Memoria | Narrativa

Por Débora Hadaza

Hay personas que olvidan pronto. Hay quien su memoria corporal no le permite retener más allá de dos meses. Yo no soy así.

Mis grandes gafas, mi cabello opaco, mis labios apretados, mi boca pequeña; mi figura escuálida, mi espalda encorvada. Mi voz apenas audible. Mis ojos que no saben ver a los ojos. No soy memorable.

Hay personas que olvidan pronto. Mi padre me trataba como hija, me miraba como hija todo el día, y casi todos los días. No tenía que hacerlo, no era mi padre. Mi madre lo amagó al morir, le hizo jurar que me cuidaría más allá de la muerte. Pero no era mi padre, aunque tratara de serlo, de enseñarme, de protegerme, de suplir mis carencias, de formar mi carácter, de hacer y ser todo lo que es y hace un padre, no podía, todas las noches lo olvidaba.

Lo olvidó desde la primera noche que desperté bañada en mi propia sangre, aterrada, gritando. Esa noche lo olvidó por primera vez. Me cargó, me lamió el llanto, chupó la fuente de mi miedo, de tal forma que hizo nacer otro más profundo, más salvaje. Un miedo tan parecido al deseo, un deseo tan igual a la muerte. Su lengua incansable me dio sed, sólo deseaba que siguiera raspándome el alma. Angustia, como nunca, más grande que la orfandad, de que esa brutalidad se acabara, de que su sexo de minero dejara de excavarme, que por fin me vaciara y entonces se fuera, y yo volviera a ser su nada. Terror de volver a ser la nena, cuando ya no podría ser niña nunca más, ni él mi padre. De abrir los ojos y que su cuerpo ya no estuviera asfixiando el mío, pequeño, roto, sangrante. Desde esa noche, cada noche, de cada mes, de cada año dormí con él; dormí con miedo.

Nunca me permitió acercarme a nadie más, nunca. Una noche me acompañó a casa un chico de mi edad. Joven, limpio, bueno. Él se portó como un padre. Lo hizo pasar, le ofreció café, le hizo plática. Pero a la media noche, cuando yo ya dormía, entró en mi cuarto, me levantó de los cabellos, me poseyó de todas las maneras posibles, me mordió los muslos, los pechos, la espalda, mientras me decía eres mía.

Hay personas que olvidan pronto, yo no. No volví a levantar el rostro, y no sólo por el cardenal que reventó el ojo, ni porque otro chico volviera a mirarme, sino por el pánico de yo mirarlo. De ver a un joven, limpio, bueno, amable, y entonces desearlo, y soñar despertarme en sus suaves y frágiles brLeer más

Postales amorosas | Narrativa

Por Marisabel Macías Guerrero[1]  

Para Chaz

Si te soy honesto, yo sigo sin entender bien cómo empezó todo. Supongo que ninguna historia apasionada empieza con un plan. Nacen de un impulso. Y en este caso, el impulso fue Bumble. Yo vivía en Ciudad de México desde hacía varios años —lo cual, para un chileno, es casi nacionalización espiritual— cuando me apareció ella.

Mexicana. Norteña. Grandota. Sonrisa coqueta y luminosa. Una frase que decía: “No busco noviazgo, pero sí vínculos intensos, reales.”

Yo pensé: ¿Quién mierda dice “vínculos reales”?
Pero me gustó, mucho. Era en exceso sexy como para no explorar cómo se sentía tenerla cerca. Así que deslicé a la derecha. Ella también deslizó. Y aquí estamos, o, mejor dicho, ahí estábamos.

Quedamos esa misma noche. Ella llegó a mi departamento con una naturalidad que me dejó medio idiota, como si hubiera vivido ahí en otra vida y sólo vinLeer más

Marta Eugenia Rojas Porras | Poesía

Marta Eugenia Rojas Porras

Poeta costarricense, en cuya poesía la temática femenina adquiere una dimensión protagónica. Dos hilos semánticos la recorren: la voluntad constante e inclaudicable de búsqueda y una visión esperanzadora que se articula desde lo íntimo, desde lo erótico, desde el deseo. Desde ese espacio, va adquiriendo dimensiones de un sujeto colectivo femenino marcado por una indagación que escudriña el pasado y sus relaciones. Su escritura está inserta en un debate ético que problematiza el doloroso y necesario proceso de reflexión de la mujer y sobre la mujer.

 

 

 

Sombras

I

El desvelo araña el ojo.

El vientre sangra.

Con su vómito, el vendaval golpea el rostro.

En la piel el roce del engaño me paraliza.

El silencio se atora en mi garganta.

En mis grietas se esparce la ceniza.

