Claudia Menéndez | Narrativa

Por Claudia Menéndez

 

Un día en la vida de Claudia         

El día 31 de abril te mandé un mensaje desde tempranito para que vinieras porque estaba deprimida y tenía el presentimiento de que algo malo iba a pasar. Pero nada, no me respondiste y más tarde, como a mediodía, vi tu publicación y tu estado y pensé: a este no le importa nada lo que a mí me pase. Bajé a la Feria, pa comprar algo. La misma jodedera de siempre, pero a lo mío: el picadillo, la latica de puré de tomate y los platanitos. Cuando volvía a la casa, revisé el teléfono y no vi nada tuyo. Claro que me dije, no te pongas nerviosa Claudia, ahorita te escribe.

Antes de descongelar y cocinar me puse a leer noticias y chismes, como siempre. Y me pasé tremendo rato en esa bobería. Pero cuando vi lo de la nave ahí sí me quedé fría. Qué es esto? Me dije. Tremenda historia! La nave gigantesca encima de nosotros y yo no había visto nada! Yo acababa de regresar de la calle y todo el mundo en la misma bobería. Pero en el teléfono estaba la noticia: “Nave gigantesca encima de La Habana recoge pasajeros para viaje a Marte”.      

Wow! Yo me dije: tengo que ir pa allá!  Antes de salir te escribí pero no me contestaste. Te marqué: teléfono apagado. Rarísimo todo. Pero yo decía: yo tengo que ir pa allá. Supuestamente la Nave estaba en el Malecón.

Y nada, que cuando llegué, sin saber de ti, y ya había perdido las esperanzas, me pegué con el bulto de gente que estaba empujando para entrar y me colé porque tú sabes que yo soy una fiera en las colas. Logré entrar y subí, a empujones pero logré meterme pa adentro y cogí asiento y todo. Traté de comunicarme contigo de nuevo y nada. Tú perdido.

Pa qué te voy a contar lo demás, que ya tú sabes. Que llegamos acá después de tres días volando. Tremenda historia el viaje pero los detalles no te los puedo escribir ahora. Solo te puedo decir que ha sido lo mejor que me ha pasado. Aquí lo que sucede es que me siento rara porque no conozco a la gente. Y te extraño! Del carajo tener que esperar hasta el 31 de abril del año que viene para ver si te puedes colar en el próximo vuelo!

Esta difícil!

 

 

Hoy como ayer yo te sigo queriendo mi isla bella

 

Recuerdos de la abuela: arroz con pollo a la chorrera, bien mojado con ajíes rojos por encima en cazuela grande con tapa de cristal, picadillo de res con aceituna, pasas y alcaparras, y papitas cuadraditas fritas antes; frijoles negros a lo Menocal con tomate y azúcar, ajiaco, tamales, quimbombó, pollo asado y en fricasé, el espagueti cortado, con picadillo, croquetas de pescado, chicharrones de pollo, ensalada fría, panetelas, arroz con leche, natillas, buñuelos, dulces de toronja, fruta bomba y casquitos de guayaba.

Despensa para las latas, proceso de deshojar el maíz, sesiones de costura, tejido, bordado. Cada mañana ir al puesto a ver qué hay. Recibir a los aguadores que traían el agua limpia en botellones. Subían al cuarto piso cargando en sus hombros marcados. Planta de orégano en el balcón.

Talco después del baño, colonia. Los domingos en el Pontiac. Leer más→

Cata Muñiz | Poesía

Cata Muñiz (Monterrey, Nuevo León, México). Poeta y Editora independiente. Coordinadora editorial y Cofundadora de M de morras: Revista artística. Autora de Hogar hecho de carne, publicado por la editorial Nodo Mutante. Segundo lugar en el Certamen de Literatura Joven, UANL 2025. Ha publicado en revistas como M de morras: Revista artística y Filamento. Revista de creadores jóvenes de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Escribe desde el cuerpo, entendiendo la carne como archivo de la memoria. Su obra explora la infancia vulnerada, el espacio doméstico y la ciudad como territorios donde el daño se vuelve cotidiano y estructural, la materialidad del lenguaje, el imaginario corporal y una mirada crítica sobre el silencio, la culpa y el desgaste emocional.

 

 

Refugio contra guerras

 

Habitación hecha de metales,
como jaula de aves o reja de barandal,
barrotes de cárcel o refugio contra guerras,
nación sin líder, espacio reseco,
enterrado,
                 solitario,
                                muerto.

Recuerdo el patio de la casa,
los gritos de la vecina,
cuando le tirábamos los pantalones de la barda,
cuando las guayabas caían y me golpeaban la cara,
cuando su marido nos miraba,
en silencio,
por el hueco de la pared.

Veo las siluetas,
los ojos amarillos y el dolor en las rodillas,
azul y verde, llaves mixtas,
la mirada del enemigo,
el miedo a que el reloj marcara las nueve,
anunciando,
la sangre y los vidrios rotos.

 

Saqué al monstruo de mi casa
pero hay algunas sombras,
que aún no pueden escapar de él;
viven encerradas,
obligadas a la ceguera,
llaman amor a la bestia,
con la esperanza de salir ilesas.

