Marco Antonio Susarrey | Poemas

Marco Antonio Susarrey Galindo (La Paz, Baja California Sur, 1990). Ha participado en grupos locales de fomento a la lectura. Estuvo en dos cursos de escritura de dramaturgia en la Alianza Francesa de La Paz. Ha incluido ocasionalmente algunos textos en revistas de literatura alternativa de la localidad. Tuvo una mención honorífica en un concurso municipal de poesía joven del 2017

 

 

 

Narración para el patíbulo

Me lo saqué de un cuentista que ayer comió diez migajas

y hoy comió cinco, pues le proporcioné la mitad del desenlace:

 

En su historia parecía conocerme, sin acertar en mi nombre.

Comienza con que tuvimos en una mano la suciedad del cadáver.

Y en la otra el boceto del destino, sin opción,

frío como solo una ínfima mecha.

 

Se refutó a cualquier dispositivo

 de ese futuro, entre coros aunque hundidos, tangibles.

 

La voz fue congelada a partir de sus medianos viajes.

No supimos habitarnos, y las nubes fueron sobrevaluadas.

 

Los grillos, presos del luto que constante ensayaban

no vieron en nuestro corazón fuerza para intuirlo:

La vida, que fue orquesta, recayó en el bache de un piano.

Si un ángel de frac tocaba, le robaron los pantalones

y los grillos, anteriormente neutrales a esta alegoría

tuvieron entre todos que devorarse la partitura.

 

Después fuimos libres de decir que nada allí había ocurrido.

Nada, excepto que el gallo iniciaba el alba como pieza

en un ajedrez de la cobardía. 

Nada, excepto que el alma procrastinó su zancada

como si la guardara para la tabla del patíbulo.

Nada, excepto que no pude entrar en ti, ni tú en mí.

Y las excusas cuelgan fétidas de racimos muy viejos.

Ahora tenemos, entre la indiferencia pétrea del rostro,

la arruga del cadáver aún obrero, desvelado.

Tenemos en una mano la suciedad del boceto,

en la otra el polvo aturdido de cada grito pasado…

 

¿Y cuándo pudimos, pues, decir que hemos cantado?

¿Hay algún recuerdo de la música así invocada?

¿Cómo aseguran que se ha muerto ya

junto con cinco migajas, la brújula invisible de ese acorde

al pie de cada tálamo?

 

 

 

Calle larga

Nunca hice un poema tan largo como mi calle.

Nunca hice nada tan largo.

 

Puede que ni el crepúsculo lo intentara.

Puede que ni el limosnero con sus huellas.

Puede que ni el conductor sin retorno.

 

La infancia hace grande la mácula que cabe en mis pies.

No soy consciente de la infinitud

como tampoco de la largura de mi calle.

 

Yo jugué a dividirla en hipotéticos continentes.

O por marcadas etapas de mi cansancio

a según la progresión de mi andanza.

 

Península amarga en medio de la tierra.

Ras en común con los sueños sin equilibrio, quebrados

como Dios lo está con un empañado esternón de vidrio.

 

Estoy hecho para ser desconocido

como una falena para creaturas de suelo.

Pero sé cosas de la muerte que no creerían. 

 Que no siempre es ella como un maniquí impertérrito

vistoso en la zona comercial del último continente.

 

 

 

Que destruya esa farola

Me han preguntado si la luz es maldita.

Confirmárselo es tentador.

 

Heme aquí, como si el mundo fuese más maldito

que un espejismo híbrido.

La realidad es un cúmulo de vulnerabilidades,

como los pulsos de la farola huérfana donde me detengo

para olvidar que el diablo no tiene miedos.

 

Y es tan tenue pero factible el halo, que veo

en el travesaño las marcas de sogas de suicidas.

En la banca un lema: Entre condenados y poetas

no existe línea divisoria, pero hay espirales. (¿Efectos previstos

de una violenta cohesión de los contrastes?)

Y la penumbra, vacía pero lista para soportar

la convicción abismal, o la percepción, sin racional eje, de un transeúnte

que dice al fin oprimir a la pesadilla por el cuello, 

solo que para jactarse le estaría faltando el aire.

 

Soy, aún entre ermitaños, único en mi especie.

Y sé que lo mismo me dirían los exploradores

si en un momento, yo, por supuesto, algo nuevo descubriera.

 

Alguien más, sea ubicuo o no, total, me pidió

que destruyera esta farola. ¡Y qué rayos! Tan solo me iré

consciente de que la ceguera, como cotidiano riesgo

no puede ser del todo de los que se marchan.

La disyuntiva, bajo esta luz, es emprender o hacernos grava

por preferir tener ojos de estatua.

 

 

 

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