15 Letras de tango escritas por mujeres

11. El 45

María Elena Walsh (Ramos Mejía, Pvcia. de Buenos Aires, 1930 – Buenos Aires, 2011)

 

Por Miguel García

Durante la convulsa década de los años 60, época de vueltas de tuerca en el devenir social y cultural, se consolidó una figura sui generis en el panorama artístico de su país. María Elena Walsh representa uno de los momentos más altos en la sensibilidad, inteligencia, originalidad, atrevimiento, que experimentó Argentina, al grado de alcanzar un nivel de difusión continental y universal. Autora de una enorme cantidad de canciones que forman parte del cancionero popular, como «Serenata para la tierra de uno», «En el país de Nomeacuerdo», «Como la cigarra», «La pájara pinta», etc., encarna la determinación de la mujer que decide utilizar el arte para extender su mensaje profundo en un mundo en estado de transición.

Todo empezó cuando, desde los 14 años, la niña María Elena presentó diversos poemas en medios impresos; a los 17, publicó un original poemario, Otoño imperdonable, en el que se asoma ya un oído privilegiado para el acento y la disposición de las palabras con sentido musical. El libro llegó incluso a ojos del poeta español Juan Ramón Jiménez, quien le propuso apoyarla y guiarla, así como proporcionarle un viaje a Estados Unidos con él y su esposa, que para la joven significó una fuente de aprendizaje que marcó su obra para siempre.

Al volver a su tierra, la semilla de su vocación viajera prendió, así se decidió a conquistar el mundo mediante la expresión vocal. Formó un dúo junto a Leda Valladares; ambas poetas y cantoras, dieron a conocer un repertorio original combinado con canciones tradicionales argentinas. Así llegaron a Europa como representantes artísticas de Sudamérica. Comenzaba a nacer un estilo de escritura con peculiar humor, cercano al absurdo, frescura, matices juguetones, muy adecuados para captar la atención de un público infantil.

Quizás esté aquí una de sus principales aportaciones: la elaboración de poemas, cuentos y canciones para niños que ya forman parte del más sofisticado cancionero infantil de América y el mundo. Gran cantidad de títulos han quedado para la posteridad, entre los cuales podríamos mencionar uno que se popularizó en México: «Me dijeron que en el Reino del Revés / nadie baila con los pies, / que un ladrón es vigilante y otro es juez / y que dos y dos son tres».

Con ejemplos innumerables de este tipo, nuestra autora demostró que, tras esa estética aparentemente ingenua, se esconden posibilidades infinitas para expresar emociones, sensaciones, pensamientos, protestas y denuncias. En el fragmento citado, en el mundo al revés, es posible la unificación insensata de los opuestos, a la manera del Discépolo más descarnado que declara: «Qué falta de respeto, qué atropello a la razón: / cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón». Así, María Elena llegó a convertirse en una de las portavoces más potentes de la rebeldía y de la denuncia de tipo social de su tiempo.

Esta apretada síntesis de su camino artístico sirve para contextualizar un acontecimiento que removió el piso de la expresión artística en 1968. En el teatro Regina fue presentado el espectáculo Juguemos en el mundo. Show para ejecutivos, con la dirección de María Herminia Avellaneda arreglos de Oscar Cardozo Ocampo, acompañamiento musical de él mismo y Oscar Alem, así como la participación solista de María Elena Walsh interpretando sus propias canciones. Fue un revuelo, algunos comprendieron esa ambigüedad entre el discurso dirigido a adultos disfrazado de discurso para niños; otros no. De cualquier modo, con el montaje de Juguemos en el mundo se atrevió a poner sobre la mesa diversos problemas de la sociedad y a abrir consciencias de una manera lúdica. Tal obra dio un fruto más: el disco homónimo y, luego, una película. En el disco aparece el primer registro de la única pieza de tango en esa serie de canciones: «El 45».

 

*     *     *

 

¿Te acordás, hermana? ¡Qué tiempos aquellos!

La vida nos daba la misma lección.

En la primavera del 45,

tenías 15 años, lo mismo que yo.

¿Te acordás, hermana, de aquellos cadetes,

del primer bolero y el té en El Galón,

cuando los domingos la lluvia traía

la voz de Bong Crosby y un verso de amor?

¿Te acordás de la Plaza de Mayo,

cuando «el que te dije» salía al balcón?

Tanto cambió todo que el Sol de la infancia

de golpe y porrazo se nos alunó.

¿Te acordás, hermana? ¡Qué tiempos de seca

cuando un pobre peso daba el estirón

y al pagarnos toda una edad de rabonas

valía más vida que un millón de hoy!

