Astro Damus | Poemas

Cleva Camila Villanueva López (Astro Damus) es una escritora nacida en la CDMX. Estudió Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Cuenta con una plaquette de poesía llamada Noche sin Fin. Ha participado en diversos eventos como el Festival Universitario de Literatura y Arte (FULA) en el CCH plantel Azcapotzalco, el Festival Cultural “Antonio Alcaraz”, Libreando (festival de editoriales independientes) en el Centro Cultural la Pirámide, el International Dylan Thomas Day promovido por la Revista Literaria Taller Igitur, el Conversatorio “Pulsión, Existencia y Naturaleza” por parte del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS-UNAM), el Primer Coloquio Internacional de Poesía y Filosofía en México con la difusión del Fondo de Cultura Económica, entre otros. Cuenta con varios poemas publicados en revistas culturales digitales como Revista Innombrable, Revista cultural “El Morador del Umbral”, Revista Liberoamerica, Revista Literaria Taller Igitur, Revista Anestesia, entre otras. Es una de las fundadoras del colectivo artístico Los Versibundos, el cual busca llevar la poesía y toda manifestación artística de artistas emergentes a diferentes lugares de la Ciudad de México y también fuera de la República.

 

Mirlos rojos

También los mirlos blancos despiertan rojos,

en jaulas de cuatro paredes.

Como los bebés que los abandonan en su cuna,

tras una puerta o en la basura.

Dejan de cantar en ocho días,

en ocho días vuelven a la tierra

y ya nadie los reconoce.

También los mirlos blancos amanecen como cardenales:

manantial carmesí en la hinchazón de la carne.

La huella de una mano de hombre

que se atora en las estrías

es fácil reconocerla porque se vuelve amarilla

al poco tiempo de haber sido metida.

La tristeza de un sol se acurruca

bajo la sombra de mis lágrimas.

Y espero el día en que pueda regresar al mundo,

encontrarme un lugar, un rinconcito sin techo.

Mi soledad es la burla de muchos.

“A esa edad y sola, ¡será una arpía,

una desalmada, una frígida!”

¿Qué es correr como una loba?

He andado años y años,

tan ciega y tan coja.

Una habitación sólo para una

es mucha vanidad.

Los mirlos blancos no pueden soñar con ser lobas.

Mi cuerpo debe ser limpio

en un mundo enlodazado como este.

¿Un cuarto sólo para mí? ¡No! Me queda grande…

Aun hospedando a todos mis fantasmas.

Debo ser el trapo, la lija en el suelo,

un perfecto aparador con la ventana abierta,

las piernas abiertas, que no rechinen.

También los mirlos blancos despiertan muertos

sin haber hecho un solo ruido.

Y sólo entonces los recuerdan,

y sólo entonces los sacan de sus jaulas.

 

 

Cuando la poesía «under» se volvió Hollywoodense

Estoy harta de la «poesía hollywoodense».

De los poetas que se creen genios

paridos por dioses (aunque los dioses estén castrados),

sacerdotes o profetas de la última palabra.

Con el hambre del Yo en la boca,

la voz lírica, que era un germen,

se ha vuelto un furioso dictador.

Te invito a leer este poema

como si no tuviera comienzo,

como si no acabara nunca,

como un torbellino sin sentido.

A leerlo con esas cosas que no son parte del poema,

que no se escriben: por ejemplo,

el hecho de no haber contestado el teléfono,

que sonó cinco veces antes

de que yo me dispusiera a escribir esto,

porque en esta casa se ha ido

aquella persona que lo descolgaba.

Se ha ido para no volver.

Pero vamos, el poeta no es ningún legislador…

Lo que sí es cierto es que la poesía

se ha convertido en un partido,

y las mismas caras que dicen ser

«las voces de la generación»,

están aguardando su momento, ahí,

tras bambalinas, repartiendo sus folletos

en los que ponen: «vota por mí,

por mis letras donde expongo

con figuras retóricas y los más bellos tropos,

cómo violé a tu amiga,

cómo le puse droga a su bebida,

cómo le metí la mano debajo de la falda,

¿Viste? ¡Lo rimé!»

Me he equivocado tantas veces

cuando creí haber llegado al centro.

Es que, en realidad, siempre fui más del borde.

Una vez escuché a algún grafólogo decir

que cuando escribes fuera del margen

tienes un conflicto irresuelto con tu padre.

Afortunadamente, yo siempre en la escuela

escribí detrás de la línea, en las esquinas,

y también agradezco

no haber conocido nunca a mi padre.

Esta historia no es para nada sublime,

ni tiene el mínimo de coherencia.

Pero también tienes que aceptar

que las calles no son de un solo sentido,

y que cuando uno escribe es como si se dejara

la alacena abierta y se llenara de palomillas.

«Ponles hojas de laurel y verás cómo desaparecen»,

me dice mi madre.