La guerra creció dentro de mí,
sin saber quién iba ganando;
escuchaba las bombas,
vomité las cenizas,
cerré las fronteras,
¡que nadie salga!, ¡que nadie entre!
ya no hay espacio para más muertos.

 

Oculté mis restos en una alcantarilla
la llené de mí mientras me ahogaba
crecí dentro
pinté sus paredes  con sangre y saliva
colores inventé de mi cuerpo
era mía, me pertenecía
mi reino, mi tierra.

Curé ahí las heridas que dejaron las ratas
arreglé nuestros hoyos
no podía dejarla morir
sin aire,
             rodeada de nosotras,
                                                paredes
                                                               sin resanar.

La nada que me llevó de vuelta
en medio del desierto
con los buitres haciendo espirales
mientras la bestia me veía de lejos
cuando me desmembraba en el pantano
con aguas profundas llenas de mis residuos
lo que maté en el hueco.

¿A quién llegará el hedor de mis desechos?
¿Qué tan lejos llegarán los pedazos de carne?
Los cuerpos seguirán flotando
hasta llegar al portón en llamas
para ser recibidos por Dios y sus ovejas
ofrecidos como alimento
al monarca en turno
que lleva el nombre de mi padre.

 

 

 

Terrario

Fue cuando me vestí de otra
que dejaron de seguirme las hormigas
y le prometí a mamá llevar a alguien a casa
para calmar el hambre de un fantasma
al que le llora la tripa
y se le cuecen las manos de tocar
un nuevo pedazo de carne.

Hay un camino de flores esperando
                                                         (me)
hambriento de mi cLeer más→

Identidad, deseo y poder en Kinds of Kindness (2024) de Yorgos Lanthimos

Por Ana Julia Jiménez Alizota[1]

 

Sweet dreams are made of this
Who am I to disagree?
[…]
Some of them want to use you
Some of them want to get used by you
Some of them want to abuse you
Some of them want to be abused
— Eurythmics (1983)

 

El film abre con la canción de Eurythmics “Sweet Dreams (Are Made of This)”, dando al espectador un vistazo de lo que presenciará en los próximos 165 minutos a través de los acordes sintéticos de la canción: una exploración frontal sobre la servidumbre voluntaria y la mecánica del sometimiento. La “bondad” que se presenta desde el título nos revela cómo las instituciones contemporáneas (como el mercado laboral, el matrimonio y la religión) se vuelven dispositivos de poder, los cuales envuelven las tres historias de la película. Podemos observar cómo los cuerpos son vulnerados al mandato del Otro, los mecanismos de exclusión y de control discursivo de Michel Foucault y la performatividad ritualizada de Judith Butler demuestran que el sujeto no precede a las estructuras de dominación, sino que es su producto más depurado. Asimismo, la deriva de sus protagonistas puede comprenderse mediante los movimientos de desterritorialización y reterritorialización teorizados por Deleuze y Guattari, pues a cualquier intento de escape frente a un orden institucional concluye siempre en un nuevo dispositivo de captura. Será a través de la figura de R.M.F. como Lanthimos desarticula la noción del individuo como una unidad psicológica coherente y lo expone como un artefacto disciplinario. Además, Kinds of Kindness articula una crítica radical a la ilusión de la autonomía individual, mostrando cómo el deseo de pertenencia en la sociedad contemporánea exige la amputación (literal y simbólica) del propio cuerpo para garantizar la validación dentro de un orden social que solo otorga existencia a través del sometimiento.

Un hombre espera en su auto a que pase otro de un desconocido, cuando llega, impacta contra él; su jefe le ha dado la orden de hacerlo, y él lo ha cumplido. De acuerdo con Michel Foucault (El orden del discurso, 1970) todo discurso está controlado por poderes e instituciones que lo seleccionan, organizan y distribuyen mediante diversos procedimientos de exclusión. En el film, Raymond (el jefe) ejerce el poder que tiene sobre Robert, controlando así todo sobre su vida: sus gustos, sus acciones, su cuerpo, su sexualidad (desde lo macro como su empleo, hasta lo micro). En una primera escena con los dos juntos, podemos ver cómo su relación va más allá de ser jefe-empleado: “Si de verdad me amas […]” le dice Raymond, mostrando el tipo de cercanía que tienen después de diez años. Sin embargo, el otro, tras continuar la charla, duda de la última orden y le contesta: “Cualquier cosa pídeme, pero no puedes hacerme responsable de otro hombre”, haciendo mención de aquel que debió matar (R.M.F.).

El discurso, por más que en apariencia sea poca cosa, las prohibiciones que recaen sobre él, revelan muy pronto su vinculación con el deseo y con el poder. Y esto no tiene nada de extraño: ya que el discurso —el psicoanálisis nos lo ha mostrado— no es simplemente lo que manifiesta (o encubre) el deseo; es también lo que es el objeto del deseo; […] el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse. (Foucault, 1970)

La instrucción de impactarse contra el auto es la manifestación de un discurso dominante que ha colonizado la voluntad de Robert; el acto de chocar se vuelve una pieza de la maquinaria disciplinaria que domina la materialidad de su existencia y lo vuelve una parte del engranaje de un sistema. El poder que Raymond ejerce sobre Robert se altera cuando el discurso se desplaza de la obediencia hacia el querer su propia autonomía (al negarse a matar a R.M.F.), así es como Robert rompe el contrato de obediencia que sostenía su realidad. Cuando Robert es despedido y pasa por una transformación de su rutina, no vemos solo la pérdida de comodidad en su vida, sino que también es un acto de exclusión: al dejar de ser el “sujeto” del discurso del jefe, “Robert” deja de existir y entra en una crisis de identidad.

