Lo que debemos recordar los salvadoreños

Por Víctor Salmerón

Los derrotados, los vencidos militar y psicológicamente, casi siempre y en todas partes han sufrido la misma suerte: la esclavización, el desplazamiento, la pérdida de identidad, la imposición cultural y la subyugación política. Por el hecho de perder son esclavizados y obligados a trabajar para los vencedores, como piedras que estorban en el camino hacia el éxito son apartados violentamente de sus tierras y obligados a abandonar sus hogares, lo que se traduce en una pérdida acelerada de su identidad y arraigo cultural. Además, son obligados a adoptar la cultura, la religión y las costumbres de los vencedores; lo que implica la prohibición de sus prácticas culturales y la imposición de nuevas formas de vida. Así, estos quedan bajo el absoluto control político y administrativo de los vencedores. Eso fue lo que le ocurrió al territorio que hoy se le conoce como El Salvador y al resto de los pueblos mesoamericanos. Fueron subsumidos y asimilados por un vientre siniestro y desconocido. A pesar de lo difícil, amargo y doloroso que puede ser digerir nuestra propia historia, pues demanda de una boca, dientes y estómago saludables, creemos que la adopción de una perspectiva histórica crítica y equilibrada, que supere las concepciones dogmáticas o ideológicas, posibilitará a la sociedad salvadoreña reconciliarse con su pasado, evitando el avergonzamiento de sus raíces y construyendo así una identidad que abrace tanto los aspectos positivos como los desafíos de su historia. Lo que con este escrito se pretende es, principalmente, fomentar una comprensión equilibrada de la historia salvadoreña, superando así concepciones dogmáticas o ideológicas, para promover la reconciliación y construir una identidad nacional más positiva y enriquecedora.

En medio del bullicio y ruido maquinal, una voz bien estructurada y lograda me susurra que una tarea fundamental y urgente en el presente para El Salvador, y para la mayoría de los países latinoamericanos, es desmitificar el pasado. Observar con ojos críticos la historia ya no es un lujo reservado para eruditos de gruesos espejuelos y ociosos de la historia, sino una necesidad apremiante para comprender con mayor precisión ciertas actitudes y comportamientos en nuestra sociedad. En los dominios del conocimiento, así como en los de la guerra, se requiere valentía. Los cobardes ante la dificultad del concepto, ante un problema con cuernos, huyen mediocremente y se refugian en las concepciones dogmáticas o ideológicas, similar a lo que hace el combatiente cobarde al sucumbir al miedo provocado por su enemigo. Es más fácil simplificar un problema peliagudo que enfrentarlo con dignidad y decencia intelectual. Si queremos ser honestos con nosotros mismos, debemos señalar que no todo lo que existía en la historia precolombina en el territorio llamado El Salvador era perfecto. Pero sí había criterios y actitudes que hoy, al tenor de esta sociedad utilitarista y neoliberal, nos vendrían como anillo al dedo. Al destacar tanto los aspectos positivos como las imperfecciones, nos elevamos por encima de las concepciones ingenuas y pueriles que muchos tienen de nuestra historia.

Desde hace varios años, he reflexionado sobre la necesidad de desconstruir la dicotomía ganador-perdedor. Siento que nuestra percepción actual sobre lo que implica ser ganador o perdedor es inadecuada. En la sociedad actual, ávida de comida e información rápida, se etiqueta como ganador a aquel que cumple con las metas propuestas por la sociedad neoliberal y utilitaria, como alcanzar logros financieros, tener una carrera exitosa, poseer propiedades y mantener un estatus social elevado, así como ser reconocido públicamente. A saber, tener poder como representación. De esta manera, la carencia de logros materiales, reconocimiento social o no cumplir con ciertos estándares convencionales, como no alcanzar metas financieras, carecer de una carrera exitosa, no poseer propiedades, mantener un estatus social más bajo y enfrentar dificultades económicas o laborales, se percibe como fracaso. No estar a la altura de las exigencias de una sociedad materialista y utilitaria se traduce en ser catalogado como perdedor. Al aplicar esta lógica al análisis del pasado, vemos a nuestros antepasados presentarse ante nosotros, manchados de sangre y encadenados, mientras el susurro inequívoco de «perdedores» resuena con intensidad. Sin embargo, la historia ha demostrado una y otra vez que ni el supuesto ganador, España, un imperio decadente y reactivo, es tan victorioso como se cree, ni los perdedores, los pueblos mesoamericanos, incluido El Salvador, son tan derrotados como se ha llegado a creer. Desafiamos las interpretaciones simplistas de estos eventos históricos trascendentales. Los hombres y mujeres de Mesoamérica fueron conquistados física y psicológicamente, pero asociarlos únicamente con la derrota y el fracaso simplifica su compleja realidad.

