El fin del viaje

Por Amaury Cobos Cruz

Abrí el libro de Carlos Castaneda mientras me dirigía a la Ciudad de México para comer unos hongos alucinógenos en Ciudad Universitaria, mi lugar favorito “de todos los tiempos” ̶ como me gusta decir ̶ . Así es, el cliché del cliché, del cliché. Empecé a hojearlo buscando un separador inexistente, entonces, fui directamente al índice donde leí: El mundo de las sombras —título de uno de sus capítulos— . Ante aquella perspectiva, opté por cerrar el libro, me puse los audífonos para escuchar un disco de Black Keys, porque tengo la manía de, en lo posible, escuchar discos completos, pero a la tercera canción me di por vencido. Busqué algún disco de Ry Cooder, tampoco me satisfizo, entonces terminé escuchando a Lou Reed mientras calculaba cómo llegar hasta C.U. cuando me bajara de la furgoneta, transporte que utilizaba con regularidad por ser más barato que el autobús. A veces funciona mejor una lista de reproducción aleatoria.

Al descender en el Periférico se me ocurrió hubiera sido mejor hacerlo antes, a la altura del Caminero y utilizar el Metrobús hasta la estación CCU. La magia de la ciudad con sus mil opciones para llegar a cualquier destino. Todo lo contrario de Cuernavaca, donde si no tienes coche sería mejor caminar, tan pequeña es, el problema son sus escarpadas calles. El subconsciente o una inveterada costumbre me hizo abordar el camión que va al metro Universidad desde Iztapalapa, mi habitual ruta cuando asistía a la Universidad.

Después de pasar frente a la ENAH —recordé sus tremendas fiestas— , la pirámide de Cuicuilco, dar un rodeo frente al añoso centro comercial Perisur, el camión sube por la avenida del Imán. Me bajé frente al famoso Local de Registro de Aspirantes y entré a la Universidad por el acceso al Museo de las Ciencias, como antaño lo hacía, en las vacaciones o los fines de semana cuando iba a “pachequearme” al Espacio Escultórico. El circuito universitario estaba lleno de ciclistas como una gran pista de entrenamiento. Desvié mi rumbo por la parte trasera del Universum, destapé un tuppercito y me dispuse a comer los hongos secos picados finamente con antelación. Giré a la izquierda en “los Pitufos” hasta encontrarme la primera reja no reconocida o no recordada, la cual rodea todo el paseo escultórico, donde están las serpientes de piedra. Terrible contradicción o franca oposición a la finalidad con la que fueran creadas, en los años setentas, todas aquellas esculturas monumentales, no sólo porque forman parte de la ruta, sino por ser la ruta misma que exige ser transitada, confrontada, diría yo, o hasta intervenida, como lo hiciera en mis años de estudiante con un polémico grafiti de mi Teatro Ilegal en el Espacio Escultórico.

Precisamente ahí es donde quería ir, al “sitio de mi predilección”, como diría Castaneda. Me encaminé hacia el CUT para pasar por el Centro Cultural Universitario, pero volví mis pasos ya que de ninguna manera podía explotarme el “viaje” en ese lugar, en medio de la concurrencia del domingo a mediodía. Afortunadamente recordé se podía pasar entre “los Pitufos”, a un costado del Instituto de Investigaciones Filológicas, donde descubrí sorpresivamente la cimentación de un nuevo edificio. Eso me hizo imaginar a la Ciudad Universitaria devorándose a sí misma, pero al revés, o tal vez sólo debería decir estallando. En realidad la situación era que, mientras desembocaba en el estacionamiento de los institutos de humanidades, de cara al circuito principal, los hongos comenzaban a hacer efecto. Crucé por ahí, cavilando dónde podría establecerme para pasar un “viaje” tranquilo. Unos cuantos pasos sobre el circuito, hacia la Biblioteca nacional, encontré otra vez el caudal de bicicletas (algo que en otras circunstancias me habría dado enorme gusto), rejas y más rejas (anteriormente inexistentes), además del Espacio Escultórico cerrado (tal vez en un museo sí se podrían ver las esculturas). Todo comenzaba a parecerme extraño, hostil. Me asomé añorante a través de la malla para ver los prismas de concreto que forman el cráter construido sobre la lava del Xitle. Detrás de él estaba la ciudad recostada a sus anchas en el valle. Una nueva, elevadísima torre que no conocía tampoco, se estiraba entre los viejos edificios, como la torre de Mexicana o el Word Trade Center, haciéndolos parecer insignificantes. En otros tiempos habría saltado la reja sin miramientos, el miedo o la angustiante comodidad me lo impidió.

