La reforma del pensamiento crítico en las aulas

Por Gabriel De la Luz López[1]

 Resumen

Enseñar no es tarea fácil, nunca lo ha sido, pero lo más difícil es encontrar profesores que acepten que lo importante no es la enseñanza sino el aprendizaje. No importa lo que enseñes, importa lo que ellos aprendan.

Más aún, lo único que importa es lo que los alumnos aprenden, ya que es lo único que van a obtener para sí del proceso. ¿Qué importa que yo enseñe esto o lo otro si aquellos a los que me dirijo no lo aprenden? Y es que para enseñar no basta con decir cosas sobre una tarima. Enseñar es una acción que comienza en mí, pero debe terminar en el otro, por ello, la tarea de enseñar no tiene la finalidad en sí misma sino en el aprendizaje de mis alumnos.

Con cierta frecuencia los maestros o padres de familia preguntan acerca de la formación de valores, ¿cómo le puedo hacer para transmitir valores? Mi corto andar por las aulas me han conducido al desarrollo de este trabajo.

Introducción

Empiezo este escrito denunciando un hecho insoslayable: el pensamiento crítico ha muerto en el sistema escolar. Nuestra erudición ha hecho de la educación un evento ciertamente irrelevante. Es como si un Dios mítico se la hubiera raptado sin darnos cuenta, usando los poderes sobrehumanos propios de su misticismo.

Dos situaciones soportan el juicio lacerante del párrafo anterior. La primera y más relevante de ellas consiste en la pérdida o confusión del sentido de la vida. Parece que el hombre ha decidido, inocentemente, cambiar la seguridad social por la vida. Y si este rasgo no va constituyendo a los egresados del sistema escolar, ni siquiera se puede hablar de educación. En ese sentido, el sistema escolar instruye, pero no educa[2].

La segunda situación que fundamenta el hecho de la defunción educativa en México (y otras partes del mundo) se desprende de la queja de los empleadores de egresados universitarios. Si se quejan de la mala preparación de los que salen de la universidad, qué dirían de los egresados de etapas escolares anteriores.

Desde mi punto de vista, tres carencias de los egresados están causando esta situación preocupante: no comprenden lo que saben, no son capaces de pensar por sí mismos y no han desarrollado las actitudes pertinentes para una sana interacción social.

Los egresados hablan, pero no entienden lo que dicen; saben, pero de memoria; deciden, pero sin mayor reflexión; optan, pero echando volados; resuelven sin entender lo que hacen; no se les puede ocurrir ni la más sencilla idea novedosa, y viven sin haber cuestionado en serio a qué quieren dedicar su vida. Aprenden, deciden, resuelven y crean sin un sentido aprehendido cabalmente[3].

Enseñar a alguien a ser crítico no consiste simplemente en guiarlo con el ejemplo y desarrollar sus capacidades hasta que pueda criticar sus propias realizaciones, en el sentido de exigirse a sí mismo los niveles más altos de perfección formal.

En síntesis, la agonía de la escuela se explica por la falta de formación de valores y el desarrollo de hábitos de reflexión[4]. En ese sentido, el propósito de este escrito versa sobre la formación de valores en la escuela o la familia y su relación con el pensamiento crítico.

Los valores confieren virtudes. Un valor es algo a lo que se decide dedicar la vida. El dinero, la fama, el placer o, paradójicamente, la pobreza, la humildad, el autosacrificio, por lo demás son ejemplos de valores congruentes con esta noción.

Con los valores no se juega, simplemente vive uno en función de ellos, se haya optado en forma consiente o no. Pero cómo optar de manera consciente por valores si no es a través de un pensamiento crítico.

La Práctica de una Educación Moral

Según Bordieu y Passeron (1996), la más importante barrera contra la educación moral es la convicción de que los alumnos son incapaces de pensar bien y, por tanto, incapaces de tomar decisiones morales. Por su parte, Peter McLaren (2012) modela la investigación intelectual exponiendo que el pensamiento es un trabajo que nadie puede hacer por nosotros. Por ello, el concepto de educación moral requiere de una herramienta que es el diálogo. Éste es la vida de un sistema educativo en el que cada mente puede encontrar a las demás en un ambiente de mutua confianza, respeto y atención que propicia el desarrollo de todos los participantes.

La escuela debe estar acorde a los fines de la educación, lo cuales son: formar personas críticas, creativas, libres y capaces de mantener un diálogo constructivo que propicie el encuentro de sentido al mundo y a la sociedad.

La educación moral, como la educación intelectual, debe ejercitarse no de fuera para adentro, por una autoridad impuesta, sino de dentro para fuera, por la experiencia y por la práctica gradual del sentido crítico y de la libertad.

El Pensamiento Crítico y el Auge de la Ignorancia

Pensar críticamente es no aceptar las ideas, los dogmas, nociones o juicios a la primera. El pensador crítico, cuestiona, examina, descubre pifias lógicas en una argumentación, es simplemente un escéptico del conocimiento, un enamorado de los juicios o afirmaciones soportados con argumentos válidos.

El pensamiento crítico y su mancuerna inseparable para la trasformación social o cultural, el pensamiento creativo, son los dos pilares de la racionalidad. Como puede inferirse, el pensamiento crítico es la herramienta intelectual fundamental para el cuestionamiento o la aprehensión de valores.

Reflexiones Finales

Pretendí dibujar unas pinceladas de la relación entre el pensamiento crítico y la formación de valores. Así, si el pensamiento crítico[5] es el mejor adalid para penetrar la realidad, y  es además la herramienta fundamental para el encuentro de un valor, y más en general, para aprender con seriedad, la necesidad de una educación que prepare a los estudiantes a entender el futuro, es decir, lo que no sabemos cómo será, nos lleva a pensar que si logramos preparar personas más críticas, más creativas, más razonables y capaces de trabajar cooperativamente en la solución de problemas comunes, habremos logrado mucho.

Una comunidad de cuestionamiento está constituida por pensadores críticos y autogobernados, y su vida intelectual es el diálogo, un encuentro de conciencias a través de la palabra, en el que cada una de ellas recibe y aporta experiencias e ideas en un clima de veracidad, claridad, respeto y confianza en compromiso con un quehacer común: la búsqueda incesante de sentido.

Cada participante en el proceso educacional tiene derecho a esperar que dicho proceso le facilite ir encontrando significados que le permitan una acción humana integral. Pero, esto solo es posible si logramos modificar los papeles tradicionales de maestro y alumno, no únicamente en la teoría, sino sobre todo en la relación educativa misma.

Así, el maestro no será considerado como el poseedor del conocimiento que, generosamente, dona al alumno convertido en mero receptor. Por el contrario, en el modelo dialógico, maestro y alumno son coparticipes en un proceso de desarrollo del conocimiento, tanto del mundo, como de sí mismos, un proceso vital, creativo, histórico que se expresa en la cultura.

Maestro[6] y alumno establecen una relación en el dialogo a través del lenguaje, que tiene como condición de posibilidad el reconocimiento mutuo en el pensar y en la acción. Por esta razón, es necesario señalar que el reconocimiento fundamenta y posibilita como condición el establecimiento del verdadero diálogo, más allá de una mera metodología, situándose en un nivel de autenticidad ética.

Si la formación de valores es el problema fundamental de la educación contemporánea, el pensamiento crítico es la llave maestra que abre las puertas para intentar resolverlo. Espero que así sea, para el bien de la educación y a final de cuentas del mismo hombre, pues como magistralmente decía Paulo Freire (2016) el objeto de la educación no es dar al alumno conocimientos cada vez más numerosos, sino construir en él un estado interior y profundo, una especie de polaridad del alma que lo oriente en un sentido definido, no solo en la infancia sino en la vida.

 

 

 

Bibliografía.

Apple, M. (2001). Política Cultural y educación. Madrid: Morata

Bordieu, P. y Passeron, J. C. (1996). La reproducción. Elementos para una teoría del

sistema de enseñanza. México: Fontamara

Bernstein, B. (1988). Poder, educación y conciencia. Chille: CIDE

Freire, P. (2008). La educación como práctica de la libertad. México

Freire, P. (2016). Pedagogía del oprimido. México: UAM.

Giroux, H. A. (2004). Teoría y resistencia en educación. México: Siglo XXI.

McLaren, P. (2012). La pedagogía revolucionaria. Argentina: Herramienta

McLaren, P. (2007). Los símbolos en el aula y las dimensiones rituales de la

escolaridad. México: Siglo XXI.

[1] Gabriel De la Luz López, docente en la Licenciatura en Criminología de la Universidad de Ixtlahuaca CUI desde el año 2017. Universidad de Ixtlahuaca CUI, correo electrónico gabriel.delaluz@uicui.edu.mx

[2] Henry Giroux (2004) señala que la educación debe ser redefinida como el desarrollo del pensamiento y no como la mera transmisión de conocimiento.

[3] Michael Apple (2001) sostiene que el problema de la educación moral estriba en debilitar la capacidad de los adultos para imponer su arbitrariedad a los estudiantes, fortaleciendo en estos la capacidad de pensar por sí mismos a fin de que puedan defenderse de la irracionabilidad de muchos adultos.

[4] Aprender a dialogar unos con otros ayuda a desarrollar la flexibilidad intelectual, la autocorrección y el crecimiento.

[5] El pensamiento crítico es el pensamiento que facilita el juicio porque a) se apoya en criterios, es auto correctivo y es sensible al contexto.

[6] El maestro en la escuela no piensa, no indaga por la verdad, no está acostumbrado a hacerlo, no se desempeña como ser inteligente.

 

 

 

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