Por Ernesto Contreras
¿Y quién no ama sin esperanza?
¿Y quién no merodea tus cementerios?
¿Quién no goza con ginebra barata?
¿Quién no tomó partido por Lucifer?
(Delirios Nihilistas, 2023)
Como Aníbal Malaparte ha dejado en claro en no pocas entrevistas, él llegó a la literatura por la doble vía de los poetas malditos del siglo XIX y los poetas revolucionarios del siglo XX. En más de un sentido, eso explica tanto la temática como el estilo de su poesía.
Su obsesión por Vladimir Maiakovski también se encuentra documentada en su propia obra. Maiakovski no es solamente un poeta que regaló a Malaparte una forma de entender la poesía relacionada con la iconoclastia y la militancia revolucionaria, sino que también regaló un estilo literario que solo puede ser comprendido al participar en la lucha de clases.
La burguesía,
el clero y la policía,
nos criaron con odio y mentiras,
inculcando hasta el cansancio
la idea de que somos prescindibles
¿es una sorpresa, que les devolvamos el favor?
(Conversaciones de odio, 2020)
Los poetas escriben sabiéndose de antemano derrotados. Es un conocimiento instintivo para ellos el saber su vida triste y su mala muerte, pero esta sabiduría intuitiva es una irónica melancolía que deviene en resistencia contra un sistema capitalista disfrazado de destino que ha decretado su derrota. Y así como el proletariado se transforma a sí mismo al tomar conciencia de clase, el versador se convierte en poeta al aceptar que incluso si va a perder no tiene más opción que luchar.
Esa y no otra es la rebeldía y la conjura existencial con la cual Malaparte escribe su poesía.
En ese sentido, la rebeldía es el consuelo de los rotos, los derrotados y los marginados, de todos aquellos que incomprendidos escriben poesía, se encapuchan y lanzan un coctel molotov a la policía.
¡Prefiero revolcarme con el cadáver de Lady Macbeth
antes de continuar esta venérea desventura sin gloria!
(Delirios Nihilistas, 2023)
Hay una oscura audacia en la poesía de Aníbal Malaparte. Es una mezcla de contemplación zen al mirar el capitalismo tardío en el siglo XXI que se apresura a su destrucción, como también de una rabia futurista producto de la angustia y la alineación ante las nuevas modernidades fallidas. Esto produce una desesperación inteligente.
Pero miras tu revólver y recuerdas,
que la poesía como la insurrección,
es el arte de aquellos
a los cuales la palabra no alcanza
(Conversaciones de odio, 2020)
La sombra del pasado influyendo en el presente es una constante en la literatura de Malaparte, con frecuencia encontramos epígrafes, cita y referencias a lideres revolucionarios o artistas del pasado en los cuales el poeta encuentra afinidades. Busca inspiración y causas que vengar para no sentirse tan solo y extirpado. Hay mucho desarraigo en el poeta de Xalapunk y en los largos años de lucha en los cuales se ha visto envuelto, que lo han llevado a ser arrestado, amenazado y torturado por la policía. En un país donde el ejercito impunemente desaparece a 43 normalistas y los medios de comunicación acusan a los desaparecidos de criminales… y todo eso mientras obligan al resto de los mexicanos (que son los que más horas trabajan al año) a sobrevivir con salarios por debajo del promedio mundial, la poesía de Malaparte aparece tanto como un acto de destrucción creativa como también acto de audacia desconsolada.
En el terreno de la intertextualidad, el poeta ha sabido hermanar su trabajo con el de una larga tradición de rebelión, ya que su capacidad de referenciar el trabajo de otros autores lo ponen si bien no con la misma fama, sí con el mismo talento de un Alan Moore de llenar su obra de sutiles advertencias de la inmensa cantidad de lecturas que el poeta ha acumulado. Esta capacidad de referenciar y reverenciar autores de forma abierta o velada permite una capacidad dramática llena de penurias, pero también de un odio ardiente e inapreciable imposible de sofocar.
Es por ello que el contenido literario de Malaparte deviene en una estética de discordias y rupturas. Aníbal entiende la poesía como una tragedia posmoderna, como un leninismo punk que no puede sino negar las convicciones de una burguesía kitsch y cursi. Esta poesía, que aspira a volarle los sesos a la cultura oficial que promueve un hedonismo sinsentido cuyo lema es “goza y transgrede sin que siquiera consideres la posibilidad de rebelarte”, reescribe la violencia y ambición de las vanguardias literarias en clave mestiza, proletaria y precarizada, es decir, en el mismo perfil social de miles de jóvenes mexicanos que como el poeta viven en carne propia la contemporánea descomposición capitalista (y con ello el ascenso de ideologías antiproletarias como el masculinismo, el anarquismo o los diversos fascismos).