Los pequeños trozos que de ninguna manera tenían el sabor agrio o a veces nauseabundo de los hongos frescos, empezaron a ser difíciles de seguir comiendo a causa de una especie de acidez estomacal. Al parecer estaba satisfecho, pero solamente había ingerido la mitad de la “dosis” recomendada. Aunque, según recuerdo, nunca me comí un “viaje” yo solo, ni siquiera un cuadrito de LSD completo, así que me di por bien servido. Fue una buena decisión escuchar a mi cuerpo —como se suele decir—, porque al poco tiempo los efectos aumentaron, pero de una manera diferente a como lo había experimentado en anteriores ocasiones con los hongos frescos o aun con los conservados en miel. Eran como chispazos, oleadas de una velocidad inusitada, rápida o lenta, que me provocaban un poco de vértigo.

Estaba salivando, pero lo más notable eran los espasmos de cosquillas recorriendo mi cuerpo. Me recosté a la vera del circuito exterior, presa de un insipiente mareo, a contemplar la circulación de las numerosas bicicletas, casi todas nuevas, de buenas marcas, además los ciclistas muy bien equipados con sus cascos y ropa adecuada. Dando vueltas una y otra vez. Deseé haber traído mi “burra”, pero recordé la ocasión en que casi choco de frente con una camioneta, durante un viaje de LSD, en un intento fallido por emular el “viaje” de Hofmann. Prefiero utilizar la bicicleta únicamente como medio de transporte.

Era el momento de la introspección. El peso de mi cuerpo sobre el pasto seco conseguía hacerme imaginar toda mi silueta. Poco a poco me fui acomodando a pesar de las imperfecciones del terreno. Los espasmos cambiaban de sintonía junto con mis pensamientos. Era algo levemente conocido, pero absolutamente fuera de mi control. Tuve miedo o ansiedad, no supe con exactitud la fuente, abrí los ojos y me incorporé. Volví a contemplar a los ciclistas y patinadores, cada vez en mayor número. Los percibí artificiales, como modelos de un anuncio publicitario, con poses exageradas, incluso podía escuchar sus conversaciones altaneras magnificadas por un altavoz integrado a mis oídos. Estaba incómodo con todo aquello, decidí tomar el control y comenzar mi travesía. Me levanté penosamente, de nuevo no sabía con exactitud a dónde dirigirme, mis pensamientos estaban confusos. Caminaba a paso lento por la banqueta siguiendo la circulación, me detenía y continuaba, volteando en todas direcciones. De un momento a otro me descubrí yendo hacia el metro Universidad por la ruta mil veces transitada, andando por el camellón en frente de “Polakas”, la Filmoteca, ahora estaba también el CUEC. Algunos cambios no habían sido tan malos, cavilé.

 Dos búsquedas guiaban este “viaje” como hilos conductores. La primera, conectada con el camino cartográfico, estaba relacionada con los recuerdos y, por ende, las sensaciones que los acompañaban, de todos y cada uno de los recorridos por aquellos caminos. Era como regresar al útero, necesitaba seguridad, confort, alivio. Todo eso estaba en mi memoria, física y mental, porque mi cuerpo era quien me conducía a pesar de estar bajo un férreo control mental. La “otra” búsqueda iba directamente a los hongos, el mapa de todas las experiencias con enteógenos, la necesidad de curación, de catarsis. Mi mapa personal, si se le puede llamar así. Sin embargo, eran hongos cultivados y secos. ¿Cómo podrían ser enteógenos en el estricto sentido del término? Me estoy clavando en la textura, pero presentía que debía ser de esa forma: Con los hongos frescos recolectados en el monte por una honguera, porque por alguna poderosa razón siempre son mujeres las que realizan esa crucial labor. Las hierberas, las brujas, las chamanas.

