La invención de la mujer*

Por Sofía Alvarado[1]

 

I.

Luego de copiar ocho veces La guerra y la paz a mano, 1300 hojas cada vez, es decir, 10400 páginas en total, Sofía reclama como suya la novela.

Sofía Tolstói, copista y esposa de León Tolstói, transcribe a máquina todo cuanto escribe el marido. Dice en uno de sus diarios: “en la transcripción del mismo escrito hecho por décima vez no queda nada”.

Este pequeño acto, ocurrido en lo cotidiano, no tuvo ninguna trascendencia, igual que hacer una sopa o lavar la ropa, sus palabras quedaron guardadas en aquel diario confesional. Le han dicho antes que sería la esposa ideal para un escritor, “niñera del talento”, le escribe un amigo cercano.

Sofía Behrs —así se llamaba antes de ser La escriba— soportó casi ecuánime la locura del gurú Tolstói, con excepción de un hecho que la marcaría como loca a ella y no a él, a pesar de las varias excentricidades de su esposo. En medio de la desesperación, Sofía salió de su casa desnuda en pleno invierno ruso, se tumbó en los campos helados y amenazó con envenenarse. A partir de este hecho, Tolstói huyó, agarró una pulmonía y murió.

En cuanto Tolstói desapareció, Sofía Behrs «recobró» la razón y vivió nueve años más. Escribió, entre 1892 y 1893, la novela Una mujer asesinada más o Cómo los maridos matan a sus esposas. Tanto sus hijos como familiares cercanos, la convencieron de no publicarla, dice Marta Rebón en Querida (y denostada) Sofía.

La novela terminó publicada hace unas cuantas décadas, en la revista Oktiabr en 1994, a casi un siglo de su creación.

Además de escritora, Sofía fue fotógrafa, editora y traductora.

Esta pequeña anécdota, ha sido escuchada, contada y vivida una y otra, y otra vez por mujeres artistas, matemáticas y científicas.

 

II.

Escucho a alguien desear una escriba, una mujer que le lleve las cuentas y le transcriba los versos. Recuerdo a Sofía Behrs o a Mercedes Barcha, esposa de García Márquez, también a otras mujeres que desistieron de esa institución literaria, de ser la esposa de un escritor, como Felice Bauer o Elena Garro.

Escucho con sorpresa a este escritor deseoso. Me pregunto si habremos cambiado algo desde Sofía Behrs o si seguimos, por el contrario, creyendo que salvaremos, cuidaremos y formaremos a esos intelectuales, artistas y escritores para que creen la obra de su vida, mientras nosotras nos dedicamos a las tareas domésticas, cuidamos a los niños y, de paso, fungimos como agentes literarios y críticas, editamos y traducimos sus obras.

No lo sé, la duda y el optimismo me acompañan. De lo que sí estoy segura es que aún nosotras, las escritoras, no tenemos en mente a ese hombre que transcriba lo que escribimos, cuide de nosotras y nos lleve las cuentas; ese esposo de la escritora, capaz de renunciar al deseo propio y ser, en suma, una extensión nuestra, esa otra mano que escribe 10400 páginas por nosotras.

 

III.

“Soy un hombre. Pensarán que he cometido un error de género sin querer, o quizá que intento engañarlos, porque mi nombre de pila acaba en a, y soy dueña de tres sujetadores, y he estado embarazada cinco veces, y otras cosas por el estilo que sin duda habrán notado, pequeños detalles. Pero los detalles no importan. Soy un hombre, y quiero que me crean y lo acepten como un hecho, tal y como lo acepté yo misma durante muchos años”, así comienza la poderosa presentación del libro Contar es escuchar de Ursula K. Le Guin. La escritora habla del disfraz en la voz de una mujer en el arte de narrar y en la vida cotidiana, nos dice que las mujeres somos una invención muy reciente y mal hecha, una Austen y una Woolf son demasiado complicadas, habría entonces que inventarse otro tipo de mujer, que tampoco es ella, porque ella también escribe y porque ha llegado tarde a esta invención. Entre una y otra disertación irónica sobre lo que es ser una escritora, Ursula K. Le Guin hace una reflexión humorística sobre lo que se considera un ser humano y, sin duda, dice, una mujer no entra en esta categoría.

