
David Pablos 2020
En los inicios del siglo XX, dentro de la pretendida estabilidad del gobierno de Porfirio Díaz (un correcto Fernando Becerril a pesar de aparecer poco en pantalla), se cuajaban ambiciones de otros políticos, entre ellos el diputado Ignacio de la Torre y Mier (Alfonso Herrera), prometido de la hija de Porfirio Díaz, que con este matrimonio emprenderá una carrera de intentos de ascenso político (a veces intentando contrariar a su suegro), en la que la principal adversidad será sobrellevar su otra vida, ligada a los “42” un club de hombres acomodados que comparten su interés por la Tertulia, el alcohol, los lujos y los encuentros homosexuales, en los cuales involucrará a Evaristo, un empleado también de origen privilegiado que le atrae y le despierta sentimientos intensos.
Llevando la contraria a los recientes intentos de drama histórico como “El Atentado” o “Arráncame la vida” o el retrato de la vida de los considerados héroes históricos como Hidalgo o Morelos, lo que la película busca es el retrato de un personaje inmerso en un contexto histórico, siendo una fichita en sus acciones que, con sutileza, la película no se empeña en caricaturizar o folklorizar al estilo de las fábulas de un Luis Estrada. Digamos, el estilo es un drama donde el tema de la homosexualidad se mira dentro de la esfera política de una sociedad doblemoralina; el camino es interesante y aunque tiene el detalle de ser una película más de impresiones que de una narrativa lineal y de tres actos, consigue su cometido y se sigue con facilidad.
Contrario al tópico común de grandes poses más allá de la construcción de una historia, la dirección de escena se torna introspectiva y no le interesa lucir la cantidad de extras o la recreación de época por sí misma o, mejor dicho, nunca deja que el despliegue de producción se coma a lo que le interesa narrar. El grupo íntimo que conforma el club de caballeros donde se desarrolla el destrampe de Ignacio y Evaristo, una vez iniciado, es mostrado con chispazos de teatro bufo, baraja, música y camaradería que, como los involucrados lo hacen ver, parece un remedo del hedonismo griego, detalle que hace relucir la condición aristocrática de quienes tenían acceso a éstos conocimiento. El director parece tener la mirada afinada hacia los instantes más allá que al desarrollo de subtramas profundas, lo cual le da el matiz elegante y a la vez trágico a esa rama de la historia principal.
En lugar de con grandilocuencia, el retrato audiovisual se lleva con intimidad, las escenas orgiásticas al interior del club son retratadas con medias luces sepias que hacen relucir los patrones repetidos (como las bañeras) y son tomadas a cámara en mano a diferencia de la mayoría de la película, en un vaivén del punto de vista para el espectador.
Todo esto es realzado por el montaje preciso de Soledad Salfati, que sin exabruptos nos conduce en una cadena de hechos de diversión a hechos de seriedad como parece estar estructurada la vida de Ignacio, a cada momento de gran placer en el club o con Evaristo, le sigue un eslabón distinto del peso de los chismes, de la insatisfacción del matrimonio por su misma homosexualidad reprimida y de su propia terquedad de ascender en la escala política. Aunque el guion nunca nos deja ver cómo logra esos contactos o cómo logra ser tan influyente, lo que nos hace pensar que es solo por su mero privilegio.
Para el apartado de la sonorización, la música de Carlo Ayhllon y Andrea Balency-Béam, así como el uso en la parranda de “Sobre las Olas” de Juventino Rosas cantada por algunos de los miembros del club borrachos por las calles, un guiño bastante divertido y anacrónico que emparenta el compañerismo de los 42 con cualquier borrachera de amig@s de nuestro tiempo. El film nos sumerge en esa empatía, y la música está consciente, siendo, al igual que el resto de propuestas del filme, el diseño sonoro, en general, silencioso y minimalista, recalcando los elementos que suenan a lo lejos en la oscuridad de la noche, solo cuando se requiere generar esa inquietud, lo cual va acorde con la propuesta.
Por su parte, el diseño de producción se esmera por el uso limpio de los exteriores y locaciones históricas: el Munal, Palacio de Minería y las calles del centro histórico entre otras; y el detallado sin demasiados adornos en los interiores; por lo demás, la aparición de una cabra dentro de una casa aristocrática del final es un detalle irónico y divertido.
En el apartado actoral, Alfonso Herrera está poco más que correcto, no cae en la caricatura pero al mismo tiempo esa contención juega en contra inclusive en las escenas clímax, se nota más posado que actuado pese a lo evidente de su esfuerzo y compromiso con el filme, lo que hace a veces un poco contradictorio para alguien que parece hacer lo que quiere, incluso ahí es donde perjudica al tipo de puesta en escena, donde los personajes son retratados por instantes y no se divisa un perfil definido al estilo más académico. Esto resulta contrastante con la ira contenida y matizada de Mabel Cadena en el papel de Amada Díaz, en un personaje que se podrá considerar todo menos una esposa pasiva, dentro de las conversaciones y discusiones con Ignacio siempre deja ver una contradicción entre la herida de la vulnerabilidad por los hechos seguida de su forma defensiva e inmediata de ponerse en pie y actuar.
Pasando a los secundarios, se aplaude la parte coral y la intervención de personajes casi incidentales dándole ésa vida al club cuando dramatizan obras de teatro o hablan de sus familias, a pesar de sus apariciones esporádicas, la parte dura del final (quien conozca el hecho histórico no tendrá duda de éste) nos hace sentir tristeza por ellos, en una secuencia genial donde les vemos despojados de todo fuero, Pasando de una toma general de grupo a primeros planos duros donde vemos las consecuencias de sus excesos, o al menos las que el gobierno les quiso y pudo recriminar, en la que es quizás, sin demeritar a otras, la mejor secuencia diurna de la película y que nos deja ver que en la puesta en cámara de Pablos hay más de gente como Pasolini y Chabrol que de los referentes viejos y contemporáneos de película histórica en nuestro país. Aunque mucho menos explícito que los mencionados.
En su película anterior, “Las elegidas”, David Pablos ya había dado señas de querer mostrar la parte de la corrupción social y moral en una historia sobre la trata de blancas y la prostitución de menores. Aquí es muy bueno ver que el presupuesto más holgado y el peso del género histórico no opacaron sus inquietudes, pues se atreve a dar el paso del cuestionamiento dentro de lo que la historia le permite y lo aterriza bien, aunque esa sutileza narrativa se pueda confundir con pudor a la hora de retratar tanto lo explícito como lo más escabroso de las numerosas historias alrededor del personaje.