En fin, ahora eran otras las circunstancias tanto en el mapa personal, como en la cartografía recorrida. La Ciudad Universitaria paulatinamente se iba transformando en un espacio privado: rejas, alambres de púas y en el menor de los casos, puertas colocadas a la fuerza, bajo cualquier pretexto. Porque pretextos sobran para justificar cualquier acción o reacción ante el entorno hostil impuesto. Y la mejor justificación es el miedo. Yo mismo sentía miedo. Un miedo inefable al ver esos caminos solitarios, cercados, obstruidos violentamente por un juez todopoderoso. La bella arquitectura moderna que consiguió convivir con aquel entorno natural, mutaba en una locación extraterrestre de película de ciencia ficción o un campo de concentración. Alguna vez, en un potente “viaje” con un “derrumbe”, el cual pasé casi por entero frente al Instituto de Química, imaginé estar en un país europeo, conocido solamente en las películas, algo que bien hubiera podido salir del neorrealismo italiano. No podía asimilar lo que sentía al contemplar aquel viejo plano, dentro de mí, promesa de un futuro que no concordaba con el presente ante mis ojos.

Pasé delante de las horribles construcciones, como sobrepuestas, tanto en el estacionamiento de la Tienda UNAM, como frente al paradero del transporte universitario, donde se encuentran los “Bigotes” —como le dicen a las alargadas esculturas de Mathias Goeritz—. Uno de esos tantos jardines donde nos tomábamos un descanso echados en el pasto o, por qué no, una caguama y un porro, también cercado. Me vi obligado a continuar un “viaje” abstracto de coordenadas desfasadas entre el espacio-tiempo, interior-exterior, público-privado. A la izquierda el camino de la Facultad de Ciencias me daba una perspectiva incierta por dirigirse al interior. En el rebuscado ejercicio de racionalizar la situación, temía encontrar a personal de seguridad, poder llegar a ser detenido por estar drogado o simplemente ser increpado, pero lo cierto era también, dentro de esa intelectualización, había un miedo irracional a encontrar a cualquier “otro” en ese entorno, antaño tan familiar, ahora trastocado por algo que no puedo entender o no quiero hacerlo. Porque frecuentaba esos caminos precisamente por su aparente soledad, pero realmente nunca han estado solos. Siempre ha habido por ahí un trabajador, una pareja paseando, un pacheco deambulando…

A lo largo del circuito encontré muy pocas personas, una familia con niños, tres ciclistas, una muchacha con sombrilla, hasta llegar a la Facultad de Medicina. Marcado contraste con la zona cultural. También gente distinta. En la arboleda entre la Facultad de Odontología y Medicina, distinguí a la banda de “Santocho” —barrio bravo vecino y una de las dos colonias más grandes de la ciudad, el Pedregal de Santo Domingo—, cotorreando, sempiternos, en ese mismo sitio desde tiempos inmemoriales. Luego Química, ahí tanto mi cuerpo como mi mente estuvieron de acuerdo en hacer una pausa al pie de la Torre II de Humanidades. Mi mente jamás dejará de admirarse con aquella vista, aunque el gran mural de Medicina estuviera en restauración y no pudiera verse. Mi cuerpo disfrutaba los postreros estertores de añoranza, de saudade. Bellísimos espacios abiertos, las plazas de la Universidad, dispuestas en terrazas entre taludes y escalinatas, espejos de agua, arboledas y jardines, bordeados de las magníficas edificaciones de amplios ventanales. Las Islas, la explanada de la rectoría, el Estadio Olímpico y por supuesto la joya de la corona, la Biblioteca Central.

Además, era domingo de partido de los Pumas. Los Tacos de canasta y los raspados, los chicharrones, los dulces y cigarros. La gente paseando a sus perros, jugando una “cascarita” o simplemente retozando en aquel peculiar parque “público” que son Las Islas, mucho más encantador que el mismísimo Chapultepec.

La Facultad de Arquiternura, Filosofía y hierbas, Economía y Derecho. No eran los edificios, los recuerdos, o lo que simbolizaran para mí todos esos espacios la razón de mi emoción, del bienestar. Era algo más, igual a la satisfacción física de comer unos tacos de canasta, de alimentarme, por un bajo costo además. La Universidad siempre fue completamente gratis para mí. Recuerdo la huelga de 1999, no sé qué hubiera pasado si no la hacemos. Iba en la “Prepa 5”. Me refiero literalmente a no saber qué hubiera pasado de no poder comer esos cinco o tres tacos por diez pesos para quitarme el hambre entre las clases. Esto no es una ficción, estoy yendo demasiado lejos en la digresión. No había claridad mental en mí, pero me sentía bien conmigo mismo y eso estaba bien.

