Los límites que precisa la democracia para no vivir una democracia limitada

Por Francisco Tomás González Cabañas

Ya no se trata de los de arriba o de los de abajo, como se pregonaba desde trincheras intelectuales recientes. Que, en Eritrea, haya existido, además con éxito, un movimiento “Marxista-Leninista” que tomó el poder en nombre del ¿proletariado? de tal país es la muestra cabal del tongo, del timo, en que han caído algunos con respecto a tal interpretación política como subproducto de un poder que se entroniza, elecciones condicionadas (por la pobreza, la marginalidad y la promoción del miedo) mediante. El paradigma de crisis en que estamos insertos, producto de la pandemia, pone en evidencia la carencia de la intelectualidad reciente de no proponer vacunas o remedios para autoritarios disfrazados de democráticos, que diseminan temor y pavor, so pretexto de defender la vida ante la contingencia de lo desconocido. Esta demarcación del limo o límite tendría como finalidad que quepan todos los mundos posibles dentro de un mundo, en donde lo único que no tenga lugar sea la violencia de quiénes seguirán buscando excusas para actuar, así como arrebatárselas con política y filosofía, como límites, por sobre todo.   

Eugenio Trías, filósofo español contemporáneo, en su obra Límites, explicita que éste, el límite, era el surco físico donde terminaba el imperio Romano, en ese “limo”, en ese barro, el mundo ya no era tal, esa delimitación era taxativa, concreta, real y de allí se hizo palabra significante. 

A más complejidad de ciertos conflictos, las respuestas esclarecedoras podrán llegar desde los lugares más sencillos. Así pues, tras el fragor electoralista, se debe ahondar en los aspectos más fundantes de nuestro sistema político y su razón de ser, el qué, porqué y para qué del Estado y lo democrático. El sentido de las cosas sólo puede estar en las primeras o últimas causas y, en caso de que no existan, deben ser inventadas, como las abstracciones de la igualdad y la libertad, general y política, aquellas que surgieron como la bonita idea, que supuestamente sostenemos, de un gobierno de mayorías. Si la democracia queda reducida a votación y a obtener la mayoría de votos un domingo, por lo menos debemos volver a las fuentes para repasar ciertos conceptos.

Estas palabras podrán llegar por vía de excepción, o si creyésemos en deidades, diríamos milagrosamente, apelando al sentido humanitario que tal vez indique que algo tenemos en común; podrías incorporarlo, incluso, como parte de tu subjetividad, o tal vez, compartirlo en tu muro de red social, como se comparten las solicitudes indulgentes para que no se extingan las hormigas californianas. De lo contrario, promocionar pensamientos desde instituciones constituidas con fines determinados promocionará, a su vez, la difusión de meros dogmas, que sólo demandan adhesión o rechazo, pero nunca reflexión o un razonar crítico. Del otro lado de las rejas, no tan imaginarias, sino del envoltorio de plástico fino en donde mueren nuestros pensamientos, dudas, sensaciones y expresiones, está el mundo por vosotros conocido, el mediático, el virtual, el de la encuesta, el del debate, el del formal gobierno. Este es otro límite, como el geográfico o el temporal. Como el que nos marcan los gobiernos, de todos los signos y colores, para hacer frente a la pandemia, para que no salgamos de casa, pero que nada nos dicen acerca de cómo hacer para recuperar nuestras libertades mínimas que vemos cada días más restringidas, y que producen el goce en los alocados deseos de autoritarios que se ufanan de democráticos.

Así pues, Grecia, como cuna de la democracia, por intermedio de uno de sus hombres más lúcidos, Platón, dispuso en otros estados griegos lo que consideraba el Estado ideal, dirigido por Gobernantes o filósofos, aquellos que eran inteligentes, racionales; apropiados para tomar decisiones para la comunidad, estos formaban la “razón” del alma. Más allá de esta experiencia, debemos dejar en claro que no abonamos en ningún sentido una pretensión tan determinista, pero no por ello, se puede dejar de mencionarla como una búsqueda sostenida en razones y argumentos, por una celebridad del pensamiento como lo fue Platón, en el campo de la filosofía y de la humanidad en general.

