Por Ivannia Victoria Marín Fallas[1]
Fuera, fuera ojos, nariz y boca.
Y en polvo te conviertes y,
a veces, en imprudente y oscuro recuerdo.
Blanca Varela
Pequeñas leyendas (Taller Rural, 2025), de Félix Alejandro Cristiá, es una compilación de relatos donde lo aparentemente inamovible —la calma, la rutina de la vida cotidiana— comienza a resquebrajarse, permitiendo que el caos se filtre hasta disolver toda certidumbre. Ese caos emerge cuando lo conocido se vuelve extraño, cuando los márgenes del mundo se desdibujan, se confunden los sentidos y los personajes experimentan la desposesión de sí, absorbidos y transformados por fuerzas que exceden las suyas.
Uno de los núcleos más inquietantes y sugestivos del libro es la representación de la naturaleza como una potencia predatoria. Lejos de funcionar únicamente como artífice de encanto o como víctima, lo natural aparece también como entidad que somete sin piedad, ajena a cualquier patetismo humano y a los valores trascendentes que suelen pretender distinguir el bien del mal. Entre estas presencias se advierten figuras zoomorfas que amenazan el orden humano, así como espíritus del agua, fuerzas implacables o seductoras imágenes convocadas por duendes y seres del bosque. Todas ellas conforman un folclore latinoamericano atravesado por ecos antiguos, que generan una tensión fascinante, la atracción hacia aquello que no puede ni debe poseerse, lo que hiere no sólo por su capacidad de daño, sino por la belleza rebelde —a veces grotesca— de ciertos personajes femeninos que se deleitan en la evasión, el ejercicio de su voluntad y su resistencia.
Desde hace mucho tiempo, la representación cultural de la mujer se ha enmarcado, muy frecuentemente, en la subordinación a una masculinidad que rige entornos violentos y competitivos. Tal principio se manifiesta en dos polos que conviven dentro del mismo imaginario narrativo, por un lado, lo femenino que refuerza y legitima el poder masculino —símbolo de orden, paz, corrección social y armonía ante la mirada del hombre—; por otro, lo femenino transgresor, asociado a lo salvaje, lo oscuro, lo malévolo, y a veces también a la fealdad, la seducción, la decadencia o la infertilidad. Como señaló Rosario Castellanos, la mujer ha sido “más que un fenómeno de la naturaleza, más que un componente de la sociedad, más que una criatura humana: un mito”[2]. En relación a lo anterior, el autor pretende generar una ruptura. Como bien dice “Nada tiene que ver esto con mujeres ávidas de resentimiento, buscando un sitio de aceptación; tampoco con wiccas o modas de la nueva era que ofrecen otro mundo sin auténtico compromiso”.
En este punto, resulta pertinente subrayar que muchos elementos de estos relatos, aunque insten a considerar otras formas de acercamiento y trato con la mujer, a cuestionar de manera crítica sus representaciones, remiten a la lógica del cuento popular, especialmente por la forma en que sitúan sus acontecimientos en un tiempo histórico que, sin ser primigenio, sigue siendo reconocible. Mientras el mito pertenece a un pasado atemporal, fundacional y remoto, el cuento popular se inscribe en un pasado histórico más cercano, ligado a la vida cotidiana de las comunidades. Desde esta perspectiva, figuras como Medea, Lamia o Lilith pertenecen plenamente al dominio del mito; en Pequeñas leyendas, en cambio, lo que se activa es el imaginario del cuento y la leyenda populares. Es en este entramado donde se inscriben las fuerzas que habitan los relatos de Cristiá, arraigadas en un pasado transmitido por la memoria colectiva y no en la temporalidad arquetípica del mito, aunque exista una relación de parentesco entre ambas formas de contar, evidente en las historias de este libro.
Además de referencias a divinidades de la cultura celta o grecolatina como Cernunnos o Hécate, pueden identificarse eventos arquetípicos de valor iniciático en relatos como “Las damas de ojos negros”, donde la actitud del protagonista le permite obtener la gracia de evitar la muerte, posible consecuencia del encuentro y la revelación de las criaturas de las aguas, símbolo de la matriz y de la totalidad de las virtualidades de la existencia[3]. Lo mismo ocurre en el relato “¿Cómo luciría?”, en el cual el protagonista adopta una postura respetuosa, reflexiva y silenciosa ante los misterios, ante la vivencia de lo sagrado, que le comparten las mujeres cuyas festividades resguarda la montaña.
Al recurrir al repertorio de seres y motivos como estos, el autor invita a cuestionar el valor que atribuimos a las creencias y virtudes impuestas, a la racionalidad que etiqueta y subyuga como máxima aspiración, y a la idea de un progreso sin alma que antaño desplazó a los antiguos dioses y marginó todo lo que representa la amenaza de la otredad. Estas tensiones sobreviven en narraciones arraigadas en la semilla del cuento y del folclore, en los dominios del bosque, del miedo y del caos, espacios donde la vida devora y es devorada, y donde ciertas conciencias pagan la deuda de haber creído que podían domesticar lo indómito desde una lógica egoísta que coloca al ser humano y su visión del mundo como centro absoluto, por lo que la lectura de estos relatos es una invitación a escuchar los susurros de la naturaleza —ese otro mundo que se resiste a ser subordinado— y a reconocer que en la extrañeza, en las entrañas de la oscuridad que tememos y que solemos visitar a tientas, a través de la imaginación y del sueño, también puede habitar una forma de verdad. Una verdad que no promete redención, pero sí revelación; que no ofrece consuelo, pero despierta.
[1] Filóloga y editora. Actualmente cursa un posgrado.
[2] Rosario Castellanos, Mujer que sabe latín (México: Fondo de Cultura Económica, 2010), 9.
[3] Mircea Eliade, Tratado de historia de las religiones (México: Biblioteca Era, 1972), 178.
