Sadomasoquismo en “Oda marítima” De Álvaro de Campos

Por Aleqs Garrigóz

“Oda marítima” es un poema de muy largo aliento del gran poeta portugués Fernando Pessoa, cantada en la voz de su creación Álvaro de Campos, que junto con Alberto Caeiro y Ricardo Reis forman la triada principal de la heteronimia de este autor a través de la cual dio vida a tres existencias literarias con obras distintas entre sí, cada uno con sus rasgos particulares que sostienen su personalidad. Este poema luce como una obra maestra, llena de sensorialidad, que recoge y representa una gran vitalidad de sensaciones físicas filtradas por el poder de lo psíquico, en versos arrolladores de gran expresividad y fuerza.

Fernando Pesa atribuyó a Ricardo Reís la fecha de nacimiento del 15 de octubre de 1890. Le asignó la profesión de ingeniero naval y como su más honda pasión las maquinas. Pessoa escribió este poema durante los meses finales de 1914 y los primeros de 1915. Hay quienes piensan que, junto con “Tabaquería”, éste es uno de sus poemas más emblemáticos.

La edición consultada para este artículo es la perteneciente a la muy famosa colección “Material de lectura” que publicó la Universidad Nacional Autónoma de México, por medio de su Dirección General de Difusión Cultural; traducida y presentada con una nota introductoria por el escritor mexicano Carlos Montemayor (especialista en la obra de Pessoa). Montemayor afirma sobre este poema que “un exaltado panteísmo whitmaniano y una desbordante oleada de vida sobre la presencia solitaria del poeta, provocan a cada paso, a cada verso, la contemplación del activísimo mundo del mar y las naves. […] Fernando Pessoa en cuanto nombre de una obra poética es una gran gama de corrientes poéticas; en cuanto poeta, es el abanico abierto de hombres contradictorios”.

La oda comentada aquí, de características eminentemente modernas, escrita en versos de variada dimensión, inicia situando la voz lírica “en un muelle desierto, en esta mañana de verano” mirando hacia la entrada de un puerto un “negro y claro, pequeño paquebote entrando”. En estos versos de apertura, el poeta hace presnete la melancolía inherente a los puertos, las embarcaciones y la vida marítima, toda llena de estruendo de olas y de sal, de mareas y de horas tanto luminosas como oscuras.

Miro a lo lejos el paquebote,
                         independiente del alma
y dentro de mí un volante comienza a girar, lentamente. […]

Dicho volante es sin duda, esa extraña inasible ¿maquinaria? que todos llevamos en el centro del alma, en el corazón tal vez, generadora de la emoción.

Los paquebotes que entran de mañana en el puerto

traen ante mis ojos, el misterio alegre y triste de quien llega y parte.
Traen una memoria de muelles y memorias distantes […]

Terrible amenaza de revelaciones metafísicas

que perturban en mí al que yo fui.

Absorto en la contemplación de las formas fijas y las apariciones del puerto, el poeta canta, evoca, recuerda. Canta el muelle que es una “soledad de piedra”, la niebla triste del amanecer, la ciudad despierta a medias. Piensa en la posibilidad de haber partido antes del Tiempo y el Espacio, antes de haber nacido, de un Muelle Absoluto, donde salieron todos los hombres de todas las naciones, a quienes compara con navíos.

¿Ah, quién sabe, quién sabe
si antes de mí, en otro tiempo.

no partí de un muelle?
¿Si no dejé otra clase de puerto
en una nave hacia el sol oblicuo del amanecer?

¿Quién sabe si no dejé,
anterior al tiempo del mundo exterior
                            que veo raerse en mí
un gran muelle con poca gente
de una gran ciudad despierta a medias, […]

lleno de murmurantes silencios en las albas

 

A medida que los versos avanzan como dentro de un mar, la emotividad sigue produciéndose cada vez más íntima, más abstrusa, penetrando en los misterios del inconsciente: “ah, […] la dolorosa inestabilidad e incomprensión de este universo imposible, sentido en nuestra piel”. Conforme los versos se deslizan graciosos, sensuales y bellos como barca en la mar, el “volante” del navío en que se ha embarcado la voz lírica parece conducir más aprisa, y no se sabe si la emoción que genera el movimiento es placer dolor; o si son lo mismo ya.