La desesperación de Robert por volver al orden anterior evidencia que el individuo no es el enemigo del poder, sino su producto mejor logrado. Su búsqueda de aprobación es la confirmación de que su propia identidad depende de la estructura que lo domina. Al final, arrollar el cadáver de R.M.F. no es un “acto de bondad”, sino el desenlace de un discurso que ha logrado adueñarse de la voluntad del otro, convirtiendo el deseo de pertenencia y seguridad en una forma de dominación.

Por otra parte, la estructura narrativa nos conduce a Roland Barthes y a La muerte del autor, pues encontramos que los sujetos (los personajes) no son entidades con una identidad estable, sino que son un tejido de signos que se transforman según el contexto de cada historia. Kinds of Kindness nos presenta tres historias, todas unidas por un sujeto llamado R.M.F., que funciona como un “significante flotante” (que, de acuerdo con Levi-Strauss en Introduction à l’œuvre de Marcel Mauss (1950), es un significante “no finito”, que representa un exceso de significación sobre el significado), y por el cual permite que el espectador y los personajes intenten dar sentido a un mundo absurdo y fragmentado. Centrándonos por el momento en esta figura, R.M.F. atraviesa la pantalla sin una carga semántica fija, es un símbolo que vale mucho porque no significa nada; es un comodín. Solo forma, solo un nombre (o las iniciales de uno), y esto lo vuelve una especie de nudo en la red de signos (y este todo vendría siendo los personajes sin identidad estable). Bajo esta misma lógica, el elenco funciona como envases que cambian de contenido en cada relato; personajes con máscaras intercambiables en cada historia (lo cual lleva a pensar en los pósteres promocionales de la película, donde cada uno de los personajes parece llevar una máscara de su propio rostro)¹. Vemos como Robert pasa de ser un empleado  sumiso en “The Dead of R.M.F.”; a ser Daniel, un esposo que sufre la pérdida de su esposa, en “R.M.F. is flying”; para finalmente transformarse en Andrew, el compañero de Emily e integrante de un grupo sectario, en “R.M.F. eats a sandwich”.

Figura 1

Pósteres de Kind of Kindness (2024), Japón y E.U.A.

        Nota. Afiches oficiales de la película en Japón y Estados Unidos (Searchlight Pictures, 2024).

 

Igualmente, y teniendo en mente el  “sujeto flotante” que hay en R.M.F., se puede entender que esto permite que los otros personajes proyecten sus propios discursos sobre él: para Robert, era una orden que debía cumplirse; para Emily y Andrew, el receptor del poder de resurrección; para el espectador, un misterio.

El film nos sugiere que el individuo no tiene una esencia fija, sino que es un “multiespacio” donde chocan diversas verdades; donde nada ni nadie es inmutable, y puede verse cómo diferentes órdenes, normas y costumbres externas influyen en lo que llamamos “identidad”. La identidad de los individuos es un collage de los estímulos externos que han penetrado en la materialidad del cuerpo, convirtiéndolo en una superficie donde se inscriben múltiples discursos. Esta fragmentación de identidades ya la presentaba Judith Butler con los “actos performativos”; pues, al no existir un autor interno que dirija las vidas de los personajes, la identidad sólo logra sostener mediante la repetición ritualizada de las normas externas. Robert no es un empleado sumiso por naturaleza, sino que se ha vuelto EL empleado sumiso a través de la repetición de acciones (beber whisky, decir su itinerario, chocar el auto) que su jefe, como figura de autoridad institucional, le ordena para validarlo como sujeto existente.

Con todo lo anterior en mente, regresemos al segundo relato. El policía Daniel se encuentra en espera de que hallen el paradero de su esposa, Liz, que ha desaparecido en el mar. Con sus amigos la recuerda como aquella que no come chocolate. Un día es localizada y al regresar a casa Leer más→

Poema y violencia

 Elegía a Renee Nicole Macklin Good[1]

 

Por Alejandro Zapata Espinosa[2]

 

El miércoles 7 de enero de 2026 fue baleada Renee Nicole Macklin Good[3] por Jonathan Ross, agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), luego de llevar a su hijo de seis años a la escuela, durante un operativo contra la migración en Minneapolis (Estados Unidos). Era madre de tres hijos y se licenció en Inglés en diciembre de 2020, el mismo año en que ganó el Academy of American Poets Prize por «On Learning to Dissect Fetal Pigs»[4] («Sobre aprender a diseccionar fetos de cerdos»[5]), por la Facultad de Artes y Letras de la Universidad Old Dominion.

