Algo de punk, por favor

Por Franco García[1]

El Acapulco punk y otras historias del sur
Paul Medrano
México, Editorial Universitaria UANL, 2021

 

Cada que escucho o leo sobre periodismo gonzo, mi mente en lo único que  piensa es en el personaje de The Muppets. Sí, el eterno enamorado de Miss Piggy. No obstante, todo se remonta a la década de los sesenta y su máximo exponente: Hunter S. Thompson (Kentucky 1937 – Colorado 2005). Después de él, nada será igual en el periodismo. Hoy el periodismo gonzo se puede encontrar en casi todo el país y en particular en el sur. Y tiene mucho, mucho humor. Hablo, sin más, de Paul Medrano (Tamaulipas, 1977). Maestro y periodista radicado en Zihuatanejo, Guerrero. Autor de los libros Dos caminos, Flor de Capomo, Noches de yerba, Deudas de fuego, Vicio final, Balada de Testaferro y Nieve de Mango.

“No les voy a mentir. Casi todos los textos reunidos en este volumen fueron escritos por un impulso muy natural en el periodismo: la falta de dinero. Hacer periodismo lejos de las grandes ciudades debería ser motivo de elogio. Y no lo digo por mí que, con 20 años en esta vaina, soy relativamente nuevo. Lo menciono por tantas y tantos reporteros, editores y fotógrafos que día a día hacen posible leer un periódico en (o desde) el interior de la república mexicana”.

Así nos adentra en su más reciente libro de crónicas: El Acapulco punk y otras historias del sur (UANL, 2021). Acapulco es una isla, un país aparte (y decadente), un caleidoscopio de emociones, un infierno tropical que no para de arder conforme aumenta la urbanización. Se le odia y se le ama, pero también se le teme. Acapulco tiene historia, tradición. Podrá gustar o no, pero ha sido uno de los más importantes puertos y centros turísticos del país. Sin él, el turismo mexicano no sería igual. En él hay literatura, música, cine. Y si no pregúntenle a Elizabeth Taylor, Sylvester Stallone, Juan Gabriel, Luis Miguel, Agustín Lara, Cantiflas, Tin Tan, Pedro Infante, Malcom Lowry, Julio Cortázar, Roberto Bolaño, Carmen Amato y un largo etcétera. La mayoría de los turistas nacionales e internaciones que lo visitan cuentan con una buena o mala experiencia del lugar, pues algo de él permanece en su corazón. Ya nadie es igual una vez que lo visitan. Para los que nacimos en el sur del país podemos imaginar que es nuestro Macondo o nuestra Habana. Sí, utopía y desencanto. La mayoría lo sabe/lo intuye y no por eso dejan o dejarán de soñar con un lugar mejor. Realismo mágico vs realismo sucio, pero forever love, a fin de cuentas.

En su libro, Paul Medrano nos lleva de la mano —como Virgilio a Dante o como Virgilio a Rafael en Se está haciendo tarde— a cada rincón de Acapulco —y del estado también— para introducirnos en las meras entrañas del averno sureño, lo que se oculta debajo de la mesa, de la verborrea de sus gobernantes y de la rabia de los ciudadanos. En sus crónicas, las playas no pueden faltar, al igual que el hurto de libros, las tortugas, las drogas (Golden), el alcohol, los clubes nocturnos, la gastronomía, la música, la pobreza, los normalistas de Ayotzinapa y la violencia. Parte de ellas persuaden al lector de manera humorística y melancólica para hacerlo cómplice del Guerrero violento, consumido por la corrupción, la burocracia y el narcotráfico (aunque nadie duda que en el estado impere la narcopolítica). Un cáncer que no deja respirar, que contamina la esperanza de dar la siguiente bocanada de aire.

“En la sierra, las rencillas familiares son leyes no escritas. Si ofendes o matas a alguien, toda su familia tomará partido contra ti. Matarán, o intentarán matarte a ti y toda tu familia. Hay rencillas que han trascendido generaciones o incluso, hay rencillas que adoptas, solo por llevar cierto apellido”.