El libro se publicó a principios de este milenio, hace casi dos décadas, que en la historia del universo es, ya lo sabemos, cosa de nada. Dentro de este contexto, la idea de las mujeres como invención reciente es aniquiladora, nos pone en perspectiva lo que, por creerse ya una conquista consumada, nos impide ver que hace pocos instantes en la historia del mundo hemos sido las grandes ignoradas, las marginadas, las que han estado a la sombra, en la oscuridad, las anónimas. No se diga si miramos los derechos ciudadanos, como ser una persona y votar.

Otra gran escritora de ciencia ficción, Joanna Russ, escribió en el libro de ensayos Cómo acabar con la escritura de las mujeres, algunas de las sentencias descalificadoras que escuchamos las escritoras: “No lo escribió ella”; “Lo escribió ella, pero no debió haberlo hecho”; “Lo escribió ella, pero fíjate de qué cosas escribió”; “Lo escribió ella, pero sólo escribió uno”…y muchos de los tantos “peros” que vienen con la escritura de una mujer. En una parte del libro, dice: “La invisibilidad social de la experiencia de las mujeres no es un ‘fracaso de la comunicación humana’. Se trata de un sesgo tramado a nivel social que ha persistido mucho después de que la información acerca de la experiencia femenina esté disponible (y a favor del cual incluso se ha insistido públicamente)”.

De esta forma, por mucho tiempo, la escritura de las mujeres, lo que nosotras contamos, nuestras experiencias, se han etiquetado como femeninas, románticas, sensibleras, rosas, poco importantes y se han dejado de lado dentro de un contexto que no ha favorecido la escritura ni la publicación de los textos. Russ cuenta los casos de dos conocidas autoras, con libros que fueron bien vistos por la crítica porque en un inicio se pensó que habían sido escritos por hombres.

El primer caso es Cumbres Borrascosas, escrito por Emily Brontë en 1847, y firmado como Ellis Bell. La crítica dijo lo siguiente: “su temática principal era la representación de la crueldad, la brutalidad, la violencia, la maldad en su forma más extrema”, quien escribía era un autor prometedor, que podría convertirse en uno de los grandes artistas de la época. Tres años después, cuando se reveló que había sido escrito por Emily, la novela se transformó en una simple historia de amor.

El otro caso fue el de Mary Shelley, quien además fue convencida por su esposo para conseguir la autoría de Frankenstein, obra que fue bien recibida por los lectores, sin embargo, cuando la crítica se enteró de que la autora era Mary, dijo: “Todo lo que hizo la señora Shelley fue proporcionar un reflejo pasivo de algunas de las fantasías salvajes que circulaban por el aire que había a su alrededor”.

Durante años se ha demeritado la escritura de las mujeres, lo que decimos se ha invalidado, puesto en duda, la misma Russ declaró que ella escribía ciencia ficción porque sus experiencias no pertenecían a la Gran Literatura y por esa razón eligió hablar de cosas de las que nadie más sabía nada. Como lo dice Ursula K. Le Guin en su maravilloso ensayo, las mujeres en la literatura somos una invención muy reciente.

 

IV.

Leo en uno de los ensayos de Margarita Robayo, publicado en Primera Persona, acerca de los equívocos de sus respuestas en algunas de las entrevistas que le han hecho sobre el oficio de escribir y su experiencia como escritora. Uno de los tantos periodistas que le pregunta qué significa para ella ser una escritora le provoca crear las líneas del ensayo, en las que dice estar cansada de las cuotas de género o de visibilizar el oficio de escritora.

Ser mujer en la literatura no es algo exótico, y, por consiguiente, es indigno ponernos un reflector encima, dice. Si existiera una verdadera igualdad de género como artistas y creadoras, no tendría por qué recurrirse a estas preguntas como motor principal de cualquier entrevista, ¿por qué tendría que hablarse más sobre ser una escritora que del oficio de escribir?, por ejemplo.

