Por Sergio E. Cerecedo
De decir verdades personales sin llegar al chisme, el culto por Charlie Kaufman es algo que conozco desde que empecé a leer sobre cine; los medios se deshacían en elogios por el entonces sólo guionista y productor, que empezó escribiendo para Sitcoms y luego brincó a un estilo más experimental, que también ha llevado al extremo en sus películas como director. En los trabajos donde su pluma hace de las suyas podemos ver como temas y obsesiones constantes el rompimiento de las relaciones de pareja y la vida posterior a ella; los recovecos del inconsciente y cómo seres con existencias que no les satisfacen se ven envueltos en realidades alternas, posibilidades de borrar personas de su memoria y el eterno tema de la soledad humana como cruz y maldición, único camino de vida en algunos casos.

Charlie Kaufman (2020)
¿Azotado? Sí ¿Aburrido?, como todo, depende de nuestros gustos. En mi caso diría que no, salvo algunos momentos de sus películas donde su experimentación en el guion se torna en un camino un poco plano en la dirección, como sucede quizá en la primera media hora de esta película, I´M Thinking On Ending Things, sin que eso le quite lo interesante ni que nosotros, aunque no nos guste ese estilo, dejemos de ver como algo intencional para sentir la película como la conciben sus creadores.
El título se refiere a la intención de la protagonista, una mujer envuelta desde poco menos de dos meses en una relación con un hombre culto y atento, pero sumamente traumado, quien parece retraído durante el camino a visitar a los padres de éste en una granja. Totalmente transcurrida dentro de un auto, la primera media hora da cuenta de las cualidades introspectivas y el intento de química entre ambos que a veces parece tedioso de tan estable, cosa que nos da pauta del porqué ella quiere terminar su noviazgo, dejando claro desde ya el punto de vista en el que no siempre dos buenas personas hacen una buena pareja.
Una vez en la granja y conociendo a los padres de Jake, los recovecos de la relación de pareja se tornan terroríficos, descabellados y brutales. Y no por los hechos en sí, la manera de contar los traumas, secretos escondidos y vergüenzas generacionales recuerda por momentos casi al terror y el espectador seguramente se preguntará si no leyó en algún lado de la sinopsis si se trata de un drama criminal donde la locura llevará a lo más atroz. Pero no es así, lo criminal son las huellas de la vida que jamás sanan siendo hechos tan sencillos como las relaciones humanas de cada día. ¿Por qué le pesa tanto si llevan tan poco tiempo de ser pareja? Puede ser por el peso previo que ella arrastraba, o porque es la primera persona que le trata como se merece… queda a la interpretación, para bien y para mal.
Por su parte, los padres se comportan de una manera errática; a momentos parecen dementes seniles, en otros sarcásticos y a veces simplemente personas que han sufrido mucho y no son muy conscientes de sus emociones. El caso es que ella se encuentra incómoda y con su deseo de irse es que empieza a navegar en los recovecos de esta fuga, donde no sabemos si está alucinando o si es parte del alucine de alguien más, encontrando en un rincón oscuro cosas que no comprende y que le cuestionan sobre el propio estado de su mente en ese lugar.
Conforme avanza el metraje, la frontera con la realidad no se difumina a través de monstruos, alucinaciones con fantasmas o similares, sino con el mismo montaje y el comportamiento de los humanos alrededor, desapariciones esporádicas, acrecentadas por el sonido del viento gélido y algunos diálogos que parecen intencionadamente sonorizados para que veamos que la protagonista está dejando de entender las palabras que salen de la boca de sus extraños huéspedes.
La presencia de las ráfagas de nieve o la misteriosa heladería en medio de la carretera, con sus estrafalarias empleadas, enrarecen una atmósfera que llega a un final que a ciencia cierta trata de romper con algunas reglas narrativas en pos de la visceralidad ¿Es tal el dolor de la separación posible o imposible en ese momento que nos lleva a escapar hacia diversos mundos alternos donde no hacemos más que visualizar, hacia el futuro o en el pasado, otro problema?.
