América Latina: criterios para la identificación de un objeto de estudio y sus elementos históricos compartidos

Ilustración del libro América Pintoresca

Por Francisco Octavio Valadez Tapia*

El análisis del objeto de estudio denominado América Latina presenta “el extremo abigarramiento de las realidades latinoamericanas” (Halpering Donghi, 2005:10). El concepto Latinoamérica se ha identificado y desmarcado de otros términos similares a través de diversos criterios. Uno de esos criterios es el lingüístico, pero partiendo de tal razonamiento muchos países y territorios quedan fuera del término latinos. Ejemplo de esto es la reflexión que hiciera el escritor e intelectual colombiano José María Torres Caicedo (1830—1889) al señalar en 1875: “Hay una América anglosajona, dinamarquesa, holandesa, etc., la hay española, francesa, portuguesa, y a este grupo, ¿qué denominación científica aplicarle sino el de latina?” (Torres Caicedo cit. por Ardao, 2006:162).

Otro criterio es el histórico, constituido a través de las particularidades y similitudes de los procesos históricos dentro del conjunto geográfico que conforma el continente americano, aunque teniendo presente que “América Latina no ha conseguido (…) perfilar un tipo de civilización propio, y su dependencia en todo sentido —físicamente de África y culturalmente de Europa— hacen de ella un conglomerado muchísimo más heterogéneo, plástico y susceptible de sufrir el influjo de toda clase de modeladores sociales” (Martínez Estrada, 1990:11).

Partiendo de un criterio político, América Latina se comprende por las conquistas —en más de un sentido— y la modificación de sus fronteras territoriales. “Una historia de América Latina que pretende hallar la garantía de su unidad y a la vez de su carácter efectivamente histórico al centrarse en el rasgo que domina la historia latinoamericana desde su incorporación a una unidad mundial, cuyo centro está en Europa: la situación colonial” (Halpering Donghi, 2005:12).

Así pues, los criterios de definición de Latinoamérica tienen su antecedente en la búsqueda de metales preciosos desde comienzos del siglo XVI, siendo esto lo que impulsó a la Corona española —y también a Portugal— a conformar un vasto imperio en el Nuevo Mundo. “Como bien sabían quienes en el siglo XVIII se habían inclinado sobre el enigma de ese gigantesco imperio dominado por una de las más arcaicas naciones de Europa, lo que había movido a los conquistadores era la búsqueda de metal precioso” (Halpering Donghi, 2005:17).

Por tal razón el centro de dicho imperio estuvo asentado en México y el Alto Perú durante cerca de tres siglos. “Si hasta 1520 el núcleo de la colonización española estuvo en las Antillas, las dos décadas siguientes fueron de conquista de las zonas continentales de meseta, donde iba a estar por dos siglos y medio el corazón del imperio español, desde México hasta el Alto Perú” (Halpering Donghi, 2005:17).

En la misma tesitura, el beneficio principal —los metales preciosos— se lo apropiaba la Corona Española, y concedía a los conquistadores y a sus herederos lo resultante de la explotación de la tierra y de los indígenas. A este sistema económico, que fue vigente hasta fines del siglo XVIII, Tulio Halpering Donghi (2005) lo denomina como el Primer Pacto Colonial.

Las ventajas que este sistema aportaba a la metrópoli son evidentes. Más dudoso parece que pudiese deparar algunas a los sectores a los que la conquista había hecho dominantes en las colonias; pero los puntos de vista de éstos (luego de las pruebas de fuerza de las que abundó el siglo XVI) debieron aprender a conciliarse con los de la Corona, organizadora de la economía indiana en su propio beneficio y el de la metrópoli. Esa conciliación —base de un equilibrio siempre inestable y no desprovisto de tensiones— fue posible sobre todo gracias a que (desde una perspectiva americana) el botín de la conquista no incluía sólo metálico, sino también hombres y tierras (Halpering Donghi, 2005:19).[1]

A lo largo del siglo XVIII, a causa de la inhumana explotación de los aborígenes latinoamericanos en los trabajos al interior de las minas, muchos de estos fallecen, lo que ocasiona escasez de mano de obra; y como mucha de esta mano laboral se destinaba a actividades extractivas, se tornaba harto complicado el desarrollo de la agricultura. Tal situación favorece el surgimiento de la ganadería, que exige menos personas.