¿Hasta cuándo la sombra?

 

II

En el sueño, 

la mentira pasea sus patas por la tierra

agujerea un túnel para su colonia.

Una corte pequeña de bichos la sigue.

Se arrastran.

Predican la luz.

¿Hasta cuándo la sombra?

 

III

El viento arrecia.

Las olas azotan el escondrijo.

Los ratones salen de su guaLeer más

Cristina Quiroa | Poesía

Cristina Quieroa. Soy Cristina, nací en la Ciudad de Guatemala, Centro América, el 19 de febrero de 1991. Soy nacida de mujer, mi madre es Carmen. Desde niña me ha encantado leer, me recuerdo recortando y coleccionando cuentos que venían en el periódico, me hacía muy feliz. Fue en mi adolescencia en donde empecé a escribir pero sin mostrarle a nadie lo que hacía.  Ahora escribo con plena conciencia del acto político que significa que una mujer escriba. Soy cofundadora de la Colectiva @VersaterasGt que en pandemia fue un lugar seguro para que nos juntáramos mujeres y pudiéramos escribir nuestros sentires. Publicamos de manera digital un pequeño compendio llamado Aversémonos. Algunos de mis poemas pueden leerse en Poesía de Morras y el blog Sonámbula. Formo parte de la Antología de Escritoras Guatemaltecas, región central.

 

 

 

MI BARRIA

 

mi barria huele

a huevo frito hecho en el fogón de la vecina, cómo se me antoja

a esa sopa horrible que cocina doña Sabi, pero ella es tan amable

            a frescor de las montañas y a sol

 

mi barria sabe

a las tortillas que hace doña Rosenda

a los jocotes que generosamente caen a nuestra terraza

al queso de monte que aprendí a comer aquí

 

mi barria suena

a fiesta todo el tiempo, qué gente tan alegre

a compromiso, de la niña que toca su flauta sin parar hasta saberse la canción

a paz, las risas de los patojos y patojas en la cancha

 

mi barria también son los chuchos: Max, GriselditaLeer más

La ciudad que se diluye | Ensayo

Por Vanessa B. Lizárraga Juárez

 

 “Estoy y estuve en muchos ojos.

Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga.”

Los Recuerdos del Porvenir, Elena Garro

 

Las ciudades se conocen caminando, nos dijo alguna vez en un seminario el maestro Javier Roiz. Por una extraña razón cada vez que camino la mía, siento que se diluye ante mis ojos. La ciudad que anduve de niña se está convirtiendo en escombros, o algo peor, una tienda de autoservicio. Siento que todo se pierde, que aquello que alguna vez contuvo mi infancia se mimetiza con la modernidad. ¿Qué será de mí cuando se pierdan los edificios que le dan sentido a mi memoria?

 

Cada persona tiene una visión muy particular del lugar donde nació, sea un pueblo o una ciudad. Lo cierto es que nunca, hasta antes de los estudios de posgrado, le di tanto peso a la relevancia de vivir en la frontera. Las singularidades que conlleva habitar un espacio tan bizarro como lo es habitar el borde. Recuerdo aquel académico argentino que emocionado me dijo que vivir en Juárez era como estar en la puerta de ingreso a América Latina, fue curioso, siempre vi la ciudad como un punto de salida, nunca de entrada. Era familiar ir los fines de semana (o entre semana) de shopping.  Dimensionar lo que implica vivir en la frontera queda maravillosamente ilustrado en aquel poema de Gloria Anzaldúa: Vivir en la Frontera. 

 

De niña, nunca comprendí que ir a El Paso, Texas, implicaba viajar a otro país, para mí solo era cruzar un puente. La ciudad vecina era una extensión de Juárez, la versión bonita. La inocencia permite ver con otros ojos aquello que es cotidiano. Tampoco, nunca, pensé en mi ciudad como algo feo, hasta que estuve fuera de ella. Cuando tuve que enfrentar el estigma que prevalece sobre ella, como un montón de nubes negras que indican que una tormenta se avecina y nunca llega. ¿Cómo vives en Juárez y no te han matado? ¡La ciudad de las mujeres muertas! ¡Juárez, la ciudad más violenta del mundo! A veces, siento que si Juárez fuera un ente, seguro sería una de esas atracciones raras de circo en una foto de Diane Arbus, y muy probablemente, sería mujer.

 

Juárez, es esa raíz donde me tocó nacer, crecer, partir y volver. ¿Me tocará morir aquí? Por el momento, lo único que muere son aquellos lugares que se van perdiendo.  Mi infancia está tan ligada a los espacios que habité y en los que fui feliz. Me produce una nostalgia absLeer más

Margarita Mora | Poesía

Margarita Mora. Originaria de la Mixteca Oaxaqueña y trabaja en el ámbito de la comunicación. Su trayectoria incluye la gestión de proyectos orientados al empoderamiento de mujeres, personas racializadas y otras voces diversas. Paralelamente, ha cultivado la escritura, la pintura y el dibujo como refugios para explorar y transmitir historias que reflejan realidades complejas, desde la interdisciplinariedad, la vulnerabilidad y la resiliencia.

 

 

 

 

1.

He querido convencerme

que una oración es suficiente,

y he llegado incluso a repetirme

que mi vida yace sobre mis manos.

 

Los tomadores de decisiones,

los corruptos, los inmunes,

los tibios e indiferentes,

los ciegos por comodidad,

todos se ríen de mi ingenuidad,

no les satisface mi dolor, mi esperanza

tampoco el grito mudo de mi pecho.

 

El dolor y la impunidad se han infiltrado en cada célula

de cada pequeño círculo en el que me desenvuelvo.

La injusticia es un cáncer haciendo metástasis:

es imparable, irreversible, irrevocable.

 

 

 

2.

Cuando la garganta se agota,

cuando no hay más palabras en el pecho,

ni sentimientos para ser contados.

¿Será quizás el silencio

una cura para todos nuestros males?

Un remedio para nuestros adioses,

nuestros desamores,

para todas nuestras desilusiones

y sueños marchitos.

 

¿Será que el silencio es el que trae la cariLeer más

Violetta de la Peza | Poesía

Violetta de la Peza es una mujer feminista, animalista, apasionada de la naturaleza, poeta amateur y collagista en desarrollo. En sus ratos libres intenta rescatar árboles y animales. Ha encontrado en el arte un refugio del mundo en decadencia y del horror cotidiano.

 

 

 

Despojo urbano

Hay vestigios de dolor

en las copas de las palmeras.

En sus ramas inertes

la historia de una ciudad

despojada del verde.

 

 

 

I.A

¿Cuánto tiempo ha pasado
desde que vi luciérnagas?
Desde que una libélula perdida
se posó en mi hombro,
sorprendiéndome.

 

Hace cuánto que no me arrulla

el canto  de las cigarras

anunciando la lluvia.

Que no revolotean en mi pelo

los escarabajos de mayo.

 

De niña, pasaba horas

observando las orugas,

con fluorescente persistencia

trepaban los troncos de las jacarandas

como presagio de la primavera.

 

Ahora, les queda casi nada

que medir a los gusanos.

¿Será que las abejas

ya no regurgitan polen

sino microplásticos?

 

En las jardineras vacías,

la nostalgia por mi infancia,

cuando el tiempo

lo marcaban los

animales más pequeños.

 

No sé si han migrado

o decidieron esconderse de nosotros.

Tal vez agonizan

paralizados por peLeer más

Todos fuimos al mitin | Narrativa

Por Eduardo H. González

 

¡Ahora sí, compadre, ya nos llegó el progreso! ¿Qué cómo se me ocurre decirle tal disparate? Pues si vinieron los del Partido Recumplidor e Incondicional. Por fin llegaron hasta este pueblo rascuache, y viera qué bien se expresaron de nosotros. Dijeron que somos gente bien trabajadora, y que lo único que necesitamos es una oportunidad para salir de esta pobreza. Por mis demostraciones de júbilo, compadre, porque yo fui testigo de sus promesas, por eso le digo lo del progreso, porque clarito oí con estos oídos que me acompañan desde chamaco sus palabras de aliento.

¡Claro, compadre, no es que sea yo un iluso, pero le aseguro que de sus bocas salían puras palabras llenas de sinceridad! Nomás había que ver al hombre entrado en años, el del pelo albo; vestía un traje reluciente y blanco como su cabello; y unos zapatos de puritita piel. Ese fue el que me abrazó, me dio de palmadas en la espalda nomás para demostrarme su afecto. También fue el que le regaló a mi mujer un montón de tiliches para su cocina, y comida para atiborrarnos el estómago de menos medio mes. Todo eso venía en el presente que el hombre le hizo a mi mujer. ¿Y a mis chamacos? ¡Ni se diga! Les prometió que ahora sí los iba a acercar al estudio, que les evitaría la pesadez de la ignorancia construyéndoles un lugar digno para ejercitar los pensamientos y que, de menos, de aquí salen licenciados.