Podemos dar el salto a Hegel, en “La Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas”, cuando afirma “La esencia del Estado es lo universal en y para sí”, lo racional de la voluntad, pero en tanto está sabiéndose y actuándose es subjetividad simplemente y en tanto realidad efectiva, es un único individuo. Con referencia al extremo de la singularidad como multitud de individuos, su obra consiste, en general, en algo doble: por una parte, en sostener a estos individuos como personas y, por tanto, en hacer del derecho una realidad efectivamente necesaria, promover luego el bienestar de aquellos individuos (bienestar que cada uno procura para sí en primer término, pero que tiene simplemente un lado universal), proteger a la familia y dirigir a la sociedad civil. Con respecto a la libertad política, o sea, la libertad en sentido de la participación formal en los asuntos del Estado por parte de la voluntad y actividad de los individuos que, por lo demás, tienen como tarea principal los fines particulares y los negocios de la sociedad civil, se debe advertir que, por una parte, se ha hecho corriente llamar constitución solamente a aquel aspecto del Estado que se refiere a una tal participación de esos individuos en los asuntos generales, y se ha hecho también corriente considerar como Estado sin constitución a aquel que no da lugar formalmente a esa participación”.

Una de las verdades incontrastables de la política en su hacer, no desde su perspectiva de ciencia, es la condición circunstancial, es decir, por más que permanezca un tiempo largo o considerable el poder no puede anidar eternamente en mismas manos, por la finitud del sujeto básicamente y por definición; de allí que para legitimarse desde el poder se construyen razones, argumentos, o representaciones, en un intento de validar esa tenencia del poder que practican los tenedores. La autoridad constituida, mientras se funde en razones más argumentadas, plasmadas en sofisticadas leyes o cuerpos normativos, será más difícil de desandar para los que no estén de acuerdos con las mismas. Es decir, si la construcción de una autoridad de poder se sostiene en principios de autoridad que hacen referencia a situaciones poco racionales, desligadas de la misma y basadas en la informalidad de caprichos o de decisiones plagadas de irracionalidad, seguramente, será mucho más circunstancial su permanencia o latencia en el poder, puesto que tendrá que ratificar tales principios, con un incremento de la fuerza irracional del Poder que, al acrecentar su nivel de presión, se convierte en opresión, culminando en un estallido de las normas hasta entonces aceptadas (de allí que las “revoluciones” o crisis siempre, o casi, conlleven sangre y fuego”).

Los sistemas políticos son límites y limitados en sí mismos. Son reglas que definen pautas de convivencia social. Lo democrático, de un tiempo para acá, se comparaba como un límite ante lo dictatorial. Tras décadas, es decir, el transcurso de diferentes límites, de tiempo y geográficos, el reinado de lo democrático es cuasi totalitario, absoluto, es preciso redefinirlo, readecuarlo, resignificarlo, en suma, limitarlo.

“Existe una especie de opresión con la que están amenazados los pueblos democráticos […] Veo una innumerable muchedumbre de hombres, semejantes e iguales, que giran sin descanso sobre ellos mismos, con el fin de satisfacer los pequeños y vulgares placeres con los que colman su alma. Cada uno de ellos se ha retirado aparte, como ajeno al destino de todos los otros; sus hijos y sus amigos particulares constituyen para él toda la especie humana. En cuanto a sus conciudadanos, está junto a ellos sin verlos, los toca sin sentirlos, solo existe en sí mismo y para sí mismo, y si todavía le quedaba una familia, por lo menos, puede decirse que ya no le queda patria. Por encima de todos, éstos se elevan un poder inmenso y tutelar que se encarga solo de garantizar sus placeres y de velar por ellos. Ese poder es absoluto, detallado, regular, previsor y apacible. Se parecería al poder paternal si, como éste, tuviese como objeto preparar a los hombres a la edad viril, pero, por el contrario, sólo busca fijarles, irrevocablemente, en la infancia; no le disgusta que los conciudadanos gocen, siempre y cuando, solo piensen en gozar; trabaja con gusto para serles felices, pero quiere ser el único agente y el único árbitro; subviene a su seguridad, prevé y garantiza sus necesidades, facilita sus goces, gestiona sus principales asuntos, dirige su industria, regula sus sucesiones, divide su herencia. Ah! Si pudiera quitarles la molestia de pensar y el dolor de vivir.”

