En la horda es imposible una normalidad democrática

Por Francisco Tomás González Cabañas

A diferencia de la tribu, y en una resignificación de pueblo, masas o ciudadanía, tal como lo definió Paco Vidarte en su vida y obra, la horda es sin duda el ámbito en donde los sujetos nos hemos privado de los alcances de ser algo que ansíe o pretenda comprender la posibilidad de ir más allá de nuestras propias instintividades, a las que en algún momento las herimos de muerte.

La democracia no existe por esto mismo. No puede haber sujeto que desee algo más que el deseo mismo, muchas veces inconexo como inexpresado. Es imposible que alguno de los existentes podamos sostener en continúo una idea general a la que alguna vez no traicionemos o la que no perforemos mediante la naturaleza ambigua de nuestras dudas y contradicciones que nos impulsan al mar o la corriente, en donde quedamos a expensas de esas fuerzas que nos exceden. En este imposible, surge la prometedora insensatez de la representación. El fantasma constituido de la representatividad opera como expectativa y se imprime en el registro simbólico cómo la ley del padre en su función, como la ley a secas, deviniendo el poder en un registro de lo jurídico, normativo y normal.

El deseo suspendido, posibilita la sensación de la transgresión, dentro de las reglas de la horda, subvertida en tribu civilizada, bajo el significante amo de lo democrático.

Convivimos a diario con la muerte de cientos o millones de esos otros que no somos, llamados prójimos, próximos o hermanos, pero nos reflejamos en esa representatividad que precisamente no concreta, ni nunca se realiza, como el acto sexual, sino a través de estos mecanismos, formulaciones o teatralizaciones de lo simulado.

Nunca habrá una elección, ni llamado a la misma, en donde la horda, travestida de pueblo, sea consultada si desea continuar viviendo bajo los términos democráticos, o si desea un despotismo ilustrado, o el sistema que fuese.

La vacilación institucional en la que cíclicamente caen las diferentes democracias que, sostenidas en una idea aspiracional, teórica o histórica, no han asimilado el decurso de su propia historia, pretendiendo enmendar gravosas complejidades políticas mediante el llamado a elecciones generales, como si fuese la apelación final y última a un talismán mágico y mítico, se convierte en parte del problema por el que las soluciones están mucho más lejos de nuestros deseos como de nuestra realidad.

En toda crisis, que por lo general son de legitimidad, es decir, de confianza entre los representantes y representados, en donde orbitan los intermediarios y sus mecanismos; la economía y sus números, como la comunicación y las palabras, socavan la confianza que crepita ante la primera hesitación. Ocurre que tal como si fuese un gigante de pies de barro, en verdad nunca hemos recuperado la democracia, dado que aún no la hemos tenido o alcanzado en su sentido lato o en su complexión de valor.

Esta afirmación no implica que hayan sido muy loables nuestros intentos, pero tampoco nos podemos quedar en ellos, haciendo de sus protagonistas, héroes, cuando en verdad, apenas si lo han intentado, en el caso de que lo comprendieran. Comprender esto mismo, que seguimos estando muy lejos de lo democrático en su sentido cabal, que la democracia no se agota en el llamado a elecciones, en donde un alto porcentaje de la población es obligada a optar, condicionado por el hambre, la pobreza y la miseria; y la otra parte restante, la privilegiada, igualmente es obligada a optar, sin hambre ni pobreza, pero obligada en la misma circunstancia nos revela que todo ha sido un símil a lo democrático que cobra con esto un sentido de perversidad.

Lo democrático, supuesto, se regocija en ser todo aquello que no es. Se perpetúa en una promesa ad infinitum, en donde hasta por esos supuestos principios de lo democrático es válido, deseable como realizable, que los gobiernos que a ciertos sectores por distintas razones (sean las que fueren, corrupción y crisis económica son las más usadas) no les agradan deben verse envueltos en el socavamiento de su propia constitución como institución y terminen muchos de ellos depuestos, expulsados y echados, disolviendo con ello la voluntad del soberano.

Con la excusa perfecta de que nada peor que el oprobio de los gobiernos totalitarios, nos situaron en una democracia falsa, apocada y enajenada de su razón principal, de que sea tolerable con lo que la funda, es decir, con la elección y decisión de los electores.

La democracia, imperante, por tanto, sólo es tal en su promesa de cumplir con lo que dimane del soberano, mediante voto, en tanto no ponga en cuestión la finalidad de la democracia como sistema político que además de lo electoral y de una supuesta garantía en la libertad de expresión se encargue de incluir a los sectores más postergados, para que finalmente estén en condiciones, y no condicionados, de elegir y no optar.

No va de ránking la democraticidad de los diversos países que se presentan como informes de medios específicos y determinados. Los habitantes de las hordas, hace tiempo que tenemos la preocupación de sobrevivir sin tiempo de pensar en etiquetas o definiciones semánticas que entretienen a los que se alimentan todos los días merced a esa normalidad democrática que gozan en grado de excepción y privilegio.

 

 

Publicado en Opinión y etiquetado , .

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *