Por Sergio E. Cerecedo
Hace un tiempo me decía un amigo fotógrafo que uno de los lugares comunes a la hora de elegir un tema para realizar una película documental es el registro de la vida y testimonios de algún familiar que está perdiendo la memoria. Y es que sí, la inquietud por la memoria propia, familiar, social y estructural que podemos tener desde antes, pero que sobre todo pega a nuestros tiempos, es la base y motor emocional de muchos relatos. Así, igual que en “Abrir Puertas y ventanas” (2012), Milagros Mumenthaler (Buenos Aires, 1977) indaga aquí en la construcción de esa memoria propia, en la identidad creadora de imágenes y que a su vez busca lo que le falta a través de imágenes físicas que puedan reestructurar un poco de su mente y su vida presente.
La premisa nos lleva a la actualidad de Inés, una fotógrafa en camino de la publicación de su primer fotolibro; se está separando de Pablo en términos cordiales, y en esos iguales términos lleva su embarazo con la consigna de criar al bebé en camino juntos pero separados, se acompañan en lo relacionado con el cuidado de éste, pero ya sin ser pareja. Inés, su hermano Nicolás y su madre llevan una relación con subidas y bajadas, en un entorno de una desaparición nunca aclarada del padre y con la llegada de una posible solución forense a la incógnita del paradero, pues su desaparición se dio en los setentas durante conflictos políticos. La relación de los tres adquiere nuevos matices y los lleva a una confrontación personal respecto a lo añorado del pasado, lo no tan bien recordado y qué papel tendrá en el presente, si se conservará o se irá como en una venta de garage.
La historia brinca entre los pasados de la infancia y adolescencia de Inés y Nicolás y por ende la adultez temprana de su madre, sus estancias en una casa de campo con los primos y con el primer asomo de la ausencia del padre, de la reestructura de la vida y la tristeza; luego los tiempos donde Inés conoció a su ahora ex esposo y los tiempos presentes en su trabajo a marchas forzadas para publicar su trabajo y llevar su vida con calma y respeto a sus decisiones, que a momentos su mamá parece no compartir.

A nivel conceptual, el filme parece compartir la noción del tiempo perdido de Marcel Proust, ese observar y valorar los tiempos que ya no están. Pero con un dejo muy desagradable a momentos en los recuerdos, un sentir muy identitario pero desde la huella de dolor; aunque conforme avanza la película esto se suaviza sin dejar de mostrarnos los dilemas de la infancia y faltas de Inés, así como sus primeros asomos a los eternos conflictos adultos.
El montaje sonoro es sencillo y muy fluido con la imagen, casi imperceptible y con una propuesta discreta que parece emular a los espacios con la verosimilitud necesaria. Un ejemplo muy interesante es una secuencia donde en la casa de la abuela se escucha
“True Faith” de New Order, y un cambio en el tiempo de los sonidos a través de la radio, a un ipod en primer plano con un audio de ejercicios; se agradece que los saltos en el tiempo tengan variedad en los detalles que emulan pasado y presente, y no siempre al recurso del cabello y ropa de los personajes. Aunado a esto, escuchamos una banda sonora muy linda y emulativa de cada época donde encontramos tanto un tema de Daniel Melero —en sus versiones lírica e instrumental—, también uno de Neil Diamond en una bellísima secuencia de anhelo que incluye el viejo carro del padre. La música diegética está mezclada de una manera muy integrada a los ambientes tanto de campo como de ciudad.
Inés es un personaje que inicia siendo documentalístico, con fragmentos de lo que parece ser una entrevista sin interlocutor evidente; tenemos su mirada indirecta en primeros planos, hay un testimonio que mira hacia nosotros como si fuésemos quienes realizan ese registro curioso de su realidad, de hecho la película entera se percibe así, como un documental que acaba ficcionándose sin perder su similitud..
En el montaje podemos ver una ubicuidad de tomas, ideas y vueltas en el tiempo, y un ordenamiento respetuoso y a su vez juguetón del material, el cual da su ritmo incluso a una plática de chat bastante de valor per se, armando un metraje que valora el tiempo real, que lo emula, se sirve de él aún en los momentos que aparentemente parecen aburridos. Aunado a lo visual, “La idea de un lago” tiene un estilo de película familiar casera en concepto, pero con la estilización bella del material en 35 milimetros, eso sí, cambiando de tamaño de imagen, de aspect ratio, inclusive despojadas del sonido sincrónico, lo cual le quita vida —con toda intención— y lo lleva al terreno de lo abstracto, de lo incompleto también, como suelen ser los recuerdos.
Mucho del onirismo y valor de la parte visual se puede atribuir a la iluminación que no es preciosista sino inteligente respecto a la perspectiva de lo que se debe ver. Como podemos ver en una escena de niños jugando a las escondidas en la noche, con un uso muy divertido de la lampara de mano y un matiz valioso cuando vemos a Inés y Nicolás. A menudo, en esta secuencia y otras, se crea un juego de texturas que por fortuna está bastante lejos de un lucimiento técnico vacío, en cada secuencia se puede apreciar una selección minuciosa de elementos dentro y fuera de cuadro, la manera de transitar de los personajes por el espacio, todo parece muy planificado desde las emociones propias de la autora así como desde el trabajo en lenguaje audiovisual de las emociones y conceptos a transmitir.
En austeridad de elementos me recuerda a Rosetta (Jean Pierre y Luc Dardenne, 1999) con un estilo de película familiar casera en concepto, pero con la estilización bella del material en 35 milímetros, eso sí, cambiando de tamaño de imagen, de formato rectangular a cuadro, etcétera.

En general, encontré una película redonda con un montaje muy contemporáneo y orgánico, y si acaso la contemplatividad de los últimos cinco minutos sí me parece esteticista y que no aporta cierres ni soluciones al argumento, puedo sentir un afán de dirección en el cual no se quería ceñir a la estructura del conflicto que tanto se recalca que debe dar una estructura a un guion.
Aquí en este filme estructurado en instantes que valen por sí mismo, el momento de hija, hijo y madre es el que tiene su propio arco dramático de apertura, desarrollo y cierre, éste no es simétrico, es un conjunto de impresiones y a su manera funciona.
