Lluvia de obsidiana

Por Yolanda González Muciño[1]

Comenzó el año 12 Casa. Los itzcuintlin no paraban de ladrar cuando Matlacueitl, furiosa, escupió fuego por la boca abrasándolo todo. Cayó una quiahuitl doliente, una quiahuitl de día, una quiahuitl de noche enlodando las casas de cal y canto, el maíz y las milpas, todo se llevó el atl, el día funesto en que la niña Malinalli nació. Eso dijeron los oquichtlin de Coatzaqualco, rumoreaban que Malinalli era ave de mal agüero. Cimatl, madre de Malinalli, fue amenazada por ellos y cada día, cada noche, cada día al amanecer, todo el tiempo mal encarados decían: “cihuatl cihuatl, malin malin, cihuatl cihuatl, malin malin”. Cimatl vivía atormentada porque su segundo esposo la amenazó, entonces ella urdió un plan. Y esa noche, antes de llevarlo a cabo…

Cimatl encendió el bracero, le puso el comalli y, sobre él, el maíz azul a tostar. Los granos saltaron cual chapulines danzantes, los molió en el metate y cuando en fina masa quedaron, puso el pinole a hervir en una olla de barro rojo, que movía de vez en vez. Cuando el atolli soltó el hervor, le agregó chocolatl y lo endulzó con miel de maguey. Extendió, sobre la mesa, el mantel blanco bordado con flores rojas y amarillas. Puso los tamallis humeantes en un chiquihuite. Sirvió el atolli en jarros de barro negro, el vapor formó collares en el aire. El aroma a chocolatl envolvió a las mujeres en la cocina. Cimatl apapachó a la pequeña Malinalli y mientras cenaban, le narró:

—Como verás, hijita mía, en aquellas oscuridades no había nada, desocupadas las alturas y todo en silencio estaba. El hueyatl de suaves olas yacía solitario. Sólo la creadora Omecihuatl y el creador Ometecutli aparecieron en la negrura con la palabra, conversaron entre sí y tejieron el lenguaje. Entonces dijeron que cuando rayara el alba, florecería todo… Así brotó la vida, las ciguatlzin guerreras, los oquichtlin de señorío, los animalitos y los árboles crecieron. Y ahí las mujeres cuidaron a la madre tierra y gobernaron grandes imperios. Así, como mayorazga, lo harás tú también.

El aroma a chocolatl seguía en la cocina, al lado de Cimatl, que mientras trenzaba la larga cabellera a su hija, y con la cara descontenta, siguió contando:

—Malinalli, hijita querida, conejita de luna llena, cual puñado de turquesas, la congoja me llega al alma, pues los oquichtlin dicen que has nacido infortunada, que el malin de tu nombre es la hierba torcida, que los nacidos en el día de tu signo traen desgracias a su pueblo. Que tu desventura es el destino retorcido…

Malinalli ojos de ámbar, abrazó a su madre, le miró las ágatas lluviosas, que con voz dulce y herida le siguió cantando:

—Malinalli, hijita adorada, papalotl de mañanita, que amas el canto del cenzontle, has nacido de la diosa Coatlicue, la dadora de mujeres guerreras que viven porque resisten. Y ya que miras como mayorazga, ve que aquí no hay contento, sólo miedo y cansancio. Por aquí trepa el sufrimiento. Aquí es lugar de mucho llanto y son harto conocidos la injusticia y el quebranto.

Así es, hijita mía, una lluvia de obsidianas cae sobre nosotras. Niñita mía, Coatzaqualco no es de bienestar para ti. Pues el padre de tu hermano amenaza con cerrarte los ojos. Y así andan los oquichtlin haciendo el puño y la lengua con braveza: “cihuatl cihuatl, malin malin”, los que quieren darte la muerte. Ahora, mi muchachita, conejita de luna llena, escucha bien, mira a tu nantli, de mi pecho te desprendiste, brotaste cual florecita suave de todos los campos, dulce de mazorca alegre. Pero en la tierra que vivimos, hay oquichtlin con dientes afilados, con mucho mando y ahora tienes que irte.

