El miedo urbano como representación social de la inseguridad urbana en los habitantes de la Ciudad de México

Reflexión epistemológica

Por María de Jesús López Salazar

Este ensayo es de carácter epistemológico, elige un aspecto específico de la ciudad actual y lo urbano: la representación social de la inseguridad urbana, y lo aborda bajo el enfoque de formular una hipótesis principal y dos hipótesis secundarias, pensando a la par cómo podrían refutarse siguiendo el método hipotético-deductivo, el cual debe su designación a que dos de sus principales etapas son la elaboración de la(s) hipótesis y la deducción de las consecuencias que deberán ser contrastadas con los datos empíricos (Popper, 1980, 1994); pues, una “teoría que no es refutable por ningún suceso concebible no es científica. La irrefutabilidad no es una virtud de una teoría (como se cree a menudo), sino un vicio” (Popper, 1994:61).[1]

En seguida, la propuesta presentada es referida a los fines amplios indicados por los teóricos de la Escuela de Frankfurt, recuperando para ello la polémica sobre el positivismo en la confrontación entre Karl Popper y Theodor W. Adorno, así como los señalamientos que Jürgen Habermas realiza al primero (v. Adorno, 1973a). Posteriormente, se consideran los aspectos sociales de la propuesta aquí expuesta, con la recuperación de los planteamientos del sociólogo Pierre Bourdieu (2000). Al final, se incorpora la pluralidad de ideas en la propuesta presentada, a la manera como fue expuesto por Paul K. Feyerabend (1989).

Para comenzar, hay que señalar que la “inseguridad urbana” –diferente al concepto tradicional de “inseguridad ciudadana” y que por lo mismo no debe emplearse como sinónimo del primero–[2] se entiende como la falta de “intervenciones que tienen por objeto garantizar la libertad y evitar agresiones entre las personas y contra sus bienes públicos y privados, así como el uso en contra de la ciudad, su equipo y los espacios públicos por sus residentes o visitantes a la ciudad” (United Nations Human Settlement Programme, UN-HABITAT; 2007:3)–.[3]

Ahora bien, conforme al método hipotético-deductivo, el primer paso a ejecutar consiste en el descubrimiento de un problema, mismo que parte de hechos problemáticos, o en otras palabras, hechos que contradicen una teoría aceptada o que no pueden ser explicados de forma adecuada por ésta. Para el caso de esta propuesta, la que aquí escribe centra la atención en la cuestión del imaginario “sin adjetivos” –que al igual que con la distinción entre “seguridad urbana” respecto de la convencional “seguridad ciudadana”, tampoco el imaginario “sin adjetivos” debe de confundirse con el convencional “imaginario social” propuesto por Cornelius Castoriadis–.[4]

Así, definido mínimamente el imaginario como “la estructura interna de relación de imágenes” (Durand, 1960 cit. por Vela Valldecabres, 2005:73),[5] durante el siglo XX diferentes disciplinas científicas han empleado tal concepto para investigar problemas diversos: Sigmund Freud, Jean Piaget, Carl Gustav Jung y Jacques Lacan en la psicología; Gaston Bachelard, Ernst Cassirer y Cornelius Castoriadis en la filosofía, Georges Duby y Jacques Le Goff en historia; Gilbert Durand y Jean Duvignaud en la antropología; y Serge Moscovici y Denise Jodelet desde la psicología social –por mencionar algunos–; han realizado importantes contribuciones para explicar fenómenos sociales partiendo del análisis del imaginario. Debido a la diversidad de los fenómenos abordados y a la naturaleza de cada disciplina científica, la conceptualización del imaginario no ha sido la misma; no obstante, cada una de éstas ha reconocido la relevancia del término en cuanto herramienta pertinente para sus objetivos.

En los estudios de la ciudad, la inserción del imaginario fue más tarde, a comparación de las disciplinas antes mencionadas. En tal sentido, investigadores europeos como Richard Fauqué o Raymond Ledrut emplearon el imaginario para dar cuenta de la relación existente entre la morfología social de las ciudades, el conjunto de las prácticas sociales que llevan a cabo en el espacio urbano sus habitantes y sus representaciones acerca de la urbe (Delgado, 2015). Pese a que tales investigaciones plantearon la importancia del imaginario, no consiguieron ejercer una influencia mayor para que se continuara con la indagación sobre el imaginario y su relación con la ciudad y lo urbano.

