Por Sergio E. Cerecedo
No sorprende al investigar sobre las directoras en el cine de horror que las estadísticas las siga encabezando Estados Unidos, que continúa produciendo mucho cine en general a pesar de los problemas laborales que hay dentro de la industria. Y no es de extrañarse que en una nación llena de doctrinas sobre el miedo a lo desconocido, sobre las cuales se cimenta el poder, las instituciones educativas no estén exentas de hechos atroces y cuestiones inspiradas en ello.
Esta película recrea un tanto cómo ese microcosmos que son las universidades puede ser opresivo para una persona cuyas condiciones personales y características no son las del sistema que impera. “La casa Belleville (Master)” pertenece a una vertiente del horror que toma los conflictos raciales —contra las personas de origen africano en específico— que empezaron a tener una oleada desde “Get Out” (Jordan Peele, 2017), tanto que este mismo director ha empezado a producir algunos filmes que van por el mismo camino de llevar al extremo las historias sobre las peores consecuencias de la discriminación y los delitos y hechos violentos vinculados a ello. Este tipo de narrativas se vuelven más complejas cuando se juntan con leyendas fundacionales, pues el mismo Peele apoyó a la realización del remake de Candyman (Nia DaCosta, 2020), una película con aproximación similar a la que analizamos en esta ocasión.
La narrativa entrelaza a tres personas principalmente: primero conocemos a Gail, una maestra que ha sido asignada como la administradora de una de las casas de un campus universitario en una casa de estudios de Estados Unidos donde, igual que muchas, han tratado de ponerse la camiseta de la inclusión. Por el otro lado tenemos a Jasmine, una estudiante también afro con buenas calificaciones y un entusiasmo por su educación que pronto se pierde por el contexto y circunstancias personales, sobre todo a partir del cuarto que le es asignado, al rededor del cual hay leyendas de suicidios y estrangulaciones relacionadas con la cacería de brujas en diferentes épocas del pasado que sus compañeros se empeñan en recalcar. Por último encontramos a Liv, una maestra que ve en un problema académico el obstáculo para colocarse en el puesto que siempre ha querido y que pone secretos personales al descubierto y enfrenta muchos cuestionamientos hacia su capacidad.
Jasmine empieza a alucinar con esa leyenda, y tras tener una discusión con una maestra por una calificación que no le parece y por actitudes que siente incoherentes hacia su trabajo, aunado a que no siente una pertenencia verdadera hacia su grupo, su cambio de estilo de cabello y vestir en cierto momento nos dan cuenta de ese estado de “adaptación” que tiene que vivir. Sus terrores nocturnos derivan en pesadillas cada vez más intensas relacionadas con el acecho de una bruja y, posteriormente, algunas heridas físicas al despertar, lo que hace que poco a poco consiga apoyarse de Gmail, aunque no decirle lo suficiente hace que esta ayuda sea muchas veces inconsecuente y no consiga llegar al fondo del asunto.
El trabajo de cámara opta por ser poco impresionista, sobria la mayor parte del tiempo sin dejar de exaltar el ambiente enrarecido y la incomodidad, el color nos hace sentir que algo no está bien. Las tonalidades cafés en los interiores predominan y dan un brillo especial a la imagen sin llegar a ser en extremo preciosista. “La casa belleville” crece de la ambigüedad hacia el origen del mal acechante. Nuevamente en esa dualidad común de lo que existe en la mente y lo que existe en realidad dentro de la narrativa, que aquí es más resuelta hacia el realismo, las proyecciones, aunque enfatiza en que las circunstancias cotidianas pueden dar más miedo —la infestación de gusanos en la casa, los actos vandálicos en contra de Jasmine—. El score es discreto, prescinde afortunadamente de violinazos y lugares comunes en las maneras de crear tensión, aunque quizás puede llegar a sentirse repetitivo y poco memorable.
El mayor problema que puede tener la película es quizás la obviedad en las ideas que refuerza, el guion se ve intencionado en todo momento a recalcar las actitudes y red flags de las personas en la discriminación, los comentarios de los compañeros pueden sentirse a momento muy recalcados, cosa que uno sabe que es difícil no hacer cuando exponer las ideas interesa tanto para crear una concientización.
Mariama Diallo, quien ya había explorado en su corto “Hair Wolf” a los personajes femeninos racializados y los problemas entre mujeres por sus orígenes étnicos, tiene ahora su primera oportunidad en los largometrajes y dirige una película que aunque es muy de estudio, sí busca las emociones en su retrato, que su reparto se sienta cerca. Destaca Regina Hall, quien en su etapa reciente ha realizado papeles más dramáticos —empezó en las películas de Scary Movie—. No obstante, el jump scare quizás no es suficiente para una película que quiere hablar distinto, pensar de otra manera la cámara y el montaje hubiese complementado más esa sensación de amenaza omnipresente y quizá hubiera logrado romper esa sobriedad de manera distinta, romper más esa elegancia del cascarón que todo lo que representa al sistema tiene en esta película.

Diallo nos trae en “La casa Belleville” un suspenso sobrenatural más que nada, de aquella persona cuyo discurso no tiene credibilidad ante quien es privilegiado, pues recordemos que aún hoy se batalla con explicarle a las personas por qué el hecho de que alguien blanco se pinte la cara como una persona afro no está bien y nunca hizo bien ni a la población agraviada ni a las minorías que no se escucharon. El miedo entonces sigue siendo el de esa ignominia y que desencadena crímenes raciales que la gente de las ciudades ya sabe que serán impunes. Así pues, conjuntando el discurso y las actuaciones en una narrativa que aun sintiéndose un tanto en la superficie, “La casa Belleville” no deja de ser entretenida y nos hace escuchar propuestas diferentes en la industria que incluyen a las directoras que tienen a su cargo productos más comerciales.
