La literatura para habitar la ciudad

Por Adriana M. Rueda[1]

 

En el mundo en que vivimos, el ser humano siempre ha tenido la necesidad de crear comunidad, y para ello establece parámetros, normas y leyes para que la estructura social construida se mantenga y se conviva en un ideal de paz y ayuda mutua. La construcción de las polis o ciudades, figura como el lugar cúlmine para el intercambio, la memoria, la formación y sobre todo, la construcción colectiva del espacio.

Para el geógrafo David Harvey, en su artículo “El derecho a la ciudad” (2008), las ciudades no surgen simplemente por necesidades técnicas o naturales del ser humano, sino como resultado de procesos sociales, económicos y políticos. Se crean para organizar y contener las relaciones sociales, especialmente “en función de los intereses del capital” (p. 24). Es decir, la ciudad no es solo un lugar para vivir, sino un mecanismo de control, de reproducción del orden social y de acumulación de riqueza. Esto significa que la forma en que se construyen y se administran las ciudades no es neutral, sino que refleja y reproduce desigualdades. Al final, el autor aborda el “derecho a la ciudad” como la potestad de que el espacio sea reclamado y transformado por quienes han sido “históricamente excluidos”.

La polis se establece en un territorio específico, es decir, en un espacio tangible; este espacio físico moldea las cosmovisiones e interpretaciones de la realidad de la sociedad que la habita (Toledo y Barrera, 2008). Aun así, Margueliche (2014) expone que la geografía, al no poder dar cuenta de manera completa sobre la realidad de una ciudad sino solo abordar su forma material o espacial, se escapa de la complejidad de reconocer la ciudad como un espacio que no solo se construye de forma física sino también de forma comunitaria y social. Es entonces cuando la literatura surge para “dar sentido a las cosas” dado que “la ciudad actual, fragmentada e ilegible, tiene una necesidad particular de ello” (p. 4). Se entiende, entonces, que es necesario “ver la ciudad con base en las prácticas colectivas y cotidianas de sus habitantes”, y reconocerla “más que como una entidad física-espacial determinada, como una red en donde ocurre la vida” (Torres y Caquimbo, 2012). Exponiendo así que la escritura de la ciudad la hacen todos aquellos que la habitan.

Ahora, entendiendo el concepto económico de lo que simboliza una ciudad y reconociendo el papel de la geografía, introduzcamos un tercer término: el verbo “habitar”. Este proveniente del latín habitāre, que es un frecuentativo del verbo habēre, que significa tener, poseer, estar con. Es decir, más que ocupar un espacio físico, implica una relación con el lugar. La Real Academia Española (RAE) define el término como el “Verbo transitivo que se refiere a permanecer/ocupar (en) un lugar. En sí, estar dentro de un espacio”, y para complementar la definición, es necesario explicar que el verbo transitivo es el “Estado o evento que requiere la existencia de dos participantes o complementos”, en este caso, se resalta con suma atención que, para hablar de habitar, se debe referenciar dos participantes, y como expone Navarro (2023), “todo lo que habita tiene que vivir, pero no todo lo que está vivo, habita”, por lo que uno de esos elementos debe estar, necesariamente, vivo.

Heidegger (1951) afirma que “somos en el habitar” y por lo tanto “el hombre es, en la medida que habita”. No obstante, Mansur (2017) expone que hay ciertos argumentos que condicionan el derecho y la ejecución del “habitar”, entre ellos, el que “ocupar un espacio físico per se, no garantiza la experiencia de habitarlo”, conectando que, no solo por ocupar un espacio territorial o estar en la ciudad, necesariamente se le habita. El autor continúa desglosando el término en que “el habitar se da en tanto vivimos el espacio de forma libre y creativa”, es decir, no el espacio como contenedor sino nosotros como propiciadores del espacio, o en términos más coloquiales, la capacidad de “hacernos” espacio, esto a través de los signos y los símbolos que vemos, leemos, vivimos y luego significamos, para generar la identidad.