Hasta la década de los ochenta del siglo pasado hubo resistencia hacia las investigaciones relacionadas a las representaciones urbanas, debido a la influencia de teóricos marxistas como Jordi Borja, Manuel Castells y David Harvey, entre otros, quienes centraron su interés en los problemas de los movimientos sociales urbanos y el crecimiento de las ciudades como mercancías o espacios de la reproducción de la fuerza de trabajo. Frente a tal situación, lo urbano era entendido como manifestación determinada por el sistema capitalista. Así, no resulta extraño que lo realizado por Fauqué y Ledrut pasara de largo y no promoviera investigaciones respecto a las representaciones sociales de los habitantes de la ciudad sobre lo urbano.

Sin embargo, en los años noventa del siglo XX, ciencias como la antropología y la psicología social llevaron a cabo estudios para investigar el espacio urbano desde otros enfoques, incluyendo al imaginario urbano (cfr. Mckelligan, Treviño y Bolos; 2004).

Existen ciertos factores para comprender por qué el concepto de imaginario tuvo una rápida aceptación en los países latinoamericanos precisamente al finalizar el siglo XX. Por un lado, la comunidad científica estaba interesada en la comprensión y explicación de los procesos socioculturales que sucedían en las principales ciudades de la región, afectadas por la globalización neoliberal, urbanizadas, fragmentadas e influidas por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

Por otra parte, los posicionamientos teóricos de la ciencia económica, la arquitectura, el urbanismo y la sociología resultaban insuficientes e insatisfactorios para comprender determinados aspectos de los desplazamientos poblacionales, las nuevas facetas de la desigualdad, la emergencia de identidades y culturas urbanas, y la desterritorialización y reterritorialización de diversas prácticas socioculturales.

Ésta fue la situación social que dio paso a una coyuntura para que en Latinoamérica se exploraran y plantearan miradas novedosas y transdisciplinarias desarrolladas por la complejidad de sus problemas urbanos; pues si bien los mismos compartían algunos elementos con los de las metrópolis europeas y estadounidenses, para nada eran iguales, dado que expresaban particularidades resultantes de sus procesos históricos y composición sociocultural, así como de sus dimensiones espaciales, densidad poblacional, crisis económicas y altos niveles de desempleos. Se dio una actitud crítica, “la tradición de la libre discusión de las teorías con el propósito de descubrir sus puntos débiles para mejorarlas. [Se hizo] un uso intenso tanto de la argumentación verbal como de la observación, pero de la observación en interés de la argumentación” (Popper, 1994:77).[6]

De esta manera, durante la década de los noventa del siglo XX, los investigadores latinoamericanos, influidos por los enfoques fenomenológicos y constructivistas, recuperaron elementos de la psicología de la percepción, la semiología, la estética y la antropología, para comprender y explicar el fenómeno urbano. Así, por ejemplo, “cercana al construccionismo social la Teoría de las Representaciones Sociales (TRS) se ha desarrollado a lo largo de los últimos treinta años, al comienzo en el área francófona y posteriormente en espacios cada vez más amplios” (Valencia y Elejabarrieta, 2007:89). Esta nueva mirada resulta relevante porque reconoce importancia sustancial a los actores urbanos al conceptualizarlos ahora como agentes sociales dotados de recursos, habilidades y capacidades para transformar los espacios que utilizan. “El agente social es actuado (desde el interior) en la misma medida en que actúa (hacia el exterior)” (Bonnewitz, 2003:68).[7]

En tales circunstancias, el espacio urbano dejara de analizarse únicamente a partir de perspectivas indiferenciadas y se abordara como un “sujeto” que está en relación con alguien; por consiguiente, se tiene que considerar la mirada de quienes hacen uso del mismo (Lamy, 2006:220). Este posicionamiento, atento a las representaciones de los agentes urbanos, posibilitará plantearse interrogantes que tiempo atrás no se visibilizaban en los estudios de la ciudad y lo urbano en América Latina; por ejemplo, ¿qué y cómo perciben los agentes su entorno urbano?, ¿qué evocan ciertos sitios y espacios de la ciudad? Así, por ejemplo, Reguillo (1997:4) señalará que “al hacer el relato de la ciudad en situación de interacción discursiva, ésta deja de ser lugar de habitación, con calles y plazas, con habitantes y servicios, y es antropomorfizada, se convierte en un actor capaz de «hacer cosas»”.[8]

Al comenzar el siglo XXI, las investigaciones sobre imaginarios urbanos han generado una importante línea de investigación que permite comprender varios fenómenos sociales de las ciudades presentes, teniendo en cuenta que:

(…) las ciudades tienen dos lecturas: la primera se refiere a su configuración física, es decir, a las calles, edificios, parques, plazas y todo lo construido; la segunda lectura se relaciona con el concepto de ciudadanía, el cual se refiere a la posibilidad de que los individuos dentro de un entorno urbano puedan ejercer sus derechos, exigir los servicios públicos y encontrar una simetría entre sus obligaciones y los beneficios que obtienen a través de ellas (Ortíz Struck, 2014: s/p.).[9]

Así, las investigaciones sobre imaginarios urbanos se construyen partiendo de complejos procesos en los cuales intervienen las experiencias, la memoria, los medios de comunicación, la percepción, las narrativas, las representaciones, la imaginación, la sensibilidad estética y los recuerdos (Fuentes y Morales, 2007:97).

