Aníbal Fernando Bonilla
En Riobamba, ciudad emblemática para la ecuatorianidad, reposa en su majestuosa Catedral —situada frente al parque Pedro Vicente Maldonado— el Mural de los Pueblos Latinoamericanos (1986). El templo cuyos vestigios datan de la otrora villa en el siglo XVII fue reconstituido, luego del terremoto de 1797, hasta más allá de mediados del XIX, convirtiéndose en valiosa pieza arquitectónica, patrimonial e identitaria.
Pero, ¿qué motiva en sí estas líneas? El mural anteriormente mencionado, en donde se revela un bagaje sígnico que transmite el mensaje de equidad. La elección de colores, iconografía, y la disposición simbólica heterogénea en la contextura contribuyen a la resignificación de elementos que van más allá de la representación sensorial simple. Se aprecia la unidad en la diversidad. La riqueza del sincretismo cultural. La multiculturalidad. Las tradiciones y costumbres de nuestros pueblos oprimidos. La estética desbordada en la amplia composición visual. La variada interpretación semántica. La cromática fuerte y vibrante que refleja la manera del ser latinoamericano. La paisajística andina y tutelar. El imponente volcán Chimborazo. Los conflictos humanos. Las contradicciones y asimetrías sociales. La opresión institucional en Argentina en los 70 o en Ecuador en los 80 del siglo XX, que devino en víctimas y desapariciones forzosas. La impronta de Mons. Óscar Arnulfo Romero desde El Salvador, más allá de su asesinato. Las dicotomías elevadas a disquisición filosófica como la vida y la muerte. Los desposeídos de la patria grande. La mujer indefensa. El poeta, el revolucionario y el labriego de la tierra bendita en conjunción esperanzadora. La testaruda forma de asumir la lucha en favor del prójimo. La parábola bíblica como bálsamo de luz. El “cura rojo” que jamás se amedrenta a amenaza alguna derivada del poder, consciente de la condición de mártir. Dios en el centro multiplicando los panes, los peces y la fe. La bienaventuranza.
Esta obra artística de 5×8 metros —también conocida como El Cristo del poncho— fue donada por su autor, Adolfo Pérez Esquivel, quien fuera reconocido Premio Nobel de la Paz en 1980, a la curia como homenaje a Mons. Leonidas Proaño Villalba, figura emblemática de la iglesia viva. Ambos sostuvieron una amistad fecundada por la reflexión acerca de los más necesitados y por la apremiante obra salvadora. Proaño fue precisamente Obispo de Riobamba entre 1954 a 1985, legando una labor misionera ejemplar y de férreo compromiso de pastoral comunitaria, sobre todo, con el indígena, a través de proyectos palpables como la alfabetización. Militante irreductible de la teología de la liberación y portador del apostolado por la redención de los pobres.
Mural que dignifica a Proaño y a tantos otros profetas que entregaron su existencia por alcanzar la emancipación y justicia social.
Aníbal Fernando Bonilla (Otavalo, Ecuador, 1976). Máster en Estudios Avanzados en Literatura Española y Latinoamericana y Máster en Escritura Creativa por la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Licenciado en Comunicación Social. Docente en la Universidad Nacional de Chimborazo (UNACH). Ha publicado, entre otros, los poemarios Gozo de madrugada (2014), Tránsito y fulgor del barro (2018, 2025), Íntimos fragmentos (2019), las plaquettes Caminante extraviado (2024), Olvido después de la ceniza (2024), y la recopilación de artículos de opinión en Tesitura inacabada (2022). Finalista del Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero 2018, del III Premio Internacional de Poesía de Fuente Vaqueros 2023, y del XI Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador 2024. Columnista de diario El Telégrafo entre 2010 y 2016. Articulista de El Mercurio de Cuenca desde el 2022, y colaborador en varias revistas digitales. Participante seleccionado en el Taller de Poesía Ciudad de Bogotá Los Impresentables, entre 2022 y 2025. Ha sido invitado a eventos de carácter literario, cultural y político en España, Nicaragua, Argentina, Uruguay, Cuba, Bolivia y Colombia.
