Por Sergio E. Cerecedo
Cuando hablamos de identidad de género y cuestiones referentes a la sexualidad e identidad es común la pregunta: ¿Qué impide este libre desarrollo de la personalidad? Casi siempre nos encontramos en la obviedad de los factores externos, como las instituciones sociales que nos recuerdan a cada momento sus parámetros sobre la masculinidad y la femineidad: sí, como una sola y no como un abanico de maneras de vivirlo. Entre las instituciones donde más se ha ponderado en ello podemos encontrar a aquellas relacionadas con la guerra y la defensa del territorio, tales como la policía, la marina y la milicia, contexto en el cual se desarrolla esta película de 1999.

Claire Denis (1999)
Claire Denis vivió en varios países de África durante sus primeros años de vida debido al trabajo de su padre, entre Senegal y Burkina Fasso, y aunque vivió los países africanos desde una posición privilegiada, esto no impidió que pudiera tener una mirada empática y atenta. Su primera película, “Chocolat”, fue filmada en Camerún, y desde entonces ha construido una carrera con temas comunes como el deseo humano. En su abordaje de estos se nota también la visión cotidiana y cercana con dejos de poesía de los directores con quienes trabajó como asistente de dirección, como Wim Wenders, en “Las Alas del Deseo”, o “Down by law” de Jim Jarmusch; y un punto de vista que observa la violencia sin forzarla o servirse del morbo sino más encaminada a las consecuencias de ésta y su surgimiento a través, sobre todo, de deseos que no se expresan. Y es en el periodo de los noventa donde yo encuentro un intimismo no exento de crudeza que, aunque ha evolucionado, tiene una cualidad especial en sus películas de esta década, sobre todo en la que hoy revisitamos.
Las secuencias de “Beau travail” albergan un conjunto de recuerdos que el oficial Galoup escribe en su diario acerca de su vida en Yibuti sirviendo a la legión extranjera a cargo de un pelotón de jóvenes de diferentes orígenes, en su andar diario nos muestra el arduo entrenamiento a la orilla de un mar nada amable donde los muchachos se forjan para la batalla. Entre guiar este trabajo cooperativo y estar totalmente entregado a las armas y en una relación con una mujer de la localidad, Galoup oculta que ha llegado a sentir atracción por compañeros, tanto por su ahora superior como por Sentain, un joven a su cargo, quien despierta su admiración, pero al mismo tiempo le hace confrontarse en su interior con su misión personal y principios. En este sentido, la película guarda cierto parecido en su trama y desarrollo con el clásico “Furyo/ Merry Christmas Mr. Lawrence” de Nagisa Oshima, pero con una narración bastante menos convencional y occidental.
La película está basada muy libremente, o más bien inspirada por “Billy Budd” de Herman Melville, y no solo en la novela, sino que también incorpora a sus secuencias algunos pasajes de la ópera del mismo nombre que hiciera Benjamin Britten. Sin duda, un collage de piezas de arte con las cuales la directora siente una conexión. También encontramos en su banda sonora éxitos dance de los noventa, como “Simarik” de Tarkán o “The rythm of the night” de Corona, esta última en una secuencia cuasi onírica y con múltiples interpretaciones
La directora nos trae un viaje por la autorrepresión de emociones y del ser mismo. La legión francesa en África se nos muestra como una comunidad militar que todo el tiempo está desempeñando labores, que lejos de estar inmersos en una ideología, desempeñan un trabajo arduo por diferentes razones, lo mismo vemos gente de la ex unión soviética que de varios lados de áfrica. Estas escenas son entrelazadas por un montaje raro, en el que parece que el diario del capitán funciona también como un complemento de las elipsis temporales que nos pueden perder fácilmente, esto es intencionado ya que la directora nos lleva también por un retrato de la rutina y el hastío, los soldados entrenan y trabajan para desarrollar su físico, van a una discoteca improvisada y, aunque no vemos un enfrentamiento armado en toda la película, hay escenas donde se nos hacen ver las secuelas de la batalla como partes de barcos destruidos y algún cuerpo que llega a la orilla.
Es ahí donde viene una trampa cruel de la realidad reflejada en su punto de vista narrativo, aunque el ritmo pausado parece ver la violencia de una manera muy calmada, sin reacción aparente, el dolor por las crueldades y cosas duras del día a día parecen acumularse para un día explotar. Me atrevo a decir que más que sus pensamientos o historias, los protagonistas son los cuerpos, pues observamos en cada viñeta los resultados en todo sentido de este trabajo militar en el físico, desde la carencia de un sentir amable, la naturaleza de los golpes confrontativos que son parte del entrenamiento, el cansancio de las labores (algunos de los legionarios se encuentran ayunando por la tradición del ramadán) y, finalmente, la dureza y evidencias del castigo cuando una regla es desobedecida, y esto es en un amplio sentido de la palabra, a la autora poco le importan las balas y lo amarillista, le importa el impacto mental y emocional a donde la labor de estas personas les lleva.
La rusticidad de la grabación y montaje sonoro enriquecen el relato, en una banda sonora plena de texturas que se sienten en baja fidelidad, pero en un muy buen montaje, teniendo muchos elementos fuera de la pantalla que nos hacen sentir el mar; las discotecas y todos los lugares se sienten ásperos, como un remanso en medio de la dificultad. Los sonidos incidentales tienen una labor indispensable; con cada golpe del pico en la arena al escarbar o caminar, el sonido nos remarca lo agreste del terreno, a la tierra como su elemento. Lo mismo a la hora de exacerbar la cercanía de los cuerpos, que entre sí tienen una integración rara vez cariñosa. En el retrato de los entrenamientos, la propuesta audiovisual presenta muy pocos diálogos inteligibles, lo que permite que podamos ver en un buen plano la voz del general que narra y vive los hechos. También se reconocen en la propuesta sonora muy pocos diálogos inteligibles cuando vemos a los soldados en grupo, las voces de los generales y a quienes les dan la palabra preponderan, retratando la jerarquía.
En la poca profundización en la persona de cada soldado, se siente una crítica a lo absurdo de tratar de forzar lo épico en una guerra. Uno de los atributos de esta película es el acertado retrato de un conjunto, tanto observándolo como un todo, como cuando la cámara decide acercarse detalladamente a alguna de sus partes. Hay aspectos en el ser fuerte y duro que no tienen nada de heroísmo. La puesta en cámara retrata estos hábitos y recorridos desde un punto de vista muy documental, exploratorio, a veces cerca, a veces lejos; destacan mucho los puntos de vista desde vehículos dando un punto de vista del pelotón durante los viajes que hacen o de la gente que los mira.
Caso contrario es su manera de retratar la noche, llena de tomas donde predominan los perfiles y la oscuridad, pareciera que en el mundo donde viven estos personajes hay o un sol muy extremo o una obscuridad dominante, un juego visual que nos acerca a los sucesos y nos encamina a una conclusión donde no siempre pasa lo mejor para todos y en la que las circunstancias finales se antojan amargas. Cabe destacar que esta concepción visual le valió a su fotógrafa Agnés Godard el premio César, siendo la primera mujer en lograrlo.
“Buen trabajo” no quiere ser una película bélica, pero sí hablar del interior humano con sus propios conflictos, entre ellos, el de la atracción masculina no expresada que atraviesa el que a momentos no sé si decir que es el personaje principal o el observador principal. La cara dura de Dénis Lavant se complementa con el rol de narrador que ejercen el capitán y los pensamientos vertidos en su diario, el actor dota a su personaje de una aspereza y austeridad, que normalmente es muy de reglas, pero puede llegar a no escatimar en castigos y en hacer pasar a los reclutar por castigos muy sacrificados o labores muy frugales. Las actuaciones como los personajes, son fugaces, de bajo perfil, pero muy correctas en un conjunto de miradas y cuerpos donde destaca Gregoire Colin (Antes de la lluvia) como el joven Sentain.
