Carmen. Epitafio para la impunidad

Por Ana Hurtado[1]

Hasta que los leones no tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador
Proverbio Africano


Este proyecto surge de la búsqueda por constituir espacios para redignificar las ausencias y paliar la impunidad del racismo. Estos escritos son resultado de extensas reflexiones en torno a imaginar un periodismo y una literatura situada, afrocentrada e inscrita en los principios de la justicia epistémica y la memoria. Aspiro a devolver atisbos de vida ahí donde el racismo estructural ha dejado muerte, deshumanización y pérdidas irreparables. 

“Carmen. Epitafio para la impunidad” es una serie de piezas narrativas dedicadas a Carmela Parral Santos, primera Alcaldesa afromexicana del municipio de La Estancia, Oaxaca. Fue asesinada en agosto del 2019. Estos escritos son, en conjunto, una carta a la ancestralidad fragmentada. 

 Nuestra lucha por la vida es también la lucha por ser recordadas con dignidad. 

 

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Volver a la vida

La amistad más entrañable de Emma Domínguez nació a bordo de una pasajera, en las cabinas traseras de los vehículos modelo Nissan 2000 que fueron adaptadas para ser el transporte colectivo de la Costa Chica de Oaxaca. Después del primer día de clases en la Escuela Normal Superior de Oaxaca, los impetuosos trayectos de Pinotepa Nacional hacia La llanada no volverían a ser los mismos nunca más. Carmela Parral fracturó el silencio que divide a dos desconocidas y lo convirtió en un aire tibio que puso en libertad a más de un sueño.

A partir de entonces, Carmen siempre tuvo palabras de aliento para Ema. Sin importar las circunstancias. Esa amistad maduró en el mes de diciembre, cuando las preguntas protocolarias por la familia y los hijos mudaron a pláticas más íntimas sobre sus matrimonios, sus adolescencias, y las concepciones que cada una tenía sobre la felicidad. A la par, también sacudían el letargo de los anhelos truncos compartiendo metas ambiciosas, empezando por un viaje que realizarían solas y la continuación de estudios profesionales.

 

Cuando la mataron teníamos menos de cuarenta días de haber ido a traer nuestra cédula a la Ciudad de México, con muchos proyectos en mente. Andábamos también investigando para estudiar la maestría. Con planes también decía “estamos desarrollando lo profesional y ¿nuestra vida personal? Hay que irnos a Chiapas.” Teníamos en mente un viaje a Chiapas, decía, “del aguinaldo hay que pellizcar la mitad e irnos.” Era una gran mujer.

 

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¿Quién era Carmen?

Los pájaros trinan y los esporádicos gruñidos de los cerdos orquestan los destellos de vida que están a punto de aparecer. Estábamos concentradas en la cocina de la casa, Mamá Mita evitaba el contacto visual. Hundía sus dedos en la mezcla de suero que contenía la tinaja de donde, más tarde, saldrían los quesos para la vendimia vespertina.  La fuerza de Mamá Mita sucumbe cuando sus labios lanzan el nombre de Carmen hacia afuera. Sus ojos fueron abatidos por la humedad. Súbitamente, unas lágrimas abrieron camino en su rostro. Silencio. En menos de un minuto, la rápida sucesión de recuerdos contuvo el dolor de la ausencia irreversible.

Mi mejor amiga. Una hermana más, a quien recuerdo con muchísimo cariño porque TENEMOS muchas cosas en común, pero, ES una gran amiga. Ella me dijo en una ocasión -tú no eres mi amiga; tú eres mi hermana porque las hermanas Dios las da y yo a ti te escogí como hermana- Era una persona tan detallista, tan sincera. Demasiado sincera. No se guardaba nada. Siento que fue una gran amiga, yo que la conocí, siento que también fue una gran madre, con muchas carencias de vivir la adolescencia, con un amor de vivir la vida. Era una persona que decía que todo se daba en vida

