caso tomó tal relevancia que provocó un conflicto diplomático entre México y Francia de una magnitud no vista desde la intervención francesa en el siglo xix.

A partir de un trabajo de dos años de investigación, Volpi nos retrata la incapacidad y los vicios de un sistema judicial mexicano al que pareciera no haberle importado la impartición de justicia más que demostrar la legitimidad de su poder, construyendo los estribos de la verdad desde la arbitrariedad. Para evidenciar dichas inconsistencias, el autor expone los documentos oficiales y las entrevistas realizadas a los personajes involucrados con el virtuosismo de una narración clara y fluida. Queda a la razón de cada lector la tarea de identificar los asomos de la verdad, si es que los hubiere, o si es que ésta se encuentra extinta entre espejismos, artificios y demás artimañas.

Si bien es claro que se trata de una novela documental, en su labor literaria, resulta interesante la evolución de sus protagonistas. El escritor se encarga de relatar en retrospectiva particularidades de sus vidas antes de ser aprehendidos y se sitúa en el presente cada que tiene entrevistas con ellos, haciendo parte al lector de sus impresiones inmediatas, cual si estuviéramos presenciando la charla junto a él. De esta manera, se develan los matices de sus reflexiones, sus temores, sus deseos y también la maduración de su carácter durante su estadía en la cárcel. Estos elementos, que no son ajenos a la opinión pública, dejan ver las cualidades subjetivas que poco a poco van permeando el caso; pasan de ser dos delincuentes detenidos a ser dos personalidades en el centro del debate público, cruzando del asunto judicial a una cuestión política y social.

Por un lado está Florence, quien llegó a México por invitación de su hermano, siguiendo una búsqueda personal de aventura y bienestar. Sabemos de ella –gracias al autor– que desde muy joven ha sido una mujer emprendedora, que ha tomado riesgos en su vida por conseguir lo que anhela y que, aunque no siempre ha salido victoriosa, la mayoría de las veces ha podido sortear las situaciones adversas que se le han presentado. Desde el momento de su detención se ha declarado inocente. Podemos presenciar durante su estancia en la cárcel cómo es que el temor termina forjando su valentía, de igual forma constatamos “tanto su lado encantador como su lado recio”, en palabras del autor. En ella podemos encontrar, hablando en términos novelísticos, un personaje cabal, con sus confrontaciones íntimas y disponiendo sus fortalezas a luchar por su absolución. Luego de conseguir su libertad, observamos a una persona que ha triunfado en su causa, pero que conserva las cicatrices de su pasado, lo cual le supone una nueva lucha por encontrar su estabilidad personal.

Con Israel no sucede lo mismo, acaso por la preponderancia que adquirió la situación de Florence sobre la de él. Se mantiene a su sombra, a pesar de que la lasitud de los procesos es igual en ambos, lo vemos contraído ante su culpabilidad aparente. Existe un misterio velado en su carácter que no nos permite conocerlo del todo; sabemos parte de su pasado y es verdad que existen aspectos que son causa de sospecha, como el negocio de compra y venta de autos usados. Al momento de su detención se declara culpable de participar en los secuestros –ante los medios nacionales de televisión abierta–, aunque días después rechaza su declaración acusando haber sido torturado por la policía para aceptar los cargos. Con el paso de los años en reclusión, parece ir adquiriendo una madurez progresiva, así como un crecimiento espiritual y religioso, por lo que termina expresando que Dios lo ha puesto en tales circunstancias por una razón divina y que su estancia en prisión le ha quitado todo, pero que al final ha logrado encontrarse consigo mismo. Es curioso si analizamos su discurso, pues se puede entrever un cierto tono de resignación –¿quizá aceptando su culpabilidad?, no tengo la certeza.

Volpi nos muestra a Israel como una persona inteligente, quien en cierto momento decide llevar su propia defensa legal. Una persona con dotes naturales de líder. Esto último es interesante pues, al inicio de la construcción de su caso, un especialista en perfiles psicológicos de la Procuraduría de Justicia determina esto mismo como una característica elemental de su personalidad, motivo por el cual se justifica su liderazgo en la banda de “Los Zodiaco”. Durante una de las entrevistas, Israel relata una fábula, la cual resumiré de la siguiente manera: era invierno y un pájaro estaba a punto de morir de frío tendido sobre el pasto, llegó una vaca y se cagó encima de él, con el calor de la mierda recobró fuerzas y comenzó a piar de felicidad, entonces llegó un zorro que lo había escuchado, lo sacó de la mierda y lo devoró. Israel termina el relato con dos moralejas, la primera es que “no todo el que te llena de mierda es tu enemigo” y la segunda, “si estás cómodo, pero con la mierda hasta el cuello, es mejor quedarse calladito”. La fábula –de autoría anónima– incluye una tercera moraleja que no es tomada en cuenta, “no todo el que te saca de la mierda es tu amigo”. Las reflexiones posibles son las de una realidad inquietante, Israel la menciona haciendo referencia a su postura adoptada de guardar silencio; a diferencia de Florence, quien mantuvo su voz presente a cada momento. Si analizamos a profundidad, son sorprendentes las relaciones de la fábula con el desarrollo del caso de Israel, quien sin duda representa al pájaro. ¿Qué nos quiere dar a entender al mencionarla?, ¿que está de acuerdo con su encierro y corre más peligro estando libre que preso? o, una vez más, ¿acepta indirectamente su culpabilidad?