La cuestión central que debemos abordar con rigor es quiénes merecen ser considerados como verdaderos derrotados. No es justo etiquetar como perdedores a quienes han luchado tenazmente por su libertad hasta el último aliento. A mi juicio, esos son ganadores. Luchar y no darse nunca por vencido es ya ser un ganador y un signo elevado de salud. La auténtica derrota recae en aquellos que renuncian fácilmente, que se entregan sin oponer resistencia, cediendo sus manos para ser atadas, sus espaldas para llevar cargas impuestas y su espíritu para ser moldeado por voluntades ajenas. La verdadera derrota se manifiesta en aquellos que se someten sin combatir y permiten que otros determinen el curso de sus vidas.

Nadie quiere identificarse con el perdedor; eso no es ninguna novedad. Lo que todos quieren es atar al bando ganador. Esta es la razón por la que un gran número de personas salvadoreñas reniega o se avergüenza de su herencia indígena o de sus rasgos físicos. Muchos desean ser como los ganadores, como los hombres blancos que sometieron por la fuerza a los indígenas. La colonización y la subsiguiente imposición de una jerarquía cultural y racial dejaron cicatrices profundas. Las poblaciones indígenas fueron marginadas y sometidas, creando un estigma asociado a ser considerado «indígena» o parte de los «perdedores». La sociedad ha internalizado la idea de que el éxito está vinculado a la adopción de características asociadas a la cultura dominante, como los rasgos físicos europeos. Esto puede llevar a la renegación de las propias raíces indígenas en un intento de conformarse con estándares percibidos como más «exitosos». Los guerreros Pipiles que optaron por la resistencia y prefirieron enfrentar la muerte antes que someterse a la dominación española demostraron una valentía indomable. Su elección de resistir, a pesar de las adversidades abrumadoras, resalta la firmeza de su espíritu y la determinación por preservar su autonomía y dignidad. Al negarse a aceptar la sumisión, estos guerreros se convirtieron en símbolos de la resistencia frente a la opresión, dejando un legado de coraje que desafía la idea convencional de la derrota. Su sacrificio refleja una decisión consciente de mantener la integridad y la libertad en lugar de doblegarse ante las imposiciones de los conquistadores.

El no avergonzarse de nuestras raíces, ancestros, sangre y herencia histórica es indicativo de una naturaleza elevada y una madurez inusual en nuestra querida tierra. Sin embargo, el sentimiento de vergüenza que algunos salvadoreños experimentan hacia sus antepasados y raíces puede atribuirse a diversos factores. La colonización española, que arrasó con la identidad indígena y la asimiló casi por completo, impuso nuevas normas culturales y denigró las tradiciones originarias. El sentido y valor acumulados a lo largo de milenios de esfuerzo físico e intelectual fueron rápidamente destruidos y reemplazados por un sistema de valores ajeno e incomprensible para ellos. Este proceso contribuyó a la desvalorización de la cultura nativa y, en algunos casos, generó un sentimiento de inferioridad, que persiste en la actualidad. Además, las comunidades indígenas enfrentan una feroz estigmatización y desprecio hacia sus prácticas culturales. Muchos individuos con rasgos físicos indígenas experimentan vergüenza debido a prejuicios arraigados, lo que los lleva a distanciarse de sus raíces. La coloración de piel, aunque no se exprese explícitamente, a menudo es motivo de vergüenza para muchos.