¿Te acordás, hermana, que desde muy lejos

un olor a espanto nos enloqueció?

Era de Hiroshima, donde tantas chicas

tenían 15 años como vos y yo.

¿Te acordás que más tarde la vida

vino en tacos altos y nos separó?

Ya no compartimos el mismo tranvía,

sólo nos reúne la buena de Dios.

 

Pensemos en lo siguiente: en aquel entonces ejercía la presidencia de Argentina Juan Carlos Onganía, que accedió a ella de facto, por medio de un golpe de Estado con que fue destituido Arturo Umberto Illia. El nombre de Perón causaba serios enfrentamientos en sectores clave del ejército. En ese ambiente peligroso y hostil, María Elena Walsh se atreve a hablar del año 45, en el cual Perón había tomado posesión como presidente con una aceptación abrumadora.

¿Cómo se allana el camino para escribir una canción de tema tan delicado? Primero, incluye una referencia explícita al tango de otro tiempo con esa primera línea tan célebre de Manuel Romero en su clásico «Tiempos viejos»: «¿Te acordás, hermano?, qué tiempos aquellos»; nuestra autora le cambia el género: «¿te acordás, hermana?»; luego, enumera recuerdos que llegan como en cascada: «el primer bolero y el té en el Galeón . . . la voz de Bing Crosby y un verso de amor».

Sigue con una estrofa de lo más significativo: la toma de posesión de Perón, pero sin nombrarlo, por las razones ya expuestas: «¿te acordás de la Plaza de Mayo?, cuando el que te dije salía al balcón», y con una ligereza que parece fácil declara ese hecho como el final de su infancia: «tanto cambió todo, que el sol de la infancia / de golpe y porrazo se nos alunó», o sea, el sol se convirtió en luna; la niñez llegó a su fin.

Cuando uno recuerda episodios de la infancia, no puede evitar notar la devaluación; cuando éramos niños, el dinero rendía más: «¿te acordás, hermana?, qué tiempos de seca, / cuando un pobre peso daba el estirón…», y se asoma aquel tópico del pasado ideal, la comparación entre la economía tolerable de antes y la insufrible de hoy, junto con aquella ponderación que Cadícamo menciona en su «Milonga de mis amores»: «el progreso ha destrozado / toda la emoción de mi arrabal», pues es verdad, todo ha progresado, la economía ha ido cambiando; no obstante, nos dice María Elena, en el pasado: «valía más vida que un millón de hoy».

Después habla del espanto de Hiroshima. Desde el otro lado del mundo llegaban noticias e imágenes en los periódicos del hongo de la explosión. El progreso que tanto ha mejorado las condiciones de vida, también nos trajo los horrores de la bomba atómica. ¿De qué se trata?, ¿qué podemos esperar de un mundo en el que, por un lado, se impulsa la educación, la calidad de vida, los derechos, y por otro, no le importa que en una guerra se pierda la vida de humanos sin distinción de edad, sexo, situación social, etc.; cuando un niño recibe tales estímulos del mundo en que vive, se desorienta, crece de golpe, pierde la esperanza. ¿Qué puede esperar una niña de 15 años que se da cuenta de que en una guerra no hay reparos en sacrificar incluso a niñas de su misma edad? «¿Te acordás, hermana, que desde muy lejos / un olor a espanto nos enloqueció? / Era de Hiroshima, donde tantas chicas / tenían 15 años como vos y yo».

El tango termina en el plano de lo personal con su interlocutora: «¿te acordás que más tarde la vida / vino en tacos altos y nos separó?» Los destinos se diversifican, las personas crecen y toman su propio rumbo. Es la historia de tantas parejas de amigos y amigas de la infancia. Después de mostrar toda una crónica de los sucesos de 1945, se instala de nuevo en el presente, en el 68, con toda la carga de nostalgia que el recuerdo le deja: ¿Te acordás que más tarde la vida / vino en tacos altos y nos separó? / Ya no compartimos el mismo tranvía, / sólo nos reúne la buena de Dios», una forma de decir poéticamente (vestida de un tono prosaico) que lo demás es historia.

Este tango, además de la interpretación de la autora, cuenta con grabaciones de artistas como Alba Solís, Susana Rinaldi, Horacio Molina, Maggie Spamer, etc.; hoy presentamos la toma en vivo de un concierto de Susana Rinaldi que data de 1983; en esta versión, la orquesta juega incluyendo fragmentos brevísimos que insinúan melodías de tango en diálogo con la letra y delatan, por un lado, la influencia de Discépolo y, por otro, el paso de la tierna ingenuidad («Sueño de juventud») a la adultez desesperanzada («Uno»). Suban el volumen y disfruten.

 

 

 

 

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