Los gatos de Amparo Dávila

Por Darío Escalante

Amparo Dávila (1928–2020) fue una escritora que nació y vivió los primeros siete años de su infancia en Pinos, un pueblito minero del estado de Zacatecas. Tiempo después, su familia se trasladó a San Luis Potosí, donde la joven escritora completó su educación básica y se inició en el mundo de la literatura escribiendo salmos. Fue ahí también donde con sus escasos veintipocos años hizo sus primeras publicaciones (Bajo la luna, 1950; Meditaciones a la orilla del sueño y Perfil de soledades, 1954), y tras las cuales tomaría la sabia decisión de trasladarse a la Ciudad de México para continuar su camino por el mundo de las letras.

La primera vez que “conocí” a Amparo Dávila caminaba sin rumbo por los pasillos de la biblioteca buscando cualquier libro que me llamara la atención. Me detuve a la mitad de un estante y bajé Árboles petrificados (1977). Entonces la tuve, por primera vez, frente a mí. Al hojear el libro me encontré en la cuarta de forros con la fotografía de una mujer joven vestida completamente de negro… y un gato. La sonrisa de ella era misteriosa, pero el gato me hizo mucha gracia. El misterio creció cuando revisando el índice descubrí un contenido no menos enigmático. Sólo dios o el diablo saben qué mecanismos operan en nuestro inconsciente para decidir qué cosas nos llaman la atención y cuáles no; pero aquella tarde, sin poderme resistir a los gatos y a la misteriosa sonrisa que parecía decirme: a que no me lees, salí de la biblioteca con los Cuentos reunidos (2009) de Amparo Dávila bajo el brazo… y un rotundo: a que sí.

Me fui pensando durante el camino ¿por qué un gato? No sé cuántos escritores salen en la cuarta de forros, o en la solapa, retratados con algún animal. La gran mayoría aparece solo, fumando un cigarrillo o frente a una máquina de escribir. Los gatos son criaturas fascinantes; en la fantasía del imaginario cultural son casi una ficción y no tienen par en el reino animal (“pequeño emperador sin orbe” lo llaman los poetas). Fueron divinos tanto para egipcios como hindúes; el islam sintió estima por ellos y el budismo apreció su meditabunda serenidad; su dulzura, su gracia y su belleza les mereció un lugar en las cortes imperiales de innumerables culturas: eran la compañía perfecta. No obstante, por el halo de misterio que había en su disimulo, por su andar vagabundo y su indolente pereza, fue asociado con la mala suerte, el satanismo y la brujería por algunos otros pueblos que aseguraban que era posible mirar las llamas del infierno en el reflejo de sus ojos. Ni cómo describir la sorpresa que me llevé cuando entendí que el misterio y la fantasía eran las dos grandes cualidades literarias de Amparito. Fui atando cabos.

Los gatos siempre acompañaron a Amparo Dávila mientras escribía; formaban parte de su proceso creativo. Incluso Arreola decía: “No, Amparo no escribe, son los gatos los que escriben los cuentos”; quizá porque, como reza la sabiduría popular, el león cree que todos son de su condición; pero quizá también porque, con seguridad, el cuentista veía en los gatos y no en la zacatecana el misterio de aquellas narraciones fantásticas y extraordinarias.

En su colección de ensayos sobre el arte de escribir, Ray Bradbury plantea la cuestión sobre cómo descubrir la identidad literaria, y nos pregunta: “¿Qué es lo que más quiere usted en el mundo? ¿Qué ama, o qué detesta?” Para Bradbury, la voz literaria se halla en las pasiones del autor mismo, en sus miedos, gustos y obsesiones, que, “sacados de las barrancas del cerebro, lo ayudarán a descubrirse a sí mismo”; pues las historias descansan en el inconsciente y no serán sino “la observación personal, la fantasía rara, la extraña presunción, lo que [dará el] resultado”. Su consejo: “Conjuren sus palabras, alerten a su personalidad secreta, saboreen la oscuridad”.

¿Cuáles fueron entonces aquellos endemoniados miedos que llevaron a Amparo Dávila a escribir tan fascinantes cuentos? ¿Quiénes fueron esos demonios conjurados de su obra? En razón del carácter autobiográfico de sus textos, Amparo nos dice: “Yo pienso que la vivencia es importantísima, […] eso hace que surja un cuento. Esa vivencia es el primer chispazo […]. Pero me voy desligando, a medida que empiezo a escribir, la vivencia se va quedando atrás y el cuento y los personajes van siguiendo su propio camino, separado ya de la vivencia”. ¿Podríamos pensar entonces que esas narraciones imaginadas son las respuestas que Amparo hubiera querido dar a los momentos de su vida?

Amparo Dávila se inició en el mundo de la literatura escribiendo poesía (los salmos que tanto le chuleó Gabriel Méndez Plancarte y Agustín Yáñez); sin embargo, a su llegada a la Ciudad de México, y tomadas las riendas de su vocación literaria, sus intereses dieron un giro dramático hacia la prosa, y más específicamente hacia el género fantástico: abandonaría el piadoso oficios de escribir salmos. A partir de ese momento y hasta el día de su muerte, publicó cuatro colecciones de cuentos (Tiempo destrozado, 1959; Música concreta, 1961; Árboles petrificados, 1977; y Con los ojos abiertos, 2008).

La estructura de sus cuentos sigue a raja tabla, en la gran mayoría de los casos, el esquema tradicional del cuento moderno: presenta una situación y arranca la historia; mantiene el ritmo en crecimiento mientras integra de manera orgánica los elementos necesarios para generar la fantasía; retrasa el final generando la mayor expectativa para resolvernos la historia en un terrible desenlace. Sin embargo, más allá de sus cualidades narrativas, es el mundo del cual no hablas lo que fascina en su obra.