«¡Vaya! ¿Qué blanquito le salió el hijo suyo, verdad, comadre?» «¡Qué morenito le salió el otro!» Cuántas veces escuché esas frases en mi infancia. En aquel entonces, desconocía la malicia implícita en esos comentarios, pero hoy los reconozco y desenmascaro al instante. Se revela un odio velado hacia nuestra identidad indígena, hacia nuestra sangre originaria. Nadie desea asociarse con los derrotados; todos aspiran a pertenecer al bando de los supuestos ganadores. La sociedad salvadoreña alberga un racismo profundo; lo negro, lo indígena, suscita desconfianza. Se les etiqueta despectivamente como «indios pata rajada». A los morenos se les estigmatiza, vinculándolos con la delincuencia y las drogas, y su mera mención genera incomodidad.

¿De qué te avergüenzas, oh salvadoreño mestizo? ¿Te avergüenzas de los guerreros que enfrentaron a los españoles en Acajutla, de Atlacat, del príncipe Atonal? ¿Acaso tú y tus contemporáneos poseen la dignidad, el coraje y la bravura de aquellos guerreros que optaron por dar la vida antes que vivir como esclavos? La vida activa nunca acepta vivir indignamente; sobrevivir no se encuentra entre sus más doradas ambiciones, sino más bien vivir, y como esclavo, eso no es posible. Los propios salvadoreños dicen: “esos guerreros Pipiles de los que algunos salvadoreños se enorgullecen son mitológicos, nunca existieron”. Qué importa si nuestros mejores combatientes, Atlacatl y Atonal, son reales o ficticios; lo crucial es que existió una camada de hombres extremadamente valientes. Los historiadores mediocres, que se acercan a la historia con entrañas de rana, no comprenden que esta tierra nunca fue cobarde. Los españoles se vieron forzados a utilizar armas de fuego para vencer a los más aguerridos y feroces guerreros pipiles.

¡De ustedes me burlo, oh insensatos salvadoreños, que odian sus raíces y secretamente anhelarían llevar solo sangre europea en sus venas! Tanto la actitud que fomenta el odio hacia lo español como la que siente vergüenza de la herencia indígena son perspectivas necias. Sería más beneficioso dirigir la vergüenza hacia ustedes mismos. Avergüéncense mejor de su actitud reactiva, estrechez de miras y falta de voluntad para estudiar el pasado de manera crítica. Recordando lo positivo y olvidando lo negativo, me fortalezco. Amo la naturaleza de mi país, pero me repugna febrilmente la actitud reactiva de algunos de sus habitantes. ¿Qué han hecho digno de alabanza para avergonzarse de sus raíces y antiguas creencias? ¿Acaso la religión cristiana era más civilizada que la que existía aquí? Invito a reflexionar sobre estas perspectivas y a promover un diálogo constructivo sobre nuestra rica historia.