Es necesariamente importante comprender cómo la ciudad puede ser habitada y por lo tanto comprendida de múltiples formas sin llegar a una que sea totalitaria —dado que en las ciencias sociales la totalización de un aspecto es sumamente despótico y por lo tanto, inexacto—, Fernando Cruz (citado por Núñez, 2012), avala que la ciudad “ya no es, ya no podrá seguir siendo considerada solo como una simple instalación física, sino como lo que realmente es: una estructura eminentemente cultural, objeto, por tanto, de diversísimas miradas”.

El acto de habitar es, en esencia, una manifestación del deseo de permanecer, de dejar rastro, de tener derecho a un lugar simbólico en el mundo. Pero cuando ese derecho es negado por estructuras que deciden quién pertenece y quién no, el lenguaje aparece como la herramienta más poderosa para reescribir esa realidad. La literatura, como forma de expresión, se transforma entonces en un dispositivo de presencia, una forma de existir a pesar del despojo físico o simbólico. La escritura permite habitar de otra manera: desde lo emocional, lo histórico, lo colectivo (Rivera, 2011). Así, el mapa deja de ser un dibujo estático para volverse territorio vivido, narrado y, sobre todo, disputado.

Frente a ciudades que se han vuelto excluyentes, que priorizan lo estético sobre lo humano, la literatura propone una forma distinta de mirar. El texto no embellece el abandono ni romantiza la precariedad, pero tampoco la borra, sino que la nombra, la sostiene, la convierte en parte del relato. Esa insistencia en contar lo que incomoda, en mantener viva la memoria de lo que se quiere olvidar, es un acto profundamente político (Margueliche, 2014), como lo son algunos relatos de autores como Calvino, Borges, Zapata Olivella, Burgos Cantor, etc, quienes “nos tratan de acercar la sensibilidad de otra ciudad, que no queremos ver o que no podemos ver.” (p. 14).

La literatura tiene la capacidad de interrumpir los discursos dominantes, de abrir grietas en las versiones oficiales, de dar voz a lo que fue silenciado y escenario a lo invisibilizado. Por eso, cuando la ciudad se vuelve inhabitable, la palabra se convierte en refugio, donde se sigue respirando, resistiendo, existiendo. Ortiz Cassiani (2016) expresa que “Toda historia, por mucha estructura y economía que estudie, es un relato y no puede renunciar a su labor de narración.”. Por lo tanto, se mantiene la idea: Lo que no se narra, desaparece. Reconocer la labor de la literatura para la comprensión, visibilización y salvaguardia de los hechos, historias, simbolismos y cultura, como aliado necesario de la geografía para comprender y abordar el espacio, es un paso, entonces, para reconocer también, de forma menos rígida, las distintas dimensiones que nos rodean y cómo cada una de ellas se habitan.

Es importante comprender y mantener la significancia de un territorio, mostrarlo como físicamente es, pero también cómo es abordado por quienes lo habitan, lo sufren y lo conviven. Porque, en última instancia, narrar es una forma de quedarse, y habitar, una forma de no rendirse.

 

 

 

Referencias.

Torres, C. Y Caquimbo, S. (2012). Escribir la ciudad: ¿Utopías o racionalizaciones de la realidad? Revista Bitácora Urbano Territorial. 20(1). Pp. 7-10. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá, Colombia. https://www.redalyc.org/pdf/748/74824041001.pdf

Margueliche, J. (2014). La lectura de la ciudad a través de la literatura. Geograficando 10(2). https://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.6461/pr.6461.pdf

Navarro, V. (2023). Filosofía del habitar. Autoeditado. México. https://filosofiadelhabitar.net/habitar/habitar-libro-pdf/

Mansur, J. (2017). Habitar la ciudad. Revista de Filosofía Open Insight. 8(14). Pp. 9-24. Centro de Investigación Social Avanzada. Querétaro, México. https://www.redalyc.org/pdf/4216/421652093002.pdf

Ortiz Cassiani, J. (2019). El incómodo color de la memoria. Libros Malpensante.

Harvey, D. (2008). El derecho a la ciudad. New Left Review. Pp. 23-39. https://newleftreview.es/issues/53/articles/david-harvey-el-derecho-a-la-ciudad.pdf

 

 


[1] Adriana M. Rueda (Cartagena de Indias, 2002). Licenciada en Educación en Ciencias Sociales y Ambientales de la Universidad de Cartagena. Periodista cultural, ensayista y co-creadora del grupo “Lecturas de a peso”.

 

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