Ema evoca a Carmen en tiempo presente. Es una forma de reafirmar que la muerte no difumina los lazos de amor tejidos en el pasado. Con los ojos embalados de melancolía comienza a hacerle un lugar en la cocina donde estamos, como quien busca una silla para que la invitada estelar se ponga cómoda. Al fin, esa también fue su casa. Ahí acompañó las angustias de Ema y celebró la vida. En el patio, con el susurro de la brisa cálida, solían beber cerveza y convertir las largas horas de risas y chismerío en un artificio para sostenerse mutuamente. Carmen sabía que siempre tenía un lugar al que podía llegar, y era esa casa de patio amplio con vallas de madera y una hamaca azul en el recibidor. La casa de Llano Grande siempre aguardaba con emoción el retorno de Carmen Parral. Incluso ahora se suma al deseo imposible de acogerla mientras bebe una cerveza y extiende los planos sobre el futuro del que fue arrancada. No volverá, sin embargo, hablar de ella en presente es una lucha campal por librarla del envenenamiento del pasado.

 

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Oaxaca es, entre muchas cosas, una cicatriz colonialista que nunca ha terminado de sanar. En México y —muy probablemente— en otros países del mundo, se sabe que Oaxaca es uno de los territorios más rebeldes de la zona sur de la República Mexicana, donde las luchas por la tierra, los movimientos magisteriales y la búsqueda del reconocimiento de los usos y costumbre como forma de autogobierno de los pueblos indígenas del estado se hallan presentes. A la par, a mediados de los 90, cerca de Oaxaca, Chiapas se convierte en la cuna de uno de los movimientos antirracistas más impactantes de la región latinoamericana: el zapatismo, que nació con la formación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y denunció, sistemáticamente, el sometimiento de los indígenas y campesinos por la entonces política neoliberal mexicana.

Tras la formación de los cuadros políticos del EZLN y el rediseño de un sistema político autónomo que demostraba poder sostenerse sin el Estado, tanto Chiapas como Oaxaca se consagraron como un destino anhelado para el turismo extranjero y nacional. Sin embargo, pese a que este movimiento ha formado innumerables cuadros políticos, persisten problemas estructurales, todos ellos relacionados con una política de desintegración comunitaria y exterminio identitario.

Sin embargo, aunque importante y trascendente, esa lucha estaba incompleta. No estaban los afromexicanos. Así, en 1997, tres años después del estallido del EZLN, en la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca se realizó el Primer Encuentro de Pueblos Negros, convocado por Glyn Jemmott Nelson, un sacerdote originario de Trinidad y Tobago, quien, gracias a la labor comunitaria que desempeñaba en los municipios de la Costa Chica, fue pionero en articular el movimiento afromexicano.

Oaxaca tiene demasiados datos sociodemográficos alarmantes: tasas de feminicidio, pobreza, desplazamiento forzado, rezago educativo, analfabetismo, por mencionar apenas algunos. El problema es que esos números se han convertido en una pieza comodín para folclorizar la pobreza. Es decir, hablar siempre de cómo el desarrollo humano es precario y limitado en zonas con un alto porcentaje de población indígena, afrodescendiente y afroindígena, manteniendo un sistema educativo monolingüe y con un contenido altamente nacionalista, donde lo indígena y lo afrodescendiente tienen prospecciones serviles con el mestizaje.

Lo alarmante es, entonces, dejar sin piel esas cifras. Lo que entendemos por rezago educativo no se compara en absoluto con su significado real. No es la simple deserción escolar o la falta de espacios escolares, es la consecuencia de un sistema de explotación afectiva en la que las mujeres se han visto obligadas a asumir labores de crianza y cuidado desde muy temprana edad. Este es un brazo de otros problemas como los matrimonios infantiles y las maternidades adolescentes. Es decir, fenómenos que se han tornado habituales y, por tanto, son incapaces de generar transformaciones, porque en el imaginario social Oaxaca siempre ha sido eso, un lugar donde la marginalidad y la desigualdad dejaron de ser catástrofes y ahora son moléculas constitutivas de la normalidad.