[…] y todo nuestro cuerpo angustiado siente,
como si fuese un alma,
un inexplicable deseo de sentir de otra manera:

una nostalgia de algo,
una zozobra del cariño ¿a qué patria? ]…]
Nos duele su pensamiento
y queda dentro un gran vació […]
y una vaga ansiedad que sería tedio o dolor

si supiese como serlo […]

Con una poética descriptiva, la voz lírica va creando cuadros como por medio de pincelazos de palabras de la vida marina, los viajes, la playa (la salvación al naufragio y la zozobra), la soledad de altamar, los océanos, las cosas navales (“viejos juguetes de sueño” que “caen dentro de mí como se precipita en el suelo el contenido confuso de una gaveta abierta”) mientras “se apresura cada vez más el volante”. Las maquinarias, los gritos de marinero que “haciendo bocina con las manos curtidas y oscuras” gritan así: «Ahó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó—-yyy / Schooner ahó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó—yyyy…”.

Cada vez más excitado, más ansioso de mar, la furia hierve en el poeta, enardece su sangre, se arroja ante él, lo atropella y ambos estallan como espuma. Su carne son olas que se golpean contra las rocas. Piensa en los hombres del mar:

[…] Hombres que duermen en rudas tarimas,
hombres que duermen en los mástiles, avistando el peligro.
Hombres que tienen la muerte por almohada […]
con anclas y banderas cruzadas tatuadas en el pecho […]
Oscuros de tanto sol, curtidos por tanta lluvia,
limpios de los ojos por tanta inmensidad ante ellos,

audaces por tantos vientos que sus rostros batieron con valor.

Aquellos hombres por los que siente admiración, que ve como se ve a los héroes, a los semidioses tal vez. Hacedores de grandes hazañas, conquistadores de naciones y forjadores de la historia. Piratas. Siente un deseo enorme y vehemente de ir con ellos, de ser parte de ellos y tomar acción en sus días, sus historias, sus masculinas aventuras. 

Quiero ir con ustedes, quiero ir
al mismo tiempo con todos ustedes
a todo lugar donde vayan.
Quiero tener sus peligros frente a frente […]
tender los brazos para ayudarlos, compartir sus tormentas,
llegar por fin como ustedes a puertos extraordinarios.
Huir juntos de la civilización,
perder con ustedes toda idea moral,

sentir que se trasforma lejos mi humanidad.
Juntos beber en mares del sur
nuevos tumultos del alma, nuevos salvajismos,
nuevos fuegos primitivos de mi volcánico espíritu.

He aquí cuando, perdida la idea moral, en la inmensa bravura sin ley del mar, el poeta empieza a abandonarse a un trance primeramente sensual, luego cada vez más erótico, deseando la plena experiencia carnal que puede vivir un hombre del mar con el mar y con otro hombre del mar. Y esta experiencia deseada por una febril imaginación se va tornando cada vez más bárbaras, más sanguinarias y al fin completamente masoquista.

Sí, sí, sí, crucifíquenme en las navegaciones
y mi espalda gozará su cruz.
Atenme a los viajes como a maderos

y la sensación de esa tortura gozará su cruz.
Átenme a los viajes como maderos
y la sensación de la tortura recorrerá mis vértebras

en un incasable espasmo pasivo.
Háganme lo que sea pero que esté en los mares,

sobre el combés, al son de las olas,

hieran, maten, acuchillen. […]

Arránquenme la piel y péguenla a las quillas,

que sienta dolor de los clavos
                    y que nunca deje de sentirlos.
Quiebren mis huesos golpeándolos contra las amuradas,

fustíguenme atado a los mástiles, fustíguenme […]

El fuego de los trópicos provocó la fiebre de la piratería antigua

en mis venas intensas.