Ciertos sistemas políticos se edifican desde la identidad cultural de los pueblos a los que conducen y de allí su permanencia por períodos considerables, no obstante, son desplazados por otros grupos que reinterpretan mejor los cambios o ajustes que esa cultura precisa de su identidad cultural-social-política. Internarnos en estas cuestiones ameritaría, al menos, un tratado pormenorizado, empero, solo nos limitaremos a nominalizar o señalar en verdad como ejemplos a los que estamos refiriendo o tratando de referir.

“Desde esta época —es decir, con el desarrollo de los estados modernos y la organización política de la sociedad—, el papel de la filosofía ha consistido también en vigilar los abusos de poder de la racionalidad política, lo que le proporciona una esperanza de vida bastante prometedora […] más que preguntarse si las aberraciones del poder del Estado se deben a un exceso de racionalismo o de irracionalismo, sería más sensato centrarse en el tipo específico de racionalidad política producida por el Estado […] la doctrina de la razón de Estado intentó definir cuáles serían las diferencias, por ejemplo, entre los principios y los métodos de gobierno estatal y la manera en que dios gobierna el mundo, o el padre a su familia o un superior a su comunidad […], el gobierno racional se resume en lo siguiente; dada la naturaleza del Estado éste puede abatir a sus enemigos durante un tiempo indefinido, pero no puede hacerlo más que incrementando su propio poder. Sus enemigos hacen otro tanto, por lo que el Estado que únicamente se preocupa de perdurar terminará con toda seguridad catastróficamente […] la razón de Estado no es un arte de gobernar que sigue las leyes divinas, naturales o humanas. Este gobierno no tiene por qué respetar el orden general del mundo. Se trata de un gobierno en correspondencia con el poder del Estado. Es un gobierno cuyo objetivo consiste en incrementar este poder en un marco extensivo y competitivo, […] los que se resisten o rebelan contra una determinada forma de poder no deberían contentarse con denunciar la violencia o criticar la institución. No basta con hacer un proceso a la razón en general; es necesario poner en cuestión la forma de racionalidad vigente actualmente en el campo social […], la cuestión consiste en conocer cómo están racionalizadas las relaciones de poder. Plantearse esta cuestión es la única forma de evitar que otras instituciones, con los mismos objetivos y los mismos efectos, ocupen su lugar (Foucault, La Vida de los Hombres Infames)”

Volvemos al límite, en este caso de la hoja, o del artículo, para finalmente destacar de la filosofía del Límite de Trías la siguiente interpretación del Dr. Jacobo Muñoz Veiga:

“El límite de Trías deja de ser muro para ofrecerse como puerta […] Estaríamos, pues, ante un mapa de los mundos que comprende el Mundo… y su más allá. Un mapa de un vasto y plural territorio de-limitado, pero abierto por eso mismo a lo que queda del otro lado. Un mundo cuyo ser pasará a ser, en consecuencia, el “ser del límite”, siendo un límite del mapa –su puerta y su muro a un tiempo– lo que conferirá activamente un sentido a ese ser, oficiando de razón del mismo. De “razón fronteriza”, por tanto, como fronterizo es el sujeto que en él tiene su morada. Y más allá de ese límite, el misterio”.

La cura, remedio o vacuna para evitar que, producto del virus, terminemos de reducir la experiencia democrática a un mero valor simbólico, tiene estricta relación con los límites que se dispongan a los que, so pretexto de cuidarnos, protegernos o salvarnos, nos limitan en grado sumo, nos reducen a una mera contingencia, de las tantas existentes y por existir, para que no seamos un número de la única estadística que les ocupa y preocupa. Hacer de la presente realidad pandémica la única existente es la muestra más acabada y palmaria de que no son pocos los gobernantes que no dudan en ejercer el poder, teniendo como base la noción poco democrática e institucional del pensamiento único.

 

 

 

 

 

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