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Iba en la secundaria cuando conoció a su esposo. Él había regresado de Estados Unidos a San José La Estancia, el pueblo donde Carmen había crecido. El cortejo duró muy poco. No había terminado de estudiar la secundaria cuando se casó con él. Años más tarde, culminaría sus estudios mediante los programas del Instituto Nacional de Educación para Adultos (INEA). Posteriormente ingresaría al plantel 02 del Centro de Bachillerato Tecnológico y Agropecuario de Cuajinicuilapa Guerrero, donde estudiaría por tres años. No se detuvo, lo siguiente fue formarse en una carrera técnica de Corte y Confección que le permitiría ingresar al magisterio cubriendo interinatos. El horizonte de camino que mejor conocía siempre estaba regido hacia adelante, estrictamente hacia adelante. Cuando entró a la Escuela Normal seguía ejerciendo la docencia suplente sin base, pero, eso no la detenía, mucho menos la desanimaba. Su voz tranquila y su temple de liderazgo innato hicieron que durante el primer año de la Escuela Normal la eligieran jefa de grupo. Era hábil para negociar con los enojos de los maestros y lo era más para organizar salidas grupales al mar. Su salario de maestra interina se dividía en gastos para su casa, hijos y el pago de colegiaturas para concluir su carrera normalista.

Sus palabras convincentes ahuyentaban los desánimos de los otros. Cuando en las charlas grupales alguien expresaba su deseo de desistir del estudio por falta de recursos económicos, no tardaba en proponer una solución que involucraba la ayuda mutua. Tuvo la idea, por ejemplo, de organizar tandas para cooperar con los pagos de mensualidad de quienes tenían adeudos.

 

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En Oaxaca, el sindicato magisterial ha pugnado por la instalación de demandas trascendentales como la descentralización de servicios educativos, aumentos salariales e incluso, la solicitud de destitución de gobernadores estatales. Las condiciones de ruralidad y, por consiguiente, condiciones de desigualdad, en las que se desempeñan la mayoría de los docentes de Oaxaca, han sido la causa de movilizaciones que han paralizado el sistema educativo del Estado en más de una ocasión. Plantones, mítines, tomas de instancias gubernamentales, paros, huelgas de hambre y bloqueos de vías de tránsito, han sido algunas de las acciones frontales del magisterio.

Sin embargo, aunque como articulación popular han logrado cambiar ciertas estructuras del sistema educativo estatal, la forma en que enfrentan la no simpatía de algunos sectores, revela complejidades como la reproducción de la violencia patriarcal que excluye y somete al escrutinio público el disenso.

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Lucín Domínguez, mamá Luche, es hermana de Ema. Durante poco más de treinta años, se ha desempeñado como docente de educación básica. En el 2018, en Llano Grande, Oaxaca, hubo un problema sindical en la zona, que afectó directamente a Mamá Luche. Ella era parte de una facción oficialista, lo que le valió el desconocimiento del sindicato y un asedio público que, con absoluta frivolidad, la señalaba como una “vende plazas”. 

Las acciones del sindicato rayaron en el hostigamiento, pues la organización de bloqueos de carretera, marchas en el pueblo, insultarla afuera de su casa y exigir que se fuera de Llano Grande, hicieron que Lucín comenzara a sentir vergüenza de salir a la calle.

Nuestra plática transcurría en una noche tropical de abril. En el patio de la casa de Mamá Lú rebosan plantas de distintos tipos. Es una atmósfera fresca que ha sido procurada por las manos de Lucín. Hay un ligero paréntesis en la conversación. El mutismo de las palabras es sustituido por el eco de unos perros que ladran a la distancia y por el mesurado sonido de los grillos en celo.

Carmen le obsequió un regalo que se convirtió en un amuleto infalible para soportar las desgracias. Aún lo conserva. ¡Ay, maestra! ¡Cuídese mucho! Usted tiene muchas malas vibras, tiene mucha envidia. Le regalo este, para que cada vez que salga o tenga alguna reunión se lo unte. Era un botecito pequeño color negro. Contenía un líquido. Para impregnarlo en la piel era necesario ejercer una ligera presión sobre la boquilla para que el aerosol lanzara el compuesto aromático. Tomó el consejo de Carmen, de modo que, las visitas que involucraban alguna cuestión laboral iban selladas con el olor de aquel botecito.

