Petite Maman

Por Sergio E. Cerecedo

 

Entre las búsquedas y párrafos que le hemos dedicado a las películas de terror y fantasía con el motivo de la temporada de festejos a los difuntos y de recordar la mitología de nuestros países, quise dar una pausa a manera de bonus track, para ahondar en una película que también aborda el tema de quienes ya no están y de las partes del ser que también se han ido con el tiempo, recordando a la familia como un núcleo de apoyo más allá de los cánones sociales e institucionales y también con el grado de irrealidad que a veces nos gusta tanto enfocado en el deseo de conocer más de nuestros seres queridos con quienes compartimos tiempo limitado.

 

Es notable la primera secuencia donde seguimos a una niña en una habitación de un asilo de ancianos, ella ayuda a la anciana que habita ese cuarto a resolver un crucigrama, después se despide y se mueve al cuarto de al lado a despedirse también de otra señora y así sucesivamente, la cámara la sigue para finalmente llegar a un cuarto vacío donde permanece un momento antes de que su madre, que se encuentra guardando pertenencias de alguien ausente, le diga que tienen que irse. En los primeros minutos ya tenemos una muestra sutil y contundente de la ausencia y el camino para paliar lo que deja en la vida de quienes estaban cerca de ese ser que se ha ido.

 

La abuela falleció, y ahora Nelly y sus padres deben ordenar y escombrar la casa de su ser querido, quedándose a vivir en ella unos cuantos días. Pese a haber una relación bonita, noble y de cuidado mutuo entre la niña y sus padres, la madre se encuentra en crisis y pronto se ausenta, algo sin precedentes para la niña, que al no tener una respuesta clara de lo que está sucediendo se dispone a conocer nuevos amigos y lugares en ese campo tan bonito. En una de sus andanzas y a través del hallazgo de una bellísima choza hecha de hojas de colores otoñales y algunas ramas, encontrará a Marion, una niña con quién guarda un sorprendente parecido y cuya invitación a su casa le hará primeramente salir corriendo para luego abrazar el desconcierto de un hecho que parece irreal respecto a su nueva amiga y la mamá de ésta, mientras juegan juntas y se conocen más, ella piensa en su presente y futuro dentro de la madurez y golpe de realidad que le está dando lo que sucede en casa.

 

Esta anécdota aparentemente sencilla le permite a Celine Schiamma explorar sus temáticas recurrentes y desplegar estilo, aunque esta vez, como en un cuento para niños, se permite una claridad directa menos ambiciosa pero muy humana. Otra vez Claire Mathon propone una puesta en cámara dual, con el ojo en el otoño, el contraste entre naranjas y amarillos otoñales conversando visualmente con el entorno verde boscoso y el verde olivo del decorado interior, gran logro del departamento de arte. Y repito —y voy a hartar con este argumento—, Celine Schiamma algo tiene con los momentos de carácter efímero marcado, las vacaciones de verano, el tiempo que dura el encargo de pintar un retrato, y en este caso la visita-mudanza de las pertenencias de la abuela difunta, momentos destinados al final breve desde el instante en que se conciben, Nelly indaga en la infancia de Marion, en el grado de soledad de los tiempos difíciles, pero también en su resiliencia y su deseo de compañía. Todo esto con una forma de contarlo similar a la de la fábula o cuento de hadas, pero sin el peso de una moraleja evidente, por fortuna

 

El elemento fantástico del viaje en el tiempo y espacio y de la simultaneidad de la existencia ha sido muy explorado sobre todo por hollywood en contenidos también de buena voluntad, y más en el terreno del humor como las ochenteras Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985), Quisiera ser grande (Penny Marshall , 1988) o especialmente “The kid” (Jon Turteltaub,2000), que tienen en común el anhelo de cambiar el pasado o la representación de este en un presente donde un remanente de la infancia y adolescencia aparece para recordar que se ha olvidado lo que se quería durante la infancia. Como es ya común en el viaje exploratorio que emprendo con cada grupo de reseñas, mi búsqueda arroja pocos resultados con protagonistas femeninas, enfoque sin el cual no sería posible concebir a  “Petite maman”, pues se puede ver en su delimitación del tema que la emoción y el ir hacia ella y a la comprensión del mundo familiar y la necesidad de ser apoyada y apoyar, la que mueve a la protagonista a este viaje y a sus cuestionamientos.

