A hombros de gigantes: Jurassic Park y ese ignorado llamado desexitinción

Por Hazael Alvarado Hernández[1]

Han transcurrido 32 años desde el estreno en México de Jurassic Park, el entrañable clásico de ciencia ficción dirigido por Steven Spielberg, y aún recuerdo el impacto que tuvo en mí tanto esta película como el resto de las entregas desde entonces. Este año, envueltos en una trama llena de acción, suspenso, tintes de humor negro y un soundtrack que sella toda la experiencia cinematográfica, Jurassic World: Rebirth pone al alcance de una nueva generación dinosaurios creados con avanzada tecnología genética.

En honor a este nuevo estreno, vale la pena hacer un alto y preguntarse: ¿Dónde comenzó todo? ¿Fue este universo producto del marketing de Hollywood? ¿Fue la primera vez que el mundo del entretenimiento nos presentó a humanos y a dinosaurios dentro de una misma trama? ¿Qué la hace diferente? ¿Y cómo es que este ícono de la cultura popular nos apunta al futuro y, en última instancia, a una realidad mucho más inquietante? Escudriñar un poco este clásico puede ayudar.

 

Algo de historia

Puede parecer sorprendente para algunos, pero Jurassic Park estuvo basada en el best seller del mismo nombre escrito por Michael Crichton a comienzos de la década de los noventa[2], y aunque este participó en la creación del guion cinematográfico, la idea no era dar vida a un universo cuya existencia se ha prolongado más de 30 años.

También vale la pena precisar que Crichton no fue el primer autor en explorar un mundo donde los dinosaurios y los humanos modernos cruzan caminos; antecedentes célebres los representan: Viaje al centro de la tierra (1864) de Julio Verne y El mundo perdido (1912) de Arthur Conan Doyle. No obstante, Jurassic Park no aborda un viaje fantástico a tierras indómitas, sino un escenario donde la ingeniería genética es empleada para un uso egoísta, frívolo, consumista[3], y donde no existen límites o reflexión sobre la aplicación del conocimiento científico. En este sentido se acerca más a obras como La isla del Dr. Moreau (1896) de H.G. Wells, a quién en buena medida debemos, después de la publicación de Frankenstein (1818) de Mary Shelley, la consolidación de lo que hoy en día conocemos como ciencia ficción.  

 

¿Qué pasaría si…?

Ahí donde el avance tecnológico y académico de su tiempo hallan un techo muy bajo, la ciencia ficción abre una brecha especulando sobre “las respuestas humanas a los cambios en el nivel de la ciencia y la tecnología”[4]. Por ejemplo, ¿qué pasaría si pudiéramos viajar a través del tiempo? ¿Qué pasaría si una computadora gobernara cada aspecto de nuestras vidas? ¿Qué pasaría si un alimento creado en un laboratorio diera lugar a superhombres? ¿Qué pasaría si un virus modificado genéticamente exterminara a la mayor parte de la vida en el planeta?

Más o menos esto fue lo que ocurrió con Jurassic Park y aún con su secuela: El mundo perdido (1995). Partiendo de descubrimientos reales, en este caso restos de ADN en fósiles de dinosaurios, y la biotecnología, un saber existente y en pleno auge en su tiempo, Crichton especuló acerca de lo que pasaría si pudieran traerse a la vida animales extintos, como los dinosaurios.

 

La ciencia ficción como vehículo de comunicación

 Uno podría pensar que este no es un tema en el que muchos escritores reflexionarían, sobre todo considerando el tiempo cuándo Jurassic Park fue escrito. Pero para Crichton, un graduado en medicina con estudios postdoctorales en biología, tenía todo el sentido. Al menos así lo muestra el prólogo de su libro, al mencionar tres aspectos que hacen diferente el desarrollo de la biotecnología de otro tipo de innovaciones:

 

Primero, está muy difundida […] hoy las investigaciones biotecnológicas se llevan a cabo en más de dos mil laboratorios sólo en Norteamérica […] Segundo, muchas de las investigaciones son irreflexivas o frívolas. Los esfuerzos por producir truchas más pálidas para que sean más visibles en el río, árboles cuadrados para que sea más fácil cortarlos en tablones […] Tercero, no hay control sobre las investigaciones. Nadie las supervisa. No hay legislación federal que las regule […] Pero más perturbador es el hecho de que no se encuentren voces de alerta entre los científicos mismos […] No hay observadores imparciales. Todos tienen intereses en juego.[5]           

 

Sí, este libro es ficción; y claro, el prólogo es un recurso del autor para envolver al lector, introducirlo en el mundo que ha creado y sembrar expectativa. Pero la literatura es comunicación y no sólo entretenimiento. Y la ciencia ficción también es un vehículo para transmitir ideas profundas, y en ocasiones, la única forma de llegar a una generación. Al final será ésta, la audiencia, quien escuchará el mensaje de los personajes de la historia, las ideologías o filosofías que estos representan; las que han sido impresas en sus atributos y personalidades, y pronunciará un veredicto.