Violeta Orozco lo menciona en La expropiación de la intelectualidad de las escritoras latinoamericanas, publicado en FemLATAM, donde habla de la intelectualidad liderada por hombres que, de forma constante, nos hacen dudar de nuestros talentos y saberes, como si ser una escritora nos vedara, para siempre, de escribir buenos textos.

Ambas autoras coinciden en la apuesta por una literatura en la que no se ponga en duda el quehacer literario por el hecho de ser mujer, en la que no se tenga que hablar de esta distinción entre lo que es ser una escritora; y por esta construcción de nuestras voces como una forma de creación más allá de nuestro género, es decir, hacer literatura, buena literatura, literatura que tenga el arte como centro y no la visibilidad.

Liliana Colanzi nos cuenta en Escribir la rabia que monitoreó durante una semana del 2017 el diario donde trabajaba en Bolivia y concluyó que el 87% de los columnistas eran hombres y sólo el 13% restante eran mujeres. Ella se pregunta dónde están las columnistas, si hay escritoras especializadas en todas las áreas, por qué un diario sigue prefiriendo que los temas sigan siendo dialogados, analizados y debatidos en su mayoría por hombres. Más adelante, escribe: “Recuerdo con bochorno las veces que me preguntaron sobre mis lecturas favoritas y di una amplia lista de escritores en la que casi no figuraba ninguna mujer. Yo también fui educada en esa pedagogía muy extensa que excluye a la mujer”.

Fuimos educados por un sistema que excluía de forma arbitraria la creación hecha por mujeres. Durante mucho tiempo el canon literario fue dirigido y protagonizado por hombres, que eran quienes decidían qué se impartía en las universidades y las escuelas, y qué se editaba.

 

V.

Actualmente la colección Vindictas, editada por la UNAM a cargo de Socorro Venegas, visibiliza y rescata la obra creada en el siglo pasado por autoras de habla hispana. La colección, dice la página de Cultura UNAM, “se propone reivindicar a todas aquellas mujeres que han sido silenciadas o ignoradas en el ámbito de la literatura, las artes escénicas y visuales, la danza, la música y la ciencia”.

Así lo hace también A golpe de linterna, antología del cuento contemporáneo escrito por mujeres del siglo XX, llevado por Liliana Pedroza, quien a lo largo de dos décadas de investigación por todo el país, logró recopilar 512 autoras y 856 libros.

Otras formas disidentes que ponen en diálogo público lo escrito por mujeres se ha dado dentro de las fanzines, que han tenido en los últimos años una importancia increíble, pues la forma y los medios con los que han sido editadas son independientes, transgresores y con enfoque de género. Algunas fanzines editadas en México y exclusivas de literatura e ilustración hechas por mujeres son Fémina Fanzine, Ingrávida Fanzine y Cósmica Fanzine.

Respecto a las páginas y las revistas dedicadas exclusivamente a nombrar, publicar y editar obras de escritoras en habla hispana, algunas de ellas son el Mapa de escritoras mexicanas contemporáneas, EscritorasMX, Anfibias literarias, Enpoli, Hablemos, escritoras, Vulviversa, Poesía para morras, Sonámbulas, La Sunamita, Líneas negras, Especulativas. Ingrávida y Las Furias Magazine.

Entre las muchas variaciones de la escritura de las mujeres, de su historicidad dentro del canon y de su participación en los ámbitos intelectuales contemporáneos, nos encontramos quienes, aun ahora, nos resistimos a escindirnos de la literatura en la que el género determina el tipo de obra que creamos, como lo explica Julia Santibáñez: “el papel en la literatura de la mujer es el mismo que el del hombre: hacer arte, intensificar el lenguaje, crear nuevos planos para habitar la realidad, robarse cosas con los ojos y hacer algo distinto con ellas (como decía Felisberto Hernández), inaugurar formas”.

