Democracia y estallido, significantes ateridos

Por Francisco Tomás González Cabañas

Cita Heidegger en Ser y tiempo el pasaje del diálogo “El Sofista” de Platón (244a) en el cual se dice que, a pesar de la evidencia del concepto, el término «ente» dista mucho de significar algo claro que no necesite ser indagado. Aristóteles, en la metafísica lo expresa en relación al «ser» cuando afirma que éste se dice de muchas maneras, para luego ser resignificado por los aristotélicos, quiénes acentúan las razones de las primeras y últimas causas, especialmente en el término sustancia, transliterado del griego «ousía».

Congelados en alguna abadía hierática, tales significaciones volverán al calor del pensar, a la dinámica de la cuestión, precisamente con el más rimbombante y último de los «yo acuso» filosóficos. Hablamos del «Olvido del ser» heideggeriano. Interpelación que recogerá con mayor vigor la teoría psicoanalítica antes que la ontología. Esta suerte de giro hermenéutico posibilitó el clivaje entre ente y ser o sustancia; salirnos de tal olvido dilemático lo resolvimos con menor carga de angustia a través del término inconsciente. Constituido en significante amo, nos regimos ante el mismo para jugar a la disolución de la identidad, para la borradura de las diferencias, para el registro de las huellas. En lo real, la multiplicidad manifiesta; la diáspora, la dispersión, en lo simbólico e imaginario; la unidad, extrañada, pretendida y anhelada, por más que suene a promesa absolutista y opresiva. 

Citamos a quien en estos planos discernía los registros o las dimensiones:

 

“No digo que el discurso capitalista sea feo, al contrario, es algo locamente astuto, pero destinado a estallar. Es después de todo lo más astuto que se ha hecho como discurso. Pero es insostenible. Es insostenible…es suficiente para que esto marche sobre ruedas, no puede marchar mejor, pero justamente marcha demasiado rápido, se consuma tan bien que se consume» (Disertación de Jacques Lacan el 12 de mayo de 1972 en la Universidad de Milán, titulada “Del discurso psicoanalítico”).

 

El estallido por venir funge como la democracia por llegar. Podríamos categorizarlos como significantes flotantes o en suspenso, pero lo fundamental a señalar es que están ateridos, tal como lo estuvo el concepto de Ser antes de Heidegger. 

Bien se indica desde «la izquierda lacaniana», la diferencia entre sujeto y subjetividad opera en el mismo sentido que la no existencia de hechos sino de interpretaciones. Reconociendo la astucia táctica de personalidades en sus antípodas, como Margaret Tatcher, a quién citan con aquello de “la economía es el método, pero el objetivo es el alma”, la emancipación declamada, pasa sin embargo, por otra fragua.

Ante de ir por el sendero de bosque que creemos nos llevará a encontrar tal agalma (brillo del objeto como causa del deseo y no como fin, tal como sería la emancipación), nos obligamos a dejar en claro el método que utilizamos, confesando que lo apuntado es lo otro.

Significar y resignificar. Conceptualizar y deconstruir, no podemos abandonar las palabras ni mucho menos ceder ante los hechos. No porque resulte procedente, pero al menos, en el estadío dialéctico, evitamos lo terrorífico y horroroso que podría resultar el acto puro o el pasaje al acto. 

Una y otra vez predicamos acerca del sujeto democracia, lo volveremos a hacer, hasta que ésta misma salga de su gélida quietud, de su instancia en dónde no llega ni arriba, dado que instituida en el blasón del demos, del pueblo, de mayorías, de las tutelas siempre tan atractivas para los dispositivos ideológicos de los últimos siglos, no hace más que maridarse, difuminarse con el estallido como paroxismo del caos, que en verdad funciona como amenaza para continuar en el letargo y la agonía que nos propone como función y proyecto de vida la democracia así establecida.

Tal como lo observa el poeta, no es trágico ni penoso el sufrimiento de Sísifo, dado que no tiene por sentido que la piedra llegue, se quede o no se mueva de la cima, de donde volverá a caer una y otra vez. Castigado por encerrar a Tánatos (por lo cual durante tal tiempo nadie murió), su camino no tiene por objeto lo que parece, hizo de su punición un método, repetitivo y procedimental, para en cada paso llevar dentro de sí a la muerte, a quién volvió a encerrar, esta vez y definitivamente, dentro de sí. 

Descongelar los términos democracia y estadillo, que no pueden ser tratados en forma separada e independiente, por intermedio de la recurrencia de palabras, de hermenéutica, de conceptualizaciones, de la oscilación incluso entre los significantes próximos o equidistantes que dibujarán el grafo de la contradicción o la mismidad, nos conducirá a otra fragua, o al menos nos sacará de la presente, en la que su fatua incandescencia nos llama a que abandonemos la discursividad del habla, el registro de lo pensado como pliegue de lo humano en el pensar o filosofar. 

Inconscientemente, no son pocos los que en el nombre de los pueblos que tutelan, de las mayorías a las que le dan voz, propalan la insuficiencia del acto insurreccional de entender la tensión política desde las antinomias del odio y del amor, de las que, como sabemos, no podemos ni hablar, pensar ni debatir. 

Para graficarlo, tal como sucedió en Sri Lanka, donde una horda furiosa tomó por asalto la casa del presidente en fuga, sí en el instante previo a un hecho de tal magnitud, un conjunto de hombres y mujeres, movilizados por un odio (inobjetable en los términos teóricos), organiza en diversos países, que en un mismo día y en una misma hora, hordas enfurecidas tomen la casa de gobernantes por hacerlos responsables de las crisis globales y locales. Tal acto será ilegal y posiblemente reprimido en el momento, o penalizado en el después, como también —y aquí está lo dramático— si tales imágenes de esas tomas se difunden, tendrá una legitimidad o aprobación —como posiblemente un efecto contagio— más que considerable entre quiénes estamos desde hace tiempo desguarnecidos en el páramo al que nos arrinconó la democracia como posibilidad irrealizable y su contraparte, el estallido inquietante y amenazante. 

Así como Freud expresó en su momento «confiar en la democracia conservadora y en la Iglesia católica como freno al nazismo» (Freud, S, «Moisés y la religión monoteísta”, Obras Completas, Vol. XXIII, Amorrortu, Bs. As., 1998), tal vez sea tiempo de salirnos del olvido del inconsciente y, por tanto, volver a confiar en la palabra como freno a las democracias que no significan o representan más que la amenaza de estallidos. 

 

  

 

 

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