 

¿Algo más que una historia de dinosaurios?

En concreto, Jurassic Park narra lo qué ocurre cuando INGEN, una empresa de biotecnología, emprende la tarea de resucitar dinosaurios tras recuperar su ADN. Usando como centro de operaciones una isla en las inmediaciones de Costa Rica, el empresario John Hammond ha creado un parque temático para albergar a los clones de estas especies. Cuestionado por sus inversionistas acerca de la seguridad de su recién creado resort, éste decide invitar a su socio principal, dos paleontólogos y un matemático en calidad de asesores con el fin de avalar la viabilidad de su proyecto.

He aquí el escenario que se le presenta al lector para que el intercambio de ideas comience. Pero, sobre todo, para que el mismo Michael Crichton hable a través del matemático Ian Malcolm, desde un principio escéptico al proyecto del empresario John Hammond y quién también conduce a algunos de los planteamientos más profundos del libro, por ejemplo: ¿Es posible replicar con éxito la naturaleza o manipularla de forma selectiva? ¿Sería correcto hacerlo? En palabras del autor:

 

Mire, esta isla es un intento de volver a crear un ambiente natural proveniente del pasado. De crear un mundo aislado en el que seres extinguidos puedan vagar con entera libertad […] no se puede duplicar la naturaleza de esta manera, o tener la esperanza de aislarla con éxito.

[…]

Lo que denominamos naturaleza es, en realidad, un complejo sistema, de sutileza muy superior a la que estamos dispuestos a admitir. Hacemos una imagen simplificada de la naturaleza y después metemos la pata y la arruinamos. No soy ecologista, pero hay que entender lo que no se entiende…Construimos la presa de Asuán y afirmamos que va a revitalizar el país. En vez de eso, destruye el fértil delta del Nilo, produce infecciones con parásitos y hace fracasar la economía egipcia.[6]

 

Es claro tanto en el prólogo, como en el fragmento citado arriba, que Crichton comparte las primicias de una sensata inquietud sobre el devenir de la bioingeniería: Si nuestra tendencia a simplificar el funcionamiento del mundo natural nos hace propensos a alterar su complejo y delicado equilibrio, cuánto mayor será el sesgo cuando se trata de un ecosistema u organismo extinto, del cual se sabe poco o nada.

Y es que las limitaciones de la paleontología, arqueología, climatología, geología, entre otras disciplinas tradicionalmente empleadas en la comprensión del pasado, no se encuentran tanto en sus métodos y técnicas de estudio como en la interpretación de los datos derivados de éstas, así como el endeble y superficial estrato filosófico y ético del que muchas veces parten. Sumado al hecho de que su materia de trabajo no es precisamente abundante.

A lo anterior se agrega lo siguiente: ¿Qué ocurre cuando no se piensa seria y profundamente en torno a la práctica científica y el ejercicio de la ética en la misma? Respuesta: no puede haber cimientos firmes que la justifiquen; que den solidez al “¿para qué?” de lo que se hace. Y mucho menos, algo cercano a un código u observador imparcial que regule la aplicación del conocimiento científico y el desarrollo de nuevas tecnologías, potencialmente trascendentes más allá de las cuatro paredes de un laboratorio. Sobre este punto Michael Crichton no sólo arroja algo de luz, también deja que el empresario John Hammond se presente como justo y desdoble, como muchos CEO´s de la actualidad, su personalidad y motivaciones; por un lado, el rostro que exhibe delante de sus inversores, por otro el que muestra ante la comunidad académica:

 

“[…] para explicar eso hay que volver atrás, a la idea inicial que teníamos del centro de recreo. La idea que les vendimos juntos, usted y yo, a los inversores.

[…]

La idea del parque de atracciones más avanzado del mundo […] En el que se combinan la última palabra en las tecnologías electrónica y biológica. ¿Qué es lo que falta por hacer en un parque así? Todos tienen viajes en cochecitos […] Así que nos propusimos crear atracciones biológicas. Atracciones vivientes. Atracciones tan asombrosas que habrían de atrapar la imaginación del mundo entero.