Continuando con el punto, la decisión de la Corona hispánica de incorporar la explotación comercial de sus colonias americanas, aparte de la extracción de metales preciosos —sobre todo oro y plata—, está sujeta a la necesidad de aprovechar el mercado consumidor que se había generado en la primera etapa del dominio colonial. Para facilitar tal objetivo se reforma el sistema comercial (1778-1782), estableciéndose el libre comercio entre la Península Ibérica y sus dominios americanos.

Este pacto colonial, laboriosamente madurado en los siglos XVI y XVII, comienza a transformarse en el siglo XVIII. Influye en ello más que la estagnación minera –que está lejos de ser el rasgo dominante en el siglo que asiste al boom de la plata mexicana– la decisión por parte de la metrópoli de asumir un nuevo papel frente a la economía colonial, cuya expresión legal son las reformas del sistema comercial introducidas en 1778—82, que establecen el comercio entre la Península y las Indias (Halpering Donghi, 2005:24).[2]

La consecuencia más apreciable de lo anterior es el surgimiento de un nuevo modo de intercambio comercial, en el cual cada región de América se relaciona directamente con España, fragmentándose la interrelación comercial existente entre ellas. Aunque este nuevo Pacto Colonial no se realizó plenamente porque España no podía abastecerse de todos los productos que requerían las colonias, siendo así que España se transforma inadecuadamente en intermediario entre sus colonias y la Europa industrial.

Las reacciones en América ante las denominadas Reformas Borbónicas resultan ser hostiles, se consideran como una invasión de intereses que genera levantamientos, que tienen represiones muy distintas dependiendo de la casta a la que pertenezcan los rebeldes. Halpering Donghi (2005) ha mencionado que las Reformas Borbónicas no fueron la causa directa sino únicamente la prelación de un terreno que genera un patriotismo criollo arraigado.

Por lo menos para la América española, para la cual el problema se presenta con mayor agudeza, se han subrayado una y otra vez las consecuencias de la sólo parcialmente exitosa reformulación del pacto colonial: precisamente porque éste abría nuevas posibilidades a la economía indiana, hacía sentir más duramente en las colonias el peso de una metrópoli que entendía reservarse muy altos lucros por un papel que se resolvería en la intermediación con la nueva Europa industrial. La lucha por la independencia sería en este aspecto la lucha por un nuevo pacto colonial, que —asegurando el contacto directo entre los productores hispanoamericanos y la que es cada vez más la nueva metrópoli económica [Inglaterra]— conceda a esos productores accesos menos limitados al mercado ultramarino y una parte menos reducida del precio allí pagado por sus frutos (Halpering Donghi, 2005:78—79).[3]

El autor citado también considera que la Ilustración fue una causa de la independencia latinoamericana, aunque no directamente, dado que tales ideas no necesariamente estaban dirigidas a una revolución política, pero sí generan un clima de inestabilidad. Halpering Donghi (2005) indicará que la influencia más poderosa viene dada por la caída de la monarquía francesa. El hecho desencadenante será consiguientemente la situación europea una vez más.

A comienzos del siglo XIX, muchas de las colonias españolas y portuguesas —léase la región del actual Brasil— se independizaron de las metrópolis europeas. Si bien al finalizar el siglo XVIII ya se vislumbraban enfrentamientos serios entre sectores económicos locales y funcionarios de la Corona española, es con la Independencia de las Trece Colonias inglesas en 1776, la Revolución Francesa (1789) y la difusión de nuevas ideas —igualdad, libertad y fraternidad— que se suscita una concientización generalizada que favorece el pensar formalmente en la posibilidad de la independencia respecto de las metrópolis europeas.

La guerra del imperio británico por el dominio de los mares debilita los vínculos de las metrópolis española y portuguesa con sus respectivas colonias. Se complica el control militar y el comercio; por lo que toca a España, se ve trastocado, lo que posibilita el intercambio con otros mercados que antaño estaban prohibidos.

La perspectiva de conducir el comercio al margen de las metrópolis —sobre todo la española— generaba entusiasmo entre los comerciantes locales de las colonias, aunque lo que más influyó para decidir iniciar el proceso de independencia fue la comprobación de que la Corona española ya no podía vigilar y dominar de forma absoluta la economía de sus colonias.

