El color de la justicia

Por José Corona Padilla 

 

Llamaba injusta a la vida cuando los planes que había pensado se derrumbaban, con ellos llegaban las frustraciones y otros problemas de inseguridad que detuvieron mi crecimiento por un tiempo. Eso pensaba mientras caminaba hacia Xo’iep, una comunidad perteneciente al municipio de Chenalhó. Era nuestra cuarta concentración en el proyecto educativo de Las Abejas de Acteal, ubicado en Yabteclum. Las clases seguían, pero tuvimos que salir temprano para llegar a la casa de Juan, por necesidades de apoyo fisiológico a una niña.

Andábamos por un camino de terracería, mientras mi amigo me contaba el motivo de la urgencia: íbamos a conseguir dinero a su casa, para comprar medicina en San Cristóbal y así terminar con el virus estomacal que su sobrina había contraído ocho días antes. Caminamos por treinta y cinco minutos antes de desviarnos por un sendero y descender hasta la propiedad en donde los padres de Juan se habían asentado después del desplazamiento en mil novecientos noventa y cuatro. Al llegar me ofrecieron pozol, una bebida hecha con agua y maíz molido que quita el hambre y la sed en cualquier momento del día.

Lo acepté y me senté con el papá de mi colega. Bebía sorbo por sorbo mientras escuchaba conversaciones en tzotzil. Por lo que llegué a entender, entre señas y tonos de voz, la pequeña se encontraba en una situación grave. La enfermedad había avanzado exageradamente en la última semana. Su madre, la hermana de Juan, lloraba mientras calentaba las tortillas para comer. Me despedí de todos febrilmente, pues me había contagiado de la tristeza.

Salimos de la casa. Un cerco de madera rodeaba la propiedad, la cual tenía un invernadero pequeño, cuatro casas angostas de madera y lámina, y un corral de pollos. Empezamos a subir por el sendero, simultáneamente rascaba con mi lengua la parte trasera de mis dientes inferiores, ya que restos del pozol se hallaban adheridos a ellos. Eran las cinco de la tarde y andábamos a prisa porque los taxis comunitarios, en la sierra, se terminaban a las cinco y media. Entre el sudor y la preocupación para llegar esa noche a Jovel, mi mente se enajenaba para acelerar el paso. Juan era un buen caminante, podía andar distancias largas sin quejarse o poner pretextos. De hecho, por él conocí lugares increíbles entre los senderos de la sierra, sitios tan altos que regalaban spots lo suficientemente bellos para adquirir paz e inspiración.

Llegamos al paradero de taxis. Alcanzamos uno de los últimos, con un mango en la mano y un auricular en una oreja por persona. Empezamos el viaje que duró una hora y media; con nosotros iban dos personas más. Una se apeó antes de llegar a San Cristóbal, así que a la entrada del municipio solo viajábamos tres pasajeros y el conductor.
En el camino, pensaba en la injusticia que traían consigo los robos, esas tomas materiales sin permiso o consciencia, o peor aún, con alevosía y ventaja. Tenía aquel pensamiento, por que recientemente me habían robado el celular, aunque recordaba que me juntaba con personas que robaban artículos a civiles o en tiendas y supermercados; o esperanza a la gente disfrazada de promesas en la política y la religión, lucrando con su fe. ¿Robar era malo? ¿la gente robaba por necesidad o por manía? Pensaba en lo absurdo que era, cuando un civil tomaba algo en una tienda sin pagarlo, ya que la justicia le aplica un juicio y, hasta una pena; en cambio, si un expresidente robaba recursos o territorios del pueblo hipócritamente, el fuero constitucional lo absolvía de cualquier agravante. Para quién era la justicia, me preguntaba, mientras recordaba los desplazamientos que han sufrido los habitantes tzotziles y tzeltales a lo largo de su historia, desde la conquista, hasta la fecha.