[…]

Y nunca podemos olvidar el objetivo que, en última instancia, tiene el proyecto de Costa Rica: producir dinero […] montones y montones de dinero.[7]

 

Al dejar del lado cuestión filosófica y ética de la práctica científica, se abre la puerta a toda clase de motivaciones para el ejercicio de ésta. Siendo así, ¿pareciera entonces que el investigador, o comunidad académica en turno, e incluso quienes fondean las investigaciones, se convierten en ese estándar que juzga, avala y escoge un programa de investigación sobre otro? Pensar trivialmente sobre la ciencia, aún desde la más tierna infancia académica, puede conducir a una ligereza acerca de lo que se debería hacer con los descubrimientos, tal como leemos del Sr. Hammond en Jurassic Park:  

 

“ […] lo que aquí estamos intentando es una idea extremadamente simple: mis colegas y yo determinamos, hace varios años, que era posible hacer clones del ADN de un animal extinguido, y desarrollar ese animal. Eso nos pareció una magnífica idea: era una especie de viaje por el tiempo […] Traer esos animales de vuelta, vivos, por así decir. Y puesto que era tan emocionante y era posible hacerlo, decidimos seguir adelante. Adquirimos esta isla […] hicimos progresos […] Todo era muy sencillo.[8]

 

Si en esta trama el matemático Ian Malcolm representa al académico pesimista, de espíritu hipercrítico y simpatizante de la teoría del caos, John Hammond es la personificación más sombría del empresario capitalista con complejo de Prometeo que desfoga sus pulsiones a través de fundaciones o asociaciones “benéficas”. Persigue su propia agenda y la gente a su servicio representa un peldaño más para alcanzar sus propósitos, y el dinero: el medio; no importan las consecuencias. Su principal interés no es impulsar el desarrollo científico, social o la búsqueda de la verdad, mucho menos la preservación de la vida silvestre; todo es una inversión de la cual espera dividendos.  

Porque existen los medios económicos, la tecnología, y el personal capacitado, ¿se debería introducir inocentemente a nuestras sociedades cualquier innovación o avance? Durante mucho tiempo ésta ha sido la forma cómo las naciones materializan avances tecnológicos y se constituyen como competitivas. Pero existe una diferencia entre implementar motores de vapor, relojes mecánicos e incluso los funestos derivados del descubrimiento del radio, y la alteración de un muy complejo orden natural: de la vida misma. Hay algo agresivo, casi blasfemo, en la forma como ciertos descubrimientos ocurren, o en palabras de Ian Malcolm: “En realidad, lo que preocupa a los científicos son los logros. Y están concentrados en si pueden descubrir algo. Nunca se detienen a preguntarse si ‘deben’ descubrirlo […] Un descubrimiento siempre es una violación del mundo natural”.[9]  

 

A hombros de gigantes: el dilema de la desextinción

“Si he visto más, es poniéndome sobre los hombros de Gigantes”.[10] Esta debe ser una de las frases que mejor ilustran una de las características de la ciencia; o sea, que esta es metódica,[11] se construye sobre el conocimiento anterior. Nunca es estática o inconexa. Como los frutos de un árbol no son entes aislados de las raíces o el suelo que los sustenta, así el desarrollo científico es producto de un avance sobre otro, pero también de una filosofía o particular visión del mundo (dígase cosmovisión) que lo alimenta, motiva, y en última instancia, materializa.

Crichton estaba familiarizado con esta realidad y las implicaciones de usar irreflexivamente las ideas o avances logrados por las generaciones de académicos que nos han antecedido. Y esto sin dejar de notar la relación que existe entre la disciplina que toma alcanzar determinado conocimiento o descubrimiento, y la responsabilidad personal, moral y social del científico.

 

Pero el poder científico es como la riqueza heredada: se obtiene sin disciplina. Una persona lee lo que otras hicieron, y da el paso siguiente […] Se puede progresar muy deprisa. No hay disciplina que dure muchas décadas. No hay enseñanza impartida por unos maestros: se pasa por alto a los viejos científicos. No hay humildad ante la naturaleza. Solo existe la filosofía de hacerse-rico-pronto […] Todos intentan hacer lo mismo: hacer algo grande, y hacerlo rápido.