“Siete machos”. Aunque ha buscado la misma presentación que Carmen le dio, no ha tenido éxito. Encuentra el mismo nombre en otras presentaciones, sin embargo, no huele igual. Desde que Carmen se fue, el botecito no ha vuelto a lanzar más mililitros de fragancia. Lo lleva en el necéser, junto con los otros recipientes de maquillaje e higiene que carga consigo, pero no lo usa. Aunque de un olor distinto, prefiere utilizar las otras versiones de “Siete machos” que ha encontrado, los mezcla con el agua de colonia que suele usar y lo unta sobre su piel mientras guarda el botecito negro en la bolsa. Como un talismán. Solo el tiempo podrá consumir la forma acuosa de ese bote, más el tiempo, nunca desintegrará la protección otorgada por las manos de Carmen.

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El cuerpo de Parral Santos fue encontrado en el interior de una camioneta que se ubicaba en la carretera federal 200, a la altura del municipio de Villa de Tultepec de Melchor Ocampo, en la noche del viernes. Las autoridades encontraron el cadáver de la alcaldesa y de un acompañante dentro de un automóvil Ford modelo Ranger.

Periódico El Financiero, 17 de agosto de 2019. 12:06 hrs.

 

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¡Aquí está la mejor amiga de Carmen!

Cuando ya no teníamos dinerito, comíamos en la terminal tamales con tostadas y la primera vez que comimos tamales, pues si traíamos poco dinero y preguntamos para ver qué nos alcanzaba. Compramos una orden de tamales, decía ella —comía muy bonito; mucho— oye, con esta orden yo no me voy a llenar y le decía, yo te voy a regalar uno, yo me lleno con tres y son tres. Yo te paso uno y me como dos. No, no amiga, y pasó una niña vendiendo tostadas y dice ¿compramos las tostadas? Y le digo sí, y me dice, pero, no me va a alcanzar para el refresco y le digo bueno, yo creo que cargo ya, compra la tostada y voy por los refrescos. Empezamos a comer tostadas con tamales, traía cuatro totopos la bolsa, se nos quedaron viendo, y le digo oye, amiga, me da mucha pena, van a decir que somos unas indias comiendo aquí y me dice ¡come, chingao! Hace hambre, dice. Y empezamos a comer. Fue la primera vez que comíamos tamales con tostadas. Sabían ricas. Se vino la pasajera y nosotras comiendo. Regresamos el domingo y le estábamos contando a nuestros compañeros.

 

Los hijos de Carmen le decían tía a Ema, y los hijos de Ema hacían lo propio con Carmen. Solía llegar de sorpresa a la casa de Llano Grande. Le gustaba bailar e ir a los gallos. Le gustaba, también, organizar salidas grupales al “Paraíso Escondido” una marisquería de Pinotepa Nacional desde donde se ve el mar. Le gustaba vivir.

Carmen se acercó a Ema buscando aprender de los años, sin embargo, Ema se jacta en decir que fue al revés: Carmen le enseñó tanto sobre la vida, que es imposible hablar de ella en pasado. Mamá Mita se limpia las lágrimas con los hombros, suspira, su voz quebrada es como una muleta que le permite andar a la memoria, porque los recuerdos continúan desfilando, algunos menos gratos que otros, pero, se aparecen ante la evocación de rugiente corazón de Mamá Mita.

 

De esas amistades, mija, que uno dice “aunque no te tenga, aunque no te vea, ¡aquí estás!

 

 

 

[1] Ana Hurtado (Ghana,1994). Afromexicana. Egresada de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. ‘Encuentra cosas’ de profesión. Milito la ternura. Rebelde y nómada. Aprendí a rugir con las letras. Directora de Innovación Social y Acción Participativa del Centro de Estudios Afromexicanas Tembembe A.C y miembro de la Red de Mujeres Afrolatinoamericanas, Afrocaribeñas y de la Diáspora, Capítulo México (RMAAD-Mx)

 

 

 

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