La justificación para investigar sobre el tema de los imaginarios urbanos ha quedado establecida; sin embargo, el interés creciente por el tema ha generado “una notoria polisemia en torno a los principales conceptos de ese campo temático” (Hiernaux y Lindón, 2007:158). Por ello resulta pertinente definirlo operativamente, para luego centrarlo en la modalidad de las representaciones sociales relacionadas con la inseguridad y el miedo urbanos, un asunto que recorre buena parte de las ciudades de hoy día, como es la Ciudad de México.

Los imaginarios urbanos son, primeramente, imaginarios de las sociedades y, en consecuencia, el debate teórico desarrollado acerca de ellos resulta pertinente para delimitar su campo. Siguiendo a Juan Luis Pintos (2006:31), los imaginarios de las sociedades –todavía no definidos a la manera de Castoriadis– están siendo proyectos socialmente construidos que posibilitan percibir, explicar e intervenir operativamente en lo que en cada sistema social diferenciado se concibe como la realidad. En tal sentido, son una de las diversas formas de conocimiento válido que se constituyen y difunden entre los agentes, grupos y sociedades, y se encuentran relacionadas con las representaciones sociales.

Es importante destacar tales relaciones, dado que algunos investigadores no las identifican. Lindón y Hiernaux conceptualizan la representación como “una forma de traducir en una imagen mental una realidad material no presente o bien una concepción” (2007: 158) y, en consecuencia, dejan de lado la relación entre imaginario y representación. De esta forma, definen el imaginario como “una superación de la simple reproducción generada por la representación hacia la imagen creadora” (Lindón y Hiernaux, 2007:158), y explican el imaginario como “un proceso dinámico que otorga sentido a la simple representación mental y que guía la acción” (Lindón y Hiernaux, 2007:158). Indudablemente los autores citados tienen razón en su argumentación; sin embargo, la relación entre imaginario y representación no se refiere simplemente a la representación mental, sino a las representaciones sociales en el sentido que plantean, primeramente, Serge Moscovici y, en segundo lugar, Denise Jodelet, quienes las conceptualizan como construcciones dinámicas y más complejas.

El concepto de representación social designa una forma de conocimiento específico, el saber de sentido común, cuyos contenidos manifiestan la operación de procesos generativos y funcionales socialmente caracterizados. En sentido más amplio, designa una forma de pensamiento social.

Las representaciones sociales constituyen modalidades de pensamiento práctico orientados hacia la comunicación, la comprensión y el dominio del entorno social, material e ideal. En tanto que tales, presentan características específicas a nivel de organización de los contenidos, las operaciones mentales y la lógica.

La caracterización social de los contenidos o de los procesos de representación ha de referirse a las condiciones y a los contextos en los que surgen las representaciones, a las comunicaciones mediante las que circulan y a las funciones a las que sirven dentro de la interacción con el mundo y los demás (Jodelet, 1985:474-475).[10]

Considerando lo anterior es que se vuelve pertinente preguntarse por la dimensión subjetiva de la inseguridad urbana, a través de una aproximación del fenómeno desde el análisis de las representaciones sociales, relevando en esa tarea el significado que los habitantes de la Ciudad de México asignan cotidianamente a la sensación de inseguridad. Para continuar en la guía del método hipotético-deductivo, la pregunta concreta es, ¿cuál(es) es (son) la(s) representación(es) social(es) de la inseguridad urbana en los actuales habitantes de la Ciudad de México?

La anterior pregunta conduce al segundo paso del método hipotético-deductivo, es decir, la formulación de las hipótesis, que para el caso de la presente propuesta se presenta de la siguiente manera:

  • Hipótesis principal:

Considerando que las representaciones sociales “constituyen modalidades de pensamiento práctico orientados hacia la comunicación, la comprensión y el dominio del entorno social, material e ideal” (Jodelet, 1985:474),[11] la principal representación social de la inseguridad urbana en los actuales habitantes de la Ciudad de México es el miedo urbano, que se integra, en primer lugar, por la dualidad constante entre la promesa pendiente de conseguir seguridad en el espacio urbano y la realidad objetivamente insegura; en segundo lugar, el quebrantamiento de los criterios tradicionales de distribución de la violencia; y, finalmente, “la mezcla de la violencia verdadera y de la representada y/o reconstruida en el mundo de los media y del imaginario” (Amendola, 2000:317).