Y, como uno se puede levantar sobre los hombros de los gigantes, se puede lograr algo con rapidez. El científico ni siquiera sabe con exactitud qué ha hecho, pero ya ha informado sobre ello, lo ha patentado y vendido. Y el comprador tendrá aún menos disciplina que el científico: el comprador simplemente adquiere el poder, como si fuera cualquier bien de consumo.[12]

 

Es cierto que hoy en día nadie haría una inversión millonaria para revivir dinosaurios y adornar un exótico resort. También que hay un mar de diferencia entre la fecha cuando se escribió Jurassic Park y el 2025. Imposible negar que somos una generación diferente y actualmente el grueso de las naciones apuestan por el desarrollo sustentable. Que experimentamos el cambio climático de primera mano y que la extinción de especies es más real que nunca; discutible para algunos, pero cargado de una buena dosis de verdad. Que existen los medios para aplicar los más recientes descubrimientos en biotecnología: innegable. Pero que no deberíamos preocuparnos por el pesimismo que un escritor fallecido imprimió a una historia de dinosaurios hace tres décadas es completamente falso. Hoy más que nunca, y probablemente en las décadas por venir, el mundo podría atestiguar el desarrollo de la bioingeniería de forma inquietante.

Una lectura, aún superficial, de los más recientes descubrimientos de Colossal Biosciences[13], una empresa de biotecnología que actualmente trabaja en la desextinción de especies, evidencía que la ficción nos ha alcanzado. Ya ni siquiera pretenden enmascarar sus pretensiones altruistas. La clonación, desextinción, edición genética[14], o como quiera llamársele, es potencialmente un negocio rentable. Así lo expresó en una entrevista Ben Lamm, CEO de esta compañía: “La reintroducción de animales en sus hábitats crea el potencial de rentas vitalicias en créditos de carbono, créditos de naturaleza e impuestos al turismo”[15].

Empresas “cuasi-mesianicas” de este tipo tienen la inversión, la tecnología, la infraestructura, el personal capacitado. Son la punta de lanza en su ramo; luego entonces, ponen las reglas del juego:

 

“Para Colossal, la desextinción no se trata solo de crear un organismo que sea o se parezca a una especie extinta. Se trata de fusionar la biodiversidad del pasado con las innovaciones del presente para crear un futuro más sostenible.

[…]

Como la primera y única empresa de desextinción del mundo, Colossal está más cerca que nadie de restaurar el pasado, preservar el presente y salvaguardar el futuro. Para demostrar verdaderamente nuestro éxito, no solo debemos redefinir la desextinción, sino también establecer estándares para la ciencia que la sustenta”[16].

 

¿A quién pertenece la vida?, ¿a quién pertenece una especie creada? Ha estado extinta y en ocasiones el ecosistema que una vez habitó ya no existe; es producida en un laboratorio: ¿puede patentarse como un medicamento? ¿A quién pertenecen sus derechos? ¿Es propiedad intelectual?[17]. Esto es sólo la punta del iceberg.

No existe, per se, ningún atributo predictivo o sobrenatural en las mentes de algunos de los autores más icónicos de ciencia ficción, como en este caso Michael Crichton; únicamente la visión y la agudeza para llevar a sus últimas consecuencias lo que veían en el desarrollo científico de su generación, sumado a una cabal comprensión de la naturaleza humana. Tal vez sea mero dramatismo, percepción personal o quizá el epitafio de Crichton debió decir, como HG Wells lo sugirió para el suyo: “Se los dije”.[18]

 

   

 

 

[1] Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). hazael.alvarado@outlook.com./Thesaurus.

[2] Biography – MichaelCrichton.com

[3] Michael Crichton talks ‘Jurassic Park’ on TODAY (1990)

[4] 1999, Asimov Isaac, Sobre la ciencia ficción, traducción de Salvador Benesdra, Editorial Sudamérica, p. 10.

[5] 2004 [1990], Crichton Michael, Jurassic Park, traducción de Daniel Yagolkolwski, Penguin Random House Grupo editorial, p. 9-10.  

[6] Ibid., p. 115-116.

[7] Ibid., p. 82.

[8] Ibid., p. 361.

[9] Ibid., p. 336.

[10] Nota: Si he visto más, es poniéndome sobre los hombros de Gigantes.

[11] Bunge, Mario, La ciencia, su método y su filosofía

[12] 2004 [1990], Crichton Michael, Jurassic Park, traducción de Daniel Yagolkolwski, Penguin Random House Grupo editorial, p. 360-361. 

[13] Colossal Laboratories & Biosciences

[14] Miguel Pita, doctor en Genética: “En realidad, la desextinción, en sentido estricto, no es posible”.

[15] Quién es Ben Lamm, el empresario multimillonario que intenta resucitar al mamut lanudo.

[16] Colossal Laboratories & Biosciences

[17] 2024 [1995], Crichton Michael, El mundo perdido, traducción de Carlos Milla Soler, Penguin Random House Grupo editorial, p. 143. 

[18] 2007, Carbajal, Misael, “Prologo”, Obras maestras: H.G Wells, Editores Mexicanos Unidos, S.A, p. 9.

 

 

 

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