 

Las imágenes del anhelo del poeta se han tornado ya obsesivas con la sangre, la mutilación y la destrucción corporal: “Quillas quebradas, naves a pique, sangre en los mares, / combés ensangrentados, despojos, / dedos cercenados en las amuradas, cabezas de niños aquí y allá, / gente con los ojos desorbitados al gritar, al aullar. El deseo perverso, que llega a representar al sujeto de la enunciación como una figura femenina, magnifica el sentido y la intensidad del placer sexual. “Todo esto me envuelve como una capa en el frío. / Me froto con todo esto como una gata en celo con un muro”. Hay sonidos guturales, como de una excitación referida al coito: “Eh-eh-eh eh-eh-eh-eh-eh eh-eh-eh”. Entonces se revela de súbito, sin metáforas ya, una interna feminidad:

Ah piratas, piratas, piratas,

ámenme y ódienme, piratas.

Mézclenme con ustedes piratas.
Su furia, su crueldad, hablan a mi sangre

De un cuerpo de mujer que fue mío en otro tiempo

y cuyo celo sobrevive. […]

Ah [ser] la víctima síntesis de carne y hueso
de todos los piratas del mundo.

Ah que mi cuerpo pasivo fuese la mujer todas-las mujeres
que fueron violadas, heridas, muertas, destrozadas por los piratas.

[…] ser la hembra que teme pertenecerles y sentir todo esto,
sentir todas estas cosas recorrer al mismo tiempo mis vértebras.

Oh mis velludos y ásperos héroes de la aventura y el crimen.
Mis bestias marítimas, esposos de mi imaginación.

Amantes causales del desvío de mis sensaciones.
Quisiera ser Aquella que los espera en los puertos.

Esta feminidad interna del cantante de esta oda se describe como amante incansable, compañera de crímenes, de orgías oceánicas, cuyo “espíritu de bruja danzara invisible entre los movimientos de los cuerpos, / de sus cuchillos, de sus manos estranguladoras”. El poeta se ceba en el crimen y su gloria se cumple en la muerte infringida por medio de la más violenta barbarie, en la que concibe el amor: “Y ella, esperándolos en tierra cuando llegaban, si acaso llegaban, / bebería en los rugidos de ese amor todo el vasto, / todo el denso perfume de sus victorias, / y a través de sus espasmos entonaría un Sabbat enrojecido y amarillo”.

Vuelto hacia el “culto contrario” de un “dios monstruoso y satánico”, el poeta asume en una parte del poema la necesidad de una deidad negativa que colme en toda su medida su furor imaginativo y que nunca logre agotar su ansia de identificarse con su perversión. Lo mismo que otros poetas como el Conde de Lautréamont, Charles Baudelaire o Antonin Artaud, llamados de forma muy categórica e imprecisa comúnmente como “poetas malditos”, representantes de varios movimientos estéticos que utilizaron la representación de Satán en sus creaciones como estandarte de rebeldía absoluta en el arte. Como en el siguiente caso, que muestra el reverso del masoquismo, el sadismo:

Ahora, en el auge preciso de soñar lo que ustedes hacían,

acercándome todo a mí, ya no les pertenezco, soy ustedes,
y mi feminidad que los acompaña es ser sus almas.
Estar dentro de toda su ferocidad, cuando la liberaban,
beber dentro de la conciencia sus sensaciones

cuando teñían de sangre altamar
y cuando arrojaban a los tiburones
los cuerpos vivos de los heridos, la carne sonrosada de los niños
y llevan a las madres a mirar por la borda lo que les ocurría.
Estar con ustedes en la carnicería, en el pillaje,
orquestado en la sinfonía de los saqueos.

 

La exaltación del goce corporal entre varones, insinuada en la poesía de Walt Whitman se trastoca en esta obra de Pessoa en una orgía brutal sadomasoquista. Se pone de manifiesto también el travestismo y la transexualidad: “Que mis venas sean los vestidos que las dagas traspasan, / mi imaginación el cuerpo de las mujeres que violan”. A esta altura del poema, hemos llegado a lo que parece ser el clímax orgiástico-lírico, donde reside el nudo de las más internas inquietudes de la voz cantora expresadas en deseo. El propio autor había dicho, hablando del perfil creado para sus heterónimos: “Puse en Álvaro de Campos toda la emoción que no doy a mí ni a la vida.”

Ah tortúrenme para satisfacerme.
Hagan de mi carne el aire que sus cuchillos atraviesan,

antes de caer sobre las cabezas y las espaldas.
 