Se requiere sabiduría para Interceptar sabiamente los dardos encendidos que lanzan los detractores contra nuestros antepasados. En una de las cafeterías de la universidad, en St. John’s, donde estudiaba en aquel tiempo, mientras mi amigo y yo disfrutábamos de un momento tranquilo, una estudiante española nos pidió compartir nuestra mesa. Con una sonrisa, le dimos la bienvenida a nuestra pequeña isla de cafés y apuntes. La conversación fluyó con naturalidad, y pronto surgió la pregunta sobre nuestro lugar de origen. Al compartir que éramos salvadoreños, su expresión cambió, como si hubiera desenterrado un tema más profundo que los simples confines de nuestra mesa. Con un tono de orgullo patriótico, nos dijo que deberíamos estar agradecidos con los españoles por «civilizarnos». Mencionó el salvajismo de los sacrificios humanos en nuestra región antes de la llegada de los conquistadores. Mis ojos se encontraron con los de mi amigo, ambos asombrados por la audacia de su afirmación. «Civilizar», esa palabra resonaba en el aire, impregnada de una perspectiva unilateral de la historia. Intenté mantener la calma. «Civilizar es un término complejo, ¿no crees? La Inquisición española, por ejemplo, ¿fue un acto de civilización? Torturas y confesiones forzadas no suenan precisamente como un avance cultural», le respondí con una pizca de sarcasmo. Ella, sin inmutarse, defendió la conquista como un acto necesario para liberarnos de nuestra supuesta barbarie. La conversación se convirtió en una batalla de palabras, donde la historia se trenzaba con opiniones personales. Al final, decidí abandonar la mesa, sintiéndome más triste que enojado. Mi amigo, sin embargo, continuó la conversación, pareciendo asentir con la narrativa de la estudiante española.

Nuestros antepasados eran sabios pero también tenían sus sombras, como todo lo humano. Sus prácticas estaban guiadas por una lógica que tenía pleno sentido para ellos. Mucha gente a menudo no logra dimensionar que estos actos ancestrales no se ejecutaban de manera gratuita ni por motivos de odio, venganza o mera indulgencia en el mal. Detrás de cada sacrificio había una lógica arraigada en su cosmovisión. Los antiguos no tenían otra opción; para ellos, era imperativo ofrecer sacrificios a sus dioses. La premisa subyacente era ofrecer lo mejor, y las guerras desempeñaban un papel crucial en este ritual. Cuando vencían a sus enemigos en la batalla, seleccionaban a los guerreros más valientes, los bien parecidos y feroces en el campo de batalla; en fin, aquellos que, a su ver, demostraban mayor afinidad con sus deidades, y los sacrificaban en nombre de la divinidad. La idea fundamental era que debían ofrecer lo mejor a sus dioses, lo que más se asemejaba a ellos. La estabilidad de sus cosechas, los movimientos astronómicos, la regulación de la lluvia, los vientos, los huracanes y, en última instancia, el equilibrio del mundo dependían de estos sacrificios. Para ellos no resultaba nada atractivo desatar la ira de Cipactli. Sus dioses sostenían el orden cósmico gracias a estos actos rituales. Desde una perspectiva occidental contemporánea, estas prácticas pueden parecer irracionales, incluso incomprensibles. Sin embargo, para aquellos antiguos, era una forma integral de comprender y relacionarse con el mundo que los rodeaba. En este contexto, el sacrificio era una manera de atribuir valor y otorgar significado tanto a su realidad interna como a la externa.

Debemos evitar caer en la actitud típica del conservador, que se expresa en la romantización del pasado y la satanización del presente. Ofrecer una perspectiva equilibrada de la historia implica evitar la idealización excesiva del pasado y la demonización injusta del presente. Este enfoque busca comprender la complejidad de la evolución histórica sin caer en la tentación de idealizar o vilipendiar indiscriminadamente, reconociendo así los matices y las múltiples dimensiones que conforman nuestra narrativa histórica.

Al contemplar nuestra historia, los invito a cultivar sabiduría y señorío. Sabiduría para recordar lo que nos potencia y olvidar lo que nos humilla; señorío para resistir el impulso reactivo que, como el ímpetu de la libido, nos incita a abrazar las navajas del resentimiento, siendo más perjudicial para las víctimas que para los victimarios. Reconozcamos que toda conquista es sangrienta y que ningún imperio asimila otra cosmovisión con flores y coplas de amor. Seamos sabios y olvidemos el peso de la opresión, la conquista y la imposición. Olvidemos que nos arrebataron tierras, que impusieron sus dioses y sus anhelos sobre los nuestros. La leche se derramó en la tierra y el cántaro de barro se rompió en varios pedazos; contamos con el hoy, y lo que hagamos en adelante corre por nuestra propia cuenta. Recordemos lo que es fácil olvidar: la resiliencia de nuestra gente, la capacidad de sobreponernos a la esclavitud y la fuerza para construir un nuevo camino. Olvidemos la humillación histórica y recordemos la valentía de los que resistieron. Superemos la incertidumbre de nuestra identidad y celebremos la riqueza de nuestra diversidad. No somos simplemente indios ni europeos; somos algo nuevo, una amalgama que será reconocida en el futuro por los frutos que cosecharemos, ya sean dulces o amargos. Es momento de recordar lo que nos hace fuertes como pueblo, aprender de la historia sin permitir que nos defina, y construir un futuro que refleje la verdadera grandeza de nuestra herencia.