  • Hipótesis secundarias:
  1. El miedo urbano como representación social de la inseguridad urbana de los actuales habitantes de la Ciudad de México se expresa, primeramente, en manuales de sobrevivencia, “códigos no escritos que prescriben y proscriben las prácticas en la ciudad” (Reguillo, 2008:71).
  2. El miedo urbano como representación social de la inseguridad urbana de los actuales habitantes de la Ciudad de México se manifiesta, en segundo lugar, mediante las narrativas, comprendidas como aquellas “construcciones discursivas que postulan algún grado de coherencia entre descripciones, explicaciones y orientaciones para la acción” (Kessler, 2009:105).

Atendiendo el tercer paso del método hipotético-deductivo, éste remite a la deducción de las consecuencias de las hipótesis. Por lo que toca a la presente propuesta, este paso conduce a tener en cuenta que la teoría de las representaciones sociales posibilita el acceso al conocimiento de sentido común (información, significados e interacciones sobre la inseguridad urbana) sin mayores dispensas, en la medida en que los manuales de sobrevivencia acerca de la “inseguridad urbana” y las narrativas del “miedo urbano” se presentan como orientadores del comportamiento de los agentes sociales de la Ciudad de México. De la misma manera, prima la necesidad de abordar intereses primarios respecto a las motivaciones y valores de la sociedad estudiada, sobre todo al tener presente lo contingente del tema, mismo que cuenta con algunas investigaciones a partir del enfoque de las representaciones sociales (Guerrero Valdebenito, 2007; Pérez A. y Roca V., 2009; Umaña, 2009).

El enfoque de las representaciones sociales remite a una forma de conocimiento específico que se corresponde al saber del sentido común y, por lo tanto, no especializado ni científico, que desarrollan los agentes sociales para dar cuenta de su realidad y el mundo en el que habitan. Al respecto, Moscovici (1979:27) plantea que:

Las representaciones sociales son entidades casi tangibles. Circulan, se cruzan y se cristalizan sin cesar en nuestro universo cotidiano a través de una palabra, un gesto, un encuentro. La mayor parte de las relaciones sociales estrechas, de los objetos producidos o consumidos, de las comunicaciones intercambiadas están impregnadas de ellas. Sabemos que corresponden, por una parte, a la sustancia simbólica que entra en su elaboración y, por otra, a la práctica que produce dicha sustancia, así como la ciencia o los mitos corresponden a una práctica científica y mítica.

Por consiguiente, en rigor, las representaciones sociales corresponden a un tipo de pensamiento social que construye saberes a partir de representaciones condensadas de la realidad, tales como: imágenes que reúnen un conjunto de significados, situaciones de referencias para interpretar lo que nos sucede, categorías para clasificar circunstancias, fenómenos e individuos con quienes debemos tratar o no, entre otros aspectos. De acuerdo con Jodelet (1985:473) las representaciones sociales son “una manera de interpretar y de pensar nuestra realidad cotidiana, una forma de conocimiento social”.[12]

Prosiguiendo con el cuarto paso del método hipotético, éste conduce a un “genuino test de una teoría (…) un intento por desmentirla, por refutarla” (Popper, 1994:61).[13] Por lo que corresponde a la propuesta aquí presentada, las representaciones sociales pueden ser analizadas y contrastadas en tres dimensiones, posibilitando de esta manera la comprensión en un contexto social específico, dado que permite observar el objeto social representado. Tales dimensiones son:

  • La información “se relaciona con la organización de los conocimientos que posee un grupo con respecto a un objeto social” (Moscovici, 1979:45) –para este caso, la inseguridad urbana–. De acuerdo con Mora (2002:10), la información es “la organización o suma de conocimientos con que cuenta un grupo acerca de un acontecimiento, hecho o fenómeno de naturaleza social. Conocimientos que muestran particularidades en cuanto a cantidad y a calidad de los mismos; carácter estereotipado o difundido sin soporte explícito; trivialidad u originalidad en su caso”. Lo que revela que dentro de la información están presentes las actitudes que los agentes sociales asumen. Es necesario considerar que la posición social y pertenencias grupales estructuran, en gran medida, la cantidad y calidad de la información a la que se tiene acceso. Además, el origen de la información puede derivarse del contacto directo con el objeto, pero también de la comunicación social, lo que hace variar de forma importante sus propiedades.
  • El campo de la representación “nos remite a la idea de imagen, de modelo social, al contenido concreto y limitado de las proposiciones que se refieren a un aspecto preciso del objeto de la representación” (Moscovici, 1979:46) –para este caso, el miedo urbano–. Siguiendo a Mora (2002:10), el campo de representación expresa “la organización del contenido de la representación en forma jerarquizada, variando de grupo a grupo e inclusive al interior del mismo grupo. Permite visualizar el carácter del contenido, las propiedades cualitativa o imaginativas, en un campo que integra informaciones en un nuevo nivel de organización en relación a sus fuentes inmediatas”.[14] En el campo de representación se busca construir relaciones y comparaciones entre los diferentes elementos que estructuran la configuración del objeto representado.
  • La actitud es la “orientación global en relación con el objeto de la representación global” (Moscovici, 1979:47). Recurriendo nuevamente a Mora, la actitud es “la dimensión que significa la orientación favorable o desfavorable en relación con el objeto de la representación”. Se identifica por medio del discurso, puesto que las categorías lingüísticas tienen un valor, un significado que por consenso social se les asigna, sea positivo o negativo (Araya, 2002). Constituye el aspecto más primitivo y afectivo de una representación, puesto que se refiere a una reacción emocional sobre un objeto representado. Por sus características, las personas y los grupos pueden adoptar postura aún sin tener la información suficiente sobre el objeto o fenómeno en particular.

Para Jean-Claude Abric (2001) las representaciones sociales están organizadas y constituidas por la conjugación de creencias, informaciones, opiniones y actitudes a partir de un objeto dado; esta conjugación de elementos se encuentra estructurada. Este pensador plantea la existencia de un núcleo central y un núcleo periférico, a partir de los cuales se organiza una representación social y se jerarquizan sus contenidos.

Los anteriores elementos constitutivos del análisis y la posibilidad de refutar las representaciones sociales serán los que proporcionen la guía para articular una construcción actualizada de la “inseguridad urbana” y su remanente menos deseado por los habitantes de la Ciudad de México, como es el “miedo urbano”.

Finalmente, en el cierre del método hipotético-deductivo referente a la confirmación –siempre provisional– de las hipótesis, las teoría de las representaciones sociales proporcionaría un marco teórico-conceptual fecundo para jerarquizar categorías o tipologías a partir de los datos, permitiendo con ello la elaboración de mapas esquemáticos de los elementos más subjetivos y compartidos socialmente en torno al fenómeno de la inseguridad y el miedo urbanos de los habitantes de la Ciudad de México.

Ahora bien, refiriendo la propuesta presentada a los fines amplios indicados por los teóricos de la Escuela de Frankfurt, se recupera para esto la polémica sobre el positivismo en la confrontación entre Karl Popper y Theodor Adorno –este último representante de la Escuela de Frankfurt–. Esta cuestión se enmarca a partir de algunos tópicos básicos del debate, acudiendo para esto al contenido del libro La disputa del positivismo en la sociología alemana (Adorno, 1973a). Se opta por esta vía dado que lo que se persigue es exponer los límites y las críticas hacia el positivismo en su evolución hacia el racionalismo crítico, del cual Popper es uno de sus principales representantes.

Así, una primera y central distinción es la que Adorno hace con relación al concepto de totalidad, estipulando que:

La totalidad social no mantiene ninguna vida propia por encima de los componentes que aúna y de los que, en realidad, viene a constar. Se produce y reproduce en virtud de sus momentos particulares. Muchos de éstos conservan cierta autonomía, que las sociedades primitivas-totales no conocen o no soportan. Tan escasamente, sin embargo, como cabe separar dicha totalidad de la vida, de la cooperación y del antagonismo de sus elementos, cabe entender uno solo de estos elementos –ni siquiera simplemente en su funcionamiento– fuera de la intelección del todo, que tiene su propia esencia en el movimiento de lo particular. Sistema y particularidad son recíprocos y sólo en su reciprocidad resultan cognoscibles (Adorno, 1973b:123).[15]

De esta forma, se argumenta la crítica a la relación establecida por el positivismo entre sistema y parte. De acuerdo con Adorno, el positivismo deja de lado que “el proceso de investigación organizado por los sujetos pertenece, en virtud de los propios actos cognoscitivos, a la trama objetiva cuyo conocimiento se busca” (Habermas, 1973a:148).