Y, sin embargo, como lo dice la ternura de Diana del Ángel en Hacer(nos) casita, también escribimos gracias a las múltiples voces que nos antecedieron:

 

escribo gracias a mi abuela que no sabía leer

ni escribir, gracias a mi tía que encontró en la

soledad su manera de ser fuerte, gracias a mis

primas que no estudiaron para ayudar en la

casa, gracias a mi bisabuela que en náhuatl no

le temía a nada, gracias a mi madre que me dio

la vida y después volvió a dármelo todo; escribo

por mis otras tías que hicieron del matrimonio

su espacio, por todas mis abuelas que desde su

lengua lejana me soñaron libre; escribo para mis

descendientas, poderosas niñas hierba, para la

hija que quizá me entregue la vida, para encon-

trar un yo que no sea solo mío, para nosotras

escribo

VI.

Para terminar, Irene Vallejo nos dice en uno de mis fragmentos favoritos de El infinito en un junco:

“Y, sin embargo, desde tiempos remotos las mujeres han contado historias, han cantado romances y enhebrado versos al amor de la hoguera. Cuando era niña, mi madre desplegó ante mí el universo de las historias susurradas, y no por casualidad. A lo largo de los tiempos, han sido sobre todo las mujeres las encargadas de desovillar en la noche la memoria de los cuentos. Han sido las tejedoras de relatos y retales. Durante siglos han devanado historias al mismo tiempo que hacían girar la rueca o manejaban la lanzadera del telar. Ellas fueron las primeras en plasmar el universo como malla y como redes. Anudaban sus alegrías, ilusiones, angustias, terrores y creencias más íntimas. Teñían de colores la monotonía. Entrelazaban verbos, lana, adjetivos y seda. Por eso textos y tejidos comparten tantas palabras: la trama del relato, el nudo del argumento, el hilo de una historia, el desenlace de la narración; devanarse los sesos, bordar un discurso, hilar fino, urdir una intriga. Por eso los viejos mitos nos hablan de la tela de Penélope, de las túnicas de Nausícaa, de los bordados de Aracne, del hilo de Ariadna, de la hebra de la vida que hilaban las moiras, del lienzo de los destinos que cosían las nortas, del tapiz mágico de Sherezade”.

Así como Irene Vallejo, como mi abuela y mi madre, como todas las que escribimos y contamos, herederas de estas mujeres que nos narraron, que hilaron nuestra historia mucho antes de llegar a ella, sigamos desovillando en la noche del mundo la memoria de los cuentos, de nuestras historias, continuemos la bellísima tarea de contarnos a nosotras y a las otras, escribir por todas las voces que nos antecedieron, escucharnos por todas las veces que se nos silenció: “¿Qué se toma en cuenta para tener una voz? Valor. Ira. Amor. Algo que decir; alguien a quien decírselo; alguien que escuche”, dice Terry Tempest Williams.

 

 

 

Textos consultados, por orden de aparición:

Querida (y denostada) Sofía, de Marta Rebón (2019), publicado en la Revista de la Universidad de México.

Contar es escuchar, de Ursula K. Le Guin, (2004).

Cómo acabar con la escritura de las mujeres, de Joanna Russ, (1983).

Primera persona, de Margarita Robayo, (2017).

La expropiación de la intelectualidad de las escritoras latinoamericanas, de Violeta Orozco, publicado en Feminismos latinoamericanos, (2020).

Escribir la rabia, de Liliana Colanzi, (2019), publicado en la Revista de la Universidad de México.

Tsunami 2, Hacer(nos) casita, de Diana del Ángel, (2018).

El infinito en un junco, de Irene Vallejo, (2019).

Cuando las mujeres fueron pájaros. Terry Tempest Williams, (2020).

 

*Texto leído por el marco del 25N del 2021, en el Conversatorio Hacedoras de historias, en Zihuatanejo, Guerrero.

 

 

[1] Sofía Alvarado Cortés (1986). Es escritora, docente y promotora cultural. Ha sido publicada en antologías, revistas y periódicos impresos y digitales de México y de otros países, como Argentina, Colombia y Venezuela. Fue becaria en la categoría de cuento del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, durante el periodo 2020-2021. Actualmente es librera, dirige talleres de escritura y toca la jarana.

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