Por Sergio E. Cerecedo
Tal vez no quieran saberlo, pero uno de mis eventos canónicos de la secundaria fue el descubrimiento del cine independiente, especialmente el gringo, pues era el que más se comentaba y estudiaba, nombres como Richard Linklater, Jim Jarmusch y Gus Van Sant, entre otros, me dieron muchas ideas sobre las historias que no eran de gente rica o de hazañas extraordinarias o de fantasía, si no de gente común en las calles y sus problemáticas, algunas veces estrafalarias. De entre todos esos nombres y títulos hay varios que nunca llegaron a este lado y ni siquiera se subtitularon o doblaron,”Watermelon woman” es una de ellas y hoy en día salta a la vista su importancia dentro del panorama social y fílmico de esas épocas que mucho nos aporta también al presente de los temas que aborda.

Cheryl Dunye (1996)
Cheryl, una encargada de un videoclub de Filadelfia, que también hace videos para bodas y eventos sociales, con un deseo profundo de convertirse en cineasta y la facilidad que le da el poder adquirir películas a través de su trabajo, se obsesiona con investigar sobre una actriz a la que solo encuentra acreditada como “The watermelon woman”. De entre su búsqueda de hablar del olvido hacia las mujeres negras, encuentra ese legado específico en algunas películas de los años 30´s, le fascina verla en pantalla y más aún después de ver que no se le conoció mucho por su nombre, sino por ese apodo ofensivo que implica la relación entre la sandía y los afrodescendientes, sobre todo en la época del esclavismo. Pero esto es solo el punto de partida, ya que a cada paso hay más rasgos comunes entre ella y Fae Richards (nombre verdadero de la actriz), también más ganas de no hacer nada más sino dedicarse a sus filmes, un derrotero que nunca resulta fácil.
De película en película, nuestra protagonista se hace más preguntas y empieza a seguir una ruta que al principio parecía a ciegas pero que empieza en casa, con su mamá, y se direcciona pronto hasta coleccionistas de películas, académicas universitarias y, nuevamente vuelve a llegar a la calle, a la vida misma donde constatamos que la carrera artística es difícil de sostener y que la lucha del día a día a veces puede opacar el afán expresivo que llegamos a tener. En su búsqueda no solo encuentra información de la actriz, sino del contexto de la población afro en estados Unidos, los lugares para entretenerse y cómo muchas de estas actrices y cantantes se hacían conocidas en los bares y auditorios pequeños, como llegaban a tener papeles en cine que eran casi siempre secundarios y muchas veces sin créditos en pantalla.
Paralelo a esto, Cheryl también tiene su viaje entre el mantener su trabajo del videoclub, darse una oportunidad sentimental con alguien que sus amistades desaprueban, cuestionar a su mejor amiga y a su vez necesitar de ella, y todas estas dificultades de las relaciones interpersonales que suceden cuando cambiamos a raíz de nuestros descubrimientos y vínculos, en los cuales hay encrucijadas que no podemos ignorar y nos acercan más a algunas personas o a nosotros mismos. Cheryl quiere en la verdad de los hechos encontrar también su verdad y libertad sobre su ser e identidad, pero en sus fuentes de información encuentra también un conservadurismo y cerrazón que ella quiere confrontar de forma directa y enérgica, lo que no le trae buenos resultados.
El tono de la película, igual que la investigación personal de Faye, fuera de las academias y pensando más en los indicios y el material puro que en los protocolos, es informal y divertido. Hay harto bufe entre la protagonista y las personas con quienes interactúa, unas bromas de risa loca seguidas de pláticas muy sarcásticas y conversaciones realmente duras, sobre todo en los momentos cuando su vida personal se trastoca. “Watermelon woman”, aunque no tiene un tono solemne, no para de recordarnos lo mucho que ser diverso a las mayorías nos cierra puertas y nos reduce el entorno de desenvolvimiento.
Las decisiones en el lenguaje directo y sencillo de la propuesta también alcanzan a sus soluciones técnicas y formales, tenemos cámara en mano, micrófonos de cuerpo visibles ante la cámara y una edición de las entrevistas no exenta de los momentos que normalmente serían bloopers, porque suceden errores, intervenciones y correcciones de la directora que normalmente se dejarían fuera del corte final. La hibridación entre imágenes venidas de diferentes formatos, como el documental hecho en video casero que Faye está haciendo, la recreación del material de archivo que Cheryl va encontrando y la película como tal, y ante todo la rústica combinación entre lo que se hace y lo que se dice, la forma sencilla y reportajística moldea a la búsqueda de la película y la convierte en una artesanía que no se pretende redonda, que es una explosión de ideas, conceptos y problemas que pueden venir por ser alguien que a todas luces es disidente y tiene una chispa que nos regala momentos entrañables: la entrevista a su propia madre; así como de risa: su visita a personajes poseedores de colecciones y acervos de asociaciones que resultan inesperadas.
La banda sonora es una combinación de clásicos funk R&B y de música electrónica. Es oscuramente divertido el momento donde una chica a la que sus amigas pretenden emparejar con Cheryl canta “Loving You”” de Minnie Riperton en el karaoke, encontramos también “Boogie Oogie” de A Taste of honey y algunas piezas electrónicas noventeras que nos dan cuenta del contexto de esta investigación y de las vidas que trastocan los hechos a través de las décadas
Hay en la cotidianeidad y búsqueda contada en “Watermelon woman” una importancia del origen en todo sentido, racial y fílmico a la vez; también en el sentido de la diversidad sexual personal, Dunye parece indagar también en la heterogeneidad de la comunidad y en el demostrarnos que no todas las personas se agrupan por sus preferencias, realza un rango más en el complejo tejido de la identidad.
Su relación con sus amigas está llena de burlas divertidas a lo que la sociedad pretende que sean, incluso en los momentos románticos, lo que Cheryl busca es compartir gustos y exaltar la propia felicidad que siente de ser quien es y venir de donde viene.
En un mundo cinematográfico donde el trabajo de cineastas como Spike Lee es muy popular, es imposible no encontrar similitudes en el desparpajo que se muestra en las relaciones amistosas dentro de los barrios trabajadores, incluso el paralelismo de su actriz principal dirigiendo y actuando es evidente un alter ego lleno de preguntas confusas sobre el microcosmos social al que se enfrenta cada día, así como también me lleva a ahondar en preguntas sobre los cineastas que comparten origen con ellos en esa época de los Estados Unidos u otros países colonizados
Es muy refrescante entre un mar de información, encontrar el retrato de un viaje personal y de identidad a través de los gustos e intereses, Cheryl se ve a sí misma en la actriz y cantante a la que investiga, ve en el olvidarla un claro caso en el que la sociedad no valora los esfuerzos o margina las causas importantes como también a sí misma, está pensando en su formación, su crecer, además de en cómo puede aportar a cada grupo social, etnia, comunidad y grupo que le ha dado todo.
Es probable que su final deje una sensación de inconclusión, de que no se permite llegar a un lugar con un cierre que deje boquiabierto o que la investigación de Cheryl haga una revelación morbosa o espectacular sobre la vida de Faye, sin embargo, como sucede en un tiempo donde el formato físico está siendo valorado y rescatado de entre los desechos en muchos casos —como trabajador del cine, sé que muchos documentales no se concluyen por la ausencia de fuentes debido a que se desecharon los archivos como basura desconociendo su valor—, esta película nos lleva a los tiempos donde la cámara y el celular no iban pegados, era mucho más caro hacer estos ejercicios y nos recuerda de los muchos lugares emocionales y personales donde los créditos de una película nos pueden llevar.