Así, surge una restricción en tanto que: “En el marco de una teoría estrictamente científico-experimental el concepto de sistema sólo puede designar la trama interdependiente de funciones de manera formal, en tanto que éstas, a su vez, son interpretadas como relaciones entre variables de comportamiento social” (Habermas, 1973a:149). Expresado con otras palabras, a través de esta lógica el concepto mismo de sistema permanece tan externo al ámbito analizado de la experiencia como las proposiciones teóricas que lo explicitan. Es decir:

En el conjunto de las prescripciones vigentes en el ámbito de la metodología empírico-analítica viene contenida, junto a las reglas lógico-formales necesarias para la construcción de un sistema deductivo de enunciados hipotéticos –es decir, un cálculo aplicable científico empíricamente–, la exigencia de elegir los supuestos básicos simplificados de tal modo que permitan la derivación de supuestos legales empíricamente significativos (Habermas, 1973a:149).[16]

Adorno concluye de lo antes señalado que la ciencia social únicamente puede liberarse en la medida en que entienda la red de la vida social como una totalidad que determina inclusive a la misma investigación. Con esto la ciencia social pierde su presunta libertad en la elección de categorías y modelos, por cuanto:

(…) no tenemos el menor conocimiento acerca de una supuesta correspondencia ontológica entre categorías científicas y estructuras de la realidad. Las teorías son esquemas de órdenes que construimos dentro de un marco sintáctico determinado, es decir, de acuerdo con sus estipulaciones. Y se revelan como aplicables a un dominio especial de objetos siempre que la multiplicidad y diversidad reales se sometan a ellas (Habermas, 1973a:149).

Por otra parte, Adorno critica la relación entre teoría y objeto, o en otras palabras, los términos más extensivos de teoría y experiencia; puesto que, los procedimientos empírico-analíticos únicamente consienten un tipo de experiencia que ellos mismos definen. “Tan sólo la observación controlada de un determinado comportamiento físico, organizado en un campo aislado en circunstancias reproducibles por sujetos cualesquiera perfectamente intercambiables, parece permitir juicios de percepción válidos de manera intersubjetiva” (Habermas, 1973a:151). Tales juicios constituyen la base de experiencia en que se asientan las teorías si las hipótesis obtenidas deductivamente son lógicamente correctas y empíricamente acertadas. De esta manera las ciencias experimentales, en sentido estricto, insisten en que cualquier proposición susceptible de debatirse puede ser controlada “–indirectamente al menos– por medio de una experiencia tan estrechamente canalizada” (Habermas, 1973a:151).[17]

A las anteriores críticas de Adorno, Júrgen Habermas va a agregar sus apreciaciones respecto del papel de los enunciados metodológicos y lo que él nombrará la escisión entre razón y decisión. Vale señalar que el mismo Habermas advierte que: “Si he escogido la teoría de Popper como contrapunto de mis reflexiones críticas, ello se debe, en buena medida, al hecho de participar ésta inicialmente, en no escasa medida, de mi mismo talante negativo respecto del positivismo” (Habermas, 1973b:222).[18] De esta manera, para Habermas, Popper ocupa una posición peculiar:

(…) por un lado es un caracterizado representante de la teoría analítica de la ciencia y, por otro, ya en los años veinte criticó duramente los presupuestos empiristas del nuevo positivismo. La crítica de Popper alcanza el primer nivel de autorreflexión de un positivismo al que permanece todavía tan anclado que no cala en la ilusión objetivista de la pretendida figuración de los hechos por parte de las teorías científicas. Popper no incide en el interés cognoscitivo de raíz técnica de las ciencias empíricas; se opone decididamente a las concepciones pragmáticas (Habermas, 1973b:222-223).[19]

Sobre la autorreflexión popperiana, Habermas señaló los límites que el nuevo tipo de positivismo mantenía. Dicho por el propio Habermas (1973b:223): “No me queda otra salida que reelaborar la relación existente entre mis argumentos y los problemas de Popper”.[20]

La primera crítica habermasiana se dirige a los criterios de validez empírica de los enunciados, en el sentido de que el positivismo supone como legítimo un único procedimiento de comprobación que, al final, resulta ser sólo “uno entre varios” (Habermas, 1973b:224). No obstante, Habermas está de acuerdo con Popper en que “los datos de la experiencia son interpretaciones en el marco de teorías precedentes; de ahí que comparten, ellos mismos, el carácter hipotético de éstas” (Habermas, 1973b:225), sólo que difiere de la distinción entre conjeturas y refutaciones que el mismo Popper lleva a cabo (v. Popper, 1994). Para Habermas:

Las fuentes del conocimiento están siempre faltas de pureza, la vía que conduce a los orígenes nos está cerrada. La pregunta por el origen del conocimiento debe ser, en consecuencia sustituida por la pregunta acerca de la validez del mismo. La exigencia de verificación de los enunciados científicos es autoritaria, porque hace depender la validez de éstos de la falsa autoridad de los sentidos. En lugar de esta pregunta acerca del origen legitimador del conocimiento debemos preguntar por el método mediante el que ha de resultarnos posible descubrir y apresar de entre la masa de las opiniones en un principio inciertas e inseguras, aquéllas que cabe considerar como definitivamente falsas (Habermas, 1973b:225-226).