Malinalli yacía en cuclillas, se levantó, el corazón le sonaba como un tambor. Echó para atrás las negras trenzas. Secó los cuarzos lluviosos de su madre, abrazada a ella, suspiró, y con voz ahogada, pronunció:

Nantli mía, el día que yo no esté, alegre, guarde mis recuerdos debajo del comalli donde echa las tortillas. Nantli mía, no llore, seque los cristales brotados de sus ojos y erguida diga que verde es la leña y mucho popoca.

Cimatl abrazó a la pequeña Malli y, entre suspiro y suspiro, le siguió hablando desde el corazón:

—Malinalli hijita querida, ya que mirarás por ti misma, tienes que unirte con otras cihuatlzin, contarles tu historia, la mía, la de tu abuela y la de todas las cihutlzin y cual xochitl de león, con fuerza soplarás para que se esparza en el atl, en el ehectl, para que brillemos por siempre, como nuestra adorada madre Mestli.

Los teponaztlin sonaron en la dureza de noche cuando Malinalli cantó:

Nantli mía, no cesarán mis cantos, no morirán mis flores, ni las historias de mis hermanas. Yo, cantora, las elevaré, las rociaré como el enervante perfume de las flores, las llevaré más allá, al interior del cielo para que las cihuatlzin desplieguen las alas cual plumaje de quetzal.


La noche sucumbió llorando con aroma cempaxuchitl, cuando antes de llegar alba, la niña de nueve años fue mercada en el tianquiztli de Xicalango. Y la maldición la siguió desde su origen, por los malos augurios de los oquichtlin, y su destino será ser reconocida como la Malinche.

La chingada

Desde pequeña, tú, Malinalli, fuiste la hierba torcida y malquista para nuestros pueblos. Pudiste haber sido la gran señora de nuestras tierras, como tus padres los tlatoanis de Coatzaqualco. Pero como tu tantli, Chimalpain, murió en manos del huey tlatoani Moctezuma, contra los de Mexico, cuando eras muy niña, y en honor a Huitzilopochtli le sacaron el corazón, y el huey tlatoani lo devoró. A tu tantli Cimatl no le quedó de otra más que casarse con un cacique mancebo, con el que tuvo un hijo, al que tu padrastro divisaba como el futuro huey tlatoani, y para que no estorbaras en ello, te mercaron de madrugada, a ti que eras la hijita privilegiada, y nos dijeron que habías muerto.

Tú, de alto petate y dada de hermosura, aunque te digan que te hicieron señora de todos los pueblos de Mexico Tenochtitlan, no dejarás de ser Marina, la barragana del capitán Cortés y de Juan Jaramillo. A ti que te dábamos diademas, mantas, orejeras, máscaras, lagartijas y todo de oro. Te hicieron presa para el disfrute de los piojosos y fuiste esclava, hasta que Cortés te tomó. Y no te importó que después de que nos arrebataron Tenochtitlan y otros pueblos, los malolientes fuesen los amos y señores de nuestros lugares. Todos sabemos que tú, doña Marina, “estuviste presente cuando Cortés en Coatzaqualco envió a sus soldados y a todos los caciques de aquella región, para hacerles un concejo de la que llaman santa doctrina”. Entonces vino tu Nantli, la anciana Cimatl, luego llamada Martha, y tu hermano de madre, Tepochtli, después nombrado Lázaro, quien gobernaba junto a tu Nantli, a su pueblo. Generosa, le contaste que dios te había hecho mucha merced en quitarte de adorar ídolos de barro y que ya eras cristianada. Les anunciaste que tienes un hijo de tu amo y señor Cortés, y que eres su cihuatlatoani. “Y la vieja Cimatl, al verte traidora, lloró. Los viste gemir por tu cambio de creencia y frente a tu Nantli temerosa y tu hermano abatido, cínica, les dijiste que no tuvieran miedo, que no sabían lo que decían y los perdonabas porque también a ellos los cristianarían como a todos nosotros”. Y para que más macizas fueran las amistades, tú ordenaste que nosotros, los de tu pueblo, nos inclináramos ante Cortés.

