Análisis de la cinta “Malta” | Sobre la precariedad desde lo económico hasta las emociones

 Por Carmina Cardiel

 

Malta (2024), es una cinta argentina-colombiana dirigida por Natalia Santa que, a través de su lente, nos deja ver las desigualdades no sólo económicas y materiales, sino algo que es más preocupante actualmente, las emocionales, a partir de la protagonista que no sabe cómo lidiar con algo que hace años no siente: cuidado.

Si bien la familia nuclear tenía un propósito en la formación humana, cada día ese propósito/rol de cohesión social y cuidados no sólo físicos, sino afectivos, entre seres humanos, se va perdiendo en una mar de “relaciones efímeras”, hasta el punto de no saber cómo recibir o dar afecto. Y la directora hace un gran trabajo en este rodaje donde la moral es más bien una herramienta de compresión para la condición humana, pues nadie puede dar lo que no tiene.

 

Malta y la imposibilidad de sostenerse: precariedad de afecto

Malta es una película que retrata desde lo cotidiano, un diagnóstico social: un mapa emocional de una generación atravesada por la precariedad estructural en tanto a que la educación de la protagonista, encarna una subjetividad contemporánea marcada por la inestabilidad. El deseo de Mariana por migrar a Malta, no es por ninguna arista un plan concreto, sino que funciona en su cabeza como una fantasía de escape: una promesa difusa de orden, futuro y posibilidad, algo a qué agarrarse. En ese sentido, la película dialoga con una constante del sur global: la idea de que la vida “real” sucede en otra parte del mundo, menos en su país. ¿A poco no crecimos con la idea de que la vida exitosa se desarrolla en el norte o en cualquier lugar de Europa? A eso se le llama: producto de la colonización. Y no sólo es geográfica, según nos deja ver la directora.

Mariana vive al límite de sus deseos, cada descanso para ella equivale a no tenerse que dormir en casa, donde tiene que lidiar no sólo con recuerdos fabricados por sí misma para aguantar la realidad. Así es como colecciona noches de juerga con desconocidos a los que realmente jamás llega a conocer, hasta que su compañero de clase, Gabriel, la invita a explorar otra forma de relacionarse, menos corta, menos líquida.

Desde un sentido críticamente sociológico, Zygmunt Bauman revisa que donde los vínculos son transitorios y las identidades se vuelven inestables, hay de fondo el resultado de la modernidad líquida; es decir, en Malta se aterriza esa abstracción en una sensibilidad latinoamericana: no se trata solo de fluidez, sino de desgaste. El desgaste de lo cotidiano, de no avanzar a lo que sigue y quedarse con la sensación de estar atrapada/o en un pueblo donde la vida transcurre de forma sigilosa, ¿Cómo lidiar con ello en medio de una adolescencia construida no a partir de lo local, sino de lo global?

Mariana vive en un lugar de Colombia, al parecer recóndito, pero labura en un call center donde atiende a la gente en idioma inglés, en su tiempo libre va a clases de alemán. Claramente ella no planea quedarse a vivir en su localidad, sus aspiraciones son grandes: cualquier cosa que haya visto en su pueblo, resulta una nimiedad ante el mundo que ella desea devorarse.

Por supuesto que la protagonista no coincide con las intenciones de Gabriel, quien es un tipo más tradicional, entonces comienza la imposibilidad de sostenerse en una relación, ya sea porque nadie le enseñó a amar o porque jamás aprendió. Esto no tiene qué ser motivo de culpa, a mucha gente la criaron padres que nunca fueron presentes. A otros les tocó la suerte de la chancla, a otras personas nos tocó “el cuero”, pero al menos “nos veían”. A Mariana nadie la veía, más que Gabriel, pero ¿Qué era eso que se sentía caluroso, seguro y fresco? Para sus adentros, era casi seguro que era algo “no tan bueno” porque “la bondad” es un término que no existe en su (y en nuestro) vocabulario, a veces.

 

Malta: identidades en tránsito y afectos frágiles en el cine contemporáneo

Hay películas que buscan incomodar lo suficiente como para obligarnos a mirar de nuevo en lugar de tratar de encontrar respuestas. Malta pertenece a esa categoría: una obra que, más que narrar una historia lineal, construye un mapa emocional donde sus personajes se desplazan —física y simbólicamente— en busca de algo que nunca termina de definirse y tampoco busca ser comprendido porque es muy humano. En ese gesto que se traduce en tomas cinematográficas, es decir, donde la lente toca todo en el espectador, la película se vuelve profundamente contemporánea.