De este modo, Habermas crítica a Popper el no develar que el método hipotético-deductivo en realidad corresponde y se justifica recurriendo, al menos, a una de las fuentes del conocimiento que es la tradición y que de manera paradójica Popper denomina tradición crítica. Con esto se señala que la tradición es la variable independiente de la que en última instancia dependen tanto el pensamiento y la observación como los procedimientos de observación que se conforman por combinación de éstos.

Popper confía demasiado irreflexivamente en la autonomía de la experiencia organizada en los procedimientos de testificación; cree poderse librar del interrogante acerca de los standards de dichos procedimientos porque en última instancia no deja de compartir un prejuicio positivista profundamente arraigado en toda crítica. Da por supuesta la independencia epistemológica de los hechos respecto de las teorías destinadas a captar descriptivamente estos hechos y las relaciones existentes entre ellos (Habermas, 1973b:226).[21]

En definitiva, para Popper todavía los test contrastan teorías con hechos independientes, evidenciando lo que para Habermas (1973b:226-227) constituye “el punto crucial de la problemática positivista viva, a la manera de un último resto, en Popper”.[22]

Continuando con el punto, lo hasta aquí expuesto acerca de los fines amplios indicados por los teóricos de la Escuela de Frankfurt se consideran retos epistemológicos que la propuesta presentada por la que aquí escribe tendrá que tomar en cuenta para el desarrollo del trabajo por realizar.

En sentido parecido al anterior se tendrá que recuperar la crítica que Pierre Bourdieu realiza a las posturas subjetivistas, reconociendo que la teoría de las representaciones sociales forma parte de las mismas. En este momento basta señalar que el sociólogo francés considera necesario identificar la existencia de las representaciones y las interpretaciones de los agentes como elementos primordiales del mundo social; no obstante, el mismo Bourdieu crítica que concebir a la sociedad únicamente como agregación de interacciones individuales es un equívoco, pues no se tiene en cuenta que tales interacciones no se realizan dentro de un vacío social, sino inmersas en estructuras objetivas que estructuran el accionar de los agentes. Así, es importante tener presente que para Bourdieu, el análisis de todo fenómeno social se lleva a cabo mediante una doble objetivación que presupone dos momentos de ruptura con el objeto de estudio:

(…) por un lado, las estructuras objetivas que construye el sociólogo en el momento objetivista, al apartar las representaciones subjetivas de los agentes, son el fundamento de las representaciones subjetivas y constituyen las coacciones estructurales que pesan sobre las interacciones; pero, por otro lado, esas representaciones también deben ser consideradas si se quiere dar cuenta especialmente de las luchas cotidianas, individuales o colectivas, que tienden a transformar o a conservar esas estructuras (Bourdieu, 2000:129).

De esta forma, objetivismo y –no sólo– subjetivismo constituyen dos momentos de una relación dialéctica por medio de la cual se construye el conocimiento científico del mundo social, que en este caso remite a la inseguridad y el miedo urbanos.

Finalmente, para incorporar la pluralidad de ideas en la propuesta presentada, a la manera como fue expuesto por Feyerabend mediante el pluralismo teórico, que remite al “uso simultáneo de teorías inconsistentes entre sí” (Feyerabend, 1989:279),[23] bastará por el momento con señalar las diferentes perspectivas que formulan la construcción psicológica y social de aquello que es una representación social, siendo éstas seis principales perspectivas.

Una primera perspectiva se limita a la actividad puramente cognitiva por medio de la cual el sujeto construye su representación social (p. ej. Abric, 1971).

Una segunda perspectiva pone el acento sobre los aspectos significantes de la actividad representativa; cuando es inherente de sujetos que comparten una misma experiencia social, la representación social se relaciona con una dinámica que hace que intervenga lo imaginario (p. ej. Herzlich, 1969).

Una tercera perspectiva trata la representación social como una forma de discurso y desprende sus características de la práctica discursiva de sujetos situados en la sociedad (p. ej. Lipiansky, 1979).