 

¿Marion se volvió pequeña y fue consciente? ¿Ella vivió su propio viaje? ¿Todo es una imaginación metafórica? Me parece que al final no hay una respuesta clara y sus realizadoras y mentes maestras no tenían ganas de ello. Puede interpretarse de muchas maneras, pero para mí tiene mucho de la parte de un ser querido que encuentras cuando éste quiere ausentarse o no estar en sí mismo, ese ser que hay más allá del cambio de identidad que representó tener hijos, quien es en los otros aspectos de la vida y sobre todo, quien era cuando tenía la edad que uno tiene, qué estaba haciendo, qué decisiones habría tomado y qué parte ha dejado atrás con el correr de los años y las vivencias.

 

El sonido toma un papel minimalista y de mucho silencio e interiores, dándonos la envolvente de la parte natural también. Es un metraje casi ausente de música de no ser por una parte del inicio y una pieza electrónica muy en el estilo de Electric Youth y Desire, que aparece simbolizando el imaginario sonoro que se tiene del futuro y que en la vida de Nelly ya es música del presente, pieza que acompaña una secuencia de aventuras entrañable y muy linda.

 

El montaje parece emular el aire campirano en su estructura y esencia, es calmado, da espacio a la contemplación de las tomas, que son sobre todo fijas excepto por el ya mencionado inicio y momentos como el recorrido en lancha. Maneja ágilmente y sin aspavientos la brevedad en su duración, 72 minutos que se van como agua y que se hacen entrañables a través de las emociones.

 

De hecho también el tiempo fílmico que abarca la narrativa es quizás el más corto de sus últimas películas, puesto que la estancia en la casa de la abuela es de menos de una semana, aunque a diferencia de sus predecesoras, en esta ocasión el uso de la fantasía y realismo mágico es el que en esta ocasión elonga el tiempo y nos da la sensación de esta “visita casual entre épocas” como sucedía en “Medianoche en Paris” (Woody Allen,2011) donde no hay una transición de colores o música al saltar en el tiempo si no que todo es muy casual.

 

Por supuesto que en una película tan de personajes, el reparto es vital para que todo funcione, empezando por el encanto de las gemelas Sanz como seres llenos de ternura humana y travesura sin dar esa imagen Disney de persona perfecta, en sus juegos y complicidad hay histrionismo, hay deseos cumplidos como en toda buena amistad, pero también hay la extrañeza de quien se descubre forzando los límites de la realidad. Hay un cariño y una curiosidad que llevan a los personajes más allá de la muerte y del pensamiento lógico. Margot Abascal como la abuela tiene poco desarrollo, pues su personaje está más en la burbuja de los recuerdos y el conocimiento de ella es más como el de la madre de su amiga, haciendo un énfasis en el cuidado que procura a Nelly y Marion. Nina Meurisse como la madre transmite esa contención de la persona en luto que no quiere hacer sentir mal a sus cercanos. Stephane Varupenne como el padre/esposo tiene apariciones breves pero muy importantes, puesto que su manera de contemplar los sucesos y participar de ellos es de una ternura contenida muy interesante y es ejemplo de un personaje masculino escrito con tridimensionalidad y estando ahí como incidental para recordarnos de igual manera que su infancia fue determinante en que ahora se convierta también en un cómplice callado de su familia.

Schiamma en una entrevista afirma que en esta película existe, entre otras cosas e ideas,  un deseo personal de, dentro de la trama, traer horizontalidad a la relaciòn familiar entre las mujeres que se desempeñan en pantalla, de despojarles de una jerarquía de autoridad. Y en ese desarrollo es muy bello ver cómo abuela, madre e hija se conocen a diferentes niveles, como amigas y gente que se procura, cocinan, pasean, celebran cumpleaños y complementan sus entornos hasta llegar nuevamente a pronunciar la palabra que poblaba el inicio de la película, con dolor, pero también con la satisfacción de lo vivido, que deja más completo para abrazar el camino.

 

 

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