 

El asesinato provocó reacciones a favor y en contra del ICE. Estas serán eje para interrogarnos por la función de la poeta, y el poema, su concreción, en la sociedad, y el uso de la palabra entre los que lo sobreviven.

 

«Hay una foto de ella / Justo antes de que se vuelva rancia, / Justo antes de que la arrastren / Hacia cómo la ven ellos»[6], entona Cornelius Eady. «Ellos» son el agente Jonathan Ross, que según la CBS News sufrió una hemorragia interna en el torso por el «atropello» que «justificó» su «defensa propia». Esta hemorragia fue cuestionada por The Guardian[7], tanto que trabajadores de la cadena CBS News manifestaron: «”A muchos aquí les pareció que estábamos sirviendo de vehículo a la justificación del tiroteo por parte de la administración, para mantener nuestro acceso a las fuentes”, dijo un segundo empleado de la cadena, también no autorizado a comentar». La mentira política es subtexto legal, y la poética, que tiene el verdadero poder para mentir, pues solo ella escapa del ser, lo elude y lo burla, como diría Zambrano, tiene derecho a enjuiciar ese boceto de mentira: «Lo que no es razón, es mitología, es decir, engaño adormecedor, falacia; sombra de la sombra en la pétrea pared de la caverna».

 

El intento por limpiar la imagen y encubrir lo ha estudiado Robin D. G. Kelley en entrevista a propósito de la muerte de Renee Good para Boston Review[8]:

 

Lo que no me sorprende es por qué y cómo Jonathan Ross le disparó, ni los esfuerzos del gobierno federal por encubrir lo sucedido. Al investigar Making a Killing [Haciendo una matanza: capitalismo, policías y la guerra contra la vida negra, obra no publicada], encontré demasiados incidentes para contarlos en los que la policía disparó fatalmente a personas por intentar huir […]. Todos tienen algo en común: la policía justifica los tiroteos como actos de defensa propia. El presunto «sospechoso», según la historia, pretendía embestir al agente, quien abrió fuego porque temía por su vida.

 

El trabajo de encubrimiento es para el agente y contra Renee Good, que fue llamada por la secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Kristi Noem, «terrorista doméstica»[9]. En vez de entrar en redireccionamientos, cambiar al enunciador por juzgado, se hace evidente la función social deLeer más→

Vastedades metafísicas

Entre liminalidad, vaporwave, Giorgio de Chirico y misterio

 

Por Aldo Vicencio[1]

Señalar la confusión que transita nuestra época bien puede ser un lugar cómodo y redundante. No obstante, nunca sobra. A menudo, los remanentes se convierten en organismos enteros. Lejos del goce perpetuo —esa ilusión que ofrecía el neoliberalismo hace una década—, hoy nos situamos siempre en cierta incomodidad; se evita el displacer y frenéticamente se buscan las certidumbres totalitarias. Al menos es lo que las hegemonías pretenden. Señalar al fascismo algorítmico y la instrumentalización genocida ya no es suficiente. Es necesario deletrear nuevas respuestas.

Recurro pues a los horizontes que de algún modo reconozco. La intimidad es una suerte de insurgencia minúscula y cotidiana, y por ello, inevitablemente radical. Dislocar la linealidad, el pulso de lo instantáneo para entregarse a la pausa sin conjugación, es invocar cierta eternidad. Abstraer el sentido de lo que nos rodea es refundar la semántica de los objetos. Las sillas son templos y las ventanas una gracia invisible. No es la primera vez que se alude a ello. A inicios del siglo XX, el pintor greco-italiano Giorgio de Chirico (1888-1978) decidió ensayar todo esto en su vasta obra. Y antes de él, otros, otras, otrxs, lo hicieron. Hablamos pues de un deseo —en el sentido anti-edípico— que atraviesa la experiencia humana. Se trata del misterio mismo.

Precisamente, una tendencia musical y visual nacida en las profundidades del internet a inicios de los años 2010, ha alimentado discretamente dicha pulsión. Y es que el vaporwave es un nicho que rebasa la ironía narrativa de la posmodernidad. La cuestión de este asunto estriba precisamente en que más allá de las definiciones típicamente modernas de sus elementos, su sostén alude a la necesidad de habitar el misterio. Por eso, creo conveniente reflexionar acerca de ello, tomando como referente la pintura de Chirico y ciertas ideas que considero convergentes en la cuestión. 

 

Giorgio de Chirico, La torre roja, 1913.

 

***

 

En su libro Modernidad y tradición en la obra de Giorgio de Chirico (2001), María Teresa Méndez Baiges abre con lo siguiente:  

Desde una postura moderna, hay, en nuestro siglo, artistas que niegan efectivamente el pasado, pero como principio de autoridad, no como experiencia. Reivindican el derecho a remontarse a las fuentes de la historia prescindiendo de la tradición que las ha transmitido reduciéndolas a fórmulas normativas.[2]

Resulta importante lo señalado por la académica española. En el mismo texto, páginas adelante, indica cómo la crítica especializada ha fijado su análisis en los momentos de ruptura de los pintores vanguardistas y que ello representa un problema, sobre todo cuando se trata de la obra de Giorgio de Chirico[3]. Y es que aquél artista mantuvo continuos y vigentes varios elementos de sus diferentes etapas pictóricas hasta la muerte. Particularmente, su famosa etapa metafísica nunca se ausentó de sus pinceles. Toda esta reflexión sintetiza las paradojas de la modernidad en la que estamos inmersos aún.