Pero yo no quiero que desaparezcan.

Quiero que mi poema esté

lleno de palomillas, moho y polvo.

Que no exista nadie que vaya

y cierre la alacena, que conteste el teléfono,

ningún clímax narrativo,

«algo interesante que se quede en la memoria»,

como suelen decir los más venerados críticos.

Yo me pregunto: ¿cómo podrá la voz lírica

deshacerse de esta maldita polifonía?

Y de los murmullos y de las faltas de coma

y de las máscaras que al ponértelas te transforman en

el mejor performer de todos los tiempos.

Ya no creo en los papeles estelares

ni en los shows televisivos

donde ves la vida de una sola persona,

aunque no te importe. Sólo por el hecho de ver,

de creer tener el control sobre su historia, basta.

En esos shows también se han convertido los poemas:

la única y aburrida vida de alguien que no importa

y que otros repiten y repiten y repiten, sin cansancio.

Ya no se puede diferenciar una vida de otra, un poema de otro.

¿Hasta cuándo se darán cuenta

que no hay estrellas en una hoja en blanco?

No hay página vacía,

sino más bien la que está manchada

de la resaca que te llevaste

después de visitar aquel burdel con tu padre

para que te «iniciaran» en la adultez.

Tampoco hay nada acabado, y aquello sacro

que tanto nombran, que bendicen

con whisky, LSD y sus dichosos «carpe diem»

mientras se tiran al suelo

simulando algún tipo de «performance»,

no es más que un gran mito, un chisme,

algo que no podrá ser.

Bendecido sea aquel poema harapiento,

sin escrúpulos, con mucha saliva

esparcida por todos lados,

sin decoración y falsos uniformes.

Aquel que no teme desobedecer a papi

cuando se ha saltado el margen.

Más allá del poema, está el poema,

y no un anillo de matrimonio.

 

 

Eterno Femenino

Descartes creía que la glándula pinial

era aquel lugar donde se encontraba el alma.

Mucho tiempo se creyó que el esperma

era el fluido vital, algo así como un aliento

que terminaba por sofocarse en el extravío

de aquel “continente negro”, desconocido,

que se creía era el cuerpo de la mujer.

 

Un recuerdo me viene de la antigüedad

a través de la sangre de mis antepasadas;

crece en mí, se sacude y se marchita

en mi vagina, a modo de cúpula:

un coágulo hermoso de habla cíclica,

la caligrafía menstruada de mi piel.

 

Este recuerdo me despierta,

me arrebata el tiempo y me deja sola

en un cuarto, en una noche sin ventana

para de pronto agitarse y volverme a la hoja,

que me hace escribir adherida al pellejo de la ira

todo lo que no pudieron mis ancestras,

todo lo que se quedó coagulado

en el signo donde las metieron,

en la metáfora de la que continúan siendo presas.

 

Este recuerdo, ¿acaso es mi lugar?

¿Cuál es la respuesta al enigma de lo femenino?

¿En qué parte se ubica?

¿Qué es una mujer, qué no es,

hasta qué borde sigue siendo?

¿Dónde está el lugar de la mujer?

¿Acaso está en mi pelvis, en mi vulva,

en aquel lunar más remoto, como una isla solitaria?

 

Una mujer esconde su rostro tras un velo.

En un hiyab largo, eterno, en forma de párpado

que cierra su cuerpo, lo constriñe hacia adentro,

porque es la interioridad ese sitio

que se nos ha encomendado en la historia.

Una mujer esconde sus manos entre la espuma,

en el aceite de los sartenes, en la mugre de las cucharas,

mientras dibuja, en silencio,

símbolos sobre la pared de la cocina,

o su retrato, que es lo mismo:

una mujer atrapada en un tapiz o en una mampara.

 

Aquí, desde la orilla del océano,

en las faldas del desierto,

trazo con mi dedo un nombre.

Un nombre que no me dio Dios,

que no me dieron los ángeles, ni Cristo,

ni tampoco los libros.

 

Voy poniendo una a una las letras de mi nombre

a manera de pasillos para llegar a algún camino.

Pero debo darme prisa,

porque las olas se apresuran en borrarlo.

Porque el nombre del Padre pronto volcará

en la playa de mi nombre, su fantasma.

Porque preferiré saltar al agua y ahogarme,

otra vez, como Ofelia.

 

Mi nombre no es la llave para resolver el enigma.

Tampoco soy una esfinge, el “sexo diferente”,

ni la “otra” que se escribe en cursiva, con lápiz,

sin mucho tino, como cuando uno escribe

al margen de un libro

mientras lo lee en el transporte público,

movido por algo que le ha fascinado muchísimo,

algo como una frase, un granito de oro en el texto

que se busca extraer y escribir a un costado,

para no olvidarlo y revisarlo después,

porque quizás no se ha entendido,

y tal vez no importa, o no es nada,

pero en ese momento lo fue y, sin duda,

“tiene” uno que descifrarlo luego.

