Entre liminalidad, vaporwave, Giorgio de Chirico y misterio
Por Aldo Vicencio[1]
Señalar la confusión que transita nuestra época bien puede ser un lugar cómodo y redundante. No obstante, nunca sobra. A menudo, los remanentes se convierten en organismos enteros. Lejos del goce perpetuo —esa ilusión que ofrecía el neoliberalismo hace una década—, hoy nos situamos siempre en cierta incomodidad; se evita el displacer y frenéticamente se buscan las certidumbres totalitarias. Al menos es lo que las hegemonías pretenden. Señalar al fascismo algorítmico y la instrumentalización genocida ya no es suficiente. Es necesario deletrear nuevas respuestas.
Recurro pues a los horizontes que de algún modo reconozco. La intimidad es una suerte de insurgencia minúscula y cotidiana, y por ello, inevitablemente radical. Dislocar la linealidad, el pulso de lo instantáneo para entregarse a la pausa sin conjugación, es invocar cierta eternidad. Abstraer el sentido de lo que nos rodea es refundar la semántica de los objetos. Las sillas son templos y las ventanas una gracia invisible. No es la primera vez que se alude a ello. A inicios del siglo XX, el pintor greco-italiano Giorgio de Chirico (1888-1978) decidió ensayar todo esto en su vasta obra. Y antes de él, otros, otras, otrxs, lo hicieron. Hablamos pues de un deseo —en el sentido anti-edípico— que atraviesa la experiencia humana. Se trata del misterio mismo.
Precisamente, una tendencia musical y visual nacida en las profundidades del internet a inicios de los años 2010, ha alimentado discretamente dicha pulsión. Y es que el vaporwave es un nicho que rebasa la ironía narrativa de la posmodernidad. La cuestión de este asunto estriba precisamente en que más allá de las definiciones típicamente modernas de sus elementos, su sostén alude a la necesidad de habitar el misterio. Por eso, creo conveniente reflexionar acerca de ello, tomando como referente la pintura de Chirico y ciertas ideas que considero convergentes en la cuestión.

Giorgio de Chirico, La torre roja, 1913.
***
En su libro Modernidad y tradición en la obra de Giorgio de Chirico (2001), María Teresa Méndez Baiges abre con lo siguiente:
Desde una postura moderna, hay, en nuestro siglo, artistas que niegan efectivamente el pasado, pero como principio de autoridad, no como experiencia. Reivindican el derecho a remontarse a las fuentes de la historia prescindiendo de la tradición que las ha transmitido reduciéndolas a fórmulas normativas.[2]
Resulta importante lo señalado por la académica española. En el mismo texto, páginas adelante, indica cómo la crítica especializada ha fijado su análisis en los momentos de ruptura de los pintores vanguardistas y que ello representa un problema, sobre todo cuando se trata de la obra de Giorgio de Chirico[3]. Y es que aquél artista mantuvo continuos y vigentes varios elementos de sus diferentes etapas pictóricas hasta la muerte. Particularmente, su famosa etapa metafísica nunca se ausentó de sus pinceles. Toda esta reflexión sintetiza las paradojas de la modernidad en la que estamos inmersos aún.
Porque, como el vidrio vivo que se dilata hasta el vértigo absoluto, nuestro cinismo sigue siendo moderno. El escepticismo hacia los paradigmas de la modernidad sigue encasillado en la racionalización cartesiana de las cosas, por más que lleve la definición de posmoderno. La pasividad de los descreídos resulta más una impostura típica de nuestra época que una oposición fuera de ella. La frivolidad del integrismo de algunas iglesias cristianas resulta también una reactividad moderna, inclusive si viven atravesadas por la noción de tradición.
Estos elementos han dibujado, en años recientes, los ambientes que animan a las comunidades digitales. La crisis continua en la que han vivido tanto millenials como centennials ha habituado a ambas generaciones a la idea de que todo se fractura, todo se interrumpe, que nada perdura. Más apocalípticos que integrados, su clamor suele ser nostálgico o, en el peor de los casos, abiertamente nihilista. Y no obstante, en la explotación de alta demanda y velocidad instantánea, se abren recovecos donde lo atemporal se instala.
Más que lo atemporal, es el misterio mismo. Retrotraerse de lo circundante, extrañarse del espacio, refundar la semántica cotidiana, permite que nuestro ahora sea todos los ahoras. En este aspecto, el pasado inmediato, vivido y no vivido, es un constante presente, uno donde lo normal ya no es solo “lo normal”. Es un signo de las silentes ofrendas de lo contingente, es decir, de lo liminal.
La antropología ha definido lo liminal como el estado de umbral inducido por los rituales de tránsito que marcan cada una de las etapas vitales de los seres humanos, en los cuales se invierten o desaparecen las jerarquías y la cotidianidad de una comunidad. El concepto fue introducido por Arnold van Gennep en su libro Los ritos de paso (1909) y posteriormente fue complejizado por Victor W. Turner en El proceso ritual (1964). Ejemplos de rituales liminales en nuestra sociedad son los bautismos, las fiestas de quince años, las bodas y los funerales. Y es que, atendiendo el origen etimológico del término liminalidad, encontramos que éste proviene de la palabra en latín limes, que traducida al español significa “límite”, “frontera” o “umbral”. Entonces, lo liminal vendría a significar estar en medio de lo limítrofe, es decir, no estar en un sitio ni en otro, tanto física como mentalmente. Es situarse en el umbral, entre lo que se va y lo que vendrá.
Precisamente, en la experiencia de lo liminal los sujetos son y no son; por ejemplo, en las comunidades donde aún existen ceremonias y rituales dedicados a la consagración del paso a la adultez, los sujetos dejan de ser infantes, pero aún no son adultos plenos. Lo liminal es, en cierto sentido, un horizonte de especulación donde los individuos no terminan de transformarse o integrarse a algo concreto; habitan un limbo. Es a partir de ello que surgen espacios dedicados a replicar o contener dicho tránsito. La incertidumbre que los atraviesa se convierte entonces en una dimensión vacía donde converge un tiempo distinto, uno que muchas culturas han relacionado con lo edénico, lo sagrado y el mito. En tiempos recientes, la noción de espacio liminal se ha popularizado gracias a la cultura del internet con fenómenos virales como la creepypasta y ahora película Backrooms, dirigida por Kane Parsons; además han aparecido trabajos especializados, destacando el libro Estéticas liminales (2026) de la historiadora del arte italiana Valentina Tanni.
Tengamos en cuenta que la experiencia liminal es más común de lo que pensamos. Recuerdo cuando era niño y, absorto, observaba las cajas de los sets de Playmobil. Los dioramas montados con aquellos juguetes alemanes siempre tenían algo sugestivo. La postura dinámica e inmóvil a la vez de los “clicks” me recordaba, de algún modo, a un instante mítico, como si el mundo estuviera naciendo en ese preciso momento. Y es que el fondo de esas escenas solía ser un crepúsculo, sobre todo en las colecciones Medieval, Magic y del Viejo Oeste. Y si no era aquél, los muñequitos aparecían sobre una pared lisa y azul, a maLeer más→