Y si me pregunta por la señorita que acompañaba al hombre del pelo albo, basta decirle que relumbraba de bonita, además, era bien amistosa. Ella se la pasó acariciando a los casaderos del pueblo. Sus arrumacos les ponían tembleques las rodillas, y cuando la señorita los saludó con el beso en sus mejillas se quedaron todos atarantados de la puritita emoción. Ella también habló, con sus palabras que sonaban a música de ángeles, nos explicó sobre el asunto de las construcciones: que si una clínica donde sLeer más

María Fernanda Villanueva | Poesía

María Fernanda Villanueva es artista visual y estudiante de último semestre en la carrera de artes visuales. Su trabajo explora conceptos como la corporalidad, la memoria afectiva y las formas de resistencia desde una mirada crítica y poética. A través de soportes diversos que incluyen textiles, objetos encontrados, archivo y escritura, ha desarrollado proyectos que reflexionan sobre el cuerpo, la antropofagia simbólica, los tótems y la construcción de identidades colectivas. Su práctica se nutre tanto de la investigación como de la experiencia cotidiana, interesándose en cómo lo íntimo y lo social dialogan en el arte contemporáneo.

 

Salivando

 

 

Vienes caminando,  Ignorando sagrados ritos

Pisoteando sabios templos de amor espiritual

Largas vidas siguen  velando el sueño de un volcán

Para un alma eterna, cada piedra es un altar

Caifanes (el diablito 1990) –

 

Miedo y deseo.

Parece que estos dos sentimientos son lo único que he sentido en el

último año y medio…

 

Miedo al deseo que tengo.

Deseo por algo más que piel, por algo más que una cogida rápida en un baño ajeno.

Deseo por algo más que un buen sueldo o una familia tradicional.

 

Y miedo por todo.

La Ciudad de México me da tanto miedo que a veces no me puedo mover.

 

Me encuentro parada en una estación del Metrobús; la de Euzkaro, para ser exacta.

Voy tarde y sé que va a llover, pero mi necedad fue más fuerte: no metí el paraguas en la bolsa.

 

Voy tarde… y se me llena la boca de saliva.

Como si estuviera a punto de vomitar.

Como si algo se hubiese activado en el cuerpo sin que yo lo pidiera.

 

A veces es por una mirada que me cruza sin pedir permiso.

A veces una palabra que me nombra sin conocerme.

A veces, simplemente, caminar.

Caminar sola por la ciudad.

 

Mi  cuerpo lo hace antes de que lo piense.

Aprieta los dientes, cierra los labios, mueve la lengua hacia atrás.

Y traga.

 

Aprendí a tragar saliva antes que a responder.

 

Mi lengua se hace pequeña.

Los dientes se aprietan.

Y todo lo que quiero decir se me va hacia adentro.

 

Tragar es más rápido que pensar.

Más rápido que gritar.

 

A veces siento que estoy entrenada  para contener (me).

Que aprendí a sobrevivir tragando lo que no podía escupir:

la respuesta, la rabia, el deseo de tocar, de cLeer más

De los escombros de mis padres de Ricardo Locia

Por Diego Medina

 

 La poesía gay tiene varios tópicos por todos conocidos, por ejemplo, el clóset, el enamoramiento de un heterosexual, la homofobia, la autoafirmación identitaria, los marineros, los toreros y los futbolistas; estos últimos tres forman parte de la idealización de los cuerpos masculinos, oxímoron entre aquello que se nos impone y rechazamos y aquello que deseamos. En este poemario de Locia la figura sobre la cual gravita la metáfora de la homosexualidad es justo la del toro, ¿quién es el homosexual, el toro o aquel que clava las banderillas en nuestro lomo? La respuesta es abierta, somos ambos, porque nos batimos en duelo todas las noches contra tales supuestos.

 

Sin embargo, la poética de Locia escapa a la semántica de lo erótico y encuentra sus motivos en sus orígenes familiares, entre un padre violento y un enfrentarse a la masculinidad desde su saberse homosexual. Ganador del XI Premio Estatal de Cuento, Poesía y Ensayo Literario Joven “Juventud que transforma 2024”, en la categoría de Poesía, esta publicación auspiciada por la Secretaría de Cultura del Estado de Guerrero y Ediciones SER, hay que decirlo desde ya, nos queda a deber en el formato de la publicación, pues fue diseñada como una plaquette engrapada y aunque el tiraje consta de 500 ejemplares, la verdad es que esperaríamos un mejor cuidado editorial para un ganador de un concurso de tal importancia, esto desde luego no es culpa del autor, en todo caso es una denuncia y exigencia para que la instituciones culturales se tomen en serio la publicación de sus jóvenes escritores.

 

Las carencias de la plaquette, sin embargo, se ven compensadas por la calidad del diseño; la portada a cargo de Karina Maldonado sí que es un reflejo del reLeer más