Casi quince años después de esa mañana del 9 de diciembre de 2005, Florence se encuentra libre e Israel sigue preso esperando su sentencia. Florence salió libre por las faltas al debido proceso y bajo la idea de que ha sido víctima, entre otras cosas, de una violencia de género, en la cual, sin tener conocimiento de las actividades delictivas de su pareja sentimental, fue arrastrada a ser participe. La libertad de Florence se logró a causa de reafirmar la culpabilidad de Israel; tal vez era la única manera en que el sistema de justicia mexicano podía permitir su liberación. Sobre el presunto culpable, las posibles razones de su captura apuntarían a una venganza personal orquestada por Eduardo Margolis, empresario con gran poder en el país; y, aunque hay pruebas no oficiales de esto, el asunto no queda del todo claro. Respecto a Israel me sucede igual que a Florence en la última charla que tiene con Volpi, ya en libertad y viviendo en su país: “A estas alturas, si tú me dices que es inocente, te creo, si me dices que es culpable, te creo también”.

Ahora bien, para entender los alcances de esta novela en el ámbito de la literatura mexicana es importante mencionar a “La generación del Crack”, de la cual Jorge Volpi es uno de los autores más prolíficos. El movimiento se forma a finales del siglo XX por un grupo de escritores mexicanos con una nueva visión y compromiso hacia la literatura. Dentro de sus intereses principales se buscaba hacer una ruptura con los esquemas del realismo mágico y su visión exótica y folclórica de latinoamérica, estilo que, según ellos, había perdido vigencia. Tomando como referencias directas a autores como Jorge Luis Borges y a los mexicanos Sergio Pitol y José Emilio Pacheco, a través de temas políticos, de la investigación científica y periodística, de la intención de retratar la realidad de las ciudades y sociedades contemporáneas y su conjugación en la conformación de estructuras narrativas complejas dotadas de un lenguaje fecundo, se buscaba generar un nuevo movimiento literario.

Del contexto anterior me surge la siguiente cuestión: ¿dónde se encuentra lo literario en Una novela criminal? Si bien resulta lo más obvio pensar que dicho género literario permite conjeturar –imaginar–, como nos advierte al inicio del libro, sobre los hechos de la verdad “oficial” expuesta por las autoridades para dar orden y coherencia a la estructura novelística, me parece que el motivo se centra en otro criterio: la duda. Este es un elemento clave que nos presenta al narrador como un personaje más, con constantes discusiones internas que lo van llevando progresivamente a involucrarse en la historia, no como un juez, pero sí como un interlocutor que irremediablemente inclina su mirada hacia un posicionamiento particular.

Por último, me atreveré a hacer una comparación, sin mayor afán que el de clarificar mi punto, con la “not fiction novel” (novela sin ficción), término utilizado por Truman Capote para clasificar su libro In cold blood y que Volpi usa para nombrar su trabajo. En ambos observamos diferencias en cuanto al distanciamiento de la realidad. Por ejemplo, en el célebre autor estadounidense encontramos a los protagonistas con una personalidad compleja, dibujada con una cantidad importante de matices que nos dejan conocer su esencia a profundidad, aspecto que a su vez denota el fuerte involucramiento del escritor. Con el autor mexicano no ocurre así, de manera sucinta los personajes son lo que son y hasta donde alcanzamos a conocerlos, lo que resulta adecuado en función de las intenciones de Volpi de intervenir lo menos posible la realidad, cual si fuera la verdad el personaje principal, elemento que no logramos asir sino por el cúmulo de alteraciones que ha sufrido y que nos alejan de ella y nos sitúan en un espacio preciso para la duda.

 

 

[1] Oliver Muciño (Ciudad de México, 1990)

Artista plástico y visual. Ha colaborado en diversas revistas literarias y de divulgación cultural, actualmente como columnista en la Revista Littengineer. Participó en el proyecto “Los Acentos de la Voluntad”, enfocado en la investigación y la creación socioartística con poblaciones callejeras. Actualmente labora como promotor cultural en la SeCult CDMX en el área de Gestión, Acompañamiento y Apoyo Prioritario (GAAP), particularmente en el eje de personas en situación de calle.

 

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