Paseo matutino

Por Idalia López Carrillo[1]

Lo más espantoso que me ha pasado en la vida y eso que me ha pasado cada chingadera. El caso es que estaba dando mis vueltas en el parque con el Akiles, mi compañero de caminatas desde hace seis años. Es un perro de lo más corriente, pero se cree fino el pendejo, seguido me deja las croquetas baratas, pero cuando le compro de las caras hasta dura un rato lamiendo el plato como paleta tutsi.

Hace seis años que me salieron unos moretes en la corva de la pierna derecha, parecía que me habían dado una buena arrastrada, pero no, yo nada más sentía unos piquetitos ahí en la corva, hasta que un día de mucho calor me puse unos shores y Doña Marú se me acercó muy espichadita a preguntarme si estaba bien, me extrañó la pregunta y luego me señalo la mancha y fue cuando me vi, estuve dándole vueltas a todo lo que había hecho unos días antes y nada, esos moretes sí que me asustaron, la neta creía que me iba morir de cáncer. Resulta que tengo mala circulación, vete tú a saber por qué. El doctor especialista me mandó a caminar todos los días una hora a buen ritmo y luego media hora de estiramientos y por eso me la paso dando vueltas en el parque a lo puro pendejo. Ahí me encontré al Akiles, o él me encontró, mejor dicho. Se arrimó a olerme y a moverme la cola, me siguió en todas las vueltas y luego a la casa.

El caso es que esa mañanita apenas quería empezar a clarear, el Akiles y yo nos fuimos al parque con suéter y todo. Empezamos las vueltas y como a la mitad el perro se pone raro, se erizó enterito empezó a ladrar, yo creí que había visto un gato o una rata, ya vez que luego se suben a los árboles a comerse las naranjas. Miré para todos lados y nada. Caminé unos pasos y él aferrado ladrando. ¡Vente! Le grité, pero no hizo caso. Me volteé y fue cuando vi entre las matas de laurel una mano. Pensé que era un borracho que no alcanzó a llegar a su casa, me acerqué para llevarme al Akiles, pero por más que pelaba los ojos no miraba el cuerpo de la mano.

Me fui en chinga a la casa despavorida, yo había visto gente sin mano, sin brazo, hasta sin piernas, pero una mano sin cuerpo es bien feo de ver y además ésta parecía reventada, como si la hubieran arrancado a girones. Me metí corriendo hasta el cuarto y marqué a la municipal. La muchacha del teléfono tardó un rato en entenderme de lo asustada que estaba, me pidió los datos y me dijo que ya venía la patrulla. Me fui a la cocina a tomarme un café cuando voy viendo al pinche Akiles en la banqueta con la mano en el hocico, ya para cuando llegaron los policías los dedos no tenían huellas.

 

 

 

 

[1] Idalia López Carrillo (1980), Hermosillo, Sonora. Mujer, feminista, tallerista, apasionada de la literatura, las plantas y la cocina. Cuida de Gala y París. Licenciada en Literaturas hispánicas, Maestra en Literatura Hispanoamericana. Coordina el Club de lectura Péchita, Colabora en “Aquí hay mujeres” de Radio Sonora. Pertenece a la Red Gestoras Culturales México.

 

 

 

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