Una gramática para la ciudad: montaje urbano, aversión a la Modernidad e ilusión

Por Aldo Vicencio[1]

Ésta es una pequeña reflexión en torno a la nostalgia por el “orden tradicional” en los espacios urbanos en México, escrita durante las últimas semanas de agosto del 2022.

 

Hoy en día, podríamos situar a las antiguas ciudades de México, fundadas en los siglos XVI y XVII, cómo espacios de cierta excepcionalidad. Éstas siguen conservando su cuadrícula cívico-religiosa, heredada del pasado virreinal. Hay que recordar que la ciudad novohispana fue ordenanza, apellidos de hidalgos y caciques, nombres de santos patronos, y toda ella era regida por una cardinalidad que abjuró del caótico mundo de la Conquista. Espacio de lo humano como creación divina, la proporción de los hombres en los edificios era la dimensión de Dios. El Verbo se hizo carne, ungió señores y subyugó siervos. Los barrios, sus palacios, casonas y templos, contenían un orden religioso y social que, a decir de unos, sigue perviviendo en localidades como Oaxaca o Morelia. Es la clase de ciudad que, para ciertas e intransigentes sensibilidades, se aproxima más a la Civitas Dei (la Ciudad de Dios) de San Agustín, esa que se contraponía a la ciudad de los paganos y la barbarie.

Como no podía ser de otro modo, las ciudades novohispanas también respondían a una perspectiva histórica de hacía siglos. La ciudad solía identificarse como origen de lo civilizado; era el espacio para «el civismo de los hombres libres» (es decir, los ciudadanos) y también era el axis mundi (el espacio sagrado) de sus habitantes. Pero el tránsito de la Antigüedad, la Edad Media y el Renacimiento a la Modernidad, dio paso a la urbe moderna y sus paradigmas: el perpetuo tránsito y el vértigo; a los conglomerados habitacionales, los vecindarios radiales y las propuestas urbanísticas que tratan de mantener la precaria sustentabilidad de enormes áreas metropolitanas; es el espacio que se introdujo e impuso en México a mediados del siglo pasado, cambiando el horizonte de buena parte de sus ciudades, empezando por la capital del país. El punto medio, el París de Charles Baudelaire, es para buena parte de los especialistas occidentales hoy en día la inflexión histórica del cambio entre la ciudad tradicional y la ciudad moderna.

Precisamente, desde cierta mentalidad, la amenaza para la excepcionalidad de las ciudades tradicionales mexicanas es la Modernidad. La Ciudad de Dios ahora se contrapone al caos de la ciudad moderna. Pero sospecho que es un eufemismo para evitar decir «la amenaza es el capital de la especulación inmobiliaria». En realidad, esto responde a esa discreción que tanto gusta a los estamentos oligárquicos para legitimar sus pretensiones sociales y encubrir sus negocios. Pero tanto la ciudad tradicional, como la ciudad moderna, son un reino sin territorio, una coordenada de historicidades y realidades que conviven en contradicción; en el espacio de aquellas antiguas urbes mexicanas caben más los diferentes conflictos de los grupos sociales que las habitan que ese orden pre-Moderno, “resistiendo”. El solo hecho de que esa añoranza se elabore desde la noción de resistencia, nos acerca a una línea de pensamiento que es reactiva a cualquier otra posibilidad. Y es que la forma con la que algunos paternizan las realidades y cosmovisiones de diferentes comunidades históricamente dominadas, es la pretensión de esa nostalgia por reestablecer un “orden inalterado”.

Los lineamientos urbanísticos y su judicialización son las herramientas que han servido durante décadas a políticos, caciques y empresarios para vincular sus apellidos a dicho pasado. Ese pretérito también es la aspiración de la burguesía y las clases medias altas: es el artificio de un abolengo perdido, esa aristocracia criolla que aún pervive en el imaginario de algunos. Es una paradoja que gracias a esa pretensión, sobrevivan inmuebles y monumentos históricos, y que esas ciudades logren conservar la apariencia de un espacio que sigue una ininterrumpida “tradición”. Esto se vuelve la base para el discurso del orgullo identitario de un estamento, el cual se torna también en orgullo turístico. La convivencia de ambos aspectos es la conciliación entre el integrismo y el capital.

Grafitis en el Centro Histórico de Oaxaca. (Fotografía de El Imparcial)

Ante todo esto, convendría recordar que frente a la grieta, asoma la contradicción y la lucha. En el paso perdido entre callejones y avenidas, gritan los otros, los que no tienen nombre en el orden, y los que son sometidos por la costumbre de una cotidianidad que unos quieren tornar “edénica”. Frente a la lógica de la oficialidad que ordena, pero también frente a la obsesión por la tradición, se sitúa la traza y el reconocimiento popular del espacio: éste también nombra, haciendo presentes las ausencias e injusticias. De la Calle de Niño Perdido (actualmente un tramo de Eje Central en la Ciudad de México) y la Calle del Indio Triste (hoy en día Correo Mayor y la Primera Calle del Carmen) a la Glorieta de los desaparecidos (la Glorieta de la Palma, también en la capital del país), las ciudades se fragmentan, y son más bien una urbe de urbes. En el no-yo, y la pasmosa incertidumbre del momento, algunos se obstinan en la confusión de un pasado apenas verosímil, más bien embriagante, que sitúan como el relato de un retorno a un bien supremo (el milenarismo en la posmodernidad). Ese pretérito futuro es un monolito cayendo en un abismo, pretendiendo ser lo que no es ni será: certeza frente al caos.

 

 

 

 

[1] Aldo Vicencio (Ciudad de México, 1991). Poeta y ensayista, estudió la Licenciatura en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Fundador del colectivo Naufragio. Es autor de Piel Quemada: Vicisitudes de lo Sensible (Casa Editorial Abismos, 2017), el videolibro Anatolle. Danza fractal (El Ojo Ediciones, 2018) y Púlsar (Ediciones Camelot América, 2019).

Su obra ha sido publicada en diversas revistas literarias, como Punto en Línea de la UNAM y Tierra Adentro (México); Digo.Palabra.txt (Venezuela), Agradecidas Señas (Estados Unidos, México, Europa), La Ubre Amarga (Bolivia); Buenos Aires Poetry (Argentina), Santa Rabia Poetry y Kametsa (Perú); Una verdad sin alfabeto (El Salvador); Cinosargo (Chile), Low-Fi Ardentía (Puerto Rico), El pez soluble (El Salvador, Guatemala, Panamá y Costa Rica); Oculta Lit, penúltiMa y Zenda (España), entre otras. Ha sido incluido en las antologías Nueva Poesía y Narrativa Hispanoamericana (Lord Byron Ediciones, 2016), Nido de Poesía (LibrObjeto Editorial, 2018), Luces tras la cortina (Ediciones Kametsa, 2022) y Entalpía. Muestra de poesía. Ciudad de Morelia, 2022 (Primer Festival de Poetas Jóvenes: Michoacán escribe, 2022). Ha participado en diferentes festivales y coloquios sobre poesía y literatura.

 

 

 

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