Araya: Los rostros conocedores del recurso natural

Por Sergio E. Cerecedo

 

En estos días en las redes sociales es abrumadora la post verdad y el odio con que mucha información es manipulada con fines políticos, el deseo de ganar y de ver quién opina más alto en lo que concierne a conflictos sociales e internacionales que derivan en lo bélico, nos nubla mucho la visión y nos lleva a veces a no escuchar a quienes lo viven de cerca o a quienes incluso han salido de su país para salvaguardarse. Es por eso que en el tiempo presente me viene la necesidad de levantar los dedos y decir “pidos” como lo hacíamos en la escuela primaria en medio de un juego o partido de deportes para llamar a una tregua, ganas de observar el patrimonio de una nación por lo que su naturaleza brinda pero también por su gente llena de vivencias, anécdotas y evolución constante. Hoy elijo voltear a ver otras batallas y escrituras de la historia: las del cine de Venezuela.

 

Venezuela tuvo una relación muy cercana con México durante la época de Oro de nuestra cinematografía, figuras como Rómulo Gallegos vieron adaptadas sus novelas en co-producciones mexicanas y precisamente la adaptación de obras de teatro y novelas dio mucha tela de donde cortar a la creación cinematográfica de ese país posterior al auge petrolero. Dentro de esta industria y narrativas que se empezaban a cimentar y comenzaban a tejer una identidad con sus convenciones, surge Margot Benacerraf (Caracas, 1947-2024), quien tenía muchas inquietudes sobre la realidad social de su país y sobre el lenguaje. Estudió tanto literatura como filosofía y, posteriormente, cine en Francia.

 

Margot dirigió el cortometraje documental “Reverón”, el cual retrata las anécdotas de un renombrado pintor.  “Araya”, por su parte, se erige como una película con una narrativa menos convencional que las de la época y como la primera que llamó la atención en el mercado internacional llegando a Cannes y ganando el premio FIPRESCI, por ello, a continuación nos adentraremos en su historia, intenciones estéticas y lenguaje.

 

Desde los primeros momentos en los que observamos paisajes naturales, el narrador se esfuerza por no sobreexplicar lo que la imagen está mostrando y aunque a veces lo hace —sobre todo en el segundo tramo cuando acompañamos los oficios y tareas de la gente de la salinera y pueblos aledaños—, su tendencia más bien es la de la reflexión poética y la interpretación reflexiva, así como en la primera parte nos comparte la memoria histórica del lugar como bastión asediado por los piratas, historias a las cuales las imágenes sirven de memoria viva en el inicio del metraje, ya que en los primeros diez minutos observamos la naturaleza del lugar, desde presenciar ola tras ola, gaviotas y la aridez de esa playa, hasta ver la espuma blanca que resulta en sal, el recurso que rige la actividad económica de la zona y la vida de las personas en el momento en el que la película la retrata..

 

La inicial observación natural da paso a la primera aparición de personas en pantalla, mostradas desde muy lejos, para cuando nos acercamos lo primero que vemos es un grupo de cuerpos curtidos por el sol, con poca ropa y con una carga pesada en sus hombros, las “maras” o cestos con las que cargan la sal del mar que se vende en los pueblos y ciudades y que en otros tiempos funcionó inclusive como moneda.

 

La estructura de la película y los lugares que nos muestra son causa-consecuencia de la cadena de necesidades de las personas entre la extracción y comercialización de la sal, la pesca y la necesidad de traer vegetales de otros lugares debido a la infertilidad de la tierra. Aunado a esto también vemos a una artesana de las arcillas y su camino de maquilar algunos jarros y vasijas para guardar lo que se produce. Todo, repito, en una cadena de causa y consecuencia que rara vez nos detenemos a estudiar.