Tú, doña Marina, sabías que los güilones vivían seguros de que las ocupaciones no sólo las lograban con fuego y los arreglos de inclinación; también sellaban nuestra sumisión en los cuerpos de las que dejaron rotas.

¿Pero, Malinche, por qué nos deshonraste?

Sí, tú, Malinche, la inseparable de Cortés, “en Tlaxcallan, tú fuiste capaz de aconsejar al hediondo para que cortaran las manos de los espías, para que agacharan la cabeza ante los extraños. En Cholulan revelaste a Cortés del plan que los aztecas y los cholultecas ideaban en su contra”; causaste la cruenta matanza de nuestros pueblos. Y todo lo que tú hiciste fue con el deseo de vengarte y de castigar a nuestros hermanos mexicas y terminar con el poderío de Moctezuma y Tenochtitlan, porque ellos mataron a tu tahtli.

Y cuando más hinchada vivías y mirabas con buenos ojos a Cortés, él mismo te casó con Juan Jaramillo, el poderoso sirviente del marqués, con quien tuviste a tu hija, la bella María. Y mira cómo pagaste tu traición, tu gran señor Cortés te quitó a tu hijo, te ahorcó y los hilos de tus collares de turquesas se esparcieron por los suelos de Coyoacan y nadie sabe dónde quedó tu cuerpo malquisto y retorcido.

Pero Malinche, ¿por qué nos traicionaste?

¡Yo soy tu madre!

Yo, Malinalli Tenepal, no traicioné a mi pueblo, como afirman los oquichtlin de Mexico, ¡cual si fueran pájaros de cuatrocientas voces! ¡Tengo el alma amuinada porque me mancharon! Me mataron las llagas de la ocupación, las del desamor y la culpa. ¡Yo no merqué a mi pueblo! ¡Ellos me mercaron a mí! Mi vida está liada a un pasado torcido y maldito. Yo que nací linajuda, fui mercada como cihuatlacotli. Sí, como esclava, y para que no me asesinaran, mi Nantli me mercó por un peso de oro a los comerciantes nahuas de Xicalango, y por éstos, a los potochtlanes maya hablantes de Tabasco. Yo, Malinalli, caí en las sosegadas garras del capitán Cortés, aquel espinoso amanecer de 1519, después de que el huey tlatoani de Potochtlan perdió dos acometidas contra los recién desembarcados, ayudados por los de Centla. Cortés recibió al acompañamiento del huey tlatoani de Potochtlan, quien me ofreció a los desconocidos, junto con 19 niñas, ¡todas tiernitas! Y fuimos repartidas por Cortés a sus soldados; a mí me dieron con el capitán Alonso Hernández de Portocarrero. ¡Y me hacía sosegar su gana voraz! En los ofrecimientos también había alimentos, mantas, animales, jades y turquesas. Yo, cihuatl, fui entregada como muestra de sometimiento. Yo estaba al mandato de los oquichtlin y fui forzada para complacerlos y temerles. Me robaron el nombre de Malinalli y me impusieron el de Malinzin. Sufrí un trueque maligno dentro de los otros pueblos. Y aprendí a entender y hablar la lengua extraña de los barbudos.

Los barbudos me decían india, me llevaron como pieza a una casa de cal y canto, donde me herraron con una G, marca que mostraba que había sido arrebatada en guerra para la Nueva España. Cuando me acercaba a los oquichtlin de mi pueblo, me punzaban los pies con púas de maguey hasta sangrarme.

Los míos me llaman Malinche, la traidora, la que arrinconó a los de su pueblo y se agachó ante el señorío del español. No entienden que yo fui traspasada y estaba bajo el mandato del tlatoani de los barbudos. Al empiece fui forzada por los soldados, los artesanos, me usaron en las milpas, en la plaza, en el petate y en la cocina. Con todo eso, yo, Malinalli, tuve que resistir para no morir. Y me dieron la casta de oquichtli”, sí, de hombre. ¡Y me arrancaron de mi cuerpo y me hicieron lengua!