Ante la invasión de España por parte de Napoleón en 1808 y el apresamiento del rey Fernando VII, surge en las colonias hispánicas de América un enfrentamiento entre los líderes criollos y los funcionarios españoles por el control del poder político. Los puntos de tensión eran, por un lado, el tipo de relación que debería haber entre la metrópoli española y sus entonces colonias; y, por otra parte, el rol que tenían que desempeñar los funcionarios españoles ante la contingencia. Así, las guerras comenzaron por la lucha entre los sectores criollos de las oligarquías locales y los españoles que controlaban el poder político mediante los Cabildos y las Audiencias. “Ese edifico colonial que, a juicio de los observadores poco benévolos, había durado demasiado, entró en rápida disolución a principios del siglo XIX: en 1825, Portugal había perdido todas sus tierras americanas, y España sólo conservaba a Cuba y Puerto Rico” (Halpering Donghi, 2005:78).

En el mismo sentido, desde 1810 a 1815 se establece un periodo de guerras que Halpering Donghi (2005) percibe como guerras civiles, puesto que se luchan por americanos en contra de americanos. Esta primera etapa de las guerras independentistas se divisa desalentadora desde el punto de vista insurgente, pues varios de sus líderes son derrotados por los ejércitos realistas, v. gr. Miguel Hidalgo –Virreinato de la Nueva España–, quien fue capturado el 21 de marzo de 1811 y llevado prisionero a la ciudad de Chihuahua, donde fue juzgado y fusilado el 30 de julio de ese mismo año.

Avanzando en la exposición, una segunda etapa de las guerras de independencia de las colonias españolas se da entre 1815 y 1824. Las tropas francesas que habían invadido España en 1808 se retiran y en ésta se busca la restauración del absolutismo. Al enviar la Corona española nuevas fuerzas armadas a sus colonias, las ya mencionadas guerras civiles mutan en una guerra contra el colonialismo que tendrá éxito relativo.

Ahora, retomando el período posterior a la época independentista, en el cual hubo un crecimiento moderado de la economía, se apunta más a la exportación, siendo Gran Bretaña el principal actor influyente en la región latinoamericana. Tal período de espera indica que el caos generado por las independencias de las colonias retrasa el nacimiento de un nuevo orden en Latinoamérica, es decir, en palabras de Halpering Donghi (2005), el neocolonialismo. A continuación, se exponen los cambios principales a nivel social, económico y político de dicho período (1825—1850), y también la relación de Estados Unidos con América Latina que terminará siendo relevante tiempo después.

Así, comenzando con los cambios a nivel social, Halpering Donghi (2005) refiere la violencia como uno de esos cambios. Se genera una ampliación considerable de la participación, habiendo una militarización de los grupos sociales y una generalización de la violencia. Esto proseguirá a lo largo de todo el período de la larga espera (1825—1850), en el cual se suscitaron varias guerras civiles, alarmando tanto a realistas como a líderes revolucionarios, quienes se vieron en la necesidad de conformar vastos ejércitos que posteriormente requerirían una gran cantidad de recursos para poder sostenerse. Otro aspecto de transformación social con relación a esto es que varios sectores mestizos realizaron una carrera militar, habiéndose dado una mayor inclusión del aspecto militar. Debido a los cambios económicos —por ejemplo, el libre comercio— se generó una pérdida de poder de los sectores urbanos frente a los rurales, lo que ocasionó el ascenso social de los terratenientes y la inclusión de los sectores rurales en temas sociales en los que antaño no participaban, lo que significó la ruralización del poder. Otro cambio a nivel social es cómo la Iglesia católica se ve afectada, principalmente por la necesidad de recursos por parte del Estado, que los tomará del dinero de la Iglesia; y seguidamente por la subordinación a que se vio sujeta la Iglesia respecto del poder político. Los eclesiásticos católicos fueron sustituidos por sacerdotes impuestos por el poder civil. Asimismo, existió una disminución en el número de vocaciones religiosas; habiendo, en contrapartida, el surgimiento de carreras políticas alternativas, lo que posibilitó el ascenso social. Otro cambio relevante fue la abolición de la esclavitud y las castas, dado que el orden colonial era étnicamente jerárquico. Todo esto se fue derogando jurídicamente, y al llegar el siglo XIX varias naciones habían abolido la esclavitud —salvo Cuba, Puerto Rico y Brasil—. Empero, varios de los nuevos Estados hicieron pasajes intermedios entre la esclavitud y la libertad, v. gr. el tratado de libre vientre, a través del cual un hijo de esclavo, nacía libre. No obstante, habrá que reconocer que, pese a la igualdad jurídica, no existía un reconocimiento de equidad social