Porque, como el vidrio vivo que se dilata hasta el vértigo absoluto, nuestro cinismo sigue siendo moderno. El escepticismo hacia los paradigmas de la modernidad sigue encasillado en la racionalización cartesiana de las cosas, por más que lleve la definición de posmoderno. La pasividad de los descreídos resulta más una impostura típica de nuestra época que una oposición fuera de ella. La frivolidad del integrismo de algunas iglesias cristianas resulta también una reactividad moderna, inclusive si viven atravesadas por la noción de tradición.

Estos elementos han dibujado, en años recientes, los ambientes que animan a las comunidades digitales. La crisis continua en la que han vivido tanto millenials como centennials ha habituado a ambas generaciones a la idea de que todo se fractura, todo se interrumpe, que nada perdura. Más apocalípticos que integrados, su clamor suele ser nostálgico o, en el peor de los casos, abiertamente nihilista. Y no obstante, en la explotación de alta demanda y velocidad instantánea, se abren recovecos donde lo atemporal se instala.

Más que lo atemporal, es el misterio mismo. Retrotraerse de lo circundante, extrañarse del espacio, refundar la semántica cotidiana, permite que nuestro ahora sea todos los ahoras. En este aspecto, el pasado inmediato, vivido y no vivido, es un constante presente, uno donde lo normal ya no es solo “lo normal”. Es un signo de las silentes ofrendas de lo contingente, es decir, de lo liminal.

La antropología ha definido lo liminal como el estado de umbral inducido por los rituales de tránsito que marcan cada una de las etapas vitales de los seres humanos, en los cuales se invierten o desaparecen las jerarquías y la cotidianidad de una comunidad. El concepto fue introducido por Arnold van Gennep en su libro Los ritos de paso (1909) y posteriormente fue complejizado por Victor W. Turner en El proceso ritual (1964). Ejemplos de rituales liminales en nuestra sociedad son los bautismos, las fiestas de quince años, las bodas y los funerales. Y es que, atendiendo el origen etimológico del término liminalidad, encontramos que éste proviene de la palabra en latín limes, que traducida al español significa “límite”, “frontera” o “umbral”. Entonces, lo liminal vendría a significar estar en medio de lo limítrofe, es decir, no estar en un sitio ni en otro, tanto física como mentalmente. Es situarse en el umbral, entre lo que se va y lo que vendrá.

Precisamente, en la experiencia de lo liminal los sujetos son y no son; por ejemplo, en las comunidades donde aún existen ceremonias y rituales dedicados a la consagración del paso a la adultez, los sujetos dejan de ser infantes, pero aún no son adultos plenos. Lo liminal es, en cierto sentido, un horizonte de especulación donde los individuos no terminan de transformarse o integrarse a algo concreto; habitan un limbo. Es a partir de ello que surgen espacios dedicados a replicar o contener dicho tránsito. La incertidumbre que los atraviesa se convierte entonces en una dimensión vacía donde converge un tiempo distinto, uno que muchas culturas han relacionado con lo edénico, lo sagrado y el mito. En tiempos recientes, la noción de espacio liminal se ha popularizado gracias a la cultura del internet con fenómenos virales como la creepypasta y ahora película Backrooms, dirigida por Kane Parsons; además han aparecido trabajos especializados, destacando el libro Estéticas liminales (2026) de la historiadora del arte italiana Valentina Tanni.

Tengamos en cuenta que la experiencia liminal es más común de lo que pensamos. Recuerdo cuando era niño y, absorto, observaba las cajas de los sets de Playmobil. Los dioramas montados con aquellos juguetes alemanes siempre tenían algo sugestivo. La postura dinámica e inmóvil a la vez de los “clicks” me recordaba, de algún modo, a un instante mítico, como si el mundo estuviera naciendo en ese preciso momento. Y es que el fondo de esas escenas solía ser un crepúsculo, sobre todo en las colecciones Medieval, Magic y del Viejo Oeste. Y si no era aquél, los muñequitos aparecían sobre una pared lisa y azul, a maLeer más→

Verdad servida en gotas de pomelo

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

La mesa del comedor es por naturaleza, el lugar de la re-unión. Allí, el cuerpo se recompone, la palabra circula y la distancia parece, por un instante, acortarse. Esto sucede porque hay algo particularmente extraordinario cuando se come en comunión, el hambre se reconoce en la necesidad del otro.

 

Y ese gesto tan sencillo exige un ritual. Lavarse las manos, correr la silla sin rastrillar el piso, esperar a los otros, servirse con mesura, masticar lento y con la boca cerrada, mirar a los concurrentes, propiciar la palabra mientras el paladar se prepara para el siguiente bocado. Respirar. Dar las gracias.  

 

Ese ritual por demás, no se refiere a los buenos modales. Es la manera en que el alimento se convierte en memoria. Cada bocado guarda algo de quienes estuvieron allí, sus silencios, sus gozos y sus amarguras. Algo de todo ello permanece, incluso, mucho después de que el servicio se ha recogido. Y eso, nadie lo puede negar.