 

Pero, ¿creerás tú que esta “verdad” no existe?

Más real es la fantasía que me crece al barrer mi casa,

las palmas curtidas por el cloro que crean formas

sobre los pisos, en el velo de los trapos.

Más real es la madrugada en que me masturbo

sin siquiera tener en mente

que es porque deseo a mi Padre,

el que nunca conocí: ese “continente desconocido”.

 

Y pensar que en los mapas de la Edad Media

los territorios ignotos

eran vacunados con la presencia de un monstruo.

Criaturas con ojos en el pecho, dragones,

quimeras, aves gigantescas,

y aquella mítica criatura, la más bella: la Mujer

también estaba colocada ahí, en la tierra de nadie.

En la actualidad, a la mujer

se la sigue colocando en esos lugares

marcados como extraños en el mapa:

las fosas comunes o los vertederos, por ejemplo.

 

No soy el falo ni una mascarada,

ni tampoco mis hijos, su equivalente;

no soy «la falta», un agujero que

he intentado, repetidas veces

llenar a tope, sin éxito.

Un agujero que también es un monstruo

devora hombres, y que, durante mucho tiempo,

no se le pudo llamar como es.

Sí, se llama vagina; sí, se llama clítoris.

No, no es un «vacío»; no, no es un «falo pequeñito».

No nos pongas (entre paréntesis).

No hay nada qué resolver.

 

 

Lo femenino

En las clases aprendimos primero

a leer el abecedario de los hombres.

A que tenemos que pensar en masculino

y que es normal en los hijos

el deseo de querer matar al padre

para quedarse con la madre

y asumir así el puesto.

 

“La estirpe de Edipo”, le llaman,

condenada a ver como peligro

a la mujer, “la nacida sin pene”,

y a querer encontrar en todas, una madre,

la única mujer aceptable

por haberlos llevado en el vientre.

 

Pero, ¿qué pasa cuando un hombre

no halla a su madre en otra?

¿qué pasa cuando la mujer

decide no ocupar tal sitio,

destetarse del bichito,

e ir hacia su propio refugio?

 

Sucede que se llenan los muros

con la hueste de sus nombres;

porque las habrán castigado con un golpe

que se volvió de pronto

una montaña de ceniza,

un bulto de carne enterrado

en un patio trasero;

una hilera de huesos

en un solitario baldío…

 

En las calles aprendimos

que las vallas huelen a orina de hombre;

que son ellos los que dejan su marca

para llamar a la horda

cuando caiga la presa fácil

y haya que violarla, matarla,

quitarle cualquier signo que la haga ser Ella

porque se trata de “otra cualquiera”,

no de la madre.

 

Comienza a poblarse

nuestra boca de silencio.

Nos cosemos día a día

la quemadura de la vulva

que nos hizo

nuestro propio padre,

el compañero de nuestro hermano,

el amigo “más cercano”,

el tipo con el que sólo cruzamos miradas.

Fue también a mearnos

y nos dio la bendición de su marca

para que otros ya tampoco pidan permiso

e invadan nuestro refugio, como si nada.

 

En los espacios públicos aprendimos

que la mujer va detrás del hombre,

que la voz del hombre es la llama,

y la voz de la mujer, la vela,

hablante de una extinta lengua.

 

Son tantos los eventos

adueñados por hombres,

hasta los que supuestamente

son destinados a ser para mujeres,

ellos ya los han meado;

les han montado el mote de su prole

y encima proclaman que lo hacen por nosotras,

para darnos un lugar,

para celebrar que somos fieras,

cuando ni nos leen, ni nos prestan oído…

Sólo es que también

ese territorio “debe” ser suyo.

 

En las marchas aprendimos

que la otra también lleva la marca.

Que la palabra,

mucho tiempo arropada por el llanto,

compungida hasta la entraña,

hecha migajón en el útero,

vuelve a la vida, pero esta vez

como una avalancha

llena de sueños de bugambilia

y la furia de tantos siglos

en los que el hombre creyó que el mundo

giraba en torno a su pene.

 

 

Ya no somos las que zarandean su deseo

y lo ponen descalza a merced de un macho.

Ya no somos el pilar que sostiene al político,

al profesor, al poeta, al borracho frustrado.

El cuerpo lo traemos bien puesto

¡y así volveremos a nombrarlo!

 

Si volteo y miro a otra

será para escuchar su historia

sin ponerle títulos, ni banderas

y más bien para invitarla

a que ella igual puede acceder a la mía

sin sentir que es una amenaza.

 

Nunca será otra mujer la enemiga

porque sólo a través de ella

podremos leer toda una genealogía

de maltratos y sombra

para desheredar por fin

la terrible herida

con la que fuimos bautizadas.

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