Pasando a abordar los cambios económicos, desde este aspecto las guerras de independencia producen la caída del comercio interno, y el libre comercio deja a Inglaterra colocar sus productos en los mercados a precios más baratos que los regionales de los países latinoamericanos, lo que produjo una lenta tribulación regional latinoamericana y un fuerte ascenso inglés, tanto así que la ruta de Liverpool terminó reemplazando a la de Cádiz. Ante el declive de los imperios de Portugal y España, hubo muchas potencias que quisieron ocupar su lugar, entre ellas Inglaterra, Francia y Estados Unidos. La presencia de Estados Unidos se desvaneció frente al bajo precio del algodón inglés en contraposición a sus productos regionales; y el comercio francés más que competir con el inglés, lo complementó, pues estaba orientado a productos de lujo. Esto dejó a Inglaterra como la nueva potencia comercial. Se establecieron tratados de amistad que otorgaron el estatuto de nación favorecida a Inglaterra, lo cual consiguió que los comerciantes ingleses pagaran lo mismo que los comerciantes locales de cada lugar en el mercado. Sin embargo, Inglaterra no aspiraba a una dominación política directa, por los costos que esto generaba. Respondía a los circuitos económicos. Por eso defendía el status quo de América Latina. Económicamente América Latina se estancó, aunque con variaciones locales considerables. Está el caso de la exportación agrícola de Venezuela. La excepción de Chile que, no contando con un caos político, desarrolló un comercio basado en la minería. La producción azucarera brasileña también creció y fue favorecida en esta época.

Por lo que toca a la parte política, los nuevos Estados tuvieron muchos problemas para desarrollar un orden político central, teniendo de esta manera una gran inestabilidad política, dada por lo heterogéneo de sus poblaciones divididas en centralistas y federalistas. Tales grupos comenzaron a exponer sus demandas; por una parte, los centralistas exigían la formación de un poder central fuerte; y, por otra parte, los federalistas exigían la autonomía de las provincias con un Estado más flexible. Se generaron guerras civiles con líderes que usualmente eran caudillos. Por otro lado, los vínculos entre América Latina y Estados Unidos tendieron a una situación donde la política norteamericana reconoció la independencia de varios países de Latinoamérica; en 1823 Monroe estableció el rechazo hacia los europeos para participar en las cuestiones americanas bajo el lema de “América para los americanos”. Esto significó un reto a Inglaterra; aunque, más allá de los deseos de Monroe, Estados Unidos no tuvo la fuerza suficiente para rechazar la intervención europea en América Latina. De manera progresiva Estados Unidos se convirtió en una potencia que comenzó a expandirse a expensas de los pueblos originarios de indios americanos. Estados Unidos creía que tenía la misión de promover sus valores morales y religiosos por el mundo bajo la consigna de una revelación divina que dio pie a la doctrina del Destino Manifiesto.

Ahora bien, considerando los inicios de un orden neocolonial se entra a un período que comprende de 1850 a 1930. De nueva cuenta, Halpering Donghi (2005) divide este período en dos etapas, la etapa inicial (1850—1880) y la etapa de maduración (1880—1930). Tal surgimiento nació con una nueva relación política de las metrópolis y las colonias, ya no hubo dominación política directa, sino por medio de sistemas mercantiles y una estrecha relación económica. A su vez, las economías latinoamericanas se sumaron a los mercados europeos.

Ese nuevo pacto transforma a Latinoamérica en productora de materias primas para los centros de la nueva economía industrial, a la vez que de artículos de consumo alimenticio en las áreas metropolitanas; la hace consumidora de la producción industrial de esas áreas, e insinúa al respecto una transformación, vinculada en parte con la estructura productiva metropolitana (Halpering Donghi, 2005:222—223).

Los modos de vida durante el inicio de este período son muy parecidos a los del anterior orden colonial, pero en su maduración se transforman y aparecen nuevos actores sociales. Emerge una época de booms productivos que incrementaron el crecimiento de la economía tanto latinoamericana como europea. Durante este orden neocolonial se delimitaron y fortalecieron Estados centrales que se fueron incorporando al mercado mundial.