 

El tejido social de la salinera y las poblaciones de donde vienen los trabajadores está formado de familias que se suceden el trabajo: los hombres en la recolección de la sal y las mujeres en el empaque del producto, aún con el retrato de familias muy tradicionales, las imágenes no escatiman en mostrar que el trabajo es parejo con remuneración o no, que en las actividades como la venta y comercialización la mujer juega un papel fundamental en ese presente, muy fijo , pero muy activo.

 

Además de Araya, se muestran los pueblos de Manicuare —mencionado en las canciones populares de la banda sonora— y el Rincón; en cada uno de ellos se comparten momentos de diferentes familias trabajadoras y se les acompaña fuera del trabajo, es notable una secuencia donde se nos muestra un cementerio a la orilla del mar y el fervor de una abuela y su nieta por decorar las tumbas de sus familiares con lo que les da la flora y recursos del lugar a falta de flores, una metáfora poética que usa mucho en su estructura de montaje.

 

Dentro de su hechura sencilla, Benacerraf se decide por cámara fija la mayor parte del tiempo, no inquieta el encuadre si no es necesario pero no por ello deja de confiar en que dentro de sus planos hay pleno movimiento, el retrato de gente que rara vez descansa es llevado a la imagen con perspectivas muy bonitas y variadas, desde arriba, desde abajo, ventanas hacia afuera y ventanas hacia adentro, algún paneo de vez en cuando que dé una variación, pero más bien escoge que los personajes lleguen a la cámara, anticipar acciones que se nota que observó meticulosamente. Deducimos también por el final de la cinta que parte del deseo de retratar esta realidad puede estar permeado por el pensamiento de que esta manera de vivir pronto desaparecería o cambiaría por la industrialización, y aunque el pueblo sigue trabajando en la sal, Araya ha pasado a vivir más del turismo.

 

 En la parte sonora, aunque hay muchas escenas que se notan reconstruidas de grabaciones por separado en una especie de collage más expresivo que realista y hay muchas tomas de fauna, mar y paisaje que carecen de sonido directo, la música original da un ritmo particular a las diferentes secuencias y el acompañamiento eventual de los cantos de la gente de la región incorporados fuera de cuadro —les vemos gritar y pregonar para vender, pero nunca cantar— contribuye también como un mosaico de las artes sonoras y narrativas cantadas del mismo pueblo, pues en sus caras a medio trabajo no vemos demasiadas expresiones alegres, incluso en los niños, sin que tampoco se vire el enfoque hacia un sufrimiento periódico, sino un estoicismo venido de las mismas condiciones de trabajo y vida.

 

Esa frugalidad con la que se enfrentan los pioneros en habitar por primera vez una tierra, en crear una estructura con lo que se viene es lo que cuando nos ha ido medianamente bien en la vida olvidamos al ya haber crecido en familias con un camino sólido y respaldo de generaciones anteriores que sí lo vivieron. Si lo vemos en contexto, creo que ver esta clase de películas es importante para recordarnos por qué el recurso material es importante, cuál es la verdadera tesis y razón de ser de leyes como el mentado y menospreciado artículo 27 de nuestra constitución mexicana, dónde nos tocó vivir y cómo hemos crecido a partir de los recursos encontrados, de la facilidad o dificultad para explotarlos, y de las actividades que idearon, vivieron y ejecutaron las personas que muchos conocimos ya en su vejez y periodo post jubilación. Nunca sabemos cuándo el retrato de la inmediatez se pueda volver material histórico, y aquí sucedió, firmando una pieza poética, importante y con convicción.

 

Margot no tuvo una filmografía demasiado extensa, pero el impacto de su primer y único largometraje le llevó más a la docencia y a la creación de la Cinemateca Nacional de Venezuela y de varias muestras y festivales que llevaron un intercambio cultural a la gente de su país, así como educación y difusión hacia las artes audiovisuales de su país.

 

 

 

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Un comentario

  1. Hola. Araya es una gran película y vale la pena seguir escribiendo sobre ella. Solo es necesario precisar que Margot Benacerraf nación en 1926 y no en 1947.

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