La portera ardiente: Oye mi lengua tumbadora

Por Sergio E. Cerecedo

 

El mayor arrepentimiento que tendré en mucho tiempo, aunque parezca capricho, es no haberle hecho caso a mi primo cuando insistía en que tomara los talleres de la reina del albur, Lourdes Ruiz, una señora que vivía en Tepito y que ahora ya no está en este mundo. Y es que las palabras, su uso e importancia, es un aspecto que mueve mi vida y que me acercó a múltiples lenguajes, entre ellos el cinematográfico. Esa importancia de las palabras como elementos significantes ya sea siguiendo las reglas o rompiéndolas, las encontramos en el cine desde las películas que incluyen en su elenco a gente del teatro Británico, a poetas o músicos actuando o a gente común que tiene un uso muy particular de las palabras y sus múltiples acepciones, esto es lo que sucede en la sexicomedia ochentera.

 

Ya lejos de las ficheras, muchas de las películas de finales de la década muestran cierto cansancio en la fórmula y al que era fan empedernido poco ya le sorprenden. Puede que esta película tampoco le haga mucha gracia a la mayoría del público, pero me parece que si es un gran divertimento es por su medianamente lograda inversión de roles, en el sentido de que aquí la protagonista es una persona que no destaca por su belleza despampanante ni por lo que el mentiroso título nos incita a pensar, sino por su colmillo, buen corazón y por ponérsele al tú por tú a los hombres en cuanto a las palabras —casi siempre ella es quien inicia las leperadas y los albures—, aunque para satisfacción de la banda no deja de tener encueradas y una gran cantidad de risas que por supuesto el público seguía buscando para huir de los terribles sexenios que habían precedido y de lo que estaba por venir, cosa que se cita en algunos chistes. Demostrando que lo que muchos, en cuanto a oferta cultural, ven como decadencia, en realidad era un espíritu de la época del que es imposible renegar, donde la forma de denunciar, opinar y vivir la realidad, también tiene su razón de ser.

 

El argumento es sencillo: Macaria C. de Bustos, la portera de una vecindad bastante precaria, a quien cuidar la cuartería no le es suficiente económicamente y menos con un esposo en Estados Unidos a quien espera con la ilusión de que se la lleve a su rancho en Michoacán, por lo que se ha vuelto multifacética en sus chambas; vende cigarros, repara electrodomésticos, consigue encargos y hasta le hace a las labores esotéricas, de ahí que su cartel promocional rece: “Le hago a todo menos a eso”, denotando a los hombres que mantengan su distancia. Maca, como le dice la raza, ayuda a la gente en general sin dejar de tener su carácter para quien se quiere pasar de lanza. Su mejor amiga es Minerva, una prostituta que se enamora de un representante de la ley que, pese a su buen ver, no le corresponde y constantemente la desprecia con malos tratos.

 

El dilema surge cuando ese mismo policía intenta que una muchacha de la vecindad— virgen y joven, por cierto— tenga relaciones con él a cambio de no llevarse a la cárcel a su abuelita por supuesta posesión de drogas. La chava se ve forzada y cuando lo consulta con la toda sabia Maca, sale una idea que provoca un enredo tras otro y que, sea como sea, logra que todos los involucrados se pasen un buen rato, similar a lo visto unos años antes en “Tres mexicanos ardientes”. Y pese a que nuevamente el mínimo nivel de calidad técnica de la película podría sacarnos de la jugada, pues muchos diálogos obvian el doblaje, el chiste alcanza.

 

Como apunté antes, la presencia de cada miembro del elenco no se puede ignorar. De hecho, recuerdo que un post productor encargado de restaurar varias películas del subgénero me dijo a destajo en una ocasión: “Yo pensaba que la pelangocha era la que más le ponía en las películas y resulta que es la única que no se encuera”. Es precisamente Maribel Fernández la que sostiene la película para arriba y para abajo y hace que hasta el diálogo con el personaje más incipiente tenga sabor y sentido, inclusive recitando algunas rimas que sin tener ninguna carga alburera dan mucha risa por ser muy formales y elaboradas para una plática cotidiana, donde normalmente uno busca ir al grano. Maribel destaca y ejerce un juego de poder de decisión frente a los hombres que interactúan con ella, aunque no tienen desperdicio las intervenciones del legendario Roberto “Flaco Guzmán” como un músico y coyote del billar que no deja de acosar a Maca, a lo que ella siempre responde mandándolo a la chingada de las maneras más ingeniosas; así como de su esposa exuberante que tiene que buscar refugio sexual con el camotero ante la indiferencia de su esposo, pues son divertidísimas. Así como cada escena del otro flaco (Ibañez) como un cuidacarros con aires de militar que anda de coscolino sin tener éxito alguno.

En cuanto a presencias femeninas, además de Fernández, Jacaranda Alfaro exhibe sus atributos como Minerva y le impregna una leve ingenuidad al personaje, el hecho de que sea una madre soltera nos revela sus intenciones y aspiraciones en la vida. Así como los gestos de Alma Delfina como la joven acosada por el policía y con una abuelita que solo puede dormir sus doce horas si chupa alcohol antes —cada momento que comparten es hilarante—. A destacar, volviendo a la vertiente política, una breve aparición del comediante José Natera, quien se volvió anónimamente célebre por grabar un cassette de chistes simulando ser el temido narcotraficante Rafael Caro Quintero cuando estaba detenido, haciendo chistes negrísimos sobre la realidad mexicana de la época, un material que es un justo paralelo al contexto sociopolítico en el que se cuenta la historia.

 

La música es tan común y pegajosa que todo el día anduve cantando “Oye mi tumba tumbador” interpretada por un grupo local, al parecer de ciudad Neza. Los temas de las escenas románticas resultan de una risa involuntaria contagiosa, pues son como piezas de una telenovela si éstas fueran interpretadas por grupos como  Mandingo o Miramar, en versión instrumental, yéndose más por el camino de la cumbia del sureste y las danzoneras, que por el también muy popular sonidero.

 

“La portera ardiente ” tiene una trama simple, repetitiva en roles comparada con otras sexicomedias, con algunos malentendidos y problemas grandes que se solucionan, de forma cliché, con sexo. Pero aun así no se puede evitar disfrutarla cuando apagas tu cerebro un rato y te das cuenta de lo cercana que es a la vida real. Cada vez que Metodio (Charly Valentino) y el Solovino (Cesar Bono) empiezan a discutir y a decirse peladeces que a veces no sé sabe ni de dónde sacan, se hace presente esta bonita motivación para usar ampliamente el idioma: chingarle la madre al otro con lo único que uno tiene por siempre, la palabra, así sea empleada en chistes que rayan en el absurdo (¿Que qué significa ramera?¿Pues qué nunca fuiste a la universidad?), pero que dibujan una sonrisa en la cara y no dejan caer la película. Así como secuencias de risa loca como la de la lectura de cartas de Maca a Minerva donde los diálogos van desde la reparación fallida de una tele hasta las enseñanzas de Hermes Trimegisto (Trimigesto, según Maca), una forma sin pretensiones de hacer referencias a la cultura popular que al fin y al cabo, nunca se fue del barrio, solo fue su origen el que se volvió difuso.

 

 

 

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