15 letras de tango escritas por mujeres

10. Encendí un cigarro

Carmen Baena (Ciudad de México, 1926 – Ciudad de México, ?)

Por Miguel García 

Carmen Baena Solís es una extraña luminaria en el panorama del tango en México. Proveniente de una familia de artistas (su hermano fue el violinista y compositor Federico Baena, autor de canciones memorables como «Te vas porque quieres», «Cuatro cirios», «Que te vaya bien», «Triunfamos» y otros) estrechamente relacionados con el tango (en los años 70, Federico Baena se presentaba con su orquesta en recintos de tradición tanguera como La Edad de oro, junto con Carmen y el entonces joven cantor José «El Pibe» Baena). Carmelita se presentaba con el nombre de Carmela Carmen, fue cancionista de fina sensibilidad. Su voz, llena de ternura y carácter, muestra una estética muy cercana a la de las grandes cantantes tangueras de la segunda mitad del siglo XX.

Como la mayoría de los artistas mexicanos que conocieron el tango, no se limitó a interpretarlo, se atrevió también a componer. «Encendí un cigarro» transparenta su honda comprensión del género, que supo amar y cultivar con la mayor exigencia. La historia que presenta se inserta en el tema de la nostalgia, con una sofisticación y originalidad que brillan entre el acervo de tangos mexicanos, con vuelos que alcanzan la reflexión filosófica.

 

* * *

 

Se asfaltó la calle con pena de Luna,

borró sus ojeras y me vio pasar

por la misma calle del barrio tranquilo

donde echaste un día mi sueño a rodar.

Hace mucho tiempo, tenía 20 años,

un ansia muy grande de vivir y amar.

Mataste el cariño, me guardé la pena,

encendí un cigarro y aprendí a fumar.

Es la Luna llena que me trae recuerdos

de aquellas caricias que no volverán,

ilusiones rotas, estrellas fugaces

en el cielo negro de mi soledad.

Es la Luna llena que me trae recuerdos

de aquellos momentos que no volverán:

de la gente amiga, del farol lejano,

de la pena oscura, del amor fugaz.

Hoy volví a mi barrio, llegué hasta la esquina,

detuve mis pasos y miré hacia atrás,

hacia mis recuerdos, hacia mi pasado,

hacia las caricias que ya no están más.

Evoqué de nuevo tus dulces promesas,

tus besos ardientes, tu mirada audaz

y, como ese entonces, me guardé la pena,

encendí un cigarro y volví a fumar.

 

Inicia con una pintura nocturna, profundamente poética; la luz de la Luna, que no es luz sino pena, borró las ojeras de la calle recubriéndola con su triste claridad; tan integrada esa luz a la superficie urbana, que hasta pareciera que es el mismo asfalto, «Se asfaltó la calle con pena de Luna». Nuestra narradora mira este paisaje mientras camina por una calle que para ella es importante, pues fue allí donde alguien (a quien evoca en segunda persona con el recurso del apóstrofe, puesto que él no se encuentra presente y ella le habla como si lo estuviera), la lastimó con una decepción: «por la misma calle del barrio tranquilo / donde echaste un día mi sueño a rodar».

¿Cuál fue esa decepción que recuerda con tanta tranquilidad en medio de la noche, en una calle iluminada únicamente con la luz lunar? Procede a contarnos lo que sucedió hace mucho tiempo, cuando tenía todas las ilusiones de la juventud creciendo en sus ojos: «Hace mucho tiempo, tenía 20 años, / un ansia muy grande de vivir y amar». Luego, el giro que pone broche a su historia; sin preludios ni detalles, le señala su conducta al interlocutor: «mataste el cariño» y su determinación como consecuencia. Pudo haber llorado, hundirse en la depresión, hacer un drama con la emoción de la ruptura; acaso todo esto haya sucedido, pero lo calla, lo único que dice, con suma discreción, es la frialdad con la que tomó los acontecimientos: «me guardé la pena, / encendí un cigarro y aprendí a fumar».