Recordemos que no nos vencieron fácilmente, que no los recibimos con regalos ni los consideramos dioses; sabíamos que eran escorias. Hubo valientes que prefirieron morir antes que convertirse en esclavos. Al pensar así, no nos relegamos a ser tristes perdedores; aquellos derrotados son quienes olvidan que en algún momento en Cuscatlán hubo valentía, fuerza y coraje para resistir a la asimilación. Recordemos que Pedro de Alvarado nunca volvió a caminar de la misma manera después de pisar esta tierra. Reflexionemos sobre hombres que se negaron a ser vencidos sin luchar, que dieron batalla y no fueron conquistados fácilmente. Esta tierra era guerrera y temible en el campo de batalla. Sintámonos orgullosos de llevar esa sangre guerrera, la cual nunca se arrodilló ante ningún enemigo. Recordemos las palabras de aquel que expresó: «Si quieren nuestras armas, vengan a por ellas”. Rechacemos la idea del indígena reducido a un mero objeto, humillado, mancillado, encadenado y ofendido. Celebremos al indígena guerrero, que luchó con férrea determinación hasta el último aliento. Aquel que desafió sin temor las mandíbulas de los perros de guerra y resistió ante los ominosos cañones y pistolas oxidados. Rindamos homenaje a aquellos que eligieron la muerte en combate antes que una vida de esclavitud. Recordemos esta historia no como una fuente de tristeza, sino como un motor de fortaleza que nos provee alas para elevarnos sobre nuestras miserias cotidianas.

El exceso de información a menudo resulta contraproducente. Almacenar datos en la memoria o en dispositivos electrónicos no garantiza sabiduría ni beneficio para su poseedor. La capacidad de asimilación y la habilidad para subsumir la historia son cruciales; de lo contrario, en lugar de potenciar, se corre el riesgo de despotenciar. Es necesario acercarse al elevado mirador de la historia, que nos permite observar retrospectivamente los grandes eventos que han marcado profundamente nuestro mundo. Sin embargo, es vital no enfocarse demasiado en el pasado y descuidar el presente. Fetichizar el pasado y desdeñar lo actual puede ser peligroso. El acercamiento a la historia no debería limitarse a la búsqueda de información o al atragantamiento con un cúmulo de datos; debería ser una oportunidad para nutrirse y fortalecerse. La historia de un país o de una persona debe potenciar, no esquilmar.

Los salvadoreños enfrentamos un gran desafío: reconciliarnos con nuestro pasado para construir un futuro más esperanzador. Esta reconciliación solo es posible al superar la mala conciencia. No somos culpables de la derrota y caída de nuestros antepasados; ya no somos como ellos, pero tampoco como los españoles. Necesitamos perdonarnos, aceptarnos y contar nuestra propia historia. Aunque hemos surgido de la contradicción, debemos afirmarnos para que nuestra voluntad se concrete en acciones potenciadoras. Superar el resentimiento es crucial; culpar a nuestros antepasados o a los españoles por las desgracias actuales es un enfoque insensato. Lo que hagamos hoy es nuestra responsabilidad. Esto implica la superación de la mala fe. Tenemos que actuar y, al transformar nuestra historia, le damos un rumbo diferente, operando como seres libres y no como meros objetos.

 

 

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