La mujer inquebrantable

Testimonio de migración desde El Salvador

Por Esperanza Cativo

El sol reflejaba sus imponentes rayos a través de la puerta de cristal opaco y adornos de flores color dorado. Eran exactamente las 3:00 de la tarde, ella abre la puerta y expresa: “estos días soleados me recuerdan a mi país, el Salvador”.

Aída Esperanza Cativo Ramírez llegó a la Ciudad de México a los 15 años; su hermano inmigrante la mandó traer, pues la guerrilla salvadoreña se agudizaba a finales de los años 70. Ella es una de los 340 mil 824 migrantes que llegaron entre 1980 y 1990 a la República Mexicana en busca de mejores condiciones de trabajo y de vida; sin embargo, las crisis sociales y políticas son problemas de la mayoría de los países latinoamericanos, esto según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

Lleva el cabello recogido en un chongo y sonríe constantemente, no obstante, su mirada es fría, inerte, aunque profunda; la claridad de sus ojos marca el compás de una monotonía acostumbrada. Las arrugas de su rostro dejan ver el paso de 56 años de edad, y la sonrisa aún no se desvanece, es su mejor accesorio; en sus manos resecas se ven esos 44 años de arduo trabajo.

“Yo comencé a laborar desde los seis años. Mi mamá me conseguía el trabajo de lo que fuera, desde cuidar niños, hacer limpieza, hasta planchar camisas a los maestros de una escuela primaria que no recuerdo el nombre, esto mientras ella se tomaba dos aspirinas con una coca cola y así dormía todo el día”, finaliza seguido de un suspiro prolongado y agacha la vista.

Tiene cinco hermanos, casi todos radican en aquel país Centroamericano, sólo uno vive en la Ciudad de México, en la delegación Coyoacán, se llama Milton Pineda Quintanilla, ha sido el único que se cambió el nombre. Antes era Rolando Cativo Ramírez, la razón de esta modificación se debió a que él pertenecía al ejército de El Salvador, pero huyó por conflictos internos con los soldados, emigró a México y lo persiguieron casi siete años.

“A mi hermano lo querían ver muerto, desconozco las razones, pero los tenientes nunca lo encontraron”.

La guerrilla de El Salvador fue un conflicto político y social que duró desde 1979 hasta 1992, pero los antecedentes se remontan hasta 1932, ya que las desigualdades económicas siempre se han hecho presentes en aquel país, así como la falta de libertades para la sociedad. “La represión salvadoreña siempre se ha caracterizado por ser cruel y desalmada, esa fue la principal razón por la cual hui de mi país”, concluye Aída con pesadumbre.

“Recuerdo que casi todos los días mi mamá nos mandaba a pedir fiado a las tiendas, ‘Aidita dígale a la niña Mari que le dé azúcar, frijoles y arroz, luego le pago’ eso siempre me decía. Fui la única que quedé con ella, mis hermanos se fueron porque la mayoría no soportaron los malos tratos de mi madre”.

La señora Ramírez tiene unas cuantas fotos a blanco y negro de su lejana familia, las mira y los ojos se le anegan de lágrimas que se escurren espesas por sus mejillas chapeadas, se limpia con el antebrazo los ojos y entre sollozos menciona “extraño a mi mamá y a mi hermana Isabel, la Chave, como le digo de cariño”.

Foto: Esperanza Díaz   19/02/2017. La señora Aida muestra una fotografía de su infancia, ella es la más pequeña de las tres, sus dos hermanas Carmela e Isabel

 

Una de las canciones más representativas para ella es Yo ya me voy para Santa Ana del grupo Los Chirstians, originarios de El Salvador. Aída se sirve un vaso de agua para aclarar la garganta, luego pone la melodía desde su celular, baja un poco el volumen, sonríe con timidez y enseguida cuenta “Esta canción me recuerda mi juventud, porque estaba de moda. Cuando emprendía mi camino hacia el culto, yo me iba a escondidas a ver la televisión con la niña Minta, me gustaba la novela Mundo de juguete, tenía que regresar lo más rápido posible porque si mi madre se daba cuenta, me esperaba con una vara delgada para pegarme”, finaliza.

Algo difícil de recordar

Aída trabajó para mantener a su familia, principalmente a Rosa Ramírez de León, su madre, y a su hermana la Chave, lo único que tiene de recuerdo de su tierra es una playera de El Salvador. “A mi mamá nunca le gustó trabajar, al contrario, vivía para la pareja que se consiguió. Siempre que el señor iba a la casa, ella me mandaba al molino a las tres de la mañana, debía de moler bien el maíz para que así echara las tortillas desde temprano. En una ocasión, mi mamá me dijo que me fuera a acostar con ese viejo, ella decía ‘es su papito, vaya con él Aidita’, me aguanté y no me quedó de otra, ese señor me restregaba sus genitales en las piernas debajo de las cobijas, fue horrible”. Aida aprieta los puños como si con ello olvidara esos momentos.

