Por Sergio E. Cerecedo
La vida cotidiana, a diferencia del cine, puede no tener un tono constante, si alguien filmara un personaje haciendo swipe en su celular diez minutos, y aunque así sucedió, así fue ese segmento de vida, mostrado tal y como es no nos significaría mucho y lo encontraríamos sin sentido, por eso configuramos un lenguaje audiovisual, que puede entretener, darnos un punto de vista o tener múltiples intenciones alrededor de ¿cuál personaje está mirando el mundo y cómo lo está mirando?, un mérito muy grande en esta película es que desde su construcción, guion, ritmo, dirección, nos parece muy cotidiana sin que sintamos que no pasa nada. Puede haber un chiste para luego darnos miedo, después conmovernos y hasta hacernos enojar; esta profundidad y simpleza es lograda, porque del tema y su enfoque tiene mucho que decirnos y lo lleva a sus últimas consecuencias.
Edward Lemuel tiene una neurofibromatosis que le hace crecer con la cara desfigurada, una condición que vulnera su mente y autoestima; ya no tiene padres y su propia inseguridad derivada de su físico le aleja del mundo y del concepto de belleza hegemónica no se siente libre de expresar sus sentimientos por una vecina aspirante a dramaturga a quien se acerca de forma muy natural y con quien entabla una amistad genuina, el rumbo que quiere tomar como actor le es condicionado a roles acordes a su físico en videos corporativos sobre el mismo tema. Él no quiere estar limitado por ello, y encuentra un tratamiento experimental para curarse paulatinamente, durante el camino experimenta dolor, pero va logrando ese cometido, hasta que su piel hinchada cae totalmente como una crisálida y de ahí emerge un humano diferente (físicamente).
Al momento de llegar a la fase final del tratamiento, y tiempo después de cambiar su identidad, se puede decir que el presente lo encuentra bastante llevadero, pero el reencuentro con su antigua vecina y con el escrito en que ella plasmó sus vivencias, lo cambia, y aunque al principio parece ser feliz y lograr lo que quiere, el primer rasgo de adversidad aparece y empieza a sentir el entorno pesado, con deseos de ser desarmable y tener su condición del pasado a merced de sus deseos. Lo aparentemente deseable de superar de repente ya no lo fue, y a momentos parece no tener las herramientas emocionales ni mentales para hacerlo.
Guy tiene una cara diferente, considerada bella, pero por dentro este cambio nunca fue del todo acompañado por alguien que le preguntara cómo se siente desde lo profesional, por lo cual nadie anticipó que aún si se transformara a ser considerado bello y aceptado, necesitaría ayuda para procesarlo. Y aunque hubo un experimento en el cual se le mostraba preocupación y empatía como podemos ver en algunos momentos, él mismo decide dar la espalda en algún instante.
En la película pareciera asomarse en lo emocional el concepto del gato de Schrodinger, en el cual el personaje se encuentra en su estado pasado y presente a la vez, el protagonista medio deja pasar y medio deja que el presente pase, y esto le cobra factura una vez que encuentra la adversidad en la figura de una persona que pareciera, en los términos capitalistas y de capacitismo de nuestro sistema, ser su competencia en todo sentido, y él lo toma así con todas sus irremediables consecuencias.
La banda sonora se concentra en un minimalismo que eventualmente introduce elementos de jazz enrarecidos, como trompetas en el tema principal. La forma de esa pieza me recuerda a “tears for dolphy” de Ted Curson y a la sensación de extrañeza que me transmitía en Teorema de Pier Paolo Pasolini, así como curiosamente a las partituras que Bernard Herrman condujo para “Taxi Driver, un jazz con disonancias de tempos bastante pausados que nos dan cuenta de los problemas psicológicos de Edward/ Guy.
Estéticamente a la película se le siente un aire setentero, la predominancia de los tonos de café me recuerda a los esfuerzos de la época del retrato de esta ciudad como en “Midnight Cowboy” de John Schlesinger o “The Killing of a chinese Bookie”, se siente esta bohemia solitaria en la que las ambiciones artísticas de los personajes se forman.
Al ser una historia encuadrada en la creación teatral independiente y la dramaturgia, mucho se sostiene en las actuaciones. Hay que observar y vivir el mérito de Sebastian Stan quien rara vez nos muestra una sonrisa plena en el papel, hay en esa belleza física y rasgos llamativos un disgusto amargo que deforma cualquier gesto; con él nos enternecemos a momentos y nos enojamos a otros, vivimos esa humanidad imperfecta no de su cuerpo sino de su carácter, decisiones y acciones. Es encomiable la labor de maquillaje en hacer que el prostético respete las expresiones y el movimiento de su cara. Aunado también a la noruega Renate Reinsve (La peor persona del mundo), cuyo personaje vive un proceso artístico lleno de cambios de parecer y de sentimientos y subjetividad por los cuales se deja llevar, recordar que incluso en los momentos más plenos, hay un grado de mentira de parte de los dos por motivaciones ambiguas, unas muy claras, otras muy difusas y cuya indeterminación —no sabemos qué pasado originó eso—. Adam Pearson nos muestra unas inflexiones de voz de contraste, de carisma y despreocupación que hacen que su simpatía y lo nongrato que sus virtudes resultan para Edward/ Guy se transmita genuinamente, inclusive hace una incursión cantando en la banda sonora, interpretando un tema hecho a la medida que se siente igualmente como el de una persona que no canta profesionalmente, sino que le echa de su cosecha con pasión y alegría.
Más que hacer reír al espectador, creo que el humor absurdo que la cinta maneja, articula la risa como un último escape cuando las circunstancias parecen no tener sentido. La cámara se siente inquieta pero íntima, tiene su movimiento pero siempre va hacia adentro en las acciones y los planos abiertos tienen una composición donde nada sobra, destacando elementos como los espejos cuando Guy se mira en ellos. El trabajo de fotografía de Wyatt Garfield igualmente tiene como referentes los retratos neoyorquinos que hacían los cinefotógrafos de los 70´s, muchas tomas de cuerpo completo que nos dejan ver el trazo escénico un poco teatral, incluso en las escenas donde la locación no son escenarios teatrales, en el trabajo de color predominan los cafés y ocres y la iluminación del mismo tipo. Aunque gran parte de la película es de día, en nuestra mente se quedan más las atmósferas noctívagas y de medias luces en interiores, su trabajo visual dentro de su sencillez encierra mucha atmósfera, los seguimientos de los recorridos de Edward por la ciudad son por demás expresivos y que siguen el caminar pesado de una persona perdida.
En el final se expresa cierto pesimismo, un desarrollo argumental que se abstiene de moralismos fáciles y que integra e incluye a una población generalmente segregada sin idealizar al personaje por su condición y bondades ni tampoco emite un juicio por sus acciones, su balance entre cercanía y distancia es lo que eleva su narrativa y nos deja muchas preguntas, eso sí, jamás nos pierde con ambigüedad, es contundente en su discurso sobre la identidad y las dificultades de la vida.