Ah los piratas, los piratas.
El ansia de lo que es ilegal y feroz,
el ansia de las cosas crueles y abominables
que como brama abstracta roe nuestros débiles cuerpos,

nuestros nervios femeninos y delicados,
y nos enloquece con incontenibles fiebres la mirada vacía.

Oblíguenme a arrodillarme ante ustedes.
Humíllenme y golpéenme.
Hagan de mí su esclavo, algo suyo,

y que su desprecio jamás me abandone.

Oh mis señores, mis señores.

Siempre tomar gloriosamente la parte sumisa
entre los hechos sangrientos y las sensualidades desatas.
Del este al oeste de mi cuerpo

esparzan la sangre de mi sangre,
besen la sangre de mi sangre,

besen con cuchillos y látigos y furia

mi alegre terror carnal de pertenecerles,

mi ansia masoquista de ofrecerme a su furor,
de ser objeto inerte que sienta su omnívora crueldad,
señores, dominadores, emperadores, corsarios.

Ah tortúrenme,

acuchíllenme y ábranme,

desecho en pedazos conscientes
frótenme en los combés,
espárzanme en los mares, déjenme

en las ávidas playas de las islas. […]

Oh, torturadores de mi corporal imaginación,

amados desoladores de mi sumisión carnal.

Sométanme como se mata un perro a patadas,

hagan de mí el pozo para su desprecio de dominadores.

Háganme todas sus víctimas.
Como Cristo sufrió por todos los hombres, quiero sufrir

por todas las victimas que cayeron bajo sus manos,

sus manos callosas, sangrientas, con dedos cercenados

en salvajes asaltos de amuradas.
Háganme cualquier cosa, como si fuese arrastrado,

–oh placer, beso de dolor–
arrastrado por caballos que ustedes fustigan…
Pero todo esto en el mar, todo esto en el ma-a-a-r, en el MA-A-A-R

Luego de proferir un alarido celebratorio: “Yeh eh-eh-eh-eh-eh Yeh-eh-eh-eh-eh-eh Yeh- eh-eh-eh-eh-eh eh-eh”, alucinantemente todo grita en esta parte del poema: “vientos, oleaje, barcos, mares, gavias, piratas, […] la sangre”. Y el volante, llegado a su límite de movimiento, produce gritos versificados con onomatopeyas de diversas longitudes, con letras minúsculas y mayúsculas, con fuentes de diversos tamaños, en un total de cinco estrofas consecutivas: una especie de orgasmo poético-sexual-emocional de la imaginación a la que procede una especie de meseta, de tierna relajación, lo mismo que un cuerpo después de un orgasmo: “El enardecimiento ha anochecido. Sentí un exceso: no puedo ya continuar sintiendo. […] Decrece notablemente la velocidad del volante […] boyan mis sueños desechos” Sigue a este sopor de tranquilidad una nostalgia por la infancia, aquella felicidad que no puede volverse a tener, una añoranza de canciones de cuna: “Oh mi pasado de infancia, muñeco que me rompieron”.

No puedo viajar al pasado, a aquella casa y aquel cariño,
y siempre quedar allí, siempre contento y siempre niño. […]

Pensar en esto me da frío, hambre de algo que no puede obtenerse.

Y vuelve otra vez la atención a situarse en el mismo puerto, vuelven las imágenes de tranquilidad, de calma: la modernidad, las maquinas, el ajetreo comercial, “la mirada humana de los faros en la distancia de la noche”. Va amaneciendo en el poema y de día el poema se ilumina. Comienza todo a regularizarse con naturalidad entrado el día al puerto, al poema. La voz lírica entonces intenta nombrar la invisible poesía de la cotidianidad, en las facturas escritas por la gente, en los viajes de recreo. Pasea su espíritu sobre la diversidad racial, de profesiones, de caras en el mundo: “Nada posee tanta religiosidad como mirar mucho a la gente”.

Entonces la voz lírica, abandonando el altísimo sueño de su imaginación, mira un barco de vapor partir, partir con destino incierto. Y el poeta se despide de esta nave. Y con ello se va despidiendo del poema. “Él hace su deber. Así nosotros hacemos el nuestro. Hermosa vida. Buen viaje. Buen viaje. […] Esto es la vida…”

 

 

 

 

 

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