Ahí nos vidrios, carnal

Foto de  CNL/INBAL

Por Alfredo Alejandro Parra[1]

En memoria de Armando Ramírez

   Regina, la calle, nos encontró.

   Habían pasado muchos años sin que estrecháramos las manos Armando Ramírez y un servidor, desde aquellos lejanos, muy lejanos días cuando coincidíamos, dominicales, en el mercado de legumbres en el mero centro de Tepis, cuando iba  a comprarle dulces a su entonces pequeña hija, o cuando lo visitaba en su casa, allá por la añeja calle de Peralvillo.

   Un jovenzuelo aspirante a escribidor y un novelista que rompía esquemas «intelectuales», con una historia nacida del vientre de un Barrio madre del que nadie quería hablar y mucho menos escribir.

   Asociación peculiar en un barrio donde las letras eran algo demasiado excéntrico.

   En la memoria todavía conservo su gesto de sorpresa y resignación al leer esos intentos de poemas que le mostré entre mi indecisión y mi inseguridad.

   Pero qué tanto es tantito si se conoce la palabra comprensión y Armando la supo tener para este aprendiz literario.

   Y después de tantos años, la calle Regina nos volvió a encontrar.

   Recordar hechos gratos siempre es reconciliante, un Tepis que ya no existe, pero una vocación que nunca se fue del todo y si Armando se descubrió cronista y juglar de una ciudad entera y no sólo de un barrio, nunca olvidó la raíz, su raíz.

   Porque en un ámbito literario donde la mayoría de los escritos parecieran una competencia de snobismos, Armando Ramírez siempre buscó y usó ese lenguaje común,  cotidiano, coloquial, de cualquier hora, para dar voz a una gama de personajes que deambulan, aman, sueñan y mueren todos los días en el ombligo de esta ciudad.

   Ese fue el gran mérito y logro de este escritor, el estandarte que portó durante toda su vida: el personaje citadino tal como es, con su lenguaje, con sus defectos, con sus contradicciones.

   Esa tarde dos exiliados tepiteños intercambiaron nostalgias, pesares por ya no estar físicamente en el barrio, pero al mismo tiempo de repente descubrir que su corazón nunca se fue de ahí, de esas calles, de esos rincones, de esas esquinas, y saber que aún se conservaba en la memoria la gama de personajes que, mudos, siempre esperaron quién les diera una imagen, una voz.

    Hoy, Armando Ramírez ha partido hacía el otro barrio como dirán los maloras que tanto conoció en las andanzas por esas calles donde CHIN CHIN, aun le canta al amor perdido, pero a cambio nos deja una ciudad para que, al igual que él, la sepamos descubrir algún bendecido día

   Ahí nos queda el camino mostrado en sus crónicas.

   Y como en aquella tarde que la calle de Regina nos encontró, al despedirte, te doy un abrazo ―esta vez imaginario―, y como se dice en nuestro inmortal Barrio…

   «Pus ahí nos vidrios, carnal…»

 

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