 

Para Leónidas ese momento de aparente normalidad doméstica será también el espacio donde la verdad irrumpirá sin haber sido invitada. Una mañana cualquiera entre la vajilla de porcelana reluciente y la máscara de pestañas en la mirada distraída de su esposa, una carta lo arrastra hacia el pasado.

 

La primera escena de la novela Una letra femenina en azul pálido sucede alrededor de la mesa del desayuno. “una gran mesa con doce sillas de respaldo alto…”, nos cuenta Werfel Franz. Doce sillas, doce, ¿Para dos personas? nos preguntamos nosotros.

Sobre la mesa descansa una respetable pila de once cartas, algunas son felicitaciones por su reciente celebración de cumpleaños. Diez de ellas escritas a máquina. Leónidas las revisa sin mayor asombro, con algo de aburrimiento.

Amelie, su esbelta esposa, frente a él, hojea el periódico mientras vacía suavemente con una cucharilla un pomelo, su único alimento que ha dejado reposar previamente sobre el mantel. Su rigurosa disciplina de movimiento para despulpar la fruta es casi milimétrica.

Ninguno habla, ninguno se mira.

Leónidas pasa una a una las cartas. De pronto, la última, escrita con letra azul pálido, de rasgos que se levantan, firmes y directos. Franz nos describe ese momento como el terror que pudiera generar una noticia catastrófica estatal. Él palidece, las manos se le hielan. Es posible imaginar algo de taquicardia y una leve gotita de sudor frío bajando por su espalda. Leónidas retrae el cuerpo un poco hacia delante, la carta sigue en sus manos. Amélie continúa raspando la pulpa del pomelo, sin afán, tranquilamente.  

Muchos años atrás, a la una en punto de la tarde, Leónidas, entonces un joven estudiante sin futuro y bastante inseguro está sentado a la mesa de los Wormser, la familia para los que trabaja. Es tutor particular del hijo adolescente. Lo prepara para un examen académico. Leónidas hace bieLeer más→

Elefantes sin nombres: como anzuelos en la piel

Por Agustina Panzani

 

No puedo evitar releer esas tres páginas de Hemingway.

No quiero levantarme. La alarma sonó cuatro veces ya, pero yo estaba despierta desde mucho antes. Con esas páginas, sola, me siento sola. Y sé que no lo estoy. Eso me aterroriza más todavía.

¿Cómo se explica una cosa así?

Necesito tomar agua, tengo sed, pero me estoy haciendo pis. Primero voy al baño. Arrastro los pies, mamá sigue durmiendo, mi hermanito menor (la pesadilla de mi día a día) también duerme. Papá ya se fue al trabajo. Coco, el cocker que ya tenemos hace unos trece años, ni levanta la oreja cuando paso por al lado.

Entro al baño.

Mi reflejo es diferente. Distinto.

Me siento otra.

¿Soy otra?

Mi imagen está distorsionada. Intento encontrarme, pero no me encuentro. ¿Dónde quedé? No lo sé. Miro el pijama desteñido, bajo la vista hacia la zona de mi ombligo, la levanto rápido.

La cadena del inodoro sigue rota. Ya estoy harta hasta de quejarme para que la arreglen. Prefiero pasarlo por alto, es una insignificancia que no tiene sentido pensar ahora mismo.

Quiero unas chinelas nuevas. Las mías son un desastre. Llenas de agujeros.

En otro contexto, con un olor muy particular, reconocible, rodeada de múltiples habitaciones con jeringas y medicamentos, con gente que me visita o tenga que ayudarme, se verían mal.

¿Qué hago pensando eso ahora?

No.

Mamá toca la puerta del baño.

-¿Cuánto te falta, nena?

-Ya salgo mamá. Un poco de privacidad, te pido.

Me miro una vez más. De frente. Con ojeras. Se nota que lloré. Pero mamá no creo que se dé cuenta. Le echo la culpa al insomnio y listo. Me cuesta mirarla a la cara, pero me armo de valor. Abro la puerta.

Pienso en elefantes blancos.

Al fin —dice—, media hora adentro del baño… ¿no ves que se hace tarde?

Hoy no pienso ir al colegio — le digo.

¿Por qué?

Pienso en colinas.

Me siento mal, le contesto.

No te habrás peleado de nuevo con Emanuel, Firoella, ¿no?

No, mamá. Me duele la panza. No quiero ir.

Pienso en una conversación entre elefantes y colinas.

Emanuel. Tiene 21. Cuatro años mayor que yo. Lo conocí hace aproximadamente un año. Nos pusimos de novios. Nunca creí que la diferencia de edad fuera demasiada. A mis papás la noticia no les cayó bien, ¿pero qué derecho tienen ellos de decirme algo así?

Fui feliz. Fui.

Pienso en un bar. Personas sentadas. Elefantes. Colinas blancas.

La última conversación con él fue hace una semana. No sé si lo llamaría una conversación. Yo hablé. Él gritó. Terminé dándole la razón. Por eso pienso tanto en ese bar, en esos elefantes y en esas colinas. Quedamos en ir al hospital el jueves. Hoy es miércoles.