En la cuarta perspectiva de la representación social es la práctica social del sujeto la que es tomada en consideración; actor social inscrito en una posición social, el sujeto produce una representación que refleja las normas institucionales derivadas de la posición que ocupa (p. ej. Gilly, 1980).

Para la quinta perspectiva, el juego de las relaciones intergrupales determina la dinámica de las representaciones sociales (Di Giacomo, 1987).

Finalmente, una última perspectiva, más sociológica y que hace del sujeto el portador de determinaciones sociales, basa la actividad representativa en la reproducción de los esquemas de pensamiento socialmente establecidos, de visiones estructuradas por ideologías dominantes o en el redoblamiento analógico de relaciones sociales (p. ej. Boltanski, 1971).

 

 

 

Fuentes consultadas

Abric, Jean-Claude (1971). “Experimental study of group creativity: Task representation, group structure and performance” en European Journal of Social Psychology, Vol. 1, John Wiley & Sons, Inglaterra, pp. 311-326.

——– (2001). Prácticas sociales y representaciones, Ediciones Coyoacán, México (Col. Filosofía y cultura contemporánea, 16).

Adorno, Theodor W. et. al. (1973a). La disputa del positivismo en la sociología alemana, Grijalbo, Barcelona (Col. Teoría y Realidad, 1).

——– (1973b). “Sobre la lógica de las ciencias sociales” en Adorno, Theodor W. et. al. La disputa del positivismo en la sociología alemana, Grijalbo, Barcelona (Col. Teoría y Realidad, 1), pp. 121-138.

Amendola, Giandomenico (2000). La ciudad postmoderna, Celeste Ediciones, Madrid.

Araya, Sandra (2002). Las representaciones sociales: ejes teóricos para su discusión. Cuaderno de Ciencias Sociales, Núm. 127, Faculta Latinoamericana de Ciencias Sociales, Costa Rica.

Boltanski, L. (1971). “Les usages sociaux du corps” en Annales Economies, Societés, Civilisations, Paris I, pp. 205-233.

Bonnewitz, Patrice (2003) “El homo sociologicus bourdieusiano. Un agente social” en Primeras lecciones sobre la sociología de Pierre Bourdieu, Nueva Visión, Buenos Aires, pp. 63-76.

Bourdieu, Pierre (2000). Cosas dichas, Gedisa, Barcelona.

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[1] Los paréntesis son del original.

[2] La inseguridad ciudadana remite a la falta de “protección universal contra el delito violento o predatorio” (PNUD, 2009:31) La inseguridad ciudadana es la falta de “protección de ciertas opciones u oportunidades de todas las personas –su vida, su integridad, su patrimonio– contra un tipo específico de riesgo (el delito) que altera en forma ‘súbita y dolorosa’ la vida cotidiana de las víctimas” (PNUD, 2009:31) [Las cursivas, los guiones y los paréntesis son del original].

[3] Traducción propia. La versión original en inglés dice: “We understand (urban) safety as the interventions which aim at ensuring freedom and avoid aggressions among persons and against their private and public goods, as well as against the use of the city, its equipment and public spaces by its residents or visitiors to the city” (United Nations Human Settlement Programme, UN-HABITAT; 2007:3) [Los paréntesis son del original].

[4] Cornelius Castoriadis define al imaginario como “creación incesante, esencial, indeterminada de figuras, formas e imágenes (…) lo que llamamos realidad y racionalidad son obra de esta creación” (Castoriadis cit. por Nassif, 2010:4).

[5] Cabe advertir que la “definición mínima” de imaginario –sin adjetivo alguno– es diferente de la de imaginación, entendida por el propio Durand como “la facultad de lo posible” (Durand, 1981:18), o sea, “la facultad por la que sale a la luz o se deja ver el imaginario” (Durand, 1960 cit. por Vela Valldecabres, 2005:73).

[6] Los corchetes son míos.

[7] Los paréntesis son del original.

[8] Las comillas francesas y las negritas son del original.

[9] Las cursivas son mías.

[10] Las cursivas son del original.

[11] Las cursivas son del original.

[12] Las cursivas son del original.

[13] Las cursivas son del original y los paréntesis son míos.

[14] Las cursivas son mías.

[15] Los guiones largos son del original.

[16] Los guiones largos son del original.

[17] Los guiones largos son del original.

[18] Las cursivas son del original.

[19] Las cursivas son del original.

[20] Las cursivas son del original.

[21] Las cursivas son del original.

[22] Las cursivas son del original.

[23] Las cursivas son del original.

 

 

 

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Un comentario

  1. Me pare un artículo muy bueno que crítica la ciencia y la sociedad en la actualidad deberían publicar más 🤗

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