Así, si en esta época el cobre y el trigo son episodios chilenos, la lana es rioplatense y el guano peruano, el café se expande en Brasil, Venezuela, Nueva Granada y Centro América, y el azúcar atraviesa una expansión menor en las Antillas, México y Perú. Estos procesos tienen en común requerir inversiones directas de capital relativamente reducidas (Halpering Donghi, 2005:230).}

En el mismo sentido, punto importante de la época es que la integración de América Latina al mercado mundial se facilitó debido al consenso en el libre cambio, este liberalismo económico fue la ideología más influyente del período, sus bases fueron las leyes de Estado y además existía una creencia común en su funcionamiento que llegaba a los sectores urbanos con nuevos modos de consumo basados en la importación, misma que se esfumará en 1930 con la caída de las economías de los países. Un elemento primordial fueron las inversiones y créditos que tuvieron la impronta política de independizar pueblos de sus dependencias fiscales, lo cual consigue el predominio de los gobiernos centrales sobre sus provincias. Tales préstamos se apoyaron en la perspectiva de una expansión constante en Latinoamérica.

Por otra parte, hubo una revolución en los sistemas de transporte junto con una intensificación en los que ya eran empleados, como el barco de vapor. El ferrocarril fue factor decisivo para la unificación económica de los Estados, el impulso que llevó a su empleo fue unir los puertos con los centros de producción del interior, aunque cabe señalar que fue un impulso para mejorar la exportación, no el mercado interior.

También, mediante el avance sobre propiedades que pertenecían a la Iglesia católica o a los indígenas, se empezaron a acumular tierras. Posteriormente, las reformas liberales permitieron transformar a los indígenas en ciudadanos y a los campesinos en propietarios –para la búsqueda de mayor productividad–. Los indígenas consideran esto como una acción coactiva, pues sus derechos poco a poco fueron perdiendo reconocimiento y tuvieron que comenzar a pagar por cosas que antaño eran suyas. Se fue consolidando así una sociedad de terratenientes, teniendo como consecuencia la migración de muchos campesinos a las ciudades. En éstas se los disciplinaba bajo la ley de vagos, misma que obligaba a todo aquel ciudadano sin trabajo de contrato a obtenerlo; o, en caso contrario, se lo castigaba con el enrolamiento al ejército o con trabajo público.

Por consiguiente, un último elemento importante del período referido fue el mercado de trabajo. Con la idea del librecambismo se tenía igualmente la idea de que los trabajadores tendrían que ser libres y podrían desplazarse a cualquier parte que quisieran. A la par, existían estilos de trabajo semi-esclavistas que dominaban la época. Había el peonaje por deudas, donde los rurales sin tierra trabajaban a cambio de saldos en vales que servían para cambiarlos por alimentos en las haciendas donde trabajaban. Otro mecanismo de trabajo era el arrendamiento hacia inmigrantes europeos, relacionado al papel relevante que llegó a tener la migración.

Finalmente, hay que recordar que los períodos expuestos pueden ser considerados antecedentes de los criterios de definición para una idea común sobre la América Latina actual, donde en consideración de quien aquí escribe resalta el criterio político —aunque sin desconocer la importancia de otros criterios —, es decir, Latinoamérica se comprende por las conquistas —en más de un sentido— y la modificación de sus fronteras territoriales.

 

 

Bibliografía.

Ardao, Arturo (2006). “Panamericanismo y latinoamericanismo” en Zea, Leopoldo (coord.). América Latina en sus ideas, 4ª ed., Siglo XXI / UNESCO, México (Ser. América Latina en su cultura).

Halpering Donghi, Tulio (2005). Historia contemporánea de América Latina, Alianza Editorial, Madrid (Sec. Humanidades).

Martínez Estrada, Ezequiel (1990). Diferencias y semejanzas entre los países de la América Latina, Biblioteca Ayacucho, España.

* Licenciado en Ciencia Política y Administración Urbana por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Licenciado en Comunicación y Cultura por la UACM. Maestro en Ciencias Sociales, con Especialidad en Estudios Políticos, por la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Doctorando del Posgrado en Estudios de la Ciudad de la UACM. Estudiante de la Licenciatura en Filosofía e Historia de las Ideas de la UACM. Correo electrónico: maestroactor@yahoo.com.mx

[1] Los paréntesis son del original.

[2] Las cursivas son del original.

[3] Los corchetes son míos.

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