En los cuentos de la zacatecana es posible identificar un patrón sobre los elementos que constituyen la fantasía y dan forma al horror de las narraciones. Entre ellos están los animales propios del género: sapos, caracoles, gatos u homúnculos, y las presencias espectrales, que van desde las figuras oscuras y los sonidos extraños, hasta fenómenos paranormales que rompen con toda lógica de la realidad y trastornan a la protagonista. La muerte y la locura, dos motivos fundamentales del género del horror, son recurrentes en la obra, y lo mismo se insertan como el desenlace trágico de la historia o como el móvil que desencadena toda la acción. El tiempo narrado, por su parte, es otoñal, lluvioso o nublado, y la acción de los cuentos transcurre terriblemente en un periodo que va del crepúsculo de la tarde hasta la noche cerrada (el tiempo perfecto para el horror: Once upon a midnight dreary). Por otro lado, el espacio físico en el que se desarrollan las historias resulta ser (con todo lo que ello implica) la casa, y más específicamente, una habitación de la casa: la habitación de la protagonista. De este modo, el ambiente en el que trascurre el horror no puede ser otro que el ambiente familiar, y los personajes no pueden ser otros que el círculo familiar de la protagonista, ya sean los padres, la pareja, los hermanos, los hijos o los amigos.

¿Será que Amparo conjura en su literatura sus demonios familiares? Pues sí. Su familia fue tal vez su principal fuente de horror: los monstruos, los demonios y los espectros. En “Alta cocina” (mi favorito), por ejemplo, el horror gira en torno a la acostumbrada cena dominical y el proceso de cocción del platillo principal: la especialidad de la casa. Hay un deseo evidente de escapar de los usos y costumbres de aquella casa. Por otro lado, en “Oscar”, una mujer joven que regresa de la ciudad al pueblo, el deseo de escapar se convierte en la necesidad de huir del infierno que representa su familia para salvar su propia vida. No obstante, de entre los personajes familiares, hay una figura que destaca: el padre.

Para Amparo, publicar no fue cosa difícil. Una tarde de 1959, Arnaldo Orfila, entonces director del Fondo de Cultura Económica, le hizo una llamada a la escritora: “Sé que tiene muy buenos cuentos”. Amparo, que aún corregía sus textos, vio la oportunidad de publicar cuando Orfila le dijo: “Cuando los termine de corregir, me los trae. Aquí tiene abierta esta casa para usted”. Caso contrario sucedió en el seno familiar cuando su padre le dijera años antes de que migrara a la ciudad: “… para escribir se necesita talento. […] Hay gentes importantísimas, tú eres una mocosa insignificante”. El padre nunca estuvo de acuerdo con la vocación literaria de su hija, ni en que se fuera a México y siguiera su deseo de escribir: “Eso es una insensatez”, decía. La respuesta de Amparo: una colección de doce cuentos dedicada exclusivamente al padre.

Quizás el accidente más recurrente en la obra de Amparo Dávila sea la muerte del padre o del esposo. Así queda comprobado en el “El huésped”, uno de los cuentos más celebrados de la escritora zacatecana. A veces no sin ironía, como en el caso de “El entierro”, un cuento de humor negro, hace sátira de las ambiciones de un padre de familia obsesionado con el control de todos y cada uno de los detalles de su vida; control que la muerte le termina por arrebatar. Otro caso es “Con los ojos abiertos”, en donde, como suele suceder en sus cuentos, la muerte del padre/esposo es la acción que saca de la rutina a los personajes y que da pie al desarrollo de la trama. De ahí, una presencia extraña comienza a asechar por las noches a la ex esposa y viuda del difunto, quien había decidido guardar en su propia casa los objetos de valor que aquél había heredado a sus hijos; presencia a la cual tendrá que hacer frente con los ojos abiertos.

En su libro Fantasía: literatura de la subversión, Rosemary Jackson sugiere que la fantasía es literatura del deseo y subraya: “Lo fantástico sigue las huellas de lo no dicho y lo no visto de la cultura: lo que ha sido silenciado, invisibilizado, encubierto…”. De modo que cuán importante no serían para la literatura mexicana los cuentos de Amparo Dávila que dan forma y fin a los demonios y a los horrores. Si seguimos las reflexiones teóricas que hace R. Jackson en cuanto al género, tenemos como resultado un lenguaje que manifiesta el deseo de escapar o destruir el terror que asecha. La literatura como una forma de protección contra una sociedad que te persigue y que te acosa; escribir como una forma de expiación, como un conjuro contra el pasado y contra los horrores de la vida.

Contrario a lo que pensaba Arreola, lo fantástico no es que los gatos pudieran haber escrito los textos, sino que los cuentos de Amparito, como conjuros mágicos donde se mezclen las palabras con los recuerdos y los deseos hayan cobrado vida para proteger a la escritora en su camino por el mundo de la literatura. Los cuentos, fantásticos y fascinantes, tan llenos de vida y de misterio como los gatos mismos, serían, de este modo, su compañía y su protección. Cada felino fue una experiencia, un proceso creativo y una colección. Los cuentos de Amparo Dávila son las historias que la acompañaron el resto de su vida y la conjura de sus demonios que, como las brujas, llevó como amuleto entre sus brazos.

Cuando terminé de leer los Cuentos reunidos, no me fue difícil descifrar el misterio de su mirada y de aquella sonrisa cómplice que caracteriza a la escritora zacatecana en sus fotografías, ya sea de joven, ya de vieja. Su obra fue una invitación a la conjura, al hechizo y a la nigromancia literaria, y sus cuentos… el testimonio de la primera bruja de la literatura mexicana.

 

 

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