El Estado totalitario

Por Luis García Candelas[1]

Como una consecuencia lógica de la lucha teórica entre la Teoría marxista y las ciencias burguesas, existen disertaciones de tipo epistemológico que a menudo conducen a malinterpretaciones y mistificaciones de los campos conceptuales y prácticos.

Para empezar, comenzaré señalando que el marxismo, en su carácter universal, no es equiparable a ninguna ciencia burguesa. Es decir, si bien el marxismo hace una crítica de la economía política del Estado capitalista, la complejidad y totalidad del pensamiento marxista no son, en ningún momento, reductibles a esta cuestión. En tal sentido, las ciencias burguesas han optado por la separación de campos de estudio, de este modo nace el Derecho, la Política, la Sociología, la Economía, la Historia, etc., como ciencias autoreproducibles y con campos específicos de estudio y acción; mientras que el marxismo aboga por la unidad concreta de lo universal, es decir, esa relación dialéctica entre lo universal particular.

Esta separación de las ciencias burguesas no es de ningún modo algo natural, por el contrario, es producto de la separación e individualización dada en el proceso de producción. Esta unidad molecular, materializada en la atomización de las instancias, es decir, la separación de lo particular respecto de lo universal, se reproduce en las instancias estructurales de las sociedades metacomplejas donde nacen estos hechos aislados y ciencias “aparte”. Ante este fenómeno, la Teoría marxista antepone el método dialéctico para subrayar la unidad concreta del todo, como bien señalaba Lukacs en Historia y consciencia de clase.

Esta unidad concreta del todo debe ser entendida como la imposibilidad de separación de los campos, de tal forma que así como existe una relación dialéctica entre el individuo y su entorno, dicha relación también existe respecto de los niveles estructurales políticos, ideológicos y económicos.

Sin embargo, a pesar de que tiempo atrás ya se señaló esta primera disertación entre el método marxista y el de las ciencias burguesas, hoy día siguen surgiendo debates en torno a dicha cuestión y las mistificaciones que del mismo devienen.

Uno de estos debates es el que gira en torno a la cuestión de que mientras desde el marxismo se afirma a la democracia burguesa como totalitarismo moderno, desde los intelectuales orgánicos del capital se afirma el fin de la historia como consecución del conflicto, dando paso a la administración de los procesos que devendrán en un desarrollo horizontal a partir de procesos de gobernanza.

En este sentido, muchas veces cuando desde el marxismo se afirma la democracia burguesa como la dictadura de la burguesía, simplemente suelen ser frases vacías de análisis y de contenido. Así, a pesar de que la forma es correcta, el fondo es mucho más complejo que simplemente afirmar “la dictadura de la burguesía”. Por ello debemos plantearnos, ¿Qué significa realmente ésta frase?

Para poder aproximarnos a una respuesta, es necesario realizar un desplazamiento epistemológico y, por tanto, hacer una resignifación de los conceptos. Afirmar que el Estado capitalista se constituye como totalitarismo moderno puede sonar extremo para aquellos garantes del liberalismo que suponen a su modelo el más adecuado para garantizar la libertad individual.

Sin embargo, esta libertad individual, garantías de derechos civiles y políticos, acceso a funciones del Estado, entre otras, no se dan sino simplemente dentro del Estado, es decir, para poder adquirir la categoría de ciudadano o ya bien, para poder simplemente ser reconocido como persona, es necesario que el actor o individuo se posicione dentro del marco de acción del Estado.

En tal sentido, el actor individuo sólo se afirma a sí mismo a partir de la mediación de la acción del Estado capitalista y su configuración orgánica. Esto, como ya se mencionó, responde a la atomización de los individuos y de las instancias a partir del momento de separación dado en el proceso de producción. El Estado se presenta a sí mismo como portavoz de la “voluntad general”, voluntad que no es más que la penetración, en todas las instancias, de las funciones del Estado y sus aparatos.

A saber, el actor individuo no se pertenece ya a sí mismo, su figura, representada por la voluntad general de lo estatal, es una mistificación del ser. El Estado se manifiesta totalitario al asignar lugares dentro del proceso productivo y social a cada actor individuo. Al presentarse a sí mismo como natural, los individuos experimentan el fenómeno de socialización política y de internalización de las instituciones, así, los individuos poseen la capacidad de ser libres únicamente dentro del marco estatal pre-existente.

Al manifestarse pre-existente, el Estado está presente incluso en aquellas relaciones que percibimos como “naturales”: dirigirse de equis o ye modo con el vecino de enfrente y de equis o ye modo con el jefe en el trabajo, tomar el autobús cada día para ir a la escuela o ir en auto.

Estas relaciones “naturales” no son, sin embargo, más que las manifestaciones cotidianas y moleculares de las luchas de clases. Éstas ya no (y en realidad nunca lo hicieron) se dan sólo en la fábrica, sino que se manifiestan en la cotidianidad de lo molecular, es decir, en aquello que se nos presenta sin un mínimo de crítica, en aquello personal individual. Por ello se afirma que lo personal es político[2].