Era hora de regresar. Apunté a otra de esas rutas trashumadas  —si me permiten la imagen—, esta vez por la Facultad de Ingeniería. Conozco C.U. como la palma de mi mano, sin embargo, muchos caminos habían sido cerrados. Eso sí, no era extraño encontrarse algún trabajador lavando su coche particular o utilizando las instalaciones a sus anchas, como en el estacionamiento por donde pasaba, antes de llegar a los frontones, rumbo al Anexo de Ingeniería, donde además me topé con otra improbable reja, alta, extensa, extrañamente con una puerta abierta, no precisamente invitándome a pasar. Toda el área verde al costado sur de los frontones, también usada tradicionalmente para descansar, beber y fumar, estaba cercada, no sabía si podría continuar mi camino hacia la Facultad de Contaduría y Administración. El viaje se aproximaba a su final, llevaba un largo rato filosofando alrededor del espacio, entonces, inferí que lo conseguiría, por un lado o por el otro. El miedo menguaba con la aceptación de aquella “nueva normalidad”. Nueva sólo para mí. Pero a final de cuentas era mi mapa el que estaba recorriendo contra sus divisiones políticas, cartografía artificial o artificiosa en la peor de sus acepciones. El eterno dilema del progreso, del cambio. Y no se trata únicamente del clásico “todo tiempo pasado fue mejor”, aunque realmente sí lo fue. Otros dirán: el problema es la droga, el narco. Al menos en mi experiencia eso nunca nos causó problemas. No voy a politizar este “viaje”, solamente hablaré de mi paso por la Universidad como consumidor de marihuana (y otras substancias ilícitas), en el cual, como muchas otras personas, también las externas a la institución, compré y fumé en todos lados. Ahí mismo en los frontones, en Filos por supuesto, Las Islas, Polakas. Conocí distribuidores, escuché y viví todo tipo de historias, caí preso. Efectivamente, en todo momento a lo que debía temerse y nos puso en peligro fue la policía, los “judas” en aquellos tiempos. Porque la policía siempre ha estado dentro de la Universidad. Qué “mal viaje” ¿no? En fin, es otra época. Nuevas generaciones. La marihuana tiene muchas variedades y es demasiado potente para mí. En ese caso prefiero los hongos, pero frescos, o ya de perdida en miel, pero no los cultivados. Algo pasó con estos hongos, tal vez simplemente fue mi “viaje”  —como suele decirse—, no era lo que yo buscaba, pero estuvo bien, me gustó, me ayudó. Fue un buen “viaje”. Y para todos aquellos que opinan debí comer la dosis completa, me parece tienen en mente algo más del tipo del chocohongo, porque desde mi punto de vista, es para lo que funcionan mejor esta clase de hongos, entre otras cosas, por supuesto, pero tampoco estoy buscando un tratamiento de micro dosis para la depresión o algo por el estilo. La herbolaria también tiende a industrializarse, lo cual no está mal, sin embargo, en algunos casos, el fin sí justifica los medios. En conclusión: el error fue mío, lo acepto.

Salí por un atajo entre el Anexo de Ingeniería y la Facultad de Contaduría, donde corre un tramo de la ciclovía, luego fui a lo largo del circuito rumbo la Tienda UNAM para poder llegar al metro. Caminaba satisfecho y calmo en el camellón, entre los liquidámbares, tan parecidos a los arces por sus hojas puntiagudas y ambarinas, observando también las jacarandas que todavía pintaban un poco el asfalto con sus escandalosas flores lilas. La cultura está repleta de lugares comunes, clichés. Los medios de comunicación actuales los han malbaratado, por eso es cada vez peor caer en ellos, sin embargo, disfrutaba en exceso el sol del atardecer sobre mi faz, cayendo encima de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel. Ese tramo a un costado de la Facultad de Ciencias es particularmente apacible. Una pareja recostada en el camino. Te extrañé. Sí, tú eres la verdadera razón de todo este “viaje”. Otro lugar común, quizás. Lo último que sobrevino fue pensar en Carlos Castaneda: en el último capítulo de su popular Viaje a Ixtlan, Don Juan le dice que todos en su viaje de regreso son fantasmas, sombras podrían ser a su vez, parafraseándolo. Ahora sí tenía la canción en mente, sonando en la versión “desenchufada”, tan popular en aquellos tiempos, cuando escuchaba Comfort y música para volar, una y otra y otra vez en un tocacintas portátil todavía de regreso a casa. La genial letra de Gustavo Cerati resonaba en mi mente dándole un precario significado a mi “viaje”:  —aún tengo al sol para besar tu sombra— decía. De nuevo, el error había sido mío…

Fin del viaje.

 

 

 

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