Después de eso, todo va a estar bien.

Que no tengo que contarle a nadie.

Es algo chico, dijo.

A todo el mundo le pasa. Los errores suceden. Todo va a estar bien.

Entro en la contradicción de pensar en mi cuLeer más→

Kenia Namiliz Salas Pelaez | Poesía

Kenia Namiliz Salas Pelaez. Nacida en la Ciudad de México, pero habitante constante de la mar, de las costas de Guerrero. He encontrado en la escritura una forma de habitar el misterio y la oscuridad de mi existencia, sin antinomias ni dialéctica. Actualmente curso un doctorado en Estudios de Género en la Universidad Nacional Autónoma de México. Mi investigación se centra en el autorretrato de mujeres negras sudafricanas.

 

 

 

1

De lengua excesivamente alargada
De pezones aguzados
De entrepierna oscura

De caderas dilatadas
De pies planos
De ojos volcánicos,
te mira.

Fea, brama el hombre,
Cruel
Maligna
Víbora

 

De aguda carcajada,
entregada toda,
pliegues de grasa sonora,
cabellera enmarañada.

La saliva no le corta el habla,
entrañable su terneza,
en su vulva peninsular.

se mira,
arpía de la palabra,
serpiente marina,
alevosa a carcajadas,
preñada de conceptos.

Paridora de ancianas,
en el desierto sin sal,
baila baladas en dunas,
sorbe leche materna.

Nuestro espejo,
enigma de siglos y siglos,
mítica ancestral,
diosa reptil.
Ven,
ven,
ven,
a esta sombra,
carne y oscuridad.

 

 

 

2

Era
Anciana félida
Caminaba las mañanas
Me acariciaba la espalda
Me alimentaba como bestia.

Era
Anciana sierpe
Me preservaba del invierno
Alojada en su cavidad ovárica
Arrullo dentro de ella.

Era
Añosa beldad su vientre,
–Mi hogar.
Abuela –nombraba,
Mar –respondía.

Las dos
Jugueteábamos en el alba.
Sus ojos trazaban los caminos,
Su boca arrugada silbaba.
Nos perseguían sus pájaros.

Abuela –nombré.
Vida –respondió.

Esa noche, con vientos y cantos,
Te enterraste entre hojas y sal,
Dormiste la eternidad siniestra.
En la sombra de la despedida.
Los higos cayeron de tu árbol
Y alimenté a tus pájaros.

Abuela, toda tu hierba me crece.
En mis pechos observo el árnica,
Más abajo, entre mis labios vulvares,
florece el infinito.

Abuela, soy el caldo de tu ausencia-presencia.
Camino mis mañanas
Y ahora,
Me persiguen tus pájaros.

 

 

 

3

En el origen ella

Portadora de la labrys

Diosa serpiente yoruba 

 

En mí, la mar

Sirena virgen

De lengua y perla

 

En las dos, lujuria 

Nos frotamos con palabras

Tribadas del verbo

 

Nos escondemos entre

los labios de la VULVA

In-visibles de hilaridad

 

 

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La danza creatiLeer más→

Música y literatura: un ensayo sonoro sobre Howl y el bebop  

Por Osvaldo Omar Romero Hernández[1]

El vínculo que guardan música y literatura es tan remoto que podría rastrearse desde hace siglos. No es de sorprender que en la antigua Grecia la música formara parte del día a día en la sociedad, ya fuera para ambientar un evento deportivo o un ditirambo, para entonar un poema épico o para que se hiciera presente el coro en algunas obras de teatro, por mencionar algunos ejemplos. Digo que no es de sorprender puesto que en una cultura en la que la música aparece desde sus orígenes, es decir, desde su mitología, resulta lógico que estuviera tan arraigada a sus tradiciones. De igual forma, en la Edad Media la música cobra gran relevancia para las instituciones eclesiásticas y para algunos grupos aristocráticos. En esta época surgen el canto gregoriano, las polifonías y personajes como los trovadores y los juglares, quienes jugaron un rol importante en cuanto a música y literatura se refiere. 

Emparentadas desde tiempos inmemoriales, pareciera que ambas disciplinas se formaron juntas en el mismo vientre, en distinta bolsa, y que nacieron seguidas, una después de la otra, para complementarse y consagrar así una de las mejores creaciones en la historia de la humanidad. Aquí cabe aclarar que la función de la música, su expresión o su repercusión social, no siempre será la misma (sin embargo, existen coincidencias), pues cambia según el contexto y el lugar donde es creada. Así, en Grecia era utilizada integralmente entre los habitantes para actos de todo tipo: tanto para fiestas solemnes como para actos religiosos. Y, por su parte, en la Edad Media hubo una apropiación musical, en la que se le dio una función de alabanza divina y, en cierto punto, de supremacía eclesiástica, pues la música profana —es decir, la de los trovadores— no era del todo aceptada por la iglesia. Hoy en día es normal que se piense en la música y, en parte, en la literatura, como mero ocio o entretenimiento. No sería de extrañar que, todavía, algunos no reflexionaran en la relación que música y literatura han forjado desde hace siglos y las repercusiones sociales que este vínculo conlleva. 

