Agua

Por Penélope Gamboa Barahona[1]

 

Aquel día, Virginia decidió que sería “ese día” y salió muy temprano por la mañana envuelta en un gran abrigo, sin mirar las dos cartas que dejó encima de la chimenea del vestíbulo.

Pasó toda la noche en vela, mordiendo la pluma y escogiendo las palabras adecuadas. Una carta para su esposo y otra para su hermana, las dos personas que más quería en su vida y las que mejor podían entender qué sucedía dentro de su cabeza.

Por un tiempo estuvo libre de las voces y fue un alivio escucharse, repasar los sonidos de sus cuerdas vocales, tener la certeza de que los ruidos a su alrededor eran reales. Durante esta época escribió mucho, toda una mañana o toda una tarde, olvidándose de comer e ignorando los ruegos de Leonard para que descansara. No podía permitirse ni un solo minuto de descanso, sus ideas eran claras como el cielo despejado, propensas a difuminarse entre miles de pensamientos.

Entonces regresaron.

Al principio llegaron en forma de murmullos inentendibles, susurros que escuchaba muy cerca de su oreja. Después se convirtieron en frases andróginas en francés, alemán, griego y latín; a veces una mezcla de todos, a veces un idioma inventado. Luego en gritos terribles y cánticos endemoniados, una sinfonía llena de insultos hirientes.

Durante una de sus caminatas, esas que a Leonard tanto le molestaban por temor a que le pasara algo, se detuvo en medio de un puente de piedra y miró alrededor, segura de haber escuchado su nombre.

 

Virginia… nia… nia…

 

Se acercó a la baranda, buscando el origen del llamado.

 

Virginia… nia… nia…

 

Lo supo tan pronto bajó la cabeza, el llamado provenía del río bajo ella. El agua tenía voz y esa voz profunda, hipnótica, se elevaba hasta la baranda en forma de eco.

 

Virginia… nia… nia…

 

Miró la corriente cristalina con los ojos muy abiertos, tratando de captar algo más que la versión deformada de su nombre y en ese instante lo vio, el bulto flotando en el cauce, cerca de uno de los bastiones del puente. Un animal muerto o un pedazo de madera podrida, arrastrada desde río arriba.

 

Miró fijamente. No, no era un animal ni un pedazo de madera. Era un cuerpo humano, descompuesto e hinchado.

 

Su propio cuerpo descompuesto e hinchado, envuelto en un gran abrigo.

 

A su regreso, le contó a Leonard del nido que vio en la rama de un árbol, de los niños jugando en el parque, del perro que le ladró furioso a un gato. No habló de la voz ni del cuerpo en el río. Por alguna razón, cuando pensaba en eso se sentía inquieta, aturdida, con una sensación de agobio en el pecho. Quiso relatar el suceso en su diario, pero no pudo trazar ni una letra, como si de repente hubiera olvidado todas las palabras.

 

En los días siguientes, su hora de lectura se vio interrumpida por el ruido de un goteo incesante. La criada no encontró ninguna fuga en la casa. Ella le ordenó no decir nada a Leonard, la ausencia de una fuga solo significaba una cosa: que el goteo no existía.

Más difícil era ocultarle a él sus accesos de tos durante la noche, cuando despertaba sofocada. Leonard le daba suaves palmadas en la espalda y le llevaba un vaso con agua que siempre se negaba a beber. No podía tolerar la visión del agua, soñaba con ella todas las noches. Un torrente de pronto la envolvía y comenzaba a hundirse lento, muy lento, hasta que todo se volvía negro.

Está empeorando, lo sabe bien. Lo sabe antes de escuchar las palabras condescendientes de algún doctor. Las voces, el goteo, el agobio en el pecho, las pesadillas, señales de una crisis que se avecina. Ya no habrá más escritura, ni paseos ni conversaciones con su esposo o su hermana. Será locura absoluta y la idea la hace temblar de miedo.

Enloquecer, no hay nada peor que enloquecer. Ni siquiera la muerte es tan horrible como volverse loca.

Y en ese mismo instante la escuchó.

 

Virginia… nia… nia…

Escuchó atentamente.

 

Virginia… nia… nia…

 

Virginia se percata de inmediato, la voz que la llama no es la del río ni ninguna de las que viven dentro de su cabeza. Es su voz, su propia voz.

Y ya tiene claro lo que debe hacer.

El día elegido salió de su casa sin mirar atrás, sin mirar a nadie. Caminó hacia el puente de piedra, pero no lo atravesó. En lugar de eso siguió entre la maleza hasta la orilla del río. La corriente era alta y el sonido del agua, hermoso para los oídos. Ahí, se detuvo a pensar en lo que iba a hacer. ¿Por ella misma? No, no lo iba a hacer solo por ella. Lo iba a hacer por Leonard, por Vanessa, porque no podía soportar verlos sufrir de impotencia ante una enfermedad que no tenía cura.

Llenó los bolsillos de su abrigo con piedras de todos los tamaños.

Cuando estuvo lista, metió los pies en el cauce y avanzó hacia el centro. En ese lugar, hundió la cabeza en el agua. La corriente comenzó a arrastrarla de un lado al otro.

Antes de que todo se pusiera negro, logró verse de nuevo. La distorsionada imagen de ella misma estaba en el puente de piedra, contemplando el río cristalino.

 

 

 

[1] Penélope Gamboa Barahona nació en San José, Costa Rica. Es estudiante de Bibliotecología en la Universidad Estatal a Distancia y amante del cine y la literatura fantástica y de terror. Algunos de sus relatos han sido publicados en Revista Virtual Quimera (Costa Rica), Cósmica Fanzine (México), Revista Entropía (Perú) y Revista Inéditos (México).

Publicado en Obras literarias y etiquetado .

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