Desde una lectura sociológica, Malta podría entenderse como un retrato de la identidad en tiempos de incertidumbre, tal como lo ha sido el proyecto de la modernidad continua. Los personajes no parecen habitar categorías estables; por el contrario, se mueven en un terreno ambiguo donde las decisiones están atravesadas por la duda, el deseo y la precariedad. Esta condición remite directamente a lo que Zygmunt Bauman describió como “Modernidad Líquida”: una época en la que los vínculos, los proyectos de vida y las certezas se vuelven transitorios. Aquí, Malta no es solo un lugar, sino una promesa —o quizás una ilusión— de transformación, una posmodernidad prometida donde al menos todos los metarelatos caen, igual que la vida misma.

Por otro lado, en la cinta se dibuja otro tema a tratar en la no terminada modernidad: el sentimiento de no pertenencia y el desplazamiento que, no sólo nos habla de un destierro de hectáreas ejidales, sino de un destierro de la propia carne, del cuerpo, de la corporalidad. Entonces, si el desplazamiento es central, también lo es el cuerpo como espacio de inscripción social. Desde una perspectiva de género, la película propone personajes que tensionan las normas sin necesariamente romperlas del todo.

Hay una constante negociación entre lo que se espera de nosotros/los otros y lo que desean/mos Ser. En este sentido, resulta pertinente pensar en Judith Butler y su entendimiento de performatividad: El género, apunta, no aparece como esencia, sino como una serie de actos reiterados que pueden ser resignificados. Los gestos, los silencios y las decisiones de los personajes en la cinta “Malta” evidencian esa fragilidad de las identidades aparentemente fijas.

A la par, la dimensión de clase atraviesa la narrativa de manera menos explícita, pero igualmente determinante. Las aspiraciones, los desplazamientos y las renuncias no son meramente individuales; están condicionadas por estructuras que delimitan lo posible. En términos de Pierre Bourdieu, podríamos decir que los personajes actúan desde un habitus que moldea sus expectativas y estrategias, incluso cuando intentan escapar de él. Así, el anhelo de “irse” —de cambiar de vida— no es solo un impulso personal, sino también una respuesta a la desigual distribución de oportunidades.

Uno de los aspectos más logrados de la película, según mi perspectiva, es su tratamiento de la intimidad. Lejos de los relatos románticos convencionales, la cinta Malta presenta vínculos marcados por la ambivalencia: cercanía y distancia, deseo y miedo, conexión y fuga. En este punto, la obra dialoga nuevamente con Bauman y su idea del “amor líquido”, donde las relaciones se vuelven frágiles, reversibles y, en muchas ocasiones, incapaces de sostenerse en el tiempo. Los silencios pesan tanto como las palabras, y la cámara —cercana pero nunca invasiva— captura esa incomodidad que define a los afectos modernamente inacabados, posmodernos, juzgaría yo. Sí, sorpresa, la vida en los lugares recónditos de Colombia no es muy distinta a la que tenemos y vivimos en las demás ciudades de Latinoamérica, lejos de las capitales. Y aun así, no escapan a la liquidez de la modernidad.

Formalmente, la película refuerza estas tensiones. Los espacios parecen vacíos o en tránsito, como si los personajes nunca terminaran de pertenecer a ellos. El ritmo narrativo evita el clímax tradicional, apostando por una deriva que acompaña el desconcierto emocional de sus protagonistas. En este sentido, Malta se inscribe dentro de un cine de autora que privilegia la experiencia subjetiva sobre la resolución narrativa, y que encuentra en la ambigüedad una forma de verdad.

En última instancia, lo que Malta pone en escena no es solo la historia de unos personajes, sino una condición social más amplia: la de sujetos que habitan un mundo donde todo parece posible, pero nada es seguro. Identidades en construcción, vínculos inestables y horizontes siempre lejanos configuran un paisaje reconocible para el espectador contemporáneo. Quizás por eso la película no cierra: porque, como la vida misma en esta modernidad incierta, permanece abierta, en constante tránsito, y más bien, en constante construcción, por eso la posmodernidad no existe más que como una idea nihilista de salvación jajajajaja, ¡Ay, lo siento! La modernidad ni siquiera ha sido acabada, ¿Cómo hablar de la construcción de vínculos no efímeros en un Mundo así? ¿Cómo construir vínculos?…

 

 

Bibliografía:

  1. Bauman, Z. (2005). Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Fondo de Cultura Económica.
  2. Bourdieu, P. (1984). La distinción: Criterio y bases sociales del gusto. Taurus.
  3. Bourdieu, P. (1997). Sobre la televisión. Anagrama.
  4. Butler, J. (2004). Deshacer el género. Paidós.
  5. Hall, S. (1997). Representation: Cultural representations and signifying practices.

 

 

 

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