Al doblar a la derecha, abandonamos la carretera San Cristóbal- Chenalhó, una fila de autos se asomó por el parabrisas del Tsuru. Noté tráfico antes de doblar hacia la izquierda para entrar a los territorios del mercado municipal. Había dos patrullas de policías en ambos lados, además de cuatro oficiales deteniendo y mesurando el tráfico. Me desconcerté porque al mirar las patrullas, estas no tenían la dependencia a la que pertenecían (municipal, estatal o federal) y solo tenían como leyenda “policía”. Además, el color de los vehículos no era azul marino, este parecía opaco, perdido entre las tonalidades azul rey y negro. Algo me olía mal.
El señor justicia detuvo el auto, nos examinó por un minuto, recorrió las ventanas, se dirigió a mí diciendo: “Baja del vehículo”. Sentí su actitud altiva y respondí:

—No tienes derecho de hacerme bajar, o al menos de pedirlo con cierta amabilidad, ya que eres un funcionario público.

Cuando terminé las palabras, bajó sus gafas y me contestó en un tono más brusco:

—Te digo que desciendas del vehículo, cabrón.

—Necesito una orden expedida por un juez que dé credibilidad y justificación a su petición. ¿Por qué nos para? ¿acaso hemos hecho algo? -contesté irritado.

Otro oficial se acercó a mi ventana. Cargaba un arma de calibre pesado. El primer “tira” se la arrebató y, mientras apuntaba hacia mi ventana, me preguntó:

—¿Vas a descender? O, ¿te tengo que recordar cómo se hacen las cosas en México, cabrón? -dijo en tono determinante.

Volteé para mirar a Juan. Estaba espantado al igual que yo, así que abrí la puerta y bajé. Esperé a mi revisión y eso nunca pasó, inmediatamente se fue contra mi colega para inspeccionar sus bolsillos y su maletín de mano, mientras que el otro policía me apuntaba con su metralleta. Mi colega no llevaba ni drogas ni armas, así que el policía se bajó del taxi decepcionado, en su enojo, me miró y sentenció:

—No andes de revoltoso chamaco, respeta a la autoridad.

Quedé anonadado, aunque tenía demasiadas cosas que decirle, en el fondo sabía que así operaba el órgano coercitivo de justicia en mi país. Más que enojo, sentí indignación por mi hermano. Lamenté que el color de piel y las apariencias fueran indicadores de desconfianza para aplicar la “ley” en mi sociedad. Seguimos nuestro trayecto hacia el mercado, dialogando con el chofer y el otro pasajero sobre el acontecimiento. De pronto, el copiloto soltó una risa de alivio, introdujo su mano en la mochila y sacó un arma y un par de paquetes de balas. Giró su cabeza y mientras nos las mostraba, exclamó:

—¡Qué bueno que no me revisaron muchachos, sino “imaginensen lo gorda que se hubiera armado”!

Quedé atónito al igual que Juan. Nos miramos y solo nos reímos irónicamente. No obstante, seguía sintiendo rabia e indignación por los aparatos represores del Estado. Mi cabeza no podía digerir la idea de justicia en mi país, ¿para quién era? ¿desde qué perspectiva se crea para la población? Algo tenía claro: la imparcialidad en México es para quien puede pagarla. Llegamos al sitio de taxis que se encuentra al lado del mercado municipal, nos despedimos del chofer y caminamos hasta el Coppel, donde me separé de Juan. Le pedí que me avisara sobre los avances positivos de su sobrina. Llegué a casa aturdido y con asco social.

Pasaron dos semanas para que le contara a mi maestro de campo acerca de lo sucedido. Me recomendó no meterme en problemas con la “justicia”, ya que en Chiapas las desapariciones y los presos políticos son “el pan de cada día”. En la siguiente concentración le pregunté a Juan sobre el estado físico de la niña, me miró a la cara y vi resbalar por sus mejillas un par de gotas saladas provenientes de sus ojos. Perplejo, lo abracé para compartir su dolor. Nos separamos. Entré al aula en busca de los jóvenes y sus libros de texto. Me quedé pensando en la realidad violenta que las personas indígenas, y los grupos minoritarios deben sobrellevar. Pensaba en un Chiapas diferente. Eso nunca pasaría, lo acepté, al final de todo, la justicia en este estado había muerto desde hace mucho tiempo.

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