La Venus de las mordidas: Carnívora (2022) de Karen Cano, Ediciones del Olvido.

Por Francisco José Casado Pérez[1]

No debería escribir esto, pero algo en la tripa –junto al hígado y por detrás del páncreas– me dice: hazlo. Llevo tiempo sin cuestionar esa sensación y, por lo visto, ha funcionado. Cómo no funcionaría, si lo visceral viene justo desde lo profundo del cuerpo, donde la vida ocurre y termina. Además, es ahí donde en justa medida, en modo anti Benigni, las neuronas intestinales saben que la vida (a veces) no es tan bella por efectos, causas y afectos en constante frecuencia dentro de la paranoica cotidianidad de nombrar inmediatamente lo visto para reconocer el mundo, darle significado y sentido al otro, pero especialmente a uno mismo.

Cuando se lee planta carnívora, de inmediato se piensa en aquellas plantas cuyas hojas y tallos multitask, al mismo tiempo hacen la fotosíntesis y atrapan insectos, otras plantas e incluso animales pequeños, dando un giro epistémico a la cadena alimenticia. Hechos que también se extiende a otras especies, como algunas ranas selváticas cuyo pequeño tamaño y colores vibrantes son letal advertencia que no debe tomarse a la ligera, a pesar de su proximidad estética al plumaje de algún ave exótica. En otras palabras, lo bello tiene su grado de peligro, pero no por una maldad innata, al contrario, en respuesta a las inclemencias del ecosistema donde habita; modificarse, hacerse mortífero para sobrevivir es la motivación que precisa la última entrega de Ediciones del Olvido, coordinada por el poeta nayarita Sergio H. García: Carnívora, de la poeta chihuahuense Karen Cano (1990), exquisitamente complementado con la obra de Hachen Robles.

La primicia e hilo conductor a lo largo del poemario radica en el cuerpo; visto desde una óptica totalmente contraria a la típica, en ningún momento hay la intención de alabar la belleza, como se hizo costumbre en poesía, del cuerpo femenino (idealizado). Todo lo contrario, Karen construye una anatomía desde la f(r)eal(i)dad: el rechazo estético hacia el cuerpo femenino, especialmente a posteriori de la maternidad, haciendo de cada postura un estrujar intestinal que incluso, siendo hombre, hace cuestionar la normalización capitalista de ideales estéticos a los que muchos nos acostumbramos y que en algún momento se usaron para medir y evaluar a las mujeres; por ello, al principio sabía que no debería escribir esto, pero la intuición dice lo contrario. Escribo no para aleccionar a otros hombres, ni mucho menos a las mujeres, simplemente para seguir la corriente digestiva de Carnívora, que muestra a la poesía no solo como una manera de supurar la herida, sino como testimonio abierto al lector para tomar, o no, conciencia del momento y lugar desde donde ésta fue escrita.

Entrando de lleno al texto, en las secciones “Algún día seremos libres / de este sistema llamado cuerpo” y “Tengo dos golondrinas / amaestradas y tristes, / enjauladas en satén, esperando / instrucciones para volar” hay una retrospección desde la figura indócil de la planta carnívora: “Cuán acogedor ha de ser / el receptáculo de mis entrañas, / que siento envidia de no poder / entrar yo misma, a recostar / la cabeza en las paredes / acolchadas de mi interior” (Cano, 2022: 7); hacia los perjuicios ajenos e interiorizados que llevaron a la yo poética a alejarse y contraatacar las figuras idealizadas de la estética femenina con vellos púbicos siempre rasurados y los pechos turgentes: “A mi amante / no le llenó las manos, / a mi ropa / no le ha llenado el escote / a mi hijo / no le llenó el estómago” (Ibíd., p. 14) y demás características que el yugo machista ha impuesto en la vida de las mujeres.

B

Desde que recuerdo,

a las mujeres se les pide

por partes.

 

Por la mano,

si son solteras;

por el pecho,

cuando son madres;

por el rabo

si se creen promiscuas.

 

Nadie las pide enteras; porque nadie concibe

     que   puedan               ser, todas esas,

            jun                                          tas. (Ibíd., p. 15)

Duele la boca del estómago al ver qué tan común es que a toda mujer, sea tu madre, tía, abuela, prima, amiga, crush, conocida, compañera, cualquiera, se le cosifique así de fácil, que se le desprecie por esa maldición visceral que Karen explora a detalle en “La sangre no es divina / ni huele a manzanilla; / es de carne y huele a muerte / como todo lo que tiene vida”. Visión complementada con el contrapeso de “Aprendimos que el amor era obediencia, / e hicimos de la entrega una esclavitud”, donde el corte más personal sobre el perfil del hombre ideal no dura mucho sin ante volverse a desmoronar al primer cambio de la brisa: “Levántate con cuidado, / me dijo, / no quiero que manches la cama. // Entre las piernas aprisioné el cadáver / de una paloma, / y así, / sucia y avergonzada, / fui a lavarme” (Ibíd. 24); no obstante, tal devenir lo sesga un nuevo jugador en el campo de batalla: la crianza de un hijo.