Por fortuna, no hace falta viajar tantos siglos atrás para estudiar un fenómeno que involucra a ambos bandos. Para ello tenemos un fenómeno particular que explotó en la segunda mitad del siglo XX, pero que se fue gestando, poco a poco, tiempo atrás. Me refiero a la contracultura norteamericana y a los movimientos derivados de ella. Aludo, en especial, a la generación beat y su relación con la música jazz. Tal vez hablar hoy de la generación beat, es hablar de una generación mal leída o, en su defecto, incomprendida. Es fácil verla con otros ojos desde nuestro tiempo, y mucho más fácil, por supuesto, criticarla. Porque, claro, como todo movimiento, la generación beat tiene sus defectos. No obstante, ese no es el fin de este texto, sino demostrar cómo en su conjunto, música y literatura fueron un medio de expresión y protesta a través del cual toda una generación se manifestó ante el sistema. Para abordar este tema es preciso empezar por el contexto histórico que se vivía por aquel entonces, así nos será más fácil entender los orígenes de la generación y su postura frente a la vida, con respecto a lo que sucedía a su alrededor.

Estados Unidos de América, años 50. La Guerra fría había comenzado y una sociedad golpeada, que aún intentaba olvidar los traumas causados por la Segunda guerra mundial, hallaría consuelo en el ideal de una vida de ensueño. El sueño americano: una bonita casa en los suburbios, con un buen auto en la cocheLeer más→

El basilisco femenino: de la gestación y la monstruosidad

Por Miranda Celeste García Rosas[1]

 

El siguiente escrito pretende estudiar la figura del basilisco en relación a los tres grandes tópicos que lo ligan a la esfera de lo femenino: la gestación, que muestra al embarazo como un centro de posibilidades monstruosas; los atributos o las cualidades de la serpiente (alegoría animal femenina por excelencia), como el veneno, la maldad y la lascivia, que cargan fuertemente de significado cualquier escenario en el que participe este reptil; y, por último, las lecturas simbólicas, es decir, la monstruosidad subordinada a las narrativas masculinas.

El basilisco no se denomina propiamente femenino, pero se propone de esta manera por su estructura discursiva y funcionalidad, dichos aspectos se encuentran sobre todo en los bestiarios o en los denominados libros de caballerías, en donde se presenta un retrato de la feminidad como deformación, este planteamiento es el que orienta las reflexiones, pues es testimonio de la existencia de otra dimensión simbólica que es pertinente reflexionar.

La zoología resulta fundamental para el desarrollo humano, no sólo como componente útil de la vida, sino también de lo sensible. Ha sido empleada a lo largo de la historia, estableciendo diferencias y similitudes entre la reflexión individual y colectiva. Este tratamiento del imaginario animal terminó “representando la más temible e incontrolable fuerza humana […] que se fue convirtiendo en parte estructural del ser de hombres y, sobre todo de mujeres, pronto sujetas al dominio de éstos, a veces no muy lejano del ejercido sobre algunos animales” (Acosta 13), por lo tanto, se confeccionan jerarquías, replicadas, una y otra vez, por medio de discursos moralizantes. En los bestiarios (donde el basilisco encuentra su solidificación), se puede hablar de una construcción a partir de la observación del mundo natural, teñida por la doctrina cristiana, en la que se moldeó la realidad existente a través de animales sobrenaturales e híbridos, además este tipo de discurso fue un método para ejercer poder, ya que “el didactismo de los bestiarios es evidente, se nota que aspiran a influir en el comportamiento humano” (Ruiz 731), pues se entiende que el animal no está dotado de capacidad de la mentira, del fingimiento.

La animalia ha funcionado durante mucho tiempo para crear modelos de comportamiento ideales y reprobables, que han servido para explorar las “zonas tabú, regiones de lo innombrable, especialmente cuando se refieren a las experiencias de la sexualidad femenina o la topografía del cuerpo” (Guerra 280), de ahí se derivan las interpretaciones que se hacen del basilisco, pues afirman la peligrosidad del cuerpo femenino, el cual se comprende desde la bestialidad[2], y su diferencia en relación al masculino, con todo lo que ello implica. En otras palabras, la mujer es incapaz de superar sus pulsiones animales, aunque esto sea obligatorio “para alcanzar la plena condición humana” (Acosta 12), lo que la reduce al campo biológico, y, por lo tanto, la deja siempre incompleta.

Se infiere que, a través de la zoología, las verdaderas formas de lo humano quedan expuestas, para ser miradas, aprendidas y, en muchas otras ocasiones, rechazadas, lo que lleva a experiencias como el terror que “comienza cuando el cuerpo humano se convierte en objeto mutilado, alcanzado por los efectos de una cruel metamorfosis” (Duvignaud 13). Dicho esto, en un principio, el basilisco es un animal metamorfoseado e híbrido, es decir, una mezcla biológica cuya naturaleza se distingue de modo notable entre cada parte que le conforma. Se hace referencia a la cabeza y el cuerpo de gallo, esto incluye la cresta, las alas y la colaLeer más→