Por Sergio E. Cerecedo
El Quijote ha sido el gran reto inadaptable y maldito del cine para más de uno; Orson Welles nunca pudo concluir su encomienda y a lo mejor, si somos muy supersticiosos, podemos decir que el presente film fue concluido gracias a que nunca fue precisamente una adaptación. Y aun así, gran parte del público adepto sabe ya de sobra lo difícil que fue para Terry Gilliam levantar este proyecto, pues durante casi 20 años tuvo que pelear con cancelaciones, recortes de presupuesto, deserción y muerte de algunos de los actores elegidos. La mayor parte de esto se conoce mediante el largometraje documental “Lost in La Mancha” de 2002, hecho con el material recogido como detrás de cámaras.
El proyecto revivió gracias a inversionistas españoles e italianos y se anunció un nuevo rodaje, causando tanto expectativas por un nuevo objeto de culto, como incertidumbre por un producto que se realizaría casi 20 años después de lo planeado. Y aunque la película tiene sus virtudes, está lejos de ser un punto alto de la filmografía del director, pues toda esta demora en logística sin duda afectó la realización, y esta diferencia entre tiempos de concepción y producción provocan que la cinta se sienta accidentada y falta de ritmo.
La trama gira alrededor de Toby, un realizador de comerciales que dirige una campaña de promocionales turísticos a grabar en la región de la Mancha; todo parece ser nuevo para él hasta que un día encuentra de forma casi fortuita un ejemplar de “El hombre que mató a don Quijote”, su película de titulación de la universidad, recordando con ese hallazgo su primer viaje a ese país, donde durante el rodaje vivió un amor platónico y una buena amistad con los pobladores que volvería sus actores, aunque esto al final no tuvo buenas consecuencias. A partir de este reencuentro, Toby irá a la búsqueda del actor que él escogió como Quijote y que terminó por enloquecer y pensar que él era el ingenioso hidalgo, recorriendo ahora los prados queriendo impartir justicia como aquél personaje literario, lo que servirá de detonante para que, intentando hacer a Javier —el zapatero que eligió como actor— recobrar la consciencia, se adentre de nuevo en la historia del pueblo y en terrenos emocionalmente dolorosos para él.
Terry Gilliam siempre ha sido un cineasta de marcado contenido humano en sus historias que casi siempre tienen la fama de ser opacadas por el aspecto visual; en muchas de sus obras podemos ver personajes perdidos en distopías o sociedades de las que necesitan escapar con su imaginación o cómplices que sigan sus impulsos rebeldes. Dicho esto la premisa de cine sobre el cine matizada con ensoñaciones del realizador parecía ideal para que Gilliam tomara vuelo haciendo una vez más una borrosa línea entre realidad y ficción, pero aunque con cierta simpatía, la historia no deja de sentirse desarticulada y es en los momentos de mayor cercanía a la fantasía que todo se siente narrado con timing y sin tantos clichés, llegando a ser hilarante y emocionante como en sus viejos tiempos: la persecución de la inquisición a los refugiados musulmanes, la aparición de los gigantes, entre otros momentos.
Pero se siente fallido por cierta indecisión por los géneros cinematográficos, pues no resulta ni de aventura (pocas hazañas) ni de comedia (el humor a veces no es suficiente); la técnica también otras veces sorprendente, esta vez es demasiado inocua, la fotografía está lejos de captar el mejor ángulo de todo, igualmente la música con sabor hispano de Roque Baños que pretende ser tan estrafalaria como lo que el difunto Ástor Piazzolla compuso para “Doce monos”, pero se queda en lo meramente exotista.
El diseño de producción esta vez no se enfoca tanto en la fantasía, sino en una especie de realismo mágico más mesurado que antes, lo cual tiene sus momentos de lucimiento —las mojigangas sonrientes de fiesta patronal—, pero en conjunto, las escenas se sienten fuera de ritmo, nada frescas y a pesar de que los actores brindan autenticidad, la puesta en escena se siente sin propósito, el juego de máscaras que pretende ser divertido termina por ser vacío inclusive cuando sus excentricidades dan para mucho (Las apariciones de Óscar Jaenada aka Luisito Rey como un gitano relajiento con cierto aire místico); los roles femeninos muy poco definidos la misma Olga Kurylenko termina por saber a poco pese a la picardía que le quiere imprimir a su personaje, inclusive la misma Dulcinea resulta poco inspiradora y la parte romántica muy débil y mal llevada, pues parece más bien un intento débil de simbolizar los sueños del autor y cómo estos se pierden por el deseo de fama y fortuna.
Con todo, hay secuencias que tienen su corazoncito y es muy lindo ver a Jonathan Pryce años después de “Brazil” repetir con Gilliam en un rol entrañable y que nuevamente le pone entre la locura y la consciencia, a pesar de lo poco inspirado del pietaje final, da lo que puede igual que el resto del plantel, en un guion falto de verdadera locura, el pasar de los años le quitaron lo fresco y delirante que sí fue “El imaginario del doctor Parnassus” y lo realizado la primera década del nuevo siglo. Esperemos pronto ver a Gilliam con nuevo brío y una mayor inspiración que merezca tan esmeradas escalas de producción como ya sabemos que lo puede hacer. Y es momento, con su pasado homenaje en una de las ediciones del GIFF, de revisitar su obra completa y observar su sello tanto en lo más logrado como en sus obras menores.
