Responso para una reseña: Week-end en Zipolite y otros poemas póstumos

Por Alexis Aparicio Díaz[1]

En los últimos años, bajo la premisa “lo personal es político” —frase convertida en eslogan generacional, presente hasta en la caja de Zucaritas[2]—, hemos visto una proliferación de obras literarias cuya apuesta fundamental consiste en hablar desde el yo, hecho que, aunque en un inicio permitió el acceso a los procesos históricos y sociales en su dimensión más íntima, terminó por producir un oleaje de escritores ensimismados, incapaces de construir un discurso que exprese una visión del mundo entendible para quienes no asistieron a la primaria con el autor.

«Este poema trata sobre la vez que pisé un chicle y sufrí durante cinco cuadras» 

El libro del que aquí les voy a hablar busca llevar al extremo esa ironía narcisista. Week-end en Zipolite y otros poemas póstumos[3], primer libro de Armando Gutiérrez Victoria, tiene como personaje principal a Armando Gutiérrez Victoria. Pero, contrario a los modelos trágicos, construidos, aunque nos cueste aceptarlo, en sintonía con la moral judeo-cristiana, aquí el poeta decide no tomarse muy en serio a sí mismo. En su afán de honestidad, se presenta como un ser mínimo, se denigra hasta volverse un detalle en el paisaje de la suma (por citar a Herbert). Reacia a los pataleos del mártir, su figura se encuentra más cercana a los autorretratos burlescos, como el “Autogol” de Ricardo Castillo o el “Hanme dicho, hermanas” de Luis de Góngora. De la siguiente forma se refiere el falso Armando a su propia obra: “Un trabajo mal pagado / una cosa viscosa / un sin sentido / sin propósito /exactamente / como yo”

Una vez eliminada la aureola romántica del ser elegido para padecer todos los males de la humanidad, las pestes, los golpes de estado y las hambrunas, Armando Gutiérrez invita a los demás a que, como él, se deshagan de las máscaras ridículas que nos impiden mirarnos como somos. Sus dardos, dirigidos hacia las inclinaciones discursivas en turno, la pretensión de escribir literatura comprometida, la absurda prohibición de exponer un tema si no perteneces al sector poblacional que padece más violencias estructurales, hacen de Week-end en Zipolite un libro que no parece buscar el aplauso del mundo académico ni artístico —en sus versiones menos tolerantes, por supuesto—. Es fruto del encabronamiento y son ganas de revelarse ante las imposiciones estéticas de un periodo que solo en apariencia ha sido el más libre para la creación literaria.

Mentadas de madre a parte, hablemos de la estructura del libro. ¿Week-end en Zipolite es un poemario en la acepción contemporánea del término; es decir, un entramado de composiciones breves que solo adquieren significación relevante en tanto que conjunto? Sí y no. Al libro lo vertebra la figura de un Armando Gutiérrez ficticiamente difunto (a menos que nos encontremos en presencia de un auténtico fantasma ¡LLAMEN A LOS GHOSTBUSTERS!)

Lo recorren los testimonios sobre su muerte, las voces dispersas que lo repudian o lo aman, el afán de grandeza póstuma, la burocracia del más allá, las convenciones y el luto fingido de quienes asisten al funeral. Armando hace de sí mismo un títere, un personaje de goma sobre el cual descargar todos los ataques, burlas y reflexiones sobre la muerte que pueden ocurrírsele a un enunciante impío, semejante al narrador verguero sistematizado en el Quijote. En esa exploración de la vida de un personaje en sus distintas dimensiones, sí es un libro en que los poemas adquieren su valor fundamental como unidad.

Sin embargo, el libro de Armando Gutiérrez también contiene —y he ahí la diferencia— poemas susceptibles de independizarse del conjunto y obtener ese impacto, tan echado de menos en los últimos años, del verso potente aún en soledad. Ejemplo: “Week-end en Zipolite” —el homónimo, y quizás mi poema favorito— explora, en su dimensión homoerótica, el difícil proceso de madurez y su correlato exigido: la lucha contra el deseo:

Ponerse triste

tiene algo de afrenta ante este impúdico deseo

de morder la sudada piel y de gritar

“aquí estoy y sigo vivo”.

 

La contemplación de los cuerpos masculinos en la playa, seres que en la humedad y el anonimato se funden para formar un desenfreno marítimo —acaso un eco de Reinaldo Arenas— aparece enfrentada con la culpa del que, socialmente obligado a templar sus ansias, anhela la desmesura prohibida para quien ha ingresado de lleno en la vida seria. Es, pues, una suerte de historia de formación que nos pone de frente a la lucha entre el deber y el querer, inevitable en ese tránsito afrentoso hacia la adultez. Acá unos versos chulos:

Y lloraré toda la noche

porque el deseo me traiciona:

la maldita circunstancia

del cuerpo en todas partes,

muriendo en esta orilla,

por la frenética desnudez

de los arrecifes

que me niegan sus regalos.

 

Modalidades receptivas. Este libro se encuentra a caballo entre el modo de lectura tradicional —los poemas rítmicos, susceptibles de ser enunciados en voz alta— y el propio ya no sólo del libro impreso, sino digital. Armando incluye expresiones de redes sociales, altera la distribución tradicional de los versos, emula géneros discursivos cibernéticos y juega con la puntuación. Un libro que precisa, en suma, de la lectura silenciosa y del encuentro con el libro en tanto que objeto para ser entendido en su riqueza. Un ejemplo es ese juguete llamado “Borrador para una elegía barroca”, en el cual el autor presenta el falso boceto para un poema —lleno de rayones, cambios y variaciones, puesta en evidencia del proceso creativo— e introduce procedimientos metaficcionales que nos son familiares por Unamuno, María Panero o Sergio Pitol, pero que en la lírica son más bien extraños. Como lector heterogéneo que es, Armando no se limita a seguir las convenciones del género lírico, sino que introduce todos los recursos que su caudal literario le permite aprovechar en esta obra llena de dinamismo.

En resumen, y para no usurpar más de sus valiosos segundos, Week-end en Zipolite y otros poemas póstumos me ha parecido un libro bien entretenido y bien perro creativo. Su brevedad, su variedad formal y su léxico amable hacen que la obra se lea como agua; pero yo los invito a detenerse y buscar, como yo lo he hecho, en esta mina de genialidades y juegos que es el primer libro de Armando. Y eso sería todo. Que en paz descanse Armando Gutiérrez Victoria. Los rosarios serán a las 7:45 pm en el patio de Doña Lupe. Habrá pan y café.

 

 

[1] Alexis Aparicio Díaz (Ciudad de México, 1999) es egresado de la Licenciatura en Letras Hispánicas por la UAM Iztapalapa. Ha publicado textos en las revistas Marabunta, Reverberante, Katabasis, Irradiación, Saranchá, Alcantarilla, Página Salmón y Bastardilla. Escribe cuentos, ensayos y poemas feos. Su nombre es Nadie.

[2] Enpoli y su editora difieren de este comentario del autor, no olvidamos la potencialidad que tuvieron para las mujeres las reuniones separatistas, ni olvidamos a Carol Hanisch hablando sobre los descubrimientos colectivos que en aquellas reuniones de mujeres se hicieron y que potenciaron la práctica política de las mujeres desde el feminismo. Negamos su carácter de eslogan generacional y su vaciamiento de sentido.

[3] Si deseas adquirir un ejemplar del poemario puedes comunicarte con Armando Gutiérrez Victoria directamente en sus redes sociales https://www.facebook.com/jezzarm

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