La dimensión simbólica del acto de fumar adquiere aquí matices muy diversos. Por una parte, el vínculo del tabaco con la idea de tibieza y relajación, pero lo más significativo: indica un cambio de actitud ante la vida, de la ingenuidad y ternura de la juventud a la robusta madurez de pasar por completo a la vida adulta. Si no fuera suficiente, el cigarro en boca de mujer representa una resistencia, una fortaleza que contrapone lo femenino a lo masculino, poder que alcanza inclusive el ámbito de la sexualidad, por lo que directamente podríamos asumir que aquella frustración inicial marcó el principio de su actividad erótica de la adultez.

El humo es lo incorpóreo, formado de aire y fuego; la columna que se exhala es la sublimación cargada de los pesares del cuerpo luego de haberlo habitado. En México, además, al verbo fumar se le da la connotación de soportar o tolerar con resignación; entonces, al encender el cigarro, nuestra protagonista lo que hace es fumarse la pena. El tabaco es un elemento frecuente en el tango de todos los tiempos que se relaciona con el amor. El humo se convierte también en un alentador de la memoria, junto con una metáfora de la pérdida: puede verse, pero al intentar tocarlo se disipa. Toda esta densidad simbólica está presente en el cigarro que enciende nuestra protagonista.

En el estribillo, justifica tanta memoria con la influencia de la Luna, dotada de atributos mágicos desde la más remota antigüedad: «Es la Luna llena que me trae recuerdos / de aquellas caricias que no volverán, / ilusiones rotas, estrellas fugaces / en el cielo negro de mi soledad». Recordar es vivir, se dice popularmente. El significado etimológico de recordar proviene del latín re cordare: el prefijo re, que indica una repetición, y cordare, verbo relacionado con cors, cordis, «corazón»; es decir, pasar de nuevo por el corazón. La memoria se relaciona con el sentimiento; en cambio, el olvido se relaciona con el pensamiento (dice Borges en el cuento «Funes el memorioso»: «pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer»). Todo aquello que se perdió con el tiempo adquiere vida por un momento con el recuerdo: «de la gente amiga, del farol lejano, / de la pena oscura, del amor fugaz»; todo un trazo tanguerísimo con la mención de la amistad, el farol, la tristeza, el amor que no dura; elementos que en el tango ocupan lugar de distinción.

La segunda parte desarrolla un complejo concepto filosófico, el retorno, el eterno retorno, que toca uno de los motivos más importantes en el tango con el modelo imbatible de Le Pera y Gardel: «Yo adivino el parpadeo / de las luces que a lo lejos / van marcando mi retorno . . . Volver con la frente marchita, / las nieves del tiempo / platearon mi sien; / sentir que es un soplo la vida, / que veinte años no es nada . . . », no existe el tiempo entre el acontecimiento recordado y el regreso presente. Carmen Baena recapitula y reafirma lo que está pasando por su memoria: el barrio y la esquina, recuerdos, su pasado, las caricias que ya no están más, «tus dulces promesas, / tus besos ardientes, tu mirada audaz», una maraña de emociones y sentimientos; pero atención con el guiño genial con que cierra de manera redonda todo el relato: hace válida la expresión de «recordar es volver a vivir» cuando reproduce en el presente, como un rito, la acción fundacional de su mitología personal: «y, como ese entonces, me guardé la pena, / encendí un cigarro y volví a fumar».

La transgresión de lo femenino ante lo masculino, el empleo de la dimensión simbólica del acto de fumar, el eterno retorno, la función inmortalizadora del rito y la transmisión oral del mito mediante la memoria, todo junto en este tango de Carmelita Baena que mereciera una difusión mayor.

Tan sólo dos versiones han quedado registradas: la primera, en voz de la autora misma en una maqueta de 1981 en la SACM, con arreglo y guitarra de Salvador Grecco; y la segunda, a cargo de la Orquesta Mexicana de Tango dirigida por César Olguín y la voz de Pablo Ahmad en el disco El tango de México —importante trabajo de rescate y divulgación de autores mexicanos llevada a cabo por el director— en el año 2011. Escuchemos a Carmelita Baena cantar su propia obra.

 

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