El poeta, al reinventarse en poeta revolucionario, trae consigo el espectro de aquel proletario profetizado por Marx que no tiene nada que perder más que sus cadenas. Esta pureza nacida de la desesperación subvierte el ideal de eterna resistencia para exigir la construcción de la vanguardia revolucionaria aquí y ahora. Malaparte está obsesionado no solo con reconstruir la vanguardia literaria, sino también con la vanguardia proletaria. Esta obsesión encuentra una respuesta en su propia pregunta al cuestionarse a sí misma ¿es posible ser un poeta revolucionario sin ser al mismo tiempo un revolucionario?
Suelos de mármol,
sueños de invierno,
un templo profanado,
estrellas que se estremecen a la vista,
(efigies de un sol remoto)
una luna indiferente,
y un acosador del fuego
que recita al bardo inmortal
mientras ilumina el cielo nocturno.
(Lo que aprendimos de Ayotzinapa, 2024)
Esta estética de destrucción, este placer donde la violencia y el arte se estrechan la mano, fácilmente podría confundirse en una expresión fascista ante la cual nos advertía Walter Benjamín que organiza a las masas para permitirles expresarse (de hecho, exige se expresen) y al obligarlas a participar en este derecho niega cualquier posibilidad de transformar su realidad, mientras hace del arte una preparación para la guerra contrarevolucionaria (recordando al mismo tiempo que el reaccionario fascismo encuentra su fuerza al disfrazarse de revolucionario). Malaparte aborta esta estetización al escribir desde una dirección completamente diferente: desde la conciencia de clase, es decir, no desde la estetización de la política sino desde la politización del arte, escribe desde la voluntad utópica de liberar y desarrollar a la humanidad.
Nos grita
ne négociez pas avec les patrons. Abolissez-les!
Ella está llamada
a gobernar las cenizas desde un trono de ruinas,
a ser la dama de los huesos quemados,
del napalm y el odio de clase,
la veo y atisbo el futuro
y espero como un perezoso acuerdo
mientras enseño rudimentos del judo a los camaradas
a escuchar su voz de jazz.
(La asamblea de los fantasmas, 2023)
Esta es la fuerza que hace de Aníbal Malaparte uno de los más interesante poetas contemporáneos: suya es la visión y voluntad de reescribir el pasado y construir el futuro, así sea con la pluma o con la espada. En toda la poesía de Malaparte hay un anhelo vengativo, una necesidad casi patológica por destruir lo que alguna vez lo arruinó (incluso si este impulso termina en algún impasse que acabe con todos los implicados). Esto puede comprenderse fácilmente al preguntar en círculos de la izquierda revolucionaria por el poeta: sin profundizar en lo que no quiere contar cuando lo entrevistan, al escuchar a quienes lo conocieron antes de tomar el nuevo nombre con el cual es conocido, he hallado una historia de combates callejeros, huelgas, manifestaciones, tomas, paros, pero sobre todo delaciones y traiciones. México es un país de tragedias y tragicomedias, para un poeta que ha unido su suerte al devenir del comunismo mexicano, las puñaladas por la espalda que contra este movimiento han lanzado tanto socialdemócratas como anarquistas lo han llevado a adoptar un odio no solo político sino altamente personal, lo cual no es de sorprender tomando en cuenta que en cierta ocasión fue secuestrado y torturado por la policía debido a que un grupo de anarquistas lo delataron… ¿el motivo de los anarquistas para hacerlo? Afirmaron que “tenían que desviar la atención de los fascistas azules contra los fascistas rojos”. Lo deprimente es que no cuento ninguna historia excepcional: he conocido decenas de anarquistas que alardean de todos los comunistas que han entregado a la policía.
La rabia del poeta no es solo contra el anarquismo sino en general contra cualquier otra ideología de derecha disfrazada de izquierda. Esta malquerencia, esta cicatriz es no una historia aislada sino parte de toda una cadena de traiciones, toda una historia compartida de miles de jóvenes militantes quienes al convertirse en combatientes callejeros por los comunistas no solo tuvieron que cuidarse las espaldas de la policía o de los fascistas sino también aprendieron a desconfiar de quienes en algún momento se autoproclamaron como aliados antifascistas.
Esta vida que se mide no solo en traiciones sino en el prohibirse a sí mismo claudicar, se traduce no solo en furia, también en una honda tristeza. Es esta la existencia que el poeta nos comparte porque no tiene nada más que darnos: los trozos rotos de lo que queda de su vida. Es desde ahí donde Malaparte nos mira: desde donde Malaparte quedó atrapado.
Venimos de las causas perdidas,
anhelo vengativo de la Historia,
un libro rescatado de la basura
tras la purga de las bibliotecas
por eso jugamos ajedrez como vivimos:
a puñaladas y cuando fracasamos
no tenemos más opción que golpear
nuevamente y sin pararse a dudar.
De ahí que el tiempo no pregunte
pero responda
nuestros reclamos.
Somos lo que hay en nosotros
tras la negativa a rendirnos.
(Lo que aprendimos de Ayotzinapa, 2024)
Este simbolismo poético, que es tanto íntimamente personal como memoria compartida, hace de sus versos no solo una tendencia revolucionaria latente sino además una necesidad de superar el azar y recuperar el control de la vida al desdibujar los límites entre ficción y realidad. Esta construcción de una nueva vanguardia no solo es desafío para quienes proclaman tanto el fin de la historia como la reivindicación del poder del arte y la literatura.
La evocación histórica de sus libros es una búsqueda de redención del pasado. El destino de artistas y revolucionarios es la muerte y Malaparte los quiere rescata del olvido para que vuelvan a vivir, así sea solamente en sus versos. El poeta escribe un collage donde no solo Stalin o Maiakovski viven, también Blanca Varela o Thelma Nava. Este dialogo no ocurre solo entre pasado y presente, sino entre los pasados que pudieron haber sido.
Si Gauche Proletaire encontrase sus huevos,
si llegase Godot con un AK-47,
si la nueve cruzase los Pirineos,
si Sweet Jane cabalgase un unicornio azul,
si el ángel errático conociese al loco de los gatos,
si Marx fuese trompetista de Charles Mingus,
si Lukács cantase en un concierto de los Pixies,
si Althusser actuase con Sophie Loren,
si el Che y Pizarnik tuviesen un affaire.
(La asamblea de los fantasmas, 2023)
Esta nostálgica rabia por lo que no fue explica la escritura de Malaparte: su necesidad de reescribir el pasado, que va de la mano con su impulso de escribir poesía, lo lleva a las narraciones breves en forma de verso, a las descripciones poéticas, al collage. Este agreste nihilismo lleno de sentido simbólico que busca contrarrestar el sinsentido de la existencia. Su búsqueda de un nuevo pasado no deriva de la inaceptabilidad de nuestro presente sino de la fanática necesidad de trascenderlo, de hacer la revolución. La poesía de Aníbal trasciende porque encontramos en ella una ambición cruel y despojada de humanismo liberal y burgués, es decir, es la poesía de un revolucionario que ha purgado a su reformista interno.
También puedes intentar explicarte a ti mismo,
que estás definido por lo que elegiste hacer
que te entregaste a una causa, tu elegido origen,
la resolución de conseguir una reivindicación histórica,
el rumiar inmensas soledades,
mientras escarbas en el sentido de pérdida
y el insultante vacío de los años
no pueden llevarte a ser un vulgar espectador
que aquello que llaman una vida normal
esa vacua escena de teatro
que sólo puedes ver desde afuera,
desde arriba, desde lejos, muy lejos;
no puedes subirte a una combi
y viajar a todas las playas
convertirte en un viejo hippie fumando mierda,
has llegado demasiado lejos como para rendirte
y tras purgar a tu socialdemócrata interior,
debes de hacer algo grande,
violencia y cicatriz,
y no hay sacrificio inaceptable
tu dolor no deriva exclusivamente
de perseguir tu deseo,
aunque este te consuma
sino del ahora en el ahora,
la necesidad de trascender,
de lograrlo por ti mismo.
(La asamblea de los fantasmas, 2023)
Con estos versos desesperados se describe una vida como un tétrico valor, como acto masoquista pero también como cuchillo empapado en sangre que maniacamente entrena y se prepara para aquel asalto al cielo anhelado por todas y todos los de la vida triste y el trabajo enajenante.