Fue un chispazo, “desde niña siempre me mandaban a lavar al río, bajaba con unos enormes tanates de ropa sucia de los niños que cuidaba. En un desafortunado día, me metí con mi prima, la corriente nos llevó a una fosa, el agua me jalaba, yo traté de gritar pero no podía y los oídos se me inundaron. Hasta la fecha no sé cómo salí de ahí, aunque perdí cierta audición en el oído derecho, mi mamá jamás me llevó al doctor.

Después de eso, yo acostumbraba a ir a la iglesia, me iba sola y salía a altas horas de la noche; las monjas me acompañaban a una esquina, de ahí tenía que irme sola, todo era oscuro y de lejos notaba la presencia de un hombre, le brillaba el cabello canoso, se ocultaba en un rincón, me observaba, yo me espanté y corrí lo más rápido que pude, tomé un atajo por eso tuve que pedir permiso en algunas casas para que me dejaran pasar. Llegué a mi hogar, aventé la puerta del miedo y mi madre aún dormía”.

Una vista hacia el futuro

“Cuando llegué a la ciudad, estaba muy jovencita, mi hermano me alojó en su casa y comencé a trabajar de costurera en una fábrica, ahí conocí a mi esposo Agustín. Fue chistoso porque la mamá de mi cuñada Rebeca, me ponía recipientes de comida, pero yo le compraba tacos a la señora que sería mi futura suegra”.

“En México sufrí de burlas o a veces de humillaciones por mi acento y mi forma de vestir. Los salvadoreños tenemos otra forma de llamarle a las cosas, como a los niños, les decimos bichitos, pastel es queique, al refresco le denominamos soda. Hay más palabras, pero esas son las más representativas” -cruza los brazos y enseguida prosigue- “solía ponerme vestidos largos y abajo mallones para que no se me vieran las pantaletas; un día una vecina me llamó ‘pinche india’ sólo por vestirme de esa manera”.

El Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) señala que la discriminación hacia los migrantes puede ser por dos razones, la primera es que la sociedad del país destino los considera como personas que pueden gozar de cualquier derecho y los pierden dentro del territorio; la segunda es la estereotipación de considerarlos delincuentes y pandilleros.

El periódico El Financiero publicó una nota sobre una investigación realizada durante el 2014 por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), ésta se denominó Imaginarios de la Migración Internacional en México, la cual arrojó que los mexicanos discriminan a los hondureños, guatemaltecos y salvadoreños, mientras que sienten simpatía por los cubanos y estadounidenses.

Estas dos diferencias tienen términos, se le denomina mixofobia a la aversión a sólo unos cuantos grupos de migrantes y mixofilia a la aceptación de otros. El 36.6% de los mexicanos consideran que sí hay discriminación hacia los extranjeros, de acuerdo a los datos del repostaje.

Efectos de la migración

Según cifras oficiales del INEGI, en 2020 la población de inmigrantes en Ciudad de México ascendió a 1 millón 679 mil 063. En la página del Instituto Nacional de Migración (INM) indican que a lo largo de ese año se deportaron 51 mil 605 extranjeros. La migración tiene un impacto en cuestiones demográficas, socioeconómicas, políticas y culturales, estos efectos dependen de las características que conforman los flujos migratorios y la magnitud de los mismos, de acuerdo con datos del Consejo Nacional de Población (CONAPO). Además, al llegar a diferentes países, las mujeres inmigrantes pueden sufrir una pérdida de identidad y enfrentarse a retos de integración, inclusión y socialización en los nuevos lugares de destino.

Al respecto, un artículo del CONAPO menciona que la adaptación de los migrantes no sólo es un reto a nivel político y económico, sino es con la sociedad en general, ya que los usos y costumbres de las personas de llegada traen consigo una serie de desafíos para la convivencia cultural con las personas ya establecidas en los lugares de destino.

En los años posteriores a los 80, Aida se casó a los 19 años, su esposo tenía 18, y tuvieron tres hijas a pesar de todas las circunstancias vividas por ambos, como hambre, falta de dinero, alcoholismo por parte de su marido, humillaciones de la suegra y de la familia en general. La pareja se dedicó al comercio y sólo así salieron adelante. De los cinco hermanos, ella y el señor Milton son los únicos que le mandan dinero a su progenitora, “yo no le tengo rencor, ayudaré a mi mamá lo más que se pueda, aunque estemos lejos”, reiteró con firmeza.

“Mi vida es un libro demasiado grande, pero a pesar de todo, soy feliz, mis hijas mayores ya se casaron, sólo me queda la pequeña que está sacando su carrera, soy feliz y me siento orgullosa de ser salvadoreña”.

 

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