Ahora bien, si los individuos actores sólo existen y son reconocidos a través de la mediación de lo estatal, el Estado se configura entonces como una institución totalitaria y terrorista. Aquí, el totalitarismo y terrorismo como conceptos se resignifican y desarrollan el proceso de desplazamiento epistemológico, para significar una nueva forma de dominación y control mediante el terror que ya no se limita al terror policial, sino al terror de la aceptación, al terror de no ser parte de “la parte”.

Este terrorismo de la aceptación se interioriza en las individualidades, pues el espectáculo mediático, propagandístico e ideológico ejecuta su función a fin de imponer estándares y status que darán validez y aceptabilidad a determinada opinión.

La lucha por obtener esta validez, de poder tener el privilegio de identificabilidad con uno o más grupos, manifiesta en los individuos una lucha entre contrarios. Es decir, los procesos de socialización política, de interiorización de las instituciones externas “naturales” y del mundo objetivo que se nos presenta, es distinto según las singularidades, por ello es que existen una multiplicidad de intereses, posturas, ideologías, etc. Ante este fenómeno, la política clásica manifiesta su interés en dar una representación a todos los sectores de la sociedad.

Dicha representación, a través de partidos políticos e instituciones que posibiliten la participación y que favorece la organización de los clivajes conflictivos, tiende a presentarse como el punto cumbre de la democracia. A pesar de que los métodos y formas de representación política se perfeccionan cada vez más, muchos sectores poblacionales se sienten excluidos del terreno de lo político. Esto es una consecuencia natural y lógica del terreno de la política clásica. A pesar del amplio espectro de posibilidades, dicho espectro se sigue enmarcando dentro de las posibilidades de representación del Estado capitalista. Así, el espectro político ideológico izquierda-derecha funge como captor de las voces.

Es así que la inconformidad por la representación en el terreno de la política clásica está siempre presente, pues a pesar de la mejoría en los métodos y formas de representación, ésta sigue presentándose como una lucha de proyectos que necesitan del voto para poder seguir existiendo, por ello, un determinado partido dará preferencia a cierto sector poblacional a costa de otros sectores y así sucesivamente. Lo anterior se traduce en una inconformidad general con el terreno de la política clásica, donde nuevamente el Estado manifiesta su carácter totalitario, puesto que ¿cuál sería la razón de manifestarse por otros medios que no sean los de la representatividad política? ¿es usted un utopista? ¡déjese de tonterías y trabaje como lo hacemos todos!

Dadas las condiciones anteriores, se ha de suponer que no existe escapatoria a los poderes del Estado, sin embargo, es menester subrayar que éste no es más que una relación social, una relación que se manifiesta como lucha de potencias. Esta lucha de potencias se materializa en la capacidad de los sectores de hacer valer su voz.

La lucha de clases es ahora lucha de potencias, y viceversa. La reducción de la lucha de clases a la cuestión obrera es superada ahora por la lucha de clases molecular, contingente, singular, sin por ello dejar de tener conexión con el universal, por el contrario, ahora más que nunca, la conexión entre el universal particular se ve manifiesta. La lucha de clases es una lucha de hegemonías, así, el término se resignifica no para ubicarse solamente en el terreno de lo estructural y superestructural sino también en el terreno de lo molecular.

Ante esto, se subraya la necesidad de buscar aquellos puntos de fuga a los poderes del Estado que faciliten la expansión de las potencias que devendrán en comunismo. Al respecto, dichos puntos de fuga se encuentran incluso en lo más cotidiano. A la par de la manifestación de los poderes del Estado en aquellas relaciones “naturales”, los puntos de fuga de igual manera se manifiestan en lo molecular, sólo hace falta explotarlos y organizarlos.

Al encontrar dichos puntos de fuga y potencializando las luchas de clases, se podrá dar una resignificación de los conceptos y las prácticas. No se puede combatir conceptos y prácticas en el terreno de la lucha ideológica del capital. Hacerlo sería suscribirlas, adoptarlas y aceptar su validez. Para combatirlas es necesario el desplazamiento epistemológico, el impulso de las potencias, de las luchas de clases, de tal forma que se caiga en cuenta que nuestra libertad y la suya no significan lo mismo, que nuestra igualdad y la suya no significan lo mismo, que es necesario ver más allá para poder, realmente, existir.

  1. Luis García Candelas. Egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y de la especialidad en Análisis político. He colaborado en ponencias académicas como analista político, estudiando los casos de Venezuela y Bolivia desde una perspectiva crítica.
  2. En Enpoli reconocemos que el aporte significativo condensado en esa frase tiene su raíz en el feminismo, los círculos de consciencia de los años setenta y la lucha de las mujeres, así como en el ensayo de Carol Hanich “The personal is political»

 

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