Por Diana Peña Castañeda[1]
¿Cuál es la fineza de Cristo? No es la hostia como sacrificio redentor, responde Sor Juana Inés de la Cruz en su reflexión al sermón jesuita. El mayor favor divino es haber dado a la humanidad la libertad de conciencia para poder pensar y decidir, incluso, dijo, si ello pudiese llegar a ofenderlo. Entonces, si la grandeza de ese amor respeta su propia decisión, la de ella, la de todas, por la vida intelectual ¿Por qué, mundo egoísta, pretende arrebatárnosla?
Durante la hambruna de 1693 en México, es obligada por quienes debían cuando menos respetarla, el arzobispo y su confesor, a vender su colección de cuatro mil ejemplares literarios para que repartiera el dinero entre los pobres. Queda entonces sin libros para leer, razón por la que entró al convento ante la negativa de ir a la universidad, incluso si se disfrazaba de hombre. Bordar, cocinar, limpiar, pero no leer, menos escribir, menos sobre lo que las mujeres desean. Ella acata firmando con una frase que suena a ironía: “Yo, la peor de todas.”
Pero el pensamiento es un favor divino; por tanto, no desaparece ni siquiera cuando la despojan de todos sus libros. Su anhelo de aprender sobrevive en los pequeños descubrimientos que le brinda la cocina. Basta preparar un bizcocho para saber que la densidad de sus ingredientes reacciona al calor. Que escribir y seguir recetas fomenta la comprensión lectora. Luego, después, primero, finalmente: son formas de conectar el mundo con el discurso. Que según la cantidad de grasa, el chocolate se derrite más rápido. Que la manzana se oxida por efecto químico de la pulpa al contacto con el aire. Que la textura y el sabor de la uva es diferente si se consume de manera inmediata o se conserva en un barril oscuro durante meses. Ella aprendió que, entre cazuelas y manjares, la cocina es también un laboratorio para el conocimiento.
Y en ese hacer, pensar y degustar, Sor Juana Inés de la Cruz lanzó una de sus frases más luminosas: “Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.” Quizás entonces el filósofo griego no habría planteado una sociedad de jerarquías en la que el hombre gobierna y la mujer obedece. Con esa frase, Sor Juana le devuelve la ubicación en la que él situó a la mujer cuando dijo que ella era apenas “un varón incompleto.”
“Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.”
Cuánta precisión poética para un juicio moral tan real como cierto. Y qué revelador recordar que Sor Juana no fue una excepción aislada. Muchas mujeres del barroco encontraron en la vida conventual un resquicio para el intelecto. Mientras la monja veneciana Isabella Piccini grababa delicadas planchas en cobre para ilustrar libros religiosos, Chiara Margarita Cozzolani componía música polifónica. Siglos atrás, Hildegarda escribía de ciencia y medicina, Santa Teresa de Ávila elevaba la prosa espiritual del castellano e Isabella Leonarda arreglaba sonatas instrumentales. Y con certeza, muchas más entre tintas y pentagramas demostraron que el pensamiento no reconoce clausuras.
En una copa disponga una capa de crema de arroz que se consigue licuando en un litro de leche, una taza de arroz previamente remojado en agua. Lleve a cocción lenta, añada tres cuartos de taza de azúcar. Incorpore lentamente ocho yemas batidas aparte, revuelva sin parar para evitar que cuaje. Perfume con un poco agua de azahar. Refrigere por cuatro horas antes de servir.
Para armar el postre, disponga una capa de crema de arroz. Cubra con una de dulce de leche. Una capa de pasitas o fruta fresca de su preferencia cortada en trocitos. Finalmente, una de almendras, piñones y un toque de canela en polvo.
En el sabor de esta preparación hay más que arroz, azúcar y gotas de azahar. En esencia, es el gesto poético ante la paradoja del mundo que cohíbe a las mujeres y luego las acusa de ignorancia. Un sencillo postre contiene vindicaciones históricas. No en vano su nombre: Bien – me – sabe.
[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social.