Cortés me tomó porque yo tenía cuatro hablas diferentes, me nombró doña Marina y me prometió libertad si le decía verdad entre él y los míos. Y si el dolor me ataca es porque los de mi tierra sólo han afrentado mi nombre al decir que mis modos al lado de los extraños venidos del agua representan un infortunio más. Los oquichtlin no entienden que yo caminé forzada, que debía crear un entendimiento entre las dos tierras, y yo tenía que acogerme…

Me han culpado de traicionar a mi tierra de hermosos auecatlan de aguas cristalinas, tan generosa que levantó pirámides hablantes, que dio su grandeza y su esencia a mi sangre y me enseñó las sonoras lenguas sosegadas. Que por ayudar a los extraños a despojarla, mi tierra se desangró, y yo me vendí. Han pasado quinientos años y Mexico no se ha recuperado, ni a mí me han sanado las llagas. Y se abrazan a mí los siglos de los matados de mi tierra, de la voracidad y lo torcido.

No olvido las palabras que mi nantli dijo antes de mercarme: “Las mujeres cuidaron a la madre tierra y gobernaron grandes imperios. Así como gran mayorazga, lo harás tú también”. Pero, ¡me tacharon de la historia! ¡Me nombraron doña Marina, Malinche, la Llorona, traidora y la Chingada! Por las noches soy la llorona, no dejo de vagar y clamar por mis hijas, mis hermanas, las cihuatl de hoy, que cuando desobedecen los mandatos de los oquichtlin, son castigadas y comparadas con la Malinche indigna, con esa leyenda creada por el poder desmedido de los oquichtlin, ¡y no como la cihuatl llena de coraje que resistió para vivir!

¿Qué esperaban los oquichtlin después de que mi nantli me mercó; de que Moctezuma asesinó a mi padre; de que ustedes también desfloraban, mercaban y lapidaban a las cihuatlzin por tener hijos sin esposo, y las apostaban en el juego de pelota, y que ustedes también causaron cruentas matanzas entre nuestros pueblos? Y de que yo, la principal, nantlli de los mexicas, ahora que ya no estoy, oigo decir “que una mujer de nuestras gentes, los guiaba, los venía sirviendo hablando castilla: se llama doña Marina”. ¿Con todo eso, querían que yo viviera de rodillas y agachando la cabeza todo el tiempo?

¡Pues no me dio la gana! Sí, yo ocupé a los piojosos para defender a los poblados trampeados por los mexicas. Sí, yo fui la principal, la madre de las cihuatlzin y los mexicas y ayudé en los tormentos, en los acomodos entre Moctezuma y Cortés. Sí, yo conquisté a Cortés. Florecí como Atzin, la gran princesa del agua. Montículos y calles llevan mi nombre. Fui la primera cihuatl señora de esclavos, de haciendas y tierras. Aprendí la lengua militar y a mandar a los guerreros: chichimecas, tlaxcaltecas, cempoaltecas y a los soldados españoles también. Yo uní algunos pueblos de Mexico con Cortés y juntos vencimos al imperio de Moctezuma.

Sí, yo como doña Marina, también agarroté. Y se inclinaban ante mí.

 

  1. Yolanda Muciño. Tengo 58 años, soy feminista, desempleada, tallerista, escritora, defensora de las mujeres, de las niñas y los niños. He diseñado y escrito libros infantiles. Desde niña vivía enojada por la violencia que sufrió mi madre, mis hermanas, mis tías, mis vecinas y yo. Y cuando entré a la escuela al enterarme de qué manera han sido excluidas las mujeres de la historia y de todo…, es como decido darles voz, como a Malinalli y a la Valentina, por ejemplo.

 

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2 Comentarios

  1. Eres una fregona, no existen palabras para describir tu valentia, tu corazon lleno de Luz ,amor liberated, y bondad .

    Eres un ejemplo de Luz en estoy Dias de tanta neblina y obscuridad.

    Un abrazo de eso si que silent es que te cobijan el alma lleno de todo el amor universal.

  2. No serás descendiente de Malinalli?
    Lo menciono por la habilidad para traducir el pasado al presente y la versión oficial a la posibilidad.
    Felicidades, Yolanda.

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