Es por eso que en esta película el tiempo brinca caprichosamente, tal vez sea la proyección a futuro y pasado que creamos en nuestra cabeza por querer darnos una explicación acerca de la vida de la pareja ¿Cómo fue su pasado para que su carácter y visión del mundo fuera así?, tomando el camino de las “fugas psíquicas” que tanto gustan a gente como David Lynch. O tal vez Kaufman fugó a la película de la realidad por nosotros, ante algo que en su momento es tan doloroso que, como cuando pausas una película frente a una escena fea que no quieres ver, le cambia la edad, el nombre y la identidad a su personaje, trata de sacarlo de ahí para no ver su propio destino.
Debo decir que de todas las películas de su autor, es la que más se dedica a explorar las cosas desde el miedo, generando a su vez miedo al espectador. De hecho, tengo entendido que el material original es considerado de horror psicológico. Y esa sensación de temor es narrada a través de romper el tiempo. Desde el tiempo que esperan para pasar una vez que han saludado por su ventana a la madre, si el Nolan de Tenet intentaba —cada quien puede juzgar con qué nivel de fortuna— dar vueltas al tiempo y a su manera de transcurrir e incidir en el desconcierto del espectador, aquí se presentan personajes que sacuden y desconcentran a la protagonista al cambiar de apariencia, aparecer y desaparecer, hacer y decir cosas que no creen haber hecho, abrazar la locura sin intención de hacerlo.
Por supuesto que la parte técnica contribuye a este logro, pues el diseño de producción, al principio muy sencillo, después detallista y onírico, pule este sello de la estética del autor, con momentos como la concatenación de objetos y de caras similares —inolvidables las máscaras de “¿Quieres ser John Malkovich?”—, y las ya mencionadas referencias a las artes escénicas o hasta un bote de basura lleno de elementos repetidos que tiene ahí algo de simbólico. El uso de la luz es algo esperado, y a la vez no, de Lukasz Zal (Ida, Cold War), pues es el primer largometraje conocido fuera de Polonia donde le vemos usar color. La gelidez de los exteriores y el raro tono madera de los interiores nos llevan a ése lugar en el camino donde no sabemos quién está perdido.
En el sector actoral la presencia de Jesse Plemons nos da una pista, por el parecido físico y el comportamiento del personaje principal, de que probablemente el papel fue escrito pensando en Philip Seymour Hoffman. Las actuaciones dotan a todos los personajes de una visión muy particular de la alegría; aún dentro de un estado permanente de negación de los problemas, ostracismo y pasivo-agresión que Jake parece querer reprochar a sus padres todo el tiempo, Plemons dota al personaje de esa ternura contenida cuasi infantil y de esos exabruptos y berrinches inherentes de alguien de esa edad que se suscitan entre él y la prestancia de Jessie Buckley, en una interpretación donde brinca con naturalidad y nervio de la ansiedad a la risa y de vuelta, y donde su desconcierto es también el nuestro. David Thewlis y Toni Collete hacen lo propio como los padres anfitriones, destacando también a los secundarios con importancia, en especial al conserje de una escuela cuya vida cotidiana contada en paralelo no hace sino enrarecer más el relato.
Kaufman ha encontrado la manera de configurar su universo estético con constantes tanto logradas como fallidas. Entre las logradas, la plasticidad del universo de las artes escénicas, si en “Sinécdoque, New York” se construía una ciudad a escala, aquí la presencia del teatro musical representa al inconsciente y a los sueños fallidos. De hecho con su influencia y contemporaneidad han nacido cintas como “Ghost Story” (David Lowery, 2017), y directores con quienes ha colaborado como Michel Gondry, Spike Jonze, el mismo Noah Baumbach y hasta los trabajos como directora de Greta Gerwig entran fácilmente en esta categoría.
En conclusión, el tercer largometraje dirigido por Kaufman da mucho para la interpretación, como para los sentimientos que salen de la pregunta ¿Por qué duele tanto no querer ya compartir mi vida con alguien o que alguien ya no quiera eso con nosotros? Desconozco el material original literario, pero puedo decir que en cuanto a la narrativa, no agradará a los más puristas de la estructura en tres actos, pero sí a quienes acuden a que le cuenten algo más a su capacidad de sentir y abstraer una película que a andarse preguntando qué entender. Lo mejor para un filme así es ser recibido como esos carteles con papelitos separados donde cada quien se lleva lo que quiere tomar.