IV

Te amo incestuosamente

te arropo en medio

de mis muslos

como si fuera a parirte de nuevo,

y abrirte después los ojos

            recién nacidos

para decirte

            bienvenido al mundo otra vez.

 

Te tengo en mis brazos,

                        cansado de tanto dormir,

yo quisiera despertarte con besos de madre,

oler en tu frente el aroma

de mi vulva dulce.

 

Alimentarte,

        verte crecer fuerte,

       y luego llorar a escondidas

de tanto orgullo. (Ibíd., p. 25)

¿Cómo criar un ser semejante a los que te han dañado? Así se sienten las siguientes lecturas del poemario. Cuestionamiento que, como ya se dijo, no trata de aleccionar, simplemente nombrar el agravio, hecho patente en la sección “Espero el amanecer / y una ciudad en mi pecho también /espera la mañana para poder, / por fin, reconciliarse con el día”, donde la corporalidad se extiende a su contraparte arquitectónica como sitio también de legitimación e imposición de roles y violencias: “Dicen, / que si las tortillas no se inflan / no puedo aspirar a nada / más que a una cama vacía” (Ibíd., p. 29); así como también la precarización de los cuidados y su herencia en la sección “No he parido un ángel, / sino otra cosa con más sustancia, / que ha surgido de las manos del cielo, / como las nubes, / que son perfectas por accidente”, donde la cría esperada es otra mujer.

Uno de los principales derroteros de indisposición contra el desarrollo de los feminismos, tanto en México como en muchos otros países, es la religión. Tan así que Karen aprovecha y, haciendo un muy inteligente juego retórico, retoma las visiones de sus evangelistas para dar vuelta a sus discursos: “Al pasar al frente en la fila / de los enjuiciados citaré, / como el mayor de mis pecados, / haberme dado el amor / que otros no me dieron,” (Ibíd., p. 36), así como también del mismo génesis.

Por último, en la sección “Entonces parí, / pero no fui madre, / y mi hijo, que no era mío, / se fue por la coladera”, Karen redondea todo el discurso de vuelta al estandarte carnívora, qué tan terrorífica es una experiencia estética a partir de la cual todas las mujeres también pueden sumarse y despertar dicho gen vegetal que habita al centro de sus propias entrañas.

No me pidan que no maldiga

cuando me obligan

      a portarme bien,

cuando han vedado

                  mi ideología,

y acallan mi voz

                  impaciente

cuestionando mi incapacidad

                  para orinar de pie. (Ibíd., p. 42)

[…]

He nacido

                libre,

para matarme

            a mi manera,

                    y no limpiando pisos

                           o cocinando huevos revueltos,

            a cambio de un beso desabrido

                    que gustan de llamar amor. (Ibíd., p. 43)

 

He hecho de mis manos

            un paliativo contra la soledad

                           en la que me han dejado amantes,

                                que miden su valor en las pulgadas

                                      que guardan bajo el cierre descompuesto

                                             que cosieron sus madres. (Ibíd., págs. 43-44)

[…]

He nacido mía

y pretendo morir así. (Ibíd., p. 44)

Durante alguna reunión de taller literario, se comentó que uno de los futuros de la poesía está en continuar la rama contestataria y reclamante, específicamente nutriendo el retoño feminista que por siglos ha existido, pero lamentablemente oculto. Los mayas fueron (quizá) mal traducidos en su respectivo indicio de decir que en 2012 se acabaría el mundo. Tal vez acabarse no era como apocalípticamente se nos vendió en el cine y, más bien, no ocurriría en un momento, sino que a partir de 2021 empezaría a transformarse. Y, efectivamente, sí ha estado ocurriendo, parte de ello puede verse justo en Carnívora, donde ya hay un decir basta a todo para bajarse del carrusel y buscarse otra montura.

Hay cosas que necesitan decirse tal y como son, virtud de la que Karen es poseedora y expone a lo largo de su poesía, misma que todavía sigue creciendo. A pesar de que las carnívoras no llegan a ser monumentales árboles, no lo necesitan. Su dominio no es arriba si no a ras del suelo donde ocurre en realidad la vida y sus derroteros. Las carnívoras son una legión de manchones a la espera de la siguiente presa, no han mordido más de lo que pueden digerir, pero estamos a suficientemente tiempo de ver cómo pueden crecer y andar por ahí junto a cualquiera. Que no sorprenda que, en algún momento, las carnívoras devuelvan la mordida y ellas no dejan evidencia de sus actos.

 

 

[1] Francisco José Casado Pérez (1990, Ciudad de México). Arquitecto y poeta de media cuchara. Ha publicado en diversas revistas de literatura en Latinoamérica. Ha obtenido Mención Honorífica del I Premio de Poesía Internacional Bruno Corona Petit, 2020, Venezuela; primer lugar del I Concurso Literario Eiruku Ediciones, 2021, Argentina. Su poemario Para mirar los pasos, recibió el premio “Don’t Read” 2021.

 

 

 

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