Guerra y no paz. Conforme uno avanza en la lectura parece que sus crónicas son narradas en una cantina y con mezcal en mano uno grita: “¡Salud!” Pese a las vicisitudes, Medrano no deja de lado la fascinación por sus gustos musicales, los paisajes y sus personajes favoritos. Los hace protagonistas con ese humor que lo caracteriza a lo largo de su obra, cuyo resultado es una miscelánea de impresiones. A su vez, aparecen las policías comunitarias o autodefensas, quienes han hecho frente al narcotráfico y han sufrido demasiadas bajas. Se les necesita y no, se les respeta y no. En El Acapulco punk, las policías comunitarias o autodefensas no son más que el reflejo de la inestabilidad política del estado, de la falta de lazos humanos, del hartazgo de los caudillos o caciques pícaros, que últimamente no son más que una broma de mal gusto. Al no existir “el orden” por parte de sus gobernantes, se recurre a las armas. Vamos: cada quien lleva su propia ley del viejo oeste en sus bolsillos para casos de emergencia argumentando que la violencia es necesaria para la evolución humana.

“El grupo ha instalado un retén en la entrada de Carrizal, donde revisan a todo aquel que consideran sospechoso. Echeverría era taxista, pero luego se hartó de las extorsiones por parte del narco y desde hace tres años decidió enfrentar la inseguridad con sus propias manos: se sumó a los voluntarios para enfrentar a la delincuencia organizada”.

Empero, no todo lo que brilla es oro: existen autodefensas que se encuentran coludidos con la delincuencia organizada y, al parecer, la historia no tiene fin.

Alguna vez leí que Carlos Monsiváis comentó que Guerrero era bronco. Y bueno, no estaba equivocado. El estado no sólo resiste crisis económicas, políticas o sociales, sino también fenómenos naturales, como huracanes y sismos. Y cuando azotan, azotan parejo y macizo. Como dijo el ex presidente Ernesto Zedillo cuando ocurrió el huracán Paulina: “Acapulco está de pie”. Lo mismo sucedió con Ingrid y Manuel, pues en menos de lo que canta un gallo, Guerrero se levantaría. Sí, en general, el estado se mantiene firme, pero no digno de sus aconteceres violentos, que son el pan de cada día. Ante este panorama convulso, vaya que los guerrerenses son de cuero correoso, únicos en su especie, descendientes directos de los yopes.

Por último, el libro de Medrano posee un título interesante, coqueto y con flow a la vez: el punk. ¿Por qué? Quizás porque es un género musical surgido en Inglaterra a finales de los setenta, con letras de protesta y melodías violentas, rápidas. Canciones escritas por los hijos de los proletarios. Si bien es cierto que Inglaterra fue de los primeros países en industrializarse aceleradamente, los jóvenes quedaron asqueados de la situación socioeconómica, encontraron en la música la rebeldía, el alto a la masacre del yugo político; eran la escoria de las urbes. Esa derrota de la moral a causa de las fábricas, la creación del mito del neoliberalismo económico por parte de la ex primera ministra Margaret Thatcher, los estragos de la guerra de las Malvinas, etc. En esta línea, a las crónicas de Paul Medrano hay que escucharlas con un poco de punk a todo volumen para comprenderlo, como un acto de protesta (stop-no more) a lo que mira a su alrededor. Como un soundtrack de fondo en alguno de los cinturones de la miseria que asfixia tanto al estado, e ir recorriendo cada una de sus regiones al puro estilo Mad Max.

 

 

 

[1] Franco García (Guerrero, 1987). Economista por la UNAM. Ha publicado en Punto de partida, Punto en línea, Ágora, Opción, Mono, Trinchera, La otra voz, Minificción, Acapulco cultura, Monolito, Rankia, Palabrería, Capote, Enpoli